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viernes, 27 de enero de 2017

AKARGHI (capítulo 105)

                                                                              

     

Cuando Akarghi perdió a Latniavira y a Prâsad su corazón se vació de todo sentimiento vital, de toda emoción y energía… Cuando se ha estado amando con todo el corazón, ya no se puede volver a vivir, si ese amor deja de ser alimentado por el ser amado, ya sea con su presencia, con su existencia o con su amorosa reciprocidad. Cuando el corazón deja de experimentar el vínculo que gozaba con su ser amado, muere. Y mientras muere, proceso de agonía, de luto y amputación progresiva durante un larguísimo tiempo, sufre el corazón –sufría Akarghi-- como por nada más se puede sufrir más. Luego, sin querer, el corazón exangüe se anestesia y ya no se sufre más ∞es que sufrir, sólo sufrir por amor, es mejor que ya no sentir nada: la apatía y el automatismo vital (nada)como una aberrante forma de paz y descanso∞, pero tampoco se vive más (con el corazón y sus consecuencias)…

Gautama Buda había enseñado que el único pecado de amar era la identificación con el sentimiento propio, o con la persona amada, o simplemente con lo que fuese: ¡Eso es ilusión, ensueño, irrealidad!... Akarghi amaba, sufría como no se puede amar ni sentir ni sufrir más sin la consecuencia natural de morir, de romperse en fragmentos de dolor. ¡Pero no había identificación entre él y eso!... ¡Su conciencia se conservaba tan pura y libre, tan poderosa, como el primer día de conciencia! Entonces Akarghi comprendió el error de tantos sabios que habían indiferenciado sentimiento intenso, pasión, lujuria y sexo, incluso sufrimiento radical, respecto de identificación, de apego (como una sola y misma naturaleza necesaria), y, en consecuencia, idénticos a ilusión. Incluso había ido un paso inconmensurable más allá que todos los sabios humanos: no reconocía identidad de sí mismo con su propia conciencia; ni siquiera, ni tampoco, de su conciencia con la conciencia universal… Ya comenzaba a definir su arriesgada apuesta en el Camino de la Verdad.

¿Por qué había alcanzado ese portentoso estado y nivel de conciencia que lo ponía por encima de toda su mente y también de su propia conciencia, sin dejar de experimentarse al mismo tiempo, intensamente, naturalmente, como mente y como conciencia?

--Dudo que no haya muchas personas más aventajadas, más iluminadas y mejores que yo en esta misma experiencia de la Verdad –le compartió a Kautsa, durante uno de sus coloquios espirituales y de preciosa confianza que habían alcanzado.

--Verás, Akarghi… Creo que algún día tendrás que visitar al rishi Dur-pah, Muerto-en-vida. Con él comenzarás sin duda una nueva existencia.
 
--¿Quién es él?

--Sólo he escuchado, de quienes han intentado conocerlo, que rechaza a todos los peregrinos y solicitantes. Su fama es inmensa, sea un iluminado o un embaucador, pero su hermetismo y misterio, mucho más. Podrás encontrarlo, si tienes suerte, en el Templo Rojo.

Akarghi se quedó en silencio, meditando en algo inusual que gravitaba en las palabras de Kautsa.

--¿Qué es la conciencia, Akarghi?—preguntó el anacoreta.

Akarghi levantó la vista hacia él, y se lo quedó mirando como se atisba un relámpago breve que por un momento descubre un mundo inexistente antes y después de ese instantáneo momento.

--¡Un relámpago!—exclamó Akarghi, siguiendo una voz interior que parecía soplárselo al oído.

--¿Qué más que una difusa intuición de lo visto puede dejarnos un relámpago, y hasta confusión y desconcierto?

--La intuición que acompaña al relámpago de la conciencia no alcanza para más que un germen, una semilla: el instante que se perpetúa en el proyecto de una voluntad. La oscuridad reinante y eterna sostiene y absorbe todo esfuerzo de la luz por superar su propia condición oscura. Un relámpago antecede y sigue a otro relámpago en la dirección del tiempo que sostiene y absorbe a toda existencia.

--¿Podrías llamarlo Dios?

--Ese Dios está dentro de nosotros.

--¡El relámpago de Dios!

--¡Y Dios en el relámpago!

Se produjo un silencio de dos meditantes. Más tarde, Akarghi volvió a hablar:

--Kautsa, los recuerdos se acumulan y eternizan en una vibración de la conciencia. En todo relámpago de conciencia hay una densidad sintética de experiencias y recuerdos instantáneos. Cada vez puedo leer  mejor la densidad de vibración de la conciencia de los seres humanos.

--Entonces debes ayudar a leer a los que no saben leer, e igualmente a los que lo hacen torpemente.

Akarghi entrecerró los párpados, contemplando el aura de Kautsa. Como una señal significativa volvió a aflorar de sí el recuerdo de Latniavira y Prâsad. Penosa y triste sensación de que no debía haber conocido a Latniavira y no haber engendrado a Prâsad acongojó su alma.

--No me arrepiento de nada—la misma Latniavira le había confesado en más de una ocasión.

Siempre se había entristecido Akarghi al constatar que Latniavira amaba incluso sus más soeces, infieles y malignos recuerdos, hombres y vivencias, por sobre su presente con él. El presente de Latniavira, con el amor de Akarghi, no era mejor que el momento más trivial y ruin de su pasado. En cambio, Akarghi pensaba que nunca había vivido un momento más perfecto que su presente, y, por tanto, que todo su pasado no era más que un impulso y un primer movimiento imperfecto hacia el presente, o, incluso, hacia el futuro. 

Sin embargo, ahora, delante de su amigo Kautsa, ya no le parecía ni lo uno ni lo otro. Ahora presentía que la existencia, sin tiempo ni espacio, se constituía alrededor de la conciencia, de manera similar a una ramita que, arrojada en medio de un mar, crea esto y aquello con las limitadas interacciones que gracias a su naturaleza de ramita puede ejercer sobre la (infinita) realidad que la rodea. Akarghi creaba realidad como ramita; Latniavira creaba realidad como ramita… ¿Había una realidad mejor que otra? Sólo un acuerdo, o desacuerdo, momentáneo y delimitado podía establecer esto es mejor que esto, de la misma manera que la ramita podía provocar, con algún movimiento de su corporalidad, una pequeña onda junto a ella, y nada más. ∞Al fin y al cabo las profundas e irresistibles corrientes del océano universal lo dirigen todo.

--Debes enseñar a tantas personas --le espetó Kautsa con una mirada inquisitiva--… Debes ayudar a desarrollar la conciencia, Akarghi. La sabiduría fluye de ti como alimento para almas, mentes y conciencias hambrientas. No debes negar tu condición de maestro. Mira el sol, el agua y el aire como se regalan.

--¿Cómo podría enseñar, Kautsa, si no poseo ninguna verdad?

--¡Muchas, Akarghi, posees muchas verdades y mucho poder!

Mandukayani y Mandavya se dispusieron a la espalda de Akarghi, y repitieron juntos:

--¡Muchas, Akarghi, posees muchas verdades y mucho poder!

Akarghi se asustó de sí mismo. Bajó la vista al suelo y respondió:

--¡Lo pensaré, meditaré en ello, venerables acaryas!


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