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miércoles, 1 de febrero de 2017

AKARGHI (capítulo 106)




 
Akarghi apretó el lápiz de carboncillo que encontró en un rincón de la sala de estudios y se dispuso a escribir en pedazos de papel que rescató del basurero escondido tras una estatua dorada de Buda:

Hoy no me reconozco. Los más tristes sentimientos se agolpan como nubarrones de tormenta alrededor de esta torre que piensa y medita. ¡No sé siquiera dónde estoy! ¿Dónde está mi espíritu, mi carácter, mi normalidad? Todos los recuerdos, sin excepción, son otras tantas nubes de tristeza que hieren mi sensibilidad. El pasado es dolor por el solo hecho de ser pasado inalcanzable. ¿Por qué ya no puedo volver al amor de Latniavira, a sus encantos creados en tanto eran puro presente?... ¿Y mi  hijo, o debiera decir mis hijos, dejarán alguna vez de llamarme inagotablemente desvalidos “¡Papá!”, incluso después de que se hayan hecho fuertes, y también ellos padres?... ¿Dónde están ahora buscándome? ¡Cuántas emociones que nos acompañan a diario no son más que venas ocultas que se nutren de la muerte! ¿A quién sirve la alegría de vivir y la fortuna de respirar? Sin engaños, sin disfraces, sin espejismos de verdad o de instintos, no seríamos capaces de vivir. Y el amor, el amor, ¡ay!, insobornable sentimiento que se obstina en pretender amarlo todo… O al menos amar a uno, o a una sola, tan intensamente que ninguna horrible realidad pueda despertarte de ese extraño sueño… ¡hasta que al fin se rompe! Cuanto más larga es la vida, los recuerdos se van doliendo progresivamente más como desenmascaradas presencias de muerte. La muerte toma todas las formas de vida y las acaba. Acaba con la madre y con el padre, con las mujeres amadas, con los maestros, con los amigos (esos transeúntes que quisieron sostener amorosamente tu mano), las playas completas que se llevó el mar, el olor de las flores significativas de la infancia, las canciones que nadie más cantó, y hasta los hijos, el mayor dolor de todos, el mayor… ¡Felices los niños y los jóvenes, edad sin recuerdos! Pero yo, apenas cerca de los treinta, he recorrido tantos caminos de vida, de reencarnación y de muerte, he cosechado tantos recuerdos que se acumulan como montañas de gavillas hermosas y secas, que no puedo sino experimentar el desconsuelo de los viejos, quienes con sus rodillas desmadejadas y rotas ya ni siquiera se atreven a arrodillarse ante nadie ni ante nada, acto tan vital, humilde y necesario para todo ser humano, como el tocar… De regreso aquí en Lamayuru, también obstinándome en no dejarlo morir, tratando de alcanzar el cuerpo muerto de mi  amado amigo Kynpham, y su alma, que pareciera alejarse más y más en el olvido de mi propio cansancio vital… ¡Y quizás lo estoy logrando, o lo llegue a lograr, porque la vida que se rescata y se salva con el acto heroico del instante, puede morir al segundo siguiente, y hasta borrar, en el otro siguiente, y en el siguiente, y en el siguiente… tu heroísmo como intento de nada! Yo no sé si soy de verdad, si soy un ser de carne y hueso, libre, con conciencia propia y libertad. Tal vez un dios me está soñando, o un azar me está escribiendo sobre otra hoja cósmica de papel… ¿Quién sabe? Y aun así, soy fuerte sosteniendo algo que vagamente llamamos realidad, como la hormiga diminuta se echa una montaña de pan a la espalda y lucha hasta la muerte por ella. Y si no para ella, al menos para el que la contempla sabe que en su existencia hay también una tragedia, una fluctuación entre el ser y la nada, la mentira y la verdad, la necesidad y el absurdo… pero todo esto que siento, que pienso, que escribo y que vivo como las más grandes verdades ¿es sólo el efecto de mis descompensaciones orgánicas, de mi aparato emocional debilitado, herido y golpeado, y sin la energía suficiente para darlo vuelta todo, por el lado positivo de las cosas y de la mente, como lo hacía hasta ayer? Y aunque el mundo me ha engañado todo este tiempo que he vagado por el mundo, creando ilusiones, emociones, ideas, tratos, conocimientos, experiencias, amores, padecimientos, maldades, aun así no creo ni he conocido la libertad del maestro y del asceta que se aísla del mundo y de su propia mente, para caer en ese sopor beatífico que los hace dormir y soñar, inertes, como muertos en el vacío de una cueva o de una celda vacía, huyendo del mundo y de la mente hasta agonizar en un sopor mortal dentro de su propia mente (siempre y todavía viva dentro de un cerebro que inevitablemente tendrá que morir), por más que le llamen a eso Buda, Asidad, Paranirvana, Tao, Bodhicita, o Brahma. Al fin y al cabo, las respuestas, los progresos trascendentales vienen siempre desde un Afuera que se infiltra a veces brutal, a veces sutil y dulcemente, lo mismo en la mente del monje que medita en su celda, como en la del asesino que descubre repentinamente el valor de la vida, o la prostituta que de pronto experimenta el orgasmo universal, o de Akarghi, que se entristece porque la vida animal y terrestre es triste, definitivamente triste, por más que el Espíritu haya volado a anidar en este mundo para producir Belleza y Ensueño en medio de la guerra total de existir hasta morir. ¡Estoy triste!, y aun así mi otro carácter está por encima de todo mundo, al punto que rumio el dolor y acaba floreciendo en un “¡Tú, Trascendencia, estás incluso por encima de mí, ni puedo rozarte si Tú no quieres que te toque!” Hoy estoy triste como si se tratase de la oscuridad de la noche, de la luz pálida, melancólica, soñolienta y frágil de la luna nueva, y hasta de la luna llena, poderosa pero fría, como los negros cadáveres que van quedando tumbados y fríos en el abandono fantasmal de la noche. Hoy estoy triste, como se hace triste y solo el hombre que contempla nuevamente en la noche tantas y tantas estrellas, tanto más universo, y él allí, más breve que un instante, ¡tan solo!, y sólo hombre… Pero un Sol, un estallido de fuego sobrehumano, otro momento después, puesto cerca de todo lo tuyo, del mundo, transfigura esa tristeza, esa oscuridad impenetrable y ciega hasta que explota la luz. ¿Acaso hiciste el más mínimo movimiento, la más mínima renuncia, el más mínimo bien, el más mínimo merecimiento para que repentinamente aparezca sobre tu horizonte y cree la vida, el soplo del aire, las aguas azules, el cielo impenetrable y puro o bañado de nubes, y toda esa multitud de seres vegetales y animales que cada mañana se despiertan o nacen con este Sol redondo en sus ojos, desapegados de toda visible tristeza? Éste es el más profundo secreto de la tristeza de la oscuridad y de la tristeza de la luz: ¡Sólo Adviene!...

Akarghi se detuvo, dejó de escribir. Tomó las hojas que habían ido esparciéndose a su alrededor, las rompió una por una, y luego las arrojó todas juntas al fuego danzarín que ardía en memoria de su amado Lamayuru, en otro lugar y en otro tiempo.

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