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martes, 24 de enero de 2017

¡ALELUYA!



  



Serafín Fernández se había juramentado jamás volver a hacerlo, pero el desagradable y abundante sudor que bajaba por su frente, o simplemente uno de esos descuidos fallidos que nos hacen actuar contra nuestro sentir, lo llevó a girar la vista, abrir los ojos y mirar el vidrio resplandeciente del automóvil que se estacionaba junto a él. Lo que vio allí lo obligó a detenerse y fijar su atención, aunque experimentó también un repentino dolor de estómago y una angustiosa sensación de estrechez en la garganta.
Hacía diez años que lo había logrado, pulcra y concienzudamente. “No mirar espejos, no mirar espejos, nunca más…” Desde aquel día había retirado todos los espejos de sus moradas; cada superficie bruñida de los metales había sido borroneada con un paño grasiento; los vidrios habían sido cubiertos meticulosamente con una fina capa de papel mantequilla, y resguardados con cortinas que jamás debían ser descorridas ante él. Cuando salía a la calle lo hacía siempre enterrando su cabeza dentro de un gran sombrero; con los párpados cerrados (o abiertos) tras unas gafas oscuras a veces  simulaba ser no vidente, golpeando y auscultando todas las cosas con su blanco lazarillo. Pero ahora allí, a causa de la claridad y fidelidad meridianas de las precisas y soberbias condiciones de luz y sombra sobre y tras el vidrio del automóvil, vio después de tantos años de tozuda abstinencia la imagen de su rostro reflejado con absoluta exactitud y más.
Primero desmontó y dejó caer el sombrero alón de su testa, se sacó los anteojos con un movimiento torpe y compulsivo, abrió bien sus ojos oscuros, pequeños, desiguales y de aspecto sucio, como queriendo que saltasen de sus órbitas. Precisamente puso atención ante todo en sus ojillos de topo asustado; enseguida reconoció, de una mirada, la forma trapezoidal de su cráneo de pelo hirsuto y ralo, como aplastado por encima de su cara deforme. Entonces devolvió la vista hasta el centro de su cara donde yacía una nariz enorme, desigual y chata, ancha, con negros y duros pelos que salían en todas direcciones desde unos poros rojos y cavernosos. Debajo de la nariz, unos labios sombríos, oliváceos e inexistentes, o sólo su tosca posibilidad dentro de una temblorosa línea horizontal. Como si la vista quisiese alejarse pronta y naturalmente desde aquel insoportable centro de cara enorme, reconoció sus pómulos salientes, con pelos mal cortados y brunos, picados de viruela, que se hundían peligrosa y rápidamente por detrás del cráneo, donde dos orejas salientes y asimétricas, semejantes a setas guillotinadas por la mitad, parecían aletear, aunque en realidad siempre se mantenían inmóviles. Pero aun así, al contemplarse no por partes, sino de una sola vez, después de tanto tiempo, el efecto superlativo que se produjo a sí mismo fue atroz…
--¡Soy horrible!—exclamó tragándose la voz, sin darse cuenta, y comenzó a asentir con su cabeza, lo cual consideró que transfiguraba aún más monstruosamente su figura y su cara.
Estuvo a punto de estallar en llanto, pero se tapó la boca con ambas manos para no vomitar. Demasiadas emociones crudas, demasiados brutales recuerdos se acumularon al punto en medio de su pecho y en su panza regordeta que, a su manera, quiso explotar. Desesperado se subió por encima de la cabeza el capote que acostumbraba llevar calado hasta la nariz, aunque era verano, porque no se lo sacaba en ninguna estación del año para salir a la calle, y comenzó a correr, dejando tirados sombrero, anteojos y bastoncillo, con su trote de camello despavorido y cojo. Atravesó tres esquinas resoplando, se encontró con un niño en bicicleta, a quien, con un topón, empujó peligrosamente hacia la calzada, y estuvo a punto de ser mordido por un mastín negro, al que, de seguro, el descompuesto y fugitivo Serafín resultó sospechoso, amenazante. Como casi no veía más allá de la punta de su nariz, la cosa se puso más complicada justo cuando llegaba a su casa. No reparó en una persona que se había detenido ante la puerta de la casa vecina; literalmente pasó por encima de ella. La joven lanzó un gritito de susto y dolor, y se quedó sentada en el suelo. Serafín abrió un portillo de su capote para mirar ocultamente desde él, y lo que vio le trastocó el seso --si todavía puede decirse así--… Una chica de unos veinte años, como hecha por excelso diseñador de ropa, preciosa de cara y de formas sensuales, intensamente llamativas, a dos metros de él abrió sus piernas y dejó ver entre sus muslos dorados el paisaje femenino en perspectiva más perfecto, soberbio e inquietante que Serafín había jamás contemplado en su vida. Se quedó así varios segundos, sin aliento, paralizado, registrando con incredulidad la escena que sentía delirante y maravillosa. La joven compungida levantó la vista hacia Serafín y exclamó ante su figura escondida bajo el capote:
--¿Qué le pasa?...
Serafín pareció despertar, dio un respingo hacia atrás, se dio media vuelta y salió corriendo como despavorido. Pasó de largo frente a su casa, dio vuelta a la esquina y se parapetó tras el grueso tronco de un olmo. Él mismo no entendía por qué había hecho eso. Apoyó su espalda contra el árbol, se sacó el capote de la cabeza y volvió a respirar agitadamente, tragando por la boca el aire a grandes sorbos. Se pasó la mano por la cabeza, estirando su pelo duro varias veces hacia atrás, mientras parpadeaba de prisa una y otra vez. Estaba confundido. Bajó la barbilla hasta tocar su pecho, cerró los ojos y, después de unos segundos así, se persignó tres veces, de manera rápida y nerviosa. Luego metió las manos en los bolsillos, hurgó en ellos, al tiempo que miraba con un ojo por atrás del árbol hacia la esquina. Oteó alrededor suyo. Vio a algunos transeúntes que circulaban despreocupadamente y, un poco más lejos, a un policía que cursaba una infracción sobre el vidrio de un auto mal estacionado; entonces se encaminó lentamente hacia su casa, con el rostro descubierto, como hacía muchos años no lo hacía. Al llegar ante la puerta de fierro de su casa sacó la llave de un bolsillo de su camisa arrugada, le dio varias vueltas entre sus dedos, observándola, luego la introdujo en la chapa. Justo cuando iniciaba el movimiento para girarla se detuvo, volteó su cabeza hacia el lado donde había visto a la chica y, casi con pánico, se volvió a calar el capote café por encima de la cabeza, aunque no había nadie, o tal vez sí…
Entró de prisa, cerró con un portazo, se detuvo a la entrada del pequeño recibidor, bajó la mirada para cavilar durante un momento, luego se quitó mecánicamente el abrigo y lo arrojó desde lejos hacia el sofá marrón del living-comedor, pero no acertó. Lanzó una especie de bufido, consideró ir a recogerlo, pero no, se dirigió a la cocina. Abrió el refrigerador, sacó una cerveza helada, hizo saltar la tapa con más fuerza de la necesaria, la apoyó sobre sus mejillas sudorosas, luego la llevó a su boca y comenzó a beberla a grandes sorbos, de una vez. Cuando acabó el contenido, miró hacia el interior de la botella, se persignó, volvió a abrir el refrigerador y retiró de su interior dos botellas más, de marcas diferentes. De una patada cerró la puerta del refrigerador. Volvió a quedarse petrificado. Levantó un poco la frente y entornó los párpados, contemplando un punto invisible; entreabrió la boca, como para decir algo, pero también se paralizó con la palabra a medio camino. Luego de unos segundos exclamó con voz gangosa y gutural:
--¡Maravillosaaaaa!...
La chicharra del timbre de la entrada sonó furiosamente a un par de metros de su oreja. Serafín dio un salto y exclamó de inmediato:
--¡Es ella!... ¡Dios, es ella!...
Su primer impulso fue partir corriendo hacia la puerta de entrada y… ¡verla! Mas, al tercer o cuarto paso, se detuvo en seco y se tapó la cara con ambas manos. Se dejó caer de rodillas al suelo y comenzó a gemir, apoyando la frente sobre la fría baldosa. Se quedó así, con las manos juntas en actitud de oración, llorando. El timbre sonó aún dos veces más, luego todo permaneció en silencio.
Recordó a María José, a Lupita, a Paulina, a Francisca… y ya no quiso seguir hurgando en sus recuerdos, en esa zona en la que se había cumplido tanto dolor, tanto ensueño, expectación, anhelo, frustración y muerte (del amor), y que bien podía resumirse en sólo tres palabras: Serafín Fernández Catrileo… Ninguna de esas amadas, a las que por cierto sólo había amado en el más absoluto secreto (inviolado), y de la forma más platónica y casta imaginable, sin embargo, le llegaba literalmente a la rodilla de esta joven amada, que le había revelado en un instante, en un divino, sublime e inmerecido instante, la existencia de un paraíso oculto en las tinieblas del sexo de la mujer. Aún no podía creer ni asimilar que aquello visto y sentido era realmente real, pero tampoco podía sacárselo ni un instante de la cabeza. Pero no sólo de la cabeza, pues también una presión, una tensión desconocida, inflamada, inquietante y ardorosa palpitaba en su pelvis, y particularmente en sus testículos y en su pene. No lo conocía –en verdad no lo conocía-- más allá de las erecciones reflejas y las eyaculaciones nocturnas sin objeto ni sujeto sexual, nunca una mujer le había inspirado ni producido esa extraña y sobrecogedora sensación. Su actividad sexual intencional y mental habían sido desde siempre nulas.
Sentía ahora como si todo diese vuelta a su alrededor, por lo que primero lo atribuyó a las tres cervezas que se había echado al coleto. Pero en el medio de todo ese barullo y revoltijo de sensaciones, ella, la mujer, toda mujer, “Eva joven”, pensó, se dejaba sentir tan profunda, tan vaginal, sublime y eterna, que lo absorbía y animaba todo en su propio centro. Caminó como un sonámbulo por el reducido primer piso de la casa; entraba y salía del escritorio, de la cocina, del baño y del living arrastrando esta confusa y extraña sensación. Trataba de poner orden y al mismo tiempo no quería, porque la voluptuosidad de las sensaciones, los cercanos y lejanos recuerdos, y, sobre todo, las primeras fantasías que comenzaban a debutar en su conciencia no aceptaban análisis ni juicio alguno.
--¡Eva!—exclamó de repente--… ¿Y si mi madre hubiese…?
Se detuvo, enrojeció de vergüenza, y las lágrimas se le vinieron involuntariamente a sus ojos. Partió como un celaje hacia el segundo piso, dando saltos forzados de a dos escalones, pero tropezaba por su incapacidad habitual y caía, se golpeaba en las canillas o en las rodillas, mas, como si no sintiese dolor, seguía rengueando marcha arriba. Se metió a una diminuta gatera de la que sacó varios objetos sagrados que ya hacía un buen tiempo habían perdido uso, lustre y función. Miró entre sus manos una figurita de escayola pintada de la Virgen, de unos treinta centímetros de alto, se emocionó y la llevó con fuerza a sus labios. La mantuvo varios segundos pegada a ellos, hasta que repentinamente volvió a enrojecer y retirarla con pavor de su boca. Restregó compulsivamente la cara virginal con el antebrazo, para limpiarla, al menos, de todo rastro de su beso. Miró hacia todos lados, incluso hacia el cielo raso, pues experimentó la sensación de que alguien lo estaba observando.
--¡Perdón!—murmuró.
Y continuó con su acto de exorcismo. Acarreó una mesa de rincón frente a su dormitorio, en el pasillo; armó un altar, lo cubrió con un paño de organdí blanco, y en su centro instaló la imagen de la Virgen, a la que rodeó con siete cirios encendidos; clavó un crucifijo en la pared, por encima del ara; a los pies y alrededor de la escultura de la Virgen, repartidos sobre el altar, depositó una Biblia, un montón de figuritas, estampas, fotos, rezos, testimonios, rosarios, escapularios, imágenes de santos, incluso un pesebre y una miniatura rota de la catedral de Notre Dame, hasta que formaron un túmulo, como un pequeño montículo. Cada vez que colocaba un objeto sagrado se persignaba y bajaba humilde y piadosamente su cabeza hasta el pecho. Comenzó a sentirse tranquilo y pacificado. Sonrió por primera vez como no lo hacía ya un buen tiempo; cayó de rodillas ante su nuevo sagrario, apretando fervorosamente sus palmas en oración; comenzó a rezar todas las oraciones que sabía, al tiempo que, cada vez que acababa un rezo, gritaba a todo pulmón: ¡Aleluya!
Así, después de más de doce horas, alcanzó la noche en un estado que por momentos resultaba delirante, por momentos místicos, casi visionarios, en los que se sentía y experimentaba a sí mismo exaltado, brillante y transfigurado ante las puertas del cielo, y, todavía más, recibido en el convivo divino mismo de nuestro Señor Jesucristo, participando de la gloria de los resucitados, de los redimidos y de los santos. “¡Aleluya!...”
Se fue a dormir con una sonrisa infantil y con la levedad que alguna vez había experimentado al salir del confesionario antes de su primera comunión. Dejó sus zapatos lustrados, en perfecto orden, junto a su cama, y su ropa planchada, sobre la silla. Había decidido ir a la mañana siguiente a la iglesia para participar en la misa dominical y recibir el Santísimo con el alma redimida y limpia, como lo hacía en su temprana juventud.
Se despertó a eso de las dos de la madrugada, gritando y dando manotazos al aire, en el suelo, bañado de sudor. Comenzó a gemir y llorar, tapándose la cara con ambas manos. Había tenido una horrenda pesadilla. Se había visto con total realismo ante la entrada de la casa de su joven vecina… Empujó la puerta de acceso, entró al antejardín, luego se acercó a la ventana del comedor; primero se vio a sí mismo reflejado en el cristal; observó su rostro deforme y repulsivo, pero esto, lejos de asquearlo y atemorizarlo, lo hizo sentir poderoso, salvajemente animal, irresistiblemente excitado. Acercó su cara a su propia imagen, miró a través de ella, usando de visillo su mano sobre la frente; hizo presión sobre el vidrio, y abrió la ventana con cuidado. Entró sigilosamente. Buscó la puerta del dormitorio de la hermosa chica, la entreabrió con la pericia de un ladrón, y acercó su ojo a la rendija. Al instante se quedó sin aliento. Del otro lado, la joven, apenas cubierta con un baby doll rojo y transparente se inclinaba de espalda a él, sobre un pequeño velador, dejando ver por detrás sus bellos y largos muslos que sostenían sus nalgas curvas y el triángulo de su sexo, iluminado con el foco de alguna luz fuera de su visión. Abrió la puerta, desnudo avanzó con decisión hacia ella, la cogió con ambas manos por las caderas e introdujo violentamente su pene en la vagina de la joven que, tomándose de los bordes del velador resistió el embate de su violador; echó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos, disfrutando la salvaje penetración y dominación a la que era sometida. Al instante, Serafín vio que su pene, que entraba y salía del sexo reluciente y dilatado de la joven, no era sólo su pene, sino también la imagen de la figura de escayola de la Virgen  que él introducía y sacaba de su vagina, aullando al mismo tiempo ¡Aleluya!... Entonces se asustó porque vio su rostro en un alto espejo que flanqueaba el muro más cercano. Vio su cuerpo bajo, contrahecho, adiposo, de formas desiguales, inarmónicas, su espalda corva, sus brazos peludos y chuecos, y, todavía más chocante y repugnante, se vio a sí mismo moviéndose como un bruto, como un perro, como un asno pervertido y degradado. No se aceptó a sí mismo. No se reconoció a sí mismo. Entonces experimentó la evidencia más terrible y espeluznante: él mismo era un ser monstruoso que se observaba a sí mismo, burlándose de sí mismo, sacando una lengua enorme, rojinegra, haciéndola girar hacia todos lados, dentro de una cara irreal, y descubriéndose en su verdadera naturaleza y condición, lúbrico, irracional, espantoso, satánico. Le pareció que ese ser abominable, terrorífico lo estaba poseyendo y controlando más y más, pero al mismo tiempo, él, Serafín, su yo y su conciencia, estaba poseyendo y unificando al Demonio consigo mismo, como si aún fuese más poderoso, más terrible, más perverso y abominable que el Demonio mismo.
Se incorporó del suelo con la respiración agitada, los ojos desorbitados y mojado de pies a cabeza. Miraba hacia uno y otro lado, dudoso de esto y de aquello. Dudoso de soñar aún, dudoso de estar despierto, dudoso de la realidad, dudoso de su cordura. Corrió al baño, se metió tal como estaba a la ducha y disparó el chorro de agua fría sobre su cabeza. Si en lugar de gotas heladas y ofensivas hubiese recibido clavos de acero y cuchillos sobre su cuerpo, tampoco hubiese expresado el menor gesto o señal de dolor y molestia. Más aún, presintió que en aquella mortificación, en aquel maltrato creciente había también un placer, un deleite que no era del todo extraño al que había experimentado en su deleznable sueño. Después de permanecer durante cinco minutos bajo el agua, salió de la ducha, se quitó con dificultad el pantalón y la polera mojadas, y se quedó inmóvil en medio del baño. Involuntariamente fisgoneó hacia uno y otro lado, como buscando alguna superficie donde ver reflejado su cuerpo desnudo. Había una suerte de vibración, de energía placentera e inquietante en la sensación de su piel desnuda, peluda y mojada; poseía la certeza de ser muy horrible, de pies a cabeza, si bien capaz de hacer con la horripilancia de su aberración, algo sublime. Se sentó así sobre la taza del wáter y comenzó a cagar con su sensación de placer fortalecida; con embozada sensación de placer furtivo, inmoral, superior, desafiante.
--¡Sólo falta un espejo!—exclamó, cerrando los ojos, y soltando furiosamente un zurullo.
Dio un gran salto y tuvo que aferrarse a los bordes de la taza para evitar caerse, pues la repentina chicharra de su despertador en la pieza lo sorprendió.
--¡Mierda!—gritó con rabia, pero de inmediato se asustó, sin saber por qué.
Como despertando de un trance, puso atención sobre sí mismo y sintió asco. Se limpió el ano con papel mojado, mientras fruncía el ceño y la comisura de los labios. Todo en él volvía a parecerle grotesco y repugnante. Se lavó las manos meticulosamente, evitando mirarlas. Cada vez sentía más rabia. En un intento de conjurar la ira y los efectos próximos de su pesadilla, decidió iniciar las actividades de un día normal, o, más bien, de un domingo normal. Al salir de su dormitorio se encontró con el altar que, sin razón aparente, parecía haber olvidado. Se detuvo frente a frente, abrió tamaños ojos y se dejó caer de rodillas, paralizado.
--¡Debo ir a misa!—fue lo primero que se le vino a la cabeza.
Se persignó de prisa, miró el reloj pulsera que llevaba en su muñeca izquierda y se levantó sin prestarle más atención a su sagrario. Tiró una rebanada de pan a la tostadora, se bebió un vaso de leche entera, dio dos y tres mordiscos al pan magro, se encaminó al living-comedor, tomó del suelo su gabán y se lo fue poniendo mientras buscaba en closets y muebles el reemplazo de su sombrero, de sus gafas oscuras y de su bastón de no vidente. Al abrir la puerta de entrada para salir a la reja exterior ocurrió un extraño fenómeno. Aunque llevaba puestos los lentes oscuros, guiñó repetidamente los ojos y la luz demasiado potente de un día cualquiera de domingo hirió sus córneas. El viento no era tal, pero se lo pareció. Olió a ozono y, tal vez, también había en el aire bastante de azufre y de humo. Sintió peligro, como lo perciben los animales frágiles y asequibles a los poderosos. Se arrebujó dentro de su paletó negruzco y manchado, se bajó un poco más el ala del sombrero, volvió a mirar la hora en su reloj, y se empujó adelante, con la vista interior clavada en la imagen doliente de la cruz salvadora.
--¡Cristo, Cristo… protégeme!—masculló levantando la vista hacia el cielo azul del verano.
Después de cerrar la reja con llave, se dio media vuelta y se detuvo para mirar a su alrededor, pero no puso atención en nada, pues se llevó ambos índices a la boca, los untó con saliva y luego peinó cuidadosa y repetidamente las cejas con su baba. Se percató de que debía pasar frente a la casa de su amada para ir a la iglesia; dudó si darse la vuelta y dar un largo rodeo, pero se animó de igual manera a seguir adelante.
--¡Virgen santísima, soy un necio, no puede pasar nada!—se dijo a sí mismo en voz alta.
Se volvió a detener, miró a su alrededor con una expresión algo estúpida, como de alguien que le cuesta comprender; una pareja de jóvenes que pasó a su lado, observándolo, lo obligó a levantarse todavía más el cuello del gabán sobre la frente, y dio contra el suelo varios golpecitos seguidos con su bastón; en seguida alzó la vista hacia lo alto con la convicción de que alguien superior lo contemplaba y protegía desde allí; avanzó a paso firme frente a la fachada de su amada. Sólo miró de reojo, aunque –le dolió el pecho al reconocerlo—hubiese querido entrar al patio y fisgonear en todas las ventanas. “¡Sólo un poco, sólo un poco…!” Se justificó a sí mismo, y comenzó a trotar con su cadencia de jamelgo para llegar pronto a la misa, pero también para huir pronto de su tentación.
Volvió a tropezar en los escalones de granito de la iglesia al apurar el paso para alcanzar a entrar en el preciso instante en que se cerraban las grandes puertas para dar inicio a la ceremonia.
--¡Esperen!—gritó encorvándose y balanceándose un poco más.
Al vislumbrar en las miradas desconfiadas y melindrosas de los dos diáconos que cumplían la misión de cancerberos, quienes, al llamado perentorio de Serafín, apenas sacaron la nariz por el vano de las hojas de la puerta, que de igual manera le cerrarían el paso, se atrevió a realizar un acto para sí incorrecto. Se bajó con ambas manos el cuello del paletó, se quitó los anteojos y dejó ver su monstruosa cara, al tiempo que barbotaba:
--¡Necesito entrar!... ¡Por piedad, necesito entrar!...
Como si hubiese realizado un pase mágico o hubiese proferido el santo y seña, las puertas se abrieron de inmediato y casi hasta atrás.
--¡Gracias!—gritó al ingresar, mientras se hacía la señal de la cruz sin parar.
Se arrodilló primero con la cabeza baja. Estiró la mano hasta el baptisterio que estaba a su lado, hundió la mano completa, sacó una gran cantidad de agua bendita dentro la palma cóncava y se la dejó caer sobre la nuca. En el amplio espacio de la nave resonó el canto emocionado de los feligreses:
Vienen con alegría, Señor,
Cantando vienen con alegría, Señor,
Los que caminan por la vida, Señor,
Sembrando tu paz y amor.
Vienen trayendo la esperanza
A un mundo cargado de ansiedad,
A un mundo que busca y que no alcanza
Caminos de amor y de amistad.
Vienen trayendo entre sus manos
Esfuerzos de hermanos por la paz,
Deseos de un mundo más humano
Que nacen del bien y la verdad.
Serafín se estremeció al escuchar atentamente las voces y las palabras benditas. Comenzó a gemir como un perro asustado, y, presa de un intenso nerviosismo, movía descoordinadamente las distintas partes de su cuerpo para tratar de mirar de una sola vez hacia todos lados. Su vista cayó como sin querer en la anciana que, a dos metros de él,  salía del confesionario para incorporarse al sacramento. Dio un brinco y se instaló ante la celosía del confesionario. El cura confesor ya estaba saliendo del cubículo santo, cuando fue detenido por un grito que resonó en toda la iglesia:
--¡Alto!... ¡En nombre de Dios!...
Todo el mundo se dio media vuelta, incluso el oficiante que besaba piadosamente el albísimo mantel del altar se detuvo y miró con ceño adusto hacia el fondo del templo para descubrir lo que ocurría.
--¡Hombre, por Dios!... ¿qué te pasa?—preguntó en un español castizo el presbítero de pelo cano y pequeños ojos azules, deteniéndose molesto ante la entrada del confesionario.
--¡Si no me confieso ahora mismo, padre, soy hombre muerto y alma muerta!...
--¡Vale, que si lo pones así no me queda más remedio que confesarte, y ya, hijo mío!...
Serafín se había cubierto el rostro con el extremo de su capote y temblaba. Comenzó a llorar mientras hablaba entrecortadamente.
--¡Padre, soy un pecador, el peor de todos!... ¿Puede usted salvarme?... ¡Si usted no me absuelve, me perderé en el infierno al salir de aquí, en el Infierno, padrecito mío!...
--¿Qué ocurre, hijo mío?... Pero antes, oremos, repite conmigo… Y el sacerdote comenzó a salmodiar, sin percatarse de que Serafín había enmudecido y palidecía:
Piadosísimo Señor, por los méritos de la purísima e Inmaculada siempre Virgen y Madre tuya María, que Tú nos dejaste como Madre, y de todos los Santos, envía tu luz y tu verdad a mi alma, para que todos mis defectos aparezcan claros ante mí, aquellos que debo confesar, y que ello me ayude y enseñe a manifestarlos plenamente con un corazón contrito. Tú, oh Dios, que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.
Serafín se aferró con ambas manos y con sus dedos crispados a la celosía, acercando su boca hasta tocar los maderos.
--¡Quiero tener sexo con la Virgen María, con mi madre, con Eva, con una jovencita!... ¡Es decir…!
--¡¿Estás loco?!... ¡Sí, sí, lo estás!... ¡Fuera, fuera de este lugar santo, animal!—el cura gritaba furioso detrás del tabique--… ¡Que Dios te perdone, si quiere, porque yo no lo haré!... ¡Sal de aquí, enfermo!... ¡Sal!...
Serafín se levantó de un salto, agarró el bastón de invidente, lo agitó por los aires y, despavorido, inició una carrera hacia la puerta de la iglesia, más cojo y rengo que nunca.
--¡Qué he hecho!… ¡Qué he hecho!—gritaba mientras bajaba las mismas gradas que hace poco había subido con tanta esperanza y fe.
Corrió no más de cincuenta metros y sintió la imperiosa necesidad de esconderse. Justo delante de él había un puente; se acercó por el lado,  descubrió un sendero que bajaba hacia el cauce seco, cubierto de maleza y vegetación. Primero trastabilló, pero luego ya no se resistió y se dejó caer rodando hasta el fondo del lecho pedregoso. Comenzó a llorar bajito, bocabajo, como para no ser escuchado por nadie.
Se sabía horrible, deforme, insoportablemente feo, pero ahora se había experimentado y reconocido a sí mismo, además y sobre todo, como un terrorífico monstruo, un engendro aberrante y maldito. ¡Había sido arrojado fuera de la Iglesia, fuera del Reino de la compasión y del perdón, fuera de la condición humana!... Como un martilleo inquietante, sin embargo, la imagen colosal y deliciosa de las piernas abiertas de su joven amada parecían igualmente querer redimirlo, salvarlo de sí mismo, ¡inmediatamente!, de alguna manera incomprensible, irracional y hasta absurda, pero inevitable. Aunque, al mismo tiempo, había en ella la más terrible sensación de abismo, de exaltación, de abuso y perdición eterna, todo junto. Dulce, como el más dulce y jubiloso jugo del amor, pero desgarrador y aberrante, como el crimen más repulsivo de lesa humanidad, y contra Dios mismo. Ya no sabía qué partido tomar… Si primero Dios lo había marcado con este cuerpo y rostro horrendos, contra natura, que impedían de antemano la más mínima realización entre seres humanos que miran, que oyen, que huelen, que tocan, que sienten, y que desde estos primitivos contactos y percepciones destituyen de la condición humana y del bien al que no cumple con sus inconcientes e intransables parámetros de normalidad y de belleza. Serafín trataba de recordar si era él mismo quien se había condenado desde temprana edad, juzgándose imperdonablemente con su propio sentido de recta humanidad, o era la suma de punzantes miradas de desprecio y horror, de gestos asqueados, de actos de humillación, de palabras reunidas como cuentas de un rosario maldito colgadas a su cuello por innumerables niños, compañeros, familiares, desconocidos y simplemente personas, los que habían infiltrado en su alma el decreto de condenación y suplicio eternos, del que ahora se hacía plenamente conciente y actor.
--¡Eliminarme!... ¡Tengo que eliminarme!—sollozó.
Pero de inmediato, como una antagonista desde atrás del escenario, la presencia conmovedora de Ana Luisa, su madre, de María Virgen y de Eva, la joven promesa del Paraíso, le hacían guiños irresistiblemente coquetos, amantes y seductores. Pero así como el encanto vital, visceral y arquetípico de la mujer-totalidad lograba sostenerlo a cualquier costo, sobrecogedoramente, en medio de su monstruosidad, de su confusión y caos, así también no pudo evitar escupir sobre cada una de sus manos peludas, rechonchas y mochas, despreciándose en ellas a sí mismo.
Serafín experimentó una leve convulsión; levantó la vista y miró hacia todos lados. Esbozó una sonrisa extraña, entre beatífica y macabra; se puso de pie, se limpió la ropa cuidadosamente de tierra y pedazos de vegetal. Se quedó pensativo unos segundos, inmóvil, y luego emprendió la marcha con decisión. Regresó en derechura y sin contratiempos a su casa. Adentro comenzó a dar valsones por las diferentes habitaciones sumido nuevamente en una intensa inquietud. La campanilla del teléfono repicó en el living. Se tapó los oídos con ambas manos, se dirigió hasta él y arrancó el cable desde la conexión a la pared. Comenzó a transpirar copiosamente y a experimentar un repentino estado febril. Se encaminó a la ducha y volvió a meterse con ropa bajo el chorro de agua helada. Sintió que el agua lo quemaba; saltó fuera, arrancándose la ropa a tirones. Desnudo se lanzó en una carrera loca por la casa, sin embargo a los pocos pasos resbaló a causa de sus pies húmedos; lanzando un grito animal cayó de espaldas y se golpeó la cabeza contra el suelo. Estuvo así, inconciente, mucho tiempo; al despertar se descubrió tirado sobre el piso, con la cara, el pecho y el vientre mojados y jabonosos, pero no de sudor ni de agua, sino con el líquido lechoso y adhesivo de su propio semen. Sintió asco, vergüenza y náuseas. Cada vez que ocurría este incómodo e inmoral fenómeno experimentaba un violento sentimiento de culpa y suciedad. Esta vez tenía todavía más motivos para ello. Había tomado una decisión, hasta donde una decisión vapuleada por lo inexorable puede concretarse como decisión… Se puso de pie tal cual, sin ya reparar en el semen que continuaba adherido a su piel -- todavía se sentía algo mareado y le dolía la cabeza-- y volvió a correr sin temor hacia el segundo piso, si bien al subir los peldaños puso cuidado en cada paso que daba. Seguía aún con su cuerpo voluminoso, chato y asimétrico de mutante entre oso y simio completamente desnudo, y así se arrodilló nuevamente ante el altar del rellano, frontero a su dormitorio. Bajó la cabeza, se persignó con seriedad, levantó la vista y observó su relicario. Volvió a ponerse de pie y con una mueca de desencanto, pasó veloz y bruscamente su mano por encima del paño de organdí, barriendo los objetos allí depositados, que cayeron ruidosamente al suelo. Luego se arrodilló en el piso y comenzó a hurgar entre los objetos desparramados. Fue juntando en una mano y sobre el antebrazo, con una sonrisa dulce, todas las figuritas y reliquias que guardaban relación con la Santísima Virgen. Las depositó delicadamente sobre el altar, cuidándose de conservar, en el centro del mismo y de todo, la estatuilla de escayola de la Madre de Dios. Prendió reconcentrado las siete velas alrededor de la imagen, y se quedó pensativo, contemplando a María. Sin embargo, la contemplación duró apenas unos segundos, de la misma manera que el ahogado saca la cabeza por un momento sobre el agua y contempla a lo lejos la luz radiante de un faro, para en seguida ver y sentir que se le vienen encima una angustiosa ola tras otra. Asimismo los recuerdos y estados anímicos que acompañaron los eventos hace poco vividos lo azotaron con furia, acarreando consigo más y más lejanos y furiosos recuerdos.
Siempre mujeres habían desempeñado un rol benévolo y casi salvador en su vida pasada. La primera de todas, su madre Ana Luisa, que había cubierto su entorno los primeros años con un amor compasivo y una protección que todo hijo quisiera, pero que luego, con el correr del tiempo, se había diluido y extraviado en innumerables trampas que la vida dura va poniendo en el camino del amor, y mucho también con las que el mismo Serafín iba jalonando su pasar de edad cada vez más confundido, díscolo, huraño y hasta ofensivo. Porque el amor de una madre amamanta, pero no redime. Porque el amor de una madre contiene, pero no cambia ni un pelo de la fealdad de un monstruo, ni de las consecuencias que esto conlleva. Quién sabe cómo hubiese acabado su relación, si Ana Luisa no hubiese muerto cuando Serafín cumplió los once años. Y tan malo era el trato que ya ese último año le daba Serafín a su madre, a quien sin duda también culpaba de engendrar su asquerosa forma –aunque ella no era ni fea ni tonta--, que años después se martirizaba a sí mismo atribuyéndose responsabilidad en su muerte. Y si las mujeres habían jugado este rol en parte benigno, en parte compasivo  y religioso –aunque siempre acababa mal--, los hombres, como contraparte, no habían hecho más que ahondar el odio que Serafín sentía contra sí mismo. Por lo mismo, su padre, el primer dios de un niño, parecía haberlo aborrecido desde el mismo momento en que lo vio nacido. El primogénito, su ansiado orgullo, el heredero de lo que un padre empleado estatal mediocre quisiera como superación de su propia mediocridad, era justo lo más brutalmente contrario y humillante para él. No hizo el menor esfuerzo por quererlo, por más que Ana Luisa apelaba a la grandeza de los sentimientos humanos y los suyos paternos, y aunque su propio sentir le resultaba a Armando insoportable. Ni qué decir el maltrato que Serafín recibió de Armando desde el primero al último día que vivieron juntos. Conoció la rudeza de los golpes desde la mismísima cuna, y cada parte de su piel y de su cuerpo se identificó con el dolor. Sus oídos aprendieron pronto que los gritos eran la mejor y más eficaz manera de comunicarse entre dos seres humanos. Su voluntad se hundió y aplastó bajo la bota de las ofensas, de los maltratos, de las descalificaciones, del desprecio, de la complicidad y de la repugnancia del padre. Su carácter se identificó tan pronto con las manos duras y hábiles de alfarero de su padre, que no conoció diferencia ninguna entre su cuerpo aberrante y horrible, y su alma (por lo tanto inexistente). Quizás por eso nunca había logrado reconocer a Dios como su Padre, ni a Jesús como Hijo e imagen del Padre, o tal vez sí, en la medida que el Padre lo había clavado en la cruz… Siempre había mantenido una relación ambigua con Dios Padre; María Virgen, la Madre, en cambio, le resultaba más cercana y amorosa que Jesús el anormal, demasiado parecido a él, precisamente en lo monstruoso para la Humanidad, materializada en esos víctimas-victimarios judaicos y, consustancialmente, en todos los hombres, que lo calificaron y sienten todavía, en lo más vivo y personal, como loco, desmesurado, extremista, iluso y falsario. Sufrimiento o desolación no son palabras adecuadas para expresar todo lo que vivió desde su niñez Serafín. Ninguna palabra tampoco podría describirlo adecuadamente. Porque el entramado finísimo y denso, la inagotable variedad sumativa de cada segundo de vida, su accesibilidad disponible a través de cada facultad y expresión personales de humanidad, sólo desarrollaban recursivamente ese horrendo tumor vivencial que llevaba por nombre Serafín Fernández Catrileo
A esa única fuente pantanosa y sórdida podía acceder a beber sediento cada vez que se encontraba con su pasado, desde el más próximo al más remoto. Y ahora allí, cargando su cruz como un Cristo en flagelación, se arrodillaba ante la Madre de Dios, suplicando, o al menos dejándose ver, por si el amor de madre aún podía alargar piadosamente sus días de tormento, y sostener una esperanza –como dicen los antiguos cronistas—ciega. Pero, por otro lado, ni su súplica, ni su espera, ni su condición personal, ni su alma (más bien mente) eran puras, uniformes ni claras. La enredadera de la vida se había unificado como un parásito indiferenciado a su sí mismo y parecía tener poco sentido intentar esclarecer hasta dónde Serafín era víctima, y dónde comenzaba a ser, lisa y llanamente, victimario. ¿Qué se podría decir, por ejemplo, de que, en este mismo instante, al contemplar y orar ante la imagen de la Virgen se le ocurrieran las ideas y las motivaciones más peregrinas y grotescas que jamás había generado en su vida? Pero ya tendremos ocasión de indagar sobre este complejo tema para mejor develar la naturaleza de nuestro singular personaje.
De pronto se había alzado una montaña y un pico más alto en su vida que todo lo anterior vivido, y de una forma tan potente, descomunal, cataclísmica, que su altura, primero, descollaba sobrecogedoramente por encima de todo y, segundo, que todas las experiencias vividas, todos los minúsculos y grandes impulsos y empujes vitales, todos los eventos y sus características personales asociadas (progresivos pero también azarosos), todas las circunstancias, y hasta lo no vivido, parecieron brusca y significativamente coincidir en apuntar y empujar (todas las perspectivas posibles) hacia la misma y única cúspide ubicua: su joven vecina.
Levantó la mirada hasta los ojos de la estatuilla de la Virgen y exclamó con mucho sentimiento:
--¡Gracias, madre mía!
Se levantó sin más y se encaminó hacia su estudio. Hurgó en un clóset donde conservaba tantos cachivaches, trastos y porquerías, cuantos podían contener sus doce amplios cajones. Revolvió y revolvió sin perder la calma, aunque evidenciaba su ansiedad en la tensión contenida de los movimientos de sus manos y en el temblorcillo de las enormes aletas  de su nariz. Al fin dio con lo que buscaba, una cámara fotográfica Canon RC-701 que –digámoslo así, ya que en todo lo demás su probidad era intachable—había tomado prestada de su padre, y había guardado como única reliquia familiar, en una de sus últimas, pero ya muy muy distantes incursiones a escondidas a su solar. Con una amplia sonrisa infantil se encaminó, registrando la cámara y dándole vueltas por todos lados, hacia su pequeño despacho en el primer piso, sobre cuya mesa mantenía habitualmente su computador de trabajo. Continuaba desnudo y sin intenciones de volver a vestirse. Se dirigió a la ventana que daba hacia la propiedad de su amada, descorrió apenas el centro del vuelo de la cortina granate y fisgoneó por ella, aunque del otro lado no podían verse sino metro y medio de patio pelado, y nada por encima de un alto seto de ligustrinas que crecían junto a la pandereta. Luego, abrió un poco la ventana por el medio, e igual que si fuese un animal salvaje, sacó la punta de su nariz tuberosa y comenzó a oliscar el aire. Entornó durante un momento los párpados y puso los ojos en blanco, como si hubiese olido el perfume más exquisito, para en seguida volver al escritorio con una expresión de excitación y deseo en el brillo de sus ojos y en la línea estragada de su boca. Se sentó delante del PC y, con cierta torpeza y dificultad, conectó la cámara para constatar su funcionamiento, y configurarla. Serafín tenía un conocimiento mínimo de computación y tecnología en general, pues odiaba la accesibilidad y la dependencia que éstas involucraban –su espíritu, decía él--, aunque se había visto obligado a aprender el uso básico para trabajar desde su casa en ventas por internet, ya que le era impensable salir a exponerse, aunque sólo fuese por horas, al “farandulero” mundo laboral. No había sido fácil alcanzar la situación de independencia económica y material en que actualmente se encontraba, y aunque pagaba un moderado arriendo por una pequeña vivienda en un barrio más bien pobre en las afueras de la ciudad, apenas le alcanzaba el resto de sus ingresos para comer y solventar sus pocos gastos personales. En realidad, Serafín había desertado de la educación secundaria cuando tenía apenas trece años, pues se hizo evidente que carecía de todo sentido y razón continuar adelante con la inutilidad y el desastre que aquello le significaba, lo mismo que a su padre, quien durante los tres últimos años se esforzó con golpes, amenazas y hasta torturas físicas y sicológicas para que Serafín alguna vez siquiera obtuviese una nota, en cualquiera asignatura, --una sola-- que no reprobase. Todos pensaron que además de horrible era imbécil. Cuando citaron el último año a su padre para informarle que una vez más había repetido de curso y que debía cambiarlo de colegio, fue tal la zurra que le propinó al llegar a casa, que Serafín pasó una semana en el hospital, reponiéndose de un TEC cerrado, fractura maxilar y múltiples edemas postraumáticos –y conste que él declaró sin vacilar que había sido asaltado en la calle--. Al siguiente día de ser dado de alta, Serafín escribió una breve nota a su padre, la dejó dentro de la copa que usaba para beber, y con la simple amenaza de dar cuenta a la policía de sus continuos maltratos, le informó que ya no viviría más con él, ni volvería jamás a verlo. Los siguientes cinco años los pasó casi todo el tiempo de allegado en un  centro católico de acogida para personas de la calle, y sólo durante los últimos quince había logrado una progresiva independencia (si se le puede llamar independencia a vivir durante años encerrado en un cubículo de dos por dos, sin luz natural ni ventilación, y luego en un conventillo de mala muerte, en una habitación también de dos por dos, pero con una claraboya y un excusado), a pesar de que se resistía obstinadamente a aprender cualquier oficio y actividad que lo “mostrase al mundo”, aun a sabiendas de las penosas consecuencias. A pesar de la pobreza, y hasta miseria, que durante tanto tiempo había debido sufrir; a pesar de las muchas ocasiones y personas que  lo habían tentado, ofrecido, presionado e involucrado en actos ilícitos e inmorales; a pesar de que no le debía respeto a nadie, si se atenía a simplemente a tratar a los otros como lo tratan a uno; a pesar de la desesperación y rabia que había experimentado por tantos y a veces tan básicos y justos motivos, Serafín nunca había cometido ilícito ni inmoralidad algunos. Quizás su propio carácter bruto y ascético; quizás el modelo inmaculado de su temprana madre; quizás el rigor del deber  moral que había experimentado en su padre; quizás alguna tendencia genética al bien; quizás el modelo cristiano que había experimentado desde edad temprana; quizás la Virgen, Jesús o Dios; o algunos de estos factores, o todos, podrían explicar su sobresaliente resiliencia y su autonomía moral. Aunque debemos puntualizar de inmediato que los hechos que a continuación vamos a narrar podrían desmentir o modificar las causas y razones anteriores.
Lo primero que hizo frente a la pantalla iluminada de su ordenador fue crear una carpeta a la que puso con deleite el nombre de Eva Joven. La abrió y se quedó en silencio, con la mirada fija sobre el recuadro blanco y vacío. Pasó una hora con la mirada fija en el espacio virgen, luego, como si bruscamente despertara de un sueño se incorporó, fue a su pieza a vestirse, volvió a hurgar en los cajones, hasta que encontró lo que ahora andaba buscando: un mono azul desteñido y manchado con pintura, que alguna vez había usado para realizar trabajos de albañil; se introdujo en él, subió el cierre y salió al patio. Comenzó a dar vueltas alrededor de la casa, mirando hacia todos lados, observando a veces con mucho cuidado y atención las distancias entre diferentes objetos, entre ventanas y muros, la altura del techo de su casa y los ángulos respecto de las casas vecinas, contó los pasos entre la puerta de entrada y la reja de salida, contó los pasos hacia el fondo del sitio, analizó la altura de las ligustrinas respecto del cierre perimetral, auscultó entre los vegetales, dio golpecitos a los muros de ladrillo y cemento, arrastró tierra con su pie, y hasta tomó una otra que piedra para calcular el peso y su volumen. Pero lo que más parecía interesarle era el techo de su propia casa, al que miraba y remiraba desde todas las perspectivas posibles, razón por la cual deambulaba alrededor de la casa una y otra vez, decenas y hasta cientos de veces, hasta bien entrada la noche. Si su dormitorio, en el segundo piso, hubiese tenido una ventana hacia el poniente, todo hubiese sido más fácil para Serafín.
A la mañana siguiente, después de una noche breve, accidentada e intranquila, se levantó temprano, colocó un cojín en el suelo, y se hincó de rodillas y desnudo ante la Virgen, rezando por más de dos horas. Durante la noche, en sus reflexivas horas de desvelo, había llegado a elaborar extrañas teorías y extrañas conclusiones. Obsesionado por el deseo de su bella vecina, y particularmente por las fantasías sexuales que nunca antes había conocido, pero que ahora parecían ir cobrando más osadía, más frecuencia, más autonomía y mayor intensidad, surgía una reacción espontánea, entre benigna y dolorosa, que lo llevaba al recuerdo de las mujeres que había conocido, de aquellas que había amado siempre frustradamente, y de tantas y tantas que se habían burlado de él y lo habían humillado, muchas veces sistemática y cruelmente. Quizás por eso mismo terminó pensando en su madre, como la mujer vivida, amada y finalmente frustrada por excelencia. Una duda nunca antes sospechada, cruel y aterradora, tal como habían llegado a ser las mujeres para él, lo atenazó con un agudo dolor en el pecho: ¿Y si Ana Luisa dejó de quererme porque me acabó viendo tal como soy: un monstruo horroroso?... Se levantó de un salto de su cama, bajó cojeando al refrigerador, sacó una cerveza helada, se tomó dos largos sorbos, luego la levantó por los aires y vertió en un chorro continuo todo el contenido sobre su cabeza. Su cerebro afiebrado respondió a este acto con la imagen vívida de una hilera de todas esas niñas, jóvenes y mujeres conocidas, sentadas todas en una hilera sobre el suelo, delante de él, con las piernas abiertas… Un sentimiento animal, un fuego interno que le provocó una erección instantánea lo hizo imaginar acercándose a cada una de ellas para en seguida introducir sus dedos y sus manos en sus vaginas.
--¡Sí, sí, mi madrecita tenía razón!... ¡Soy un monstruo asqueroso!... – gritó.
Luego subió a su dormitorio restregándose las manos, si bien al pasar ante el sagrario, se acercó a él, se persignó como de costumbre muchas veces, encendió cada una de las velas, y las dejó prendidas para que se consumieran, a pesar del peligro que sabía que eso representaba. La imagen hierática y cálida de la Virgen lo acogió con cierto recelo al recordar a Ana Luisa: “¡Seguramente mi madre también llegó a despreciarme y a odiarme!… Recuerdo cómo comenzó a arriscar la nariz cuando me hablaba. ¿Por qué se llevaba las manos delante de la boca cuando se molestaba conmigo?... Su mirada se entristecía al dirigirla a mí, y, ¿ahora el silencio cuando alguien me trataba con desprecio o de cualquiera manera mal, si antes me defendía como una leona en todo momento?...” Necesitaba nuevamente una madre, la madre de la niñez, la madre eterna que nunca deja de perdonar, que nunca deja de amar ni de abrazar al peor de los hijos, en ese útero inmenso y cálido, donde incluso la muerte retrocede hasta el principio mismo, cuando aún no existía. Para él, la madre única, la de cuerpo mortal y que es para toda la vida, había dejado para siempre de ser la madre… Entonces la Madre de Dios, María, de regazo y de amor tan anchos, en el cual todos los seres humanos son sus hijos, hijos iguales y amados, la Madre que amó sin condiciones al Hijo más despreciado por la Humanidad, Madre inmortal, como debe ser el verdadero amor, sí podía sostenerlo, acompañarlo y liberarlo de su fealdad, pero sobre todo de la fealdad de su alma, en donde el extremo del horror de estar perdido necesita un amor como el de mujer para no destruirse, pues, por otra parte, su cuerpo no era más que un pálido reflejo de esa suprema y sobrecogedora fealdad.
Existiese o no esta Virgen María, se entiende por qué Serafín, en su condición límite, necesitaba creer en ella, y, por esa capacidad tan asombrosamente humana de poder vivir igual lo que existe como lo que no existe, y que todos poseemos, lo vivía así como absolutamente real. Y es que hasta aquí no hay problema para aceptar, en concordancia con los dogmas y creencias de la Iglesia Católica, como posible (desde la fe) esta Virgen María, no obstante las consideraciones que Serafín hizo a continuación violentan probablemente hasta a un ateo y al universal sentido común.
Después de este evento nocturno logró quedarse nuevamente dormido, pero despertó como una hora después muy agitado y tratando de recordar el sueño del que venía saliendo. Conservaba sólo retazos de sensaciones y vagas imágenes que no alcanzaban a tener coherencia ni para argumentar el menor discurso, aunque, sin saberlo, se puso a pensar como por sí mismo precisamente en el asunto que había soñado… Lo primero que se le vino a la cabeza, haciendo eco de sus anteriores disquisiciones, fue una pregunta perfectamente racional y justificada: “¿Cómo es posible que la Virgen haya sido realmente virgen después de quedar embarazada?... –y luego llegaron a borbotones las otras preguntas-- ¿Qué quería probar?... ¿Que el sexo es malo, obra del demonio?... Entonces, ¿para qué tenía vagina y clítoris?, ¿sólo para castrarse?... ¿O tampoco tenía?... ¿Y si en realidad María era una mujer y madre como cualquiera otra mujer y madre, con vagina y sexo y orgasmo y embarazo?, ¿todo eso de su inmaculada concepción y de su concepción virginal no ha sido obra de unos hombres –de seguro hombres y no mujeres—que querían exaltar a la mujer casta, pura y de un único marido, incluso, ante todo, de Dios?... ¿Y el pobre José qué habrá hecho, si no podía tocar a su mujer?, ¿masturbarse y masturbarse, o follarse prostitutas, o ponerles los cuernos a María, porque yo, que soy el ser más horrible y repugnante, rechazado por todas las mujeres, casto como el que más, incluso más que los mismos curas, ya no puedo resistir más esta vida sin sexo?... ¿Y no habrán querido cagarse a María, como también se cagaron a Eva, la Madre Universal?... ¿Y no habrán querido cagarse simplemente a la mujer, en cualquiera y todas sus formas y condiciones?... ¿Y acaso Eva no quería sexo, sexo duro, animal, igual que lo quería María, igual que lo quería mi propia madre?... ¿Y esta jovencita de al lado no es una mujer como todas ellas, una hija de Eva, una Eva Joven, que quiere sexo y a la que Dios le ha dado la misión de contener el pene del hombre, y a todo hombre, de follar a la mujer?... ¿Es esto pecado, o incluso algo peor?...
Y aunque eran sólo preguntas, y Serafín no llegaba a ninguna respuesta, cada pregunta le parecía más importante y significativa que mil respuestas. Se sentía perturbado y confuso, pero también excitado, ansioso, y observado, siempre observado por una mirada juzgadora, pero al mismo tiempo compasiva, y sobre todo libidinoso, con ganas de follarse ahí mismo a la joven Eva. Al parecer ese –por así decir—sentimiento prevalecía sobre los demás.
Completamente desnudo, porque ya parecía haber incorporado este estado a su vida normal, se encaminó hacia su despacho, encendió su computador y liberó rápidamente algunas órdenes de compra, ordenó algunos informes, respondió un par de preguntas de clientes y, de paso, abrió el archivo Eva Joven; se quedó contemplándolo como si pudiese ver algo allí, algo que esta vez lo hizo juntar feamente sus cejas desordenadas e hirsutas. A continuación, después de buscar en internet y comparar una que otra web, solicitó el arriendo con entrega a domicilio de una singular herramienta: andamios, ocho metros de andamios de aluminio. Miró la hora, se puso rápidamente de pie, apagó el ordenador, se dirigió a la ducha, se bañó en un minuto, comió un plátano con pan y un huevo crudo, se tragó una cerveza, se vistió como para salir (con su atuendo de costumbre), guardó la Canon en un bolso negro de cuerina, se lo colgó cruzado por el hombro, y salió a la calle. Primero cruzó a la vereda de enfrente, se parapetó tras una camioneta y se quedó mirando durante unos minutos hacia diferentes direcciones, con actitud distraída, pero poniendo atención intermitente sobre la casa de Eva. Al fin se decidió; se persignó tres veces, sacó con cierta precipitación la cámara de su bolso, apuntó hacia la casa de Eva y sacó una docena de fotos, rápido y nervioso. “¡Nunca más!... ¡Nunca más!...” repetía en voz baja, mientras volvía a guardar la cámara en su estuche. Salió casi reptando de su escondite y se encaminó (volviéndose a mirar varias veces hacia atrás) hacia el Banco. Después de hacer una fila de unas treinta personas, llegó su turno. Tenía la sensación de que la gente lo observaba incluso más que de costumbre, y no faltó el niño que después de observarlo por varios minutos le preguntaba a su madre, apuntándolo con el dedo: “¿Mamá, qué le pasó a ese señor?”…
Retiró doscientos mil pesos[1] de su cuenta de ahorro. Continuó con su itinerario, decidido, dirigiéndose a continuación a una ferretería con materiales de construcción. Compró una carretilla, una escalera plegable, dos palas, un zapapico, una laya, un litro de sellador de techos más cinco litros de pintura, y varios otros artículos menores del mismo rubro. Se colgó la escalera en el hombro izquierdo y salió feliz del local con el resto de los materiales sobre la carretilla, sin importarle el gran peso, la gran incomodidad y la gran distancia hasta su casa. Incluso no le importó ya que casi todos los transeúntes, y hasta los conductores, lo mirasen asombrados, o le gritasen bromas pesadas, como a un extraterrestre de circo.
Hay decisiones tan poderosas y rectas semejantes a un rayo láser capaz de atravesar cualquier obstáculo hasta alcanzar en el menor tiempo y con la mayor precisión su objetivo. Serafín se sentía poseído por una fuerza divina, y, más precisamente, mariana… Viniese de donde viniese esa energía –no podemos saberlo--, sí poseía la sobresaliente condición láser. Llegó a su casa, se ciñó el mono de albañil, estiró la escala que alcanzaba sin problema hasta la cumbrera, subió hasta la punta y con una sonrisa de profunda satisfacción constató la excelente vista que disponía desde allí. Bajó, entró a la casa, miró la hora, se quitó la ropa, se persignó y rezó a viva voz un Ave María de rodillas junto a su cama. Se acostó y se puso a dormir relajadamente. Lo despertó el timbre de la entrada, a eso de las seis de la tarde. Había dormido profundamente buena parte del día. Saltó de la cama, se caló el mono de albañil, al pasar frente al altar se detuvo, cogió la estatuilla de la Virgen, la besó, gritó ¡Aleluya!, y bajó a la entrada a recibir su anhelado set de andamios. Al verlo salir a recibirlos, los porteadores le dijeron:
--¿Puede llamar al dueño de casa?
--¡Yo soy el dueño de casa!
Los empleados comenzaron a reír, mirándose entre sí, y le hicieron entrega del envío, sin dejar de sonreír burlonamente hasta que subieron al camión y partieron. Serafín había cometido la torpeza de salir sin ningún embozo, pero tampoco le importó esta vez la humillación… “¡Por Eva!… ¡Por Eva!...” Se consoló para sus adentros, pues muchas veces una situación como ésta solía llevarlo a una fuerte depresión y desconsuelo. El resto de la tarde, y hasta cerca de la medianoche, estuvo luchando con los fierros hasta que logró armar bien la estructura. Se la quedó mirando orgulloso, volvió a subir por la escala hasta la cumbrera, repitió la acción de mirar hacia todos lados, y bajó canturreando aquella canción que había escuchado en la iglesia: “Cantando vienen con alegría, Señor… los que caminan por la vida, Señor… sembrando tu paz y amor”... Pero repetía sólo los tres primeros versos una y otra vez. Más arriba de la mitad de la escala resbaló y quedó colgando con una mano, pero después de algunos movimientos desesperados logró girar y volver a apoyarse correctamente. Lanzó un escupo hacia el suelo y continuó bajando. Esta simple situación lo puso de muy mal humor; por mucho rato sintió deseos de golpear y patear todas las cosas, de manera que finalmente se encaminó a la ducha, se  metió en ella y abrió la llave de agua helada con toda su fuerza. Dio un grito y luego enmudeció, tiritando.
--¿Quién puede decirme que está mal?... ¿Con qué derecho?... –habló consigo mismo en voz alta, pero no respondió ni dijo nada más.
La ducha de agua helada le permitió bajar las revoluciones y el enojo, pero a cambio aumentó su inquietud. Comenzó a caminar por todas partes con las manos en la espalda, pero pronto sus manos ya se movían casi solas en diferentes posturas y gestos; subía y bajaba ambos pisos, mas era evidente que algo lo atormentaba, pues su caminar era vacilante, cambiante e interrumpido. De pronto se detuvo, se frotó las manos, se restregó la cara varias veces con ambas palmas, fue hasta el despacho, cogió la cámara fotográfica, se la colgó al cuello y salió al patio. Caminó con decisión hacia la escala que había dejado apoyada por la pared izquierda del exterior de la casa, subió hasta la cima, se recostó sobre el techo y miró atentamente hacia la casa de su vecina. La estructura era similar a la suya, pero más grande y con más habitaciones en ambos pisos. No se veía ninguna luz encendida en las ventanas que alcanzaba a mirar, todas cubiertas con cortinas. Nunca había visto a Eva entrar ni salir de esa casa –ni a nadie, porque evitaba intencionadamente todo contacto con sus vecinos--, por lo que tuvo la repentina aprensión de que tal vez no viviese allí, y de que aquel día bendito sólo hubiese estado de paso. Sacó la máquina de su bolso, ajustó la lente y apretó el disparador. Tomó seis fotos con temor y premura, pues el flash podía fácilmente delatarlo. Bajó de prisa, pero cuidando cada paso. Se dirigió a su oficina de trabajo, encendió su computador y descargó las dieciséis fotos en la carpeta de Eva Joven. Estuvo mirando, estudiando, fantaseando con las fotos hasta las cinco de la mañana. Finalmente, agotado, se dejó caer sobre su cama y se quedó profundamente dormido.
El martes se despertó a las diez a.m. otra vez sobresaltado y empapado de sudor. Nuevamente una pesadilla extraña, tan confusa, que apenas conservaba la sensación, pero muy intensa, de haber sido descubierto públicamente en algún terrible delito. De inmediato pensó que estaba corriendo un riesgo demasiado alto de ser sorprendido en el techo de su casa, espiando a su vecina. Al subir al techo, por más que había ideado el  plan de simular que estaba reparando y pintando la techumbre, quedaba expuesto a innumerables miradas desde el entorno. Además, ya era un hecho que si quería conocer todos los movimientos de Eva, pero sobre todo ¡lograr fotografiarla!, y los de las personas que convivían con ella –en el supuesto de que era así--, tendría que pasar muchas horas encaramado sobre la cornisa, oteando y apuntando con su llamativa Canon. Lo primero que pensó fue “¡No debo defraudar a María!...”, pero de inmediato se dio cuenta de que lo que acababa de pensar no tenía sentido. Entonces otra idea se le cruzó por la cabeza “Lo mejor sería que fuese a llamar  a la casa del lado y preguntar derechamente por Eva…” Pero, ¿qué le diría?... Y luego, se le ocurrió algo quizás aún más descabellado: “¡Me hace falta un espejo!...” Pero, por alguna misteriosa razón, esa idea sí se asentó en él y tomó cuerpo. Aun así, el carrusel de sus pensamientos no dejaba de girar y pasaba de una idea a otra a gran velocidad. Como la fogata necesita continuamente más leña para mantenerse viva y quemante, Serafín sentía la urgente necesidad de avanzar en su nueva pasión, por lo que se le vino a la cabeza algo en lo que nunca había siquiera puesto atención “¿Y si pudiese ver a otras mujeres desnudas, con su sexo abierto, dispuestas a ser poseídas con mi verga?...” En su sueño ya las había visto, ¿por qué tenía que imaginarlas solamente, si podía verlas  de una forma más real e inmediata, es decir en internet?... Sintió cómo una llamarada de agitación lo recorría desde sus genitales hasta las extremidades. Miró con ansiedad por unos segundos la pantalla oscura de su ordenador; de inmediato cogió un martillo que había dejado sobre el escritorio, lo levantó sobre su cabeza y lo dejó caer con fuerza sobre el dorso de su mano izquierda, que apoyaba sobre la superficie del escritorio. Se escuchó simultáneamente un crujido y un grito de dolor. Se dejó caer al suelo, apretó la mano contra el vientre y se contrajo en posición fetal, llorando. Sufría. Necesitaba sufrir. Ese era el lenguaje y el fundamento mismo de su vida. Toda vez que iniciaba un proceso, un proyecto, una relación, un camino de vida como cualquier persona, acababa ahí, fracasado, humillado, doblado de dolor, impotente y rebajado hasta sus heces interiores. “¿Por qué tengo que hacer esto, como cualquier pervertido, y no puedo tener una mujer como todos los hombres?...” Pero más allá de las posibles respuestas, todas insatisfactorias y antojadizas, la única respuesta cierta, incontrarrestable, fatal, era la dolorosa repetición de los hechos, al final siempre los mismos. “¿Por  qué no morir, por qué no acabar de una vez esta farsa sin vuelta?... Incluso los feos tienen oportunidades… Hay en mí algo aún más horrible que la fealdad… Y soy yo mismo.” Serafín se dio cuenta de lo cerca que estaba de saltar al precipicio sin vuelta. Le habían puesto el arma en su mano, le habían facilitado las circunstancias, bastaba mover un poquito el índice y apretar hacia atrás el gatillo… Y ahí estaba otra vez la resaca, el empuje de la vida, el antagonista de la nada que se arraiga de alguna forma hasta en esa misma nada, y entonces para él cobraba forma y esencia en su Dios, en su Santísima Virgen María, que, como un arcoíris ceñía su cielo tormentoso de colores y esperanza, y tantas cosas más, cuantas van asociadas a la naturaleza y energía del vivir. Porque si hay algo que ni el más ateo, o el más furioso nihilista puede negar de la experiencia de Dios y del Amor-Mujer, es que son lo último, el velo inconsútil y translúcido que limita, protege y separa a todo ser humano de la Nada y del Absurdo, es decir, lisa y llanamente, de la muerte aquí y ahora…
--¡Perdón!... ¡Perdón!... ¡Perdón!... –gemía una y otra vez.
Y así se quedó recogido en sí mismo, varias horas. Si haya recibido o no el perdón, lo cierto es que Serafín acabó respirando pausadamente, como todo hombre vivo, hasta el punto de que su pensamiento se llenó intensamente de Eva, una vez más en ella. Alcanzó a  hacerse conciente de que sin ninguna lógica ni justificación seguía pensando que Eva debía ser para él… “¡Qué absurdo!...” Pero también dejándose llevar por esa fuerza que sentía tan profunda como la vida misma, siguió adelante. El dolor en su mano era intenso, de seguro tenía fractura y se veía mal. Se fue a la cocina, sacó hielo del congelador, lo puso dentro de una bolsa plástica y lo dejó estar sobre el dorso de su mano. Recordó que tenía una caja de antiinflamatorios en el botiquín. Se tomó dos. Al poco rato el dolor había disminuido mucho. Se vendó la mano, se vistió con un holgado pantalón gris de mezclilla y una polera negra sin mangas. Se echó encima su gabán café, se asentó los anteojos de sol y se caló sobre el rostro su sombrero alón de fieltro. Salió a la calle, pasó lentamente frente a la casa de Eva; tuvo la sensación de que una voz femenina cantaba dentro de la casa. Miró la hora: 12:34… Bajó la vista hasta sus zapatos negros, entierrados, arriscó los labios con un gesto de satisfacción, y siguió adelante. Fue primero a la ferretería, pero le dijeron que no tenían. Entonces, por indicación de los dependientes, caminó hasta el supermercado próximo y encontró lo que buscaba: un espejo oblongo, de 1,5 por 0,40 mts. Una vez más causó estupor y burlas en los vendedores y en la gente, pues, además de su atuendo y de su horrible figura cuadrangular de gnomo grotesco, actuaba de manera muy extraña, evitando por todos los medios que su imagen pudiera reflejarse en su espejo o en cualquier otro, y mirando todo de reojo, con una actitud extremadamente servil, a través de sus rechonchos dedos de la mano derecha antepuesta a la altura de sus ojos... ¡Sí, había fracasado su plan, pero ahora tenía su espejo, y lo apretaba con fuerza bajo el brazo, mientras caminaba de regreso a su casa!... “¡Eva está bien!... ¡Es la mujer más rica y deseable del mundo, sea!… ¡Qué bien por ella, pero ahora tendré que preocuparme de mí mismo, de lo contrario…!” Y un sentimiento luminoso lo acompañaba por la calle, como si avanzase por la gran avenida que se abre más y más hacia el horizonte de la liberación final. Entonces, cuando se acercaba ya a su casa vio con asombro que la joven salía de la suya, a solo diez pasos. Se detuvo, quedó como petrificado contemplándola. Su largo cabello rubio parecía flotar con el viento alrededor de su cuerpo; su corto y delgado vestido de gasa con alegres flores rojas, amarillas y azules acompañaba la danza del viento. Una carterita de color rojo colgaba de su hombro y en la mano llevaba una carpeta de cuero. Su rostro delgado y delicado lo cubría con grandes gafas de sol, que le daban un aire de diva. Pero sus piernas, Serafín miraba sobre todo el movimiento voluptuoso de sus piernas largas, torneadas, perfectas, bronceadas, con las que el viento jugueteaba a esconder y develar a veces bien arriba de sus exquisitos muslos. A ella parecía no importarle que sus nalgas y su pequeño calzón rosado hicieran rápidos y cortos guiños a quienes la miraban. Se subió a un automóvil Hyundai de color lila, estacionado frente a su casa, y partió rauda. Serafín se quedó temblando, a punto de dejar caer su espejo. Sintió que sus gruesas y cortas piernas se habían convertido en dos hilitos de lana. La primera vez ni la había visto, como ahora la había realmente mirado. Entró a su casa como pudo; todo aturullado se enredaba con las llaves, no podía acertar con el ojo de la cerradura, se daba vueltas innecesariamente, se golpeó la cabeza contra la reja, se tropezó primero con la pilastra de la puerta interior, luego se enredó con sus zapatos, soltó el espejo, y rebotando en el suelo, se quebró estrepitosamente. Quedó sentado en el piso, entre los pedazos de vidrio. Se quedó mirando los fragmentos alrededor suyo con la mirada de un niño asustado. Tomó un pedazo de espejo con un movimiento mecánico y lo llevó delante de sus ojos. Lo que vio allí vio fue tan… irreverente y absurdo, que lanzó una sonora carcajada, un risa que brotó de sus entrañas y –por qué no decirlo—de su locura. Por un momento y de una vez Serafín lo vio todo en ese pedazo de vidrio, en el que apenas cabían tres cuartos de su rostro. Se vio a sí mismo como un ser con cuerpo y alma, como nunca se había visto, quiso llorar, pero siguió riendo y riendo y riendo, al punto que comenzó a retorcerse de risa en el suelo. Lo que no le permitía liberarse de su risa era la evidencia de que él, Serafín Fernández Catrileo, ése horrible monstruo, amaba a la inalcanzable Eva Joven… Después de reír durante cinco minutos, la risa dio paso al llanto, al llanto más desconsolado y desgarrador que nunca había llorado en su vida. Lloró casi tres horas continuas, en posición fetal. De pronto sintió que una corriente tibia lo envolvía y algo suave y liviano se posaba en su hombro. Se dio vuelta, no vio nada, si bien una sensación de tranquilidad lo calmó. La mano volvía a dolerle con fuertes punzadas. Se incorporó, fue al baño, se quitó la ropa, tomó dos tabletas y, con una expresión de desconsuelo, se fue a limpiar los vidrios del piso. La cinematográfica imagen de Eva con sus piernas al viento volvió a obsesionarlo --rara vez la conciencia prevalece sobre el deseo intenso y la pasión--.
Una vez más el circuito Eva-madre-María ejerció su influencia y condicionamiento en Serafín. Subió al pasillo, encendió nuevas velas y se arrodilló ante el altar de la Santísima Virgen; se persignó varias veces, tomó un rosario desde el altar y comenzó a rezar con los ojos cerrados, aunque ya sabía que éste era sólo el acto de purificación inicial y necesario para elevarlo hacia su amada, hacia la mujer viva y real que estaba esperándolo… “Si Dios la puso a mi lado, no ha sido para alejarme de ella”… Sólo su Madre María Virgen tenía el poder de llevarlo digna y amorosamente a ella.
--¡Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte, amén!—concluyó en voz alta su hora de plegarias, cuando una nueva inquietud volvía ya a intranquilizarlo.
Serafín quería la paz probablemente como cualquier ser humano, pero también como toda persona, su mente no estaba hecha para la paz. Sentimientos, pensamientos, fantasías, condicionamientos a circunstancias ambientales, sociales y culturales, contenidos inconcientes, --en conjunto y simplemente-- estructura síquica, se asociaban con demasiada frecuencia a caracteres y estados mentales indiferentes, diferentes y también contrapuestos a ese estado de equilibrio, de armonía y entendimiento, que denominamos bastante ingenuamente paz. Serafín también quería la paz, pero su persona necesitaba por encima de todo vivirse, y eso también necesariamente implicaba un estado interior de conflicto. Su religiosidad, el amor de María, su propia espiritualidad le aportaban una indesmentible y profunda paz del alma, pero por esta misteriosa condición ambivalente que ocurre en su realización humana, siempre generaban como desde sí los contrarios, mistificándolo todo, pervirtiéndolo todo, una especie de ser mixto en el que se confundían completamente bien y mal, dios y demonio, amor y egoísmo –al punto de que ninguno de los polos existía ya solo, puro, identificable y por sí mismo--. Por eso es que Serafín ante la presencia de la Santísima Virgen María derramaba las más fervorosas y honestas lágrimas en el culmen de su misticismo:
--¡Madre mía, te juro que si hubiese estado contigo habría dado mi vida para impedir que tu Hijo fuese asesinado!
Pero luego hacía, por ejemplo, lo que ahora iba a hacer…
Al igual que sucesivas explosiones eruptivas al interior de un volcán, así también iban in crescendo las tensiones internas en Serafín. De pronto, más atrevidos y frecuentes aparecían estos estados eruptivos. La visión reciente del cuerpo de Eva le produjo una reacción tan intensa e inmediata que, después de constatar que cualquier plan mesurado y paulatino no parecía ni viable ni tampoco soportable, ideó una acción inesperadamente irracional e inmediata. Necesitaba darle a la situación un giro definitivo y claro, y estaba dispuesto a pagar un alto precio... ¡Podía ir a dar a la cárcel, o incluso algo peor!
Primero salió al patio y se encaramó por la escala hasta la cumbrera, tomó la cámara que llevaba colgando del cuello y comenzó a enfocar con su limitado zoom hacia las ventanas y el terreno de su vecina. Las cortinas seguían corridas y no podía ver nada hacia el interior. Al menos tenía la certeza de que Eva no se encontraba en la casa. Entonces se encomendó a Dios:
--¡Dios mío, tú me conoces!… Sabes que mi vida no tiene más sentido que el amor que siento por Eva… No sé si está bien o mal lo que voy a hacer, sólo me importa tu juicio, Señor… ¡Tú la pusiste delante de mí y espero que tú, Señor, me señales si lo que siente y concibe mi corazón debo arrancarlo o dejarlo florecer!... ¡Dios mío, Señor mío y Madre mía, en tus manos encomiendo mi espíritu!...
Con la imagen de Eva casi desnuda en su vívida imaginación, inspirado por ella igual que un viejo caballero andante, bajó del techo, desarmó la escala, se la echó al hombro y siguiendo el plan que se había trazado buscó en la parte trasera del patio, cerca del rincón que separaba su propiedad de las vecinas, se abrió paso entre las ligustrinas, desplegó la escala de manera que una mitad quedara de su lado y la otra, colgando de lo alto de la tapia, cayera hacia el otro lado. Subió y bajó cuidadosamente por ella. Ya en el terreno vecino pudo ver la casa por detrás. Había también allí una ventana, ésta con sus cortinas descorridas, si bien igualmente protegida de las miradas externas con un visillo crema. Se acercó sigilosamente y escuchó con claridad desde dentro voces y música que de seguro provenían de algún aparato como televisión o radio. Se puso alerta y evidenció el peligro que aquello representaba para sus planes, pero igual siguió adelante. Se agachó y pasó gateando por debajo de la ventana. Su instinto le decía que debía rodear el otro costado de la casa. Ya allí descubrió otra ventana que, igual que las otras, tenía sus cortinas azules cerradas. Sin embargo, presentaba un detalle que Serafín tomó como una señal del Cielo: estaba levemente entreabierta. Escuchó primero por el vano, pero nada; luego metió su mano y corrió un poco la cortina, acercó su cabeza al espacio y miró hacia adentro. Su corazón dio un tremendo salto y se aceleró... ¡El dormitorio de Eva!... Seguro de eso, no lo pensó dos veces y se deslizó hacia el interior. Escuchó cerca la voz de un niño, que a veces gritaba, a veces reía y corría de un lado para otro; en contrapunto, ocasionalmente una voz de mujer mayor se dirigía a él, generalmente para reprenderlo. Serafín abría los ojos y giraba tratando de absorberlo todo con la mirada. Vio una foto de la joven sobre un tocador, en la que se veía abrazada a un hombre que podría haber sido su padre. La cama estaba revuelta y sin hacer. Olía maravillosamente con algún perfume floral y por todas partes se veían objetos, dijes, afiches en los muros, libros, revistas, peluches, zapatos y de pronto, la vista de Serafín cayó sobre un objeto sobrenatural que casi lo hizo dar un grito de  alegría: una diminuta tanga negra de encaje arrojada en un rincón. Se acercó a ella incrédulo, con devoción; la recogió, la estiró ante sus ojos y luego se la llevó a la nariz, cerrando los ojos, para aspirar con fruición el olor de su cuerpo. Escuchó que el niño pasaba gritando delante de la puerta abierta, pero no entró ni lo vio. Serafín se guardó apresuradamente el colaless en el bolsillo de su pantalón, y se dirigió en puntas de pie hacia la ventana, pero el destino le tenía preparada otra sorpresa. Cuando ya iba a levantar su pierna sobre el marco, su vista cayó al lado de la foto que había observado, y distinguió encima del tocador una cédula de identidad. Otra vez sintió que su corazón se desordenaba y un escalofrío recorrió su espalda. Vio en ella la foto de su amada. En seguida escuchó la voz de la mujer que se acercaba hacia el dormitorio, se metió el documento dentro del mismo bolsillo y saltó apresuradamente fuera de la habitación. Salió de la propiedad tal como había ingresado. Mientras volvía a entrar a su casa era tan grande su júbilo y felicidad que comenzó a aullar como lobo, mientras reía nervioso y desbordante. Sentía que en su bolsillo anidaba el tesoro más valioso de la humanidad. Se sentía ufano y orgulloso de sí mismo, cuanto nunca lo había experimentado en su vida. Concebía tan grande el valor del instante que vivía, que necesitaba alargarlo, conteniendo el deseo, intensificando la conciencia y el portento de llevar en su bolsillo el sexo y la identidad de la mujer que amaba. Sólo cada cierto rato acercaba la palma de su mano al exterior de su bolsillo para reafirmar la certeza, la evidencia trascendental de que era real y de que estaba completamente allí, para siempre, el milagro… Y Serafín no olvidaba, en medio del furor del caos de su locura, cuán horrible él mismo era, y cuán irrealizable y absurdo era el deseo y la pasión que experimentaba por Eva, pero –misteriosamente— precisamente eso, más que ninguna otra cosa, lo animaba más y más hacia ella.
Se fue a rezar ante el altar de la Madre, esta vez no de rodillas, sino desnudo y tirado de boca contra el suelo, en la actitud más humilde y agradecida que podía concebir. Ya no sentía ni hambre, ni sed, ni calor, ni sueño. Gimió, rezó, lloró, alabó, rio, bendijo, enmudeció durante dos horas. Al final todo volvió a su centro, se levantó electrizado de emoción y se fue derecho al bolsillo de su pantalón. Sacó primero la tanga, la volvió a besar y a oler con la misma devoción de antes; la restregó contra su pene erecto. Se contuvo, y la depositó religiosamente sobre el altar de la Santísima Virgen María. Hurgó nuevamente en el bolsillo, extrajo la cédula, la miró con atención, primero la foto de su rostro delicado y sensual, luego su vista  se dirigió a su nombre, entonces Serafín lanzó un grito de sorpresa y temor… Su nombre, impreso con letras negras y centelleantes, decía: Eva Maraner Arrigolé…
--¡Eva!...—exclamó con voz dolorosa-- ¡Eva!... ¡Eva!... ¡Eva!... –seguía repitiendo y repitiendo.
Y así, repitiendo su nombre parecía ir de a poco logrando hacer entrar la realidad increíble en su propia realidad y sentido. Ni siquiera el nombre de Dios podría haberle provocado la inmensidad de lo que ese nombre, Eva, le causaba. ¿Será que Dios a veces se hace nombre humano, y persona, para llegar a nosotros? Serafín podría entonces habérselo preguntado, pero no lo hacía. ¡Lo vivía!...
Después de una hora inmóvil, con las lágrimas que bajaban en silencio e ininterrumpidas por sus angulosas y peludas mejillas, Serafín fue a depositar la cédula --¡la señal!-- sobre el altar, con la unción propia de una reliquia del divino Jesús. Ahora Eva, Jesús, Dios y María eran una sola persona, más poderosa y verdadera que la mismísima Trinidad. Y como confirmación de aquel movimiento interno, subterráneo, vertiginoso que ya venía experimentando, vislumbró un nuevo plan, tal vez aún más temerario y comprometedor que el anterior… Ya no había vuelta atrás, “esto es obra de Dios”.
Conocía de oídas acerca de Facebook, y si alguna vez había entrado en la web, ni había puesto atención, y había salido de inmediato. Ingresó ahora a la página, grabó en el buscador el nombre de Eva Maraner Arrigolé, y, ¡zas!, allí, delante de él, una foto de su rostro alegre sobre un fondo de colores y flores… Pero pronto su alegría se ensombreció al constatar que su perfil era privado, que nada más podía saber de ella. Con instinto astuto y vivaz decidió crear una cuenta falsa, usando algunas fotos del perfil de un joven extranjero, apuesto y simpático, que encontró sin dificultad. Generó algunos posts  con citas sesudas y de buena ley, junto a imágenes de lugares hermosos, con mucho sol, agua y flores. También agregó algunas fotos más personales, como imágenes de familia reunidas junto a un fogón hogareño, y bonitas frases de respuesta de otros supuestos familiares y amigos. Al final, con una sonrisa malévola y chispeante, le escribió el siguiente mensaje personal: “Te conocí en una fiesta hace como un año, estabas con varios amigos, uno de ellos –buscó un nombre común—Juan Pablo, me dijo que te ubicara en Facebook, incluso me dio tu dirección para que no desconfiaras de lo que te digo: El Parrón 6115… Ojalá me aceptes.” Se persignó, levantó los ojos al cielo, suplicando con las palmas juntas, y pinchó el ícono correspondiente para solicitar amistad a Eva…
Su reloj marcaba las 5:34 a.m… Se encaminó mareado hasta su cama, como flotando, se acostó encima, desnudo, y se quedó dormido de inmediato. Despertó a eso de la diez a.m. Corrió al computador para abrir Facebook y comprobar que no había respuesta de Eva.
--¡Es muy luego! –profirió en voz alta.
Hizo el intento de comenzar un día normal, incluso un día de trabajo, pero a poco andar, después de mojarse velozmente en la ducha y comer un pedazo de plátano, todo se le atragantó a la altura del esófago y ya no quiso comer ni hacer nada más, sino estar atento al computador. Como el tiempo avanzaba demasiado, demasiado lento, se puso a caminar como de costumbre de un lado para otro, arriba y abajo. Resistió sólo una hora antes de volver a entrar a Facebook… ¡Nada!
Trataba de rezar, de arrodillarse siquiera, pero la inquietud no se lo permitía, y, apretándose la mano adolorida, volvía a caminar por la casa como león enjaulado. Ahora el computador estaba todo el tiempo encendido, sin la opción de latencia, abierto en el perfil de Eva… Se dio cuenta de que no podría resistir mucho tiempo así, de manera que empezó a idear algunas “soluciones”… Podría escribirle una carta, pidiéndole amistad, halagándola, contándole algunas maravillas –no muchas, sino veladas—acerca de él mismo… Podría volver a entrar a su dormitorio para registrarlo mejor y encontrar algún recurso que la aproximase más a ella… Tal vez su número de teléfono personal, un libro de vida, una cartita, una foto comprometedora, más ropa íntima, cualquier cosa, tantas cosas… Lo resolvió, lo decretó. Al día siguiente volvería a visitar el santuario de Eva. Hoy esperaría, simplemente esperaría como un condenado a muerte espera su absolución.
El tiempo transcurría tan lento que sentía que cada minuto era más largo que el anterior, pero no podía hacer nada más que padecer su angustia, cada vez más exquisitamente angustia. A las 23:01 ocurrió el milagro… Ahí estaba, el globito rojo que señalaba su respuesta: ¡Había aceptado!... Serafín tomó la pantalla con ambas manos y comenzó a besarla, a besar en la boca la imagen de Eva, mientras reía entrecortadamente, pues se atragantaba con la respiración exaltada e irregular.
Serafín, después de esto, se mantuvo casi 48 horas despierto y sin separarse del computador. Sus avances con Eva fueron sorprendentes. Su creatividad, su imaginación, su empatía y simpatía, su labia, su inteligencia, su cultura, su atractivo, todos sus atributos y cualidades, existentes e inexistentes, crecieron y alcanzaron un nivel de perfección que ni él ni nadie podría haber imaginado siquiera poseerlos en un grado mínimo. Eva no podía sino estar feliz y atrapada con este nuevo amigo, tan guapo, entretenido y gentil, que, además estaba disponible para ella las 24 horas del día. Serafín decía estar de vacaciones de la Universidad, donde estudiaba leyes. Además, había vuelto a escabullirse dentro de la habitación de Eva una vez más y había encontrado innumerables cosas que le servían para ir haciendo más personal, compartida, cómplice y eficiente su amistad, si bien ya no había vuelto a sacar nada de su santísimo lugar. Efectivamente Dios, Jesús y María se hicieron uno en Eva, y ya no existían sino en Eva para Serafín.
Sin embargo, Serafín quería más, necesitaba más, la amaba más. Quería su cuerpo completo, quería amarla con pasión, con erotismo, con sexo. Quería su sexo. Y Eva, como Dios que era, escuchó sin saberlo su plegaria, su llamado, su sueño y fantasía, aunque Serafín ya había allanado e insinuado sabiamente el camino… Eva quiso conocer muy pronto en persona a Serafín –alias Patricio Órdenez--.
Se citaron en una plaza. Serafín se asustó, se confundió y tuvo miedo de su horrorosa fealdad, la cual, por la gracia y don del mundo virtual, había dejado de ser una realidad y un obstáculo desde que Eva lo trataba como amigo. Se sintió nuevamente un condenado a muerte. Pensó no ir, buscar cualquier excusa, pero no pudo. Un furibundo resorte interno lo conminaba a ir hasta ella. Se refugió sin pensar demasiado en su eterno personaje de la calle, y acudió a la cita. Serafín decidió esconderse tras unos grandes matorrales, embozado dentro de su acostumbrado capote y disfraz, y la vio hermosa, con su boquita y sus párpados delicadamente pintados, sus ricas piernas al sol, primero atenta y alegre, jugueteando con su celular, luego impaciente, hasta que al fin se alejó con gesto desagradado y sin mirar atrás.
¡Cuán fácil es pasar del cielo al infierno cuando se está enamorado –y no tanto al revés--!... Serafín trotó hasta su casa, se colgó del computador y escribió a Eva apresuradamente:
--¡Discúlpame, Eva querida, tuve que ir urgente a la Universidad a completar una forma! Tú sabes que extravié mi celular y no tenía cómo avisarte!... ¡Te pido mil disculpas!... ¡He sido un tonto! No volverá a ocurrir.
Eso de “no volverá a ocurrir” no sabía cómo hacerlo, pero sintió que debía decirlo así, y lo dijo. Se quedó esperando toda la noche la respuesta, pero no llegó. Al día siguiente tampoco. Estaba al borde del colapso nervioso. Miraba la pantalla casi sin parpadear, como enajenado. A eso de las once de la noche descubrió que Eva lo había bloqueado. Corrió desesperado hacia la puerta de entrada, abrió ambas puertas, ya estaba saliendo a la calle para ir a tocar el timbre de su casa y arrojarse a sus pies para suplicarle el perdón y su sagrada amistad, cuando recibió un chispazo de conciencia de sí y se detuvo en seco. Se devolvió para enviarle un nuevo mensaje, en realidad un S.O.S., y se encontró a cambio con un mensaje esperándolo en su bandeja de entrada:
--¡Esfúmate perdedor!
La guillotina, probablemente el golpe seco de la guillotina o del hacha sobre la cerviz del infortunado se asemeja a lo que sintió en ese momento Serafín. Se derrumbó al suelo, desmayado.
Cuando despertó en el suelo, aún no había amanecido. La frase seguía resonándole en la cabeza, inexorable y fatal “¡Esfúmate perdedor!”… ¿Qué haría?... ¿Esfumarse?... ¡Imposible!... El sueño parecía provocar en Serafín unos enigmáticos procesos vitales, síquicos y hasta espirituales. Rara vez era el mismo que antes de dormirse, y rara vez al despertar no había una decisión o un itinerario ya trazados.
¡Había estado tan cerca de alcanzarla, y ella lo esperaba a él!… Por más que la situación se hubiese construido sobre un engaño, sobre una falsedad y una ilusión, era indesmentible que había estado a punto de estar con ella. En su mente completamente insatisfecha aquello era el logro más extraordinario y descomunal de su vida. Pero esta vez, a diferencia de todos sus fracasos anteriores, algo muy profundo se estaba transformando en todo él. Una fuerza desconocida, subterránea, progresiva, arrolladora se había ya extendido hasta los vasos sanguíneos de su cerebro y tomaba el control de su sique y de su conciencia. Antes hubiera caído en la más profunda depresión y se hubiera encogido aún más con su horror físico, en su incapacidad minimalista cada vez más hondamente interior… Su monstruosidad ahora parecía cobrar valor y fuerza de sí misma; de alguna manera su propia aberración se agigantaba con el fracaso, y se tornaba más ansiosa de más aberración y más fracaso.
Había a sus ojos, por lo tanto, una sola solución. Si ella lo había rechazado brutalmente, violentamente, él se sentía con el derecho a tomarla por la fuerza, brutal y violentamente. Así era el juego del amor y la pasión: ¡Todo vale!... Al fin y al cabo Eva era la mujer, la Mujer universal que se debe al hombre y al deseo. Era ya evidente para él que la Virgen amada era Eva, y con su comunión santificaban el misterio del pecado de la carne; y que Eva era Dios, unificados en presencia y acto consustancial, de manera que, al igual que el principalísimo sacramento de la eucaristía, su deber cristiano era comer y beber la sangre de Dios en Eva…
Con estas nuevas “santas verdades” en su espíritu, en su corazón y en su intelecto, Serafín se atrevió a dar el gran paso. Con una determinación obsesiva y fervorosa, con una exaltación religiosa descomunal, se dio a la tarea de cavar un foso bajo el suelo de la casa, en el piso de su despacho. Llevó su escritorio y los pocos libros y objetos a su dormitorio, arrancó las tablas, con gran esfuerzo picó el radier utilizando una pistola neumática arrendada, hizo retirar los escombros, y comenzó a cavar y depositar la tierra en la partera trasera de la propiedad, simulando que diseñaba montículos para darle un ambiente zen a su patio. Serafín parecía poseído por una fuerza sobrehumana. Trabajaba en su proyecto hasta veinte horas al día, casi no comía ni bebía, había abandonado las ventas, resistía el dolor como si no lo sintiese, y solo detenía su labor para rezar y renovar la llama de los cirios y velas que había repartido por todo el primer piso, y especialmente en su despacho, donde además del suelo, colgaban de los muros y del techo, iluminando la estatuilla de la Virgen que había trasladado hasta una hornacina de latón, que instaló contra la muralla bajo la que cavaba el foso. Eva no era presencia conciente para él. No pensaba en ella, no se la representaba de ninguna manera, pero era ella la vida misma, el sentido y la explosión vital de cada instante, de cada acto, de sí mismo… La finalidad de todo. Quería todo de ella, su cuerpo, sus manos, su boca, sus ojos, su piel, sus senos, sus piernas, y como culminación de todo su cuerpo, acabar en su vagina. Quería vivir en Eva, quería morir en Eva, copulando sin fin…
En una semana justa su obra quedó terminada. Y al séptimo día, como Dios, satisfecho, descansó. Durmió treintaitrés horas seguidas. Después despertó como un dios, se alimentó cada hora por un día entero, rezó ante la Virgen cada hora por un día entero, y ya no se sacó de la imaginación ni un segundo más la imagen de Eva desnuda ante él desnudo, en el medio de su altar recién acabado, en tamaño real, una sola y la misma con su Santísima Virgen María…
Para entonces, Serafín conocía cada paso, cada movimiento diario, cada relación, cada hábito, gusto y disgusto de Eva, y hasta podía predecir los tiempos, las personas y los lugares donde repentinamente podía querer ir. La conocía mejor de lo que ella era conciente de sí misma. Desde hacía una semana no se había desviado ni un ápice de su decisión tomada. Su mente completa, su intelecto, parecía haberse desarrollado en corto tiempo como una máquina procesadora perfecta, eficaz y hasta infalible. No sólo se sentía omnipotente, sino que efectivamente actuaba como un dios. Incluso ya para él su fealdad era horrible, pero perfecta. ¿Quién estaba detrás de él, en él, o era sólo el efecto de algún poder oculto que subyace virtual en la mente de todo ser humano?...
Serafín poseía actualmente claves y acceso a todos los medios de comunicación de Eva. Había pirateado incluso su computador sin que ella siquiera lo sospechase. Sabía que Eva era literalmente acosada por infatigables pretendientes. Sabía que había uno entre ellos por el que Eva sentía una atracción peligrosamente creciente, y con el que estaba hace poco saliendo. ¡Había que ponerle punto final!... ¡Había llegado la hora de que Eva fuese suya, y sólo suya… por la gracia de la Santísima Virgen María, y por la Voluntad y el Poder Supremo de Dios!
Las circunstancias se dieron veloces y venturosas para Serafín. Con algunos días de anticipación, esa misma semana, se enteró de que Martín, el pretendiente de Eva, la había invitado a salir el sábado por la noche; que, después de llevarla a comer a un restorán, irían a bailar a una disco, y, finalmente, la follaría el resto de la noche en un motel. Serafín ni se inmutó al enterarse de esto, pues su convicción de hacer lo correcto, y en el preciso momento, reafirmaban su vocación y su misión divina con Eva, y de Eva para con él… Lo demás, no existía.
La noche del sábado, a las 21:37 hrs. Serafín estaba estacionado al volante de un vehículo de alquiler a una cuadra de su casa. Conocía la hora precisa en que Eva esperaría a Martín en la esquina de su casa, pues no quería que su madre supiese todavía de esta relación apresurada. Sabía que tenía sólo un minuto, un escaso minuto para hacerlo bien… De lejos la vio caminar, segura y desenfadada con su minifalda plateada pegada a su cuerpo sinuoso. Parecía brillar en medio de la noche. La respiración y el pulso de Serafín se agitaron. En el preciso momento en que ella iba a girar la esquina, justo en el punto más oscuro de la calle, Serafín aceleró, se detuvo junto a la vereda, se calzó una media en la cabeza cubriendo su cara, se bajó del coche y, amenazándola con un gran cuchillo la obligó a entrar al automóvil, al tiempo que la amordazaba y le ataba las manos a la espalda con cinta adhesiva… ¡Un minuto, justo un minuto!
Partió veloz y se dirigió a un lugar solitario que previamente había elegido. Esperó media hora, mientras Eva, tirada sobre el asiento trasero gemía y lloraba. Serafín le aseguró que no le haría daño, pero que debía estar tranquila, porque en un rato más le iba a explicar lo que estaba haciendo, y que era por su bien. Se bajó del automóvil, abrió la puerta trasera, le solicitó a Eva que descendiera, le vendó los ojos, la llevó del brazo hasta el maletero del vehículo y la escondió allí. Se dio algunas vueltas y luego regresó a su casa. Estacionó el automóvil dentro de su estacionamiento, la hizo salir del maletero, le ligó también las piernas con cinta adhesiva y, tomándola en brazos, la llevó al interior de su casa. La depositó con cuidado en el suelo, abrió la nueva puerta en el piso del despacho, la bajó por una pequeña y empinada escala hasta el cubículo que había construido recién. El recinto era un rectángulo de 1,5 mts. de ancho, por 2 mts. de largo, y 1,5 mts. de alto, completamente revestido con planchas de fibrocemento, con una ampolleta colgante del techo, y un colchón viejo sobre el suelo que ocupaba gran parte del habitáculo. La dejó caer con la mayor suavidad que pudo, entonces el milagro volvió a ocurrir… Sus piernas bronceadas se abrieron por un momento buscando equilibrio al caer, pero rápidamente las juntó y se giró de lado, como evitando cualquier posibilidad de mostrarse incitante o asequible. Todo ese movimiento lujurioso y púdico al mismo tiempo encendió el ardor de Serafín. Se iba a lanzar sobre ella para besar sus piernas, sus manos, sus rodillas, sus muslos, sus labios, pero el rostro aterrorizado, las lágrimas y el temblor nervioso de su cuerpo lo contuvieron.
--Pasarás la noche aquí. No te haré daño, pero necesito que colabores… Mañana te lo explicaré todo… ¿Quieres comer?
Eva negó con la cabeza, mientras trataba desesperadamente de decir algo con su boca encintada.
--¿Quieres algo?
Eva volvió a negar con la cabeza, pero continuaba chillando y se agitaba de uno a otro lado. Serafín observó que estaba aprisionada y violentada con sus amarras.
--Mira, te quitaré todas las vendas si me prometes que no comenzarás a gritar, ni harás nada como tratar de agredirme o tratar de escapar…
Eva asintió con la cabeza y pareció tranquilizarse un poco. Serafín se acercó a ella y le fue quitando las cintas.
--¿Qué quieres?... ¿Por qué me haces esto?—preguntó de inmediato Eva.
--¡Mañana te lo diré!... ¡Ahora duerme!...
Serafín se dio media vuelta, subió la escala, la retiró (estaba sobrepuesta), cerró con llave la tapa del habitáculo, apagó la luz desde afuera, se quitó la media de la cara y se quedó escuchando en silencio. Eva, aterrada, sólo lloraba y sollozaba, aunque apenas era audible, pues se había asegurado de aislar bien el sótano de ruidos. Se quitó de encima la polera y el pantalón. Subió desnudo a su dormitorio.
Serafín no durmió más que un par de horas interrumpidas. Como un depredador sigiloso, sobreexcitado, bajó varias veces a escuchar a Eva, pero no oía nada. A la mañana siguiente, con su objetivo completamente enfocado, fue temprano a devolver el auto de alquiler, compró varias bolsas de comida y otros útiles hogareños, y regresó a la casa. Preparó tostadas con mantequilla y jamón, un vaso de leche descremada, las colocó en una bandeja, sobre la que depositó también una rosa roja, cortada de su jardín, y se encaminó al sótano. Levantó sus ojos hacia lo alto, luego los cerró y elevó un Ave María a la Virgen. Animado y excitado bajó al habitáculo nuevamente con la media que ocultaba su rostro. Eva lo esperaba arrebujada en un rincón, con los ojos rojos, el pelo rubio revuelto delante de la cara y aferrándose las canillas con ambas manos. A Serafín le pareció infinitamente hermosa y deseable; por más que Eva trataba, no podía esconderle sus manifiestos encantos… ¡Ahí estaba, por obra y gracia del Señor, para él, completa y definitivamente para él! Ya era sólo cosa de alargar la mano  y sería de él, animal y espiritualmente de él, como Uno solo…
--¡Toma!—le alargó la bandeja y la depositó sobre el colchón.
Eva dudó un momento, pero el hambre la animó a estirar la mano, a comer y a beber. Serafín sonrió satisfecho bajo su máscara. De inmediato se le vinieron encima las horas y los muchos días contenidos, inflamados de deseos, de sueños, pesadillas, asaltos, maquinaciones, ruegos, dolores, esfuerzos, súplicas, desencantos y reencantamientos, de espera anhelante, de espera ansiosa de su cuerpo, de su amor y de su sacrosanto sexo. Como si hubiese sido repentinamente poseído por una visión divina, se le apareció superpuesta a la situación presente, tan real una como la otra, la escena del sueño en que acercándose desde atrás introducía animal y beatíficamente su pene en la vagina de Eva, junto con la figura de la Virgen María. Así, sin distinguir realidad de ensueño, se quitó la ropa apresuradamente, mientras Eva lo miraba incrédula y espantada; se abalanzó sobre ella, introduciendo su mano por entre los muslos, buscando su vagina, en tanto con la otra, vendada, la trataba de hacer girar para volverla de espalda. Eva comenzó a gritar con todas sus fuerzas, resistiéndose con braceos y contorsiones de su cuerpo.
--¡Tengo que follarte, Eva, tengo que follarte! –gritaba Serafín--… ¡Dios sabe que tengo que follarte, Eva, mi amor!... ¡Mi amor!...
Durante el forcejeo Eva agarró la media del rostro de Serafín y la arrancó de un tirón. Entonces Serafín se quedó petrificado, completamente inmóvil, mientras uno y otro se miraban  a treinta centímetros, cara a cara. Serafín vio en los ojos y en la expresión de Eva más que todo lo que había visto en toda su vida. Ningún espejo le había devuelto su propia imagen como ahora lo hacía Eva, y si había huido de todos esos espejos durante tanto tiempo –al fin y al cabo huyendo de sí mismo--, había sido sólo para venir a encontrarse al final con la mirada de Eva. Es imposible describir con palabras el horror, la repugnancia, el asombro, el miedo, la incredulidad que se mostraban por fin a Serafín, reflejo total y verdadero de su cuerpo y de su alma, hasta el fondo mismo de su ser. Esa mirada especular poseía tal verdad y tal poder, que aniquiló en un instante a Dios, a Jesús y a María Virgen y Madre, dejando abandonado y solo en el Universo al único Serafín frente a sí mismo. El amor murió al instante y para siempre, contemplando ante él a Eva, pero no a la Madre Universal, ni a la Mujer, ni nada arquetípico, sino a una chica aterrorizada, completamente humana, que se estaba orinando de miedo en el colchón, enfrentada al monstruo más abominable que le había tocado conocer. Y no por el insoportable encuentro consigo mismo, porque ya no podría huir nunca más de él ni dejar de horrorizarse ante sí mismo, sino únicamente por el terror de Eva, por un sentimiento indescriptible de vergüenza, de pudor y compasión por ella, se dio media vuelta y salió corriendo del sótano, apenas cerrando de un golpe la tapa, girando la llave y dejándola puesta; subió rengueando hacia su dormitorio. Antes de entrar a su pieza, golpeó de una patada el altar, que se desplomó, y lanzó contra el suelo y la pared los objetos religiosos. Cogió la imagen pintada en escayola de la Virgen y la arrojó hacia el patio por la ventana, quebrando el vidrio. Luego entró desencajado a su dormitorio y se arrojó sobre la cama, enterrando la cara en la almohada. Comenzó a gemir, apretando fuertemente su nariz contra la almohada con la intención de asfixiarse. Respiraba con dificultad, pero respiraba. Su cabeza giraba dando tumbos de un pensamiento a otro, sin orden ni coherencia alguna, pero sobre todo una sensación de angustia y vacío extremos lo paralizaba, como si su corazón fuese a dejar de latir en cualquier momento. No habían transcurrido aún quince minutos, cuando escuchó un fuerte ruido en el primer piso. Su instinto animal lo puso de inmediato alerta; le pareció escuchar que alguien abría la puerta que daba al antejardín de la casa.
--¡Eva! –exclamó con una voz aguda, saltando de la cama y bajando a la carrera desnudo como estaba.
La tapa del subterráneo estaba abierta hasta atrás, y la puerta de entrada se batía con el viento del mediodía. Le pareció que gritaban y alzaban la voz varias personas en la vecina casa de Eva. Parecía haberse despertado otro animal en Serafín, un animal que sentía un miedo ancestral y que, posesionándose de él, lo lanzó en una loca carreta al patio trasero de su casa. Desnudo, se encaramó sobre la pandereta que lo separaba de la casa de atrás, saltó al otro patio y se encontró con un perro de mediano tamaño que, soltándole algunos ladridos y gruñidos, lo mordió en la pantorrilla. Serafín, apretó los dientes de dolor, giró, cogió una piedra de gran tamaño y descargó con fuerza un golpe sobre el cráneo del animal, que cayó lanzando un corto gemido a sus pies, muerto. Siguió corriendo y cojeando, hasta saltar otra reja, y alcanzar la calle que se encontraba por la parte trasera de su propiedad. Se encontró con algunas personas que se quedaron boquiabiertas contemplando este extraño fenómeno, dudosos de si se trataba de un monstruo, de una bestia o de una especie de humano. Emprendió un trote desesperado y sin sentido hacia las afueras de la ciudad. A las pocas cuadras escuchó gritos e incluso disparos. Se volvió sin dejar de correr; distinguió atrás, como a una cuadra, una turba que corría hacia él, enardecida y furiosa. Casi al mismo tiempo escuchó a la distancia las sirenas de los carros policiales. Veinte pasos más adelante se encumbraba el puente viejo de la ciudad que ya nadie utilizaba a causa de su mal estado. Al verlo, Serafín comprendió que Dios había regresado a su vida, más insondable aún que antes. Se encaramó de pie sobre la balaustrada, volvió la vista hacia el grupo de personas que se había detenido a una decena de metros; lo miraban ferozmente, apuntándole sus armas. Creyó ver entre la gente el rostro de Eva. Miró hacia el fondo del barranco, en cuyo lecho corría un hilito de agua entre rocas y piedras. Una paloma blanca cruzó volando muy cerca, por delante de él. Juntó las manos en gesto de oración, cerró sus pequeños ojos goteando lágrimas, y saltó. Dentro de su cabeza resonaban unas voces cristalinas, angelicales:
Cantando vienen con alegría, Señor,
Los que caminan por la vida, Señor,
Sembrando tu paz y amor.


[1] Aprox. 300 dólares norteamericanos.

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