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viernes, 20 de enero de 2017

AKARGHI (capítulo 104)



  
 
Todas las personas son importantes, nadie superfluo. Desde el feto muerto y abortado en un retrete, el avaro que se encierra en su riquísima miseria, la mujer que hila, teje y borda en el cuarto hediondo de su abandono, la viuda moribunda o muerta, y por muchos años sufrida, el aborigen que se empeña en subsistir a pesar de su sed ubicua, y, con la mayor frecuencia, ese donnadie que pasa invisible una vida corta sobre la faz del planeta. Todos somos importantes para algo o para alguien, pero no más… Quisiéramos ser eternos, pero honestamente apenas merecemos que alguien exclame ¡amén! al acabar muriendo la caricatura de nuestro vivir. ∞No somos honestos∞ Akarghi, queremos concentrarnos en Akarghi ∞profundamente∞, sólo entonces aparece en el centro de algo, en el ombligo de una trama especial, superior, desconcertante, importante.

A Tashi Aburghasim Akarghi le parecía un bicho raro. Había conocido miles de sanyasines, brahmanes, gurús, monjes, devotos y fieles, pero ninguno tan fuera de la norma como Akarghi. A veces le parecía que “si existiese la espiritualidad, este joven sería el más espiritual de todos”, pero en otras, cuando se comportaba como un animal estúpido, como él mismo, consideraba que “si existiese la espiritualidad, y aun si no existiese, Akarghi sería el peor de todos. ¿Cómo puede ser esto? ...” Tashi se quedaba con la mirada perdida en el vacío, buscando una respuesta, pero no llegaba; entonces volvía rápidamente a tomar la hoja de cálculos y continuar sumando y restando sus haberes. Se tranquilizaba con la frase que repetía siempre: “Al fin y al cabo qué importa, si todo se resuelve con un arma y con dinero…”, y dirigía una mirada tierna y agradecida hacia el revólver que mantenía a su lado, sobre el escritorio.

Si Tashi hubiese podido conversar amigablemente con Farra-aj seguramente hubieran coincidido en varios puntos acerca de Akarghi… ¿Era siquiera imaginable pensar que se pudiese considerar espiritual, religioso, modélico a un Akarghi que se dejaba arrastrar por la lujuria, por el chantaje, por la autocomplacencia, por la pasión obsesiva, la sensación inmediata y placentera, hasta no reconocerse en él nada puro, nada espiritual, nada superior antes vivido?... Otra cosa, eso sí, hubiese sido preguntarle a Kynpham. Más allá de las ofuscaciones mentales en las que caía con frecuencia y que le podían significar incluso desmayos y ataques epilépticos, Kynpham podía intuir y sentir en Akarghi a un ángel y un elegido, a un alucinado y un avatar, por encima de todo.

--¿Quién crees que eres?—le preguntó a Akarghi una noche que se habían escapado a contemplar las estrellas, recostados sobre la grama primaveral de las colinas cercanas.

--Eso que me preguntas es lo mismo que si nos preguntásemos qué es una estrella, contemplándola desde aquí.

Años después, otra noche en que Akarghi deliraba como consecuencia de una alta fiebre y su amigo Kynpham lo acompañaba junto a su litera, reponiendo una y otra vez paños fríos sobre la frente y el cuerpo ardiente, Akarghi no dejaba de repetir y balbucear incoherencias, pero también agudos dichos.

--¡Búscate!... ¡Búscate a ti mismo!... ¿Y el camino de la Verdad existe, realmente existe?... Yo estuve en él, y me dolía tanto, me dolía la cabeza, como me duele ahora… Pero ¿quién nos asegura que la Verdad no sea más que un dolor de cabeza pasajero?

--¿Quién eres, Akarghi?—volvió a preguntarle Kynpham.

--¡Déjame morir!... ¡Déjame morir, baba!—Akarghi comenzó a gemir y llorar.

Kynpham se abalanzó sobre él y, abrazándolo, comenzó también a llorar, mientras lo mecía hacia atrás y hacia adelante.

Akarghi había descubierto a los doce años la inmensidad de las creaturas. Cuando conocía que una osada hormiga se había subido a su pie, dejaba que recorriese libremente su pierna, contemplándola amorosamente, hasta que la desdichada sentía la necesidad de morder su apetitosa piel; entonces Akarghi la soplaba cerca del suelo para que rodase sin daño, como si una tormenta soplase sobre chozas de pescadores y les enseñase a portarse humildemente --como corresponde-- ante la Voluntad superior… Habría también podido aplastarla,  a la hormiga o a sí mismo, como se anula simplemente a un ser insignificante, que, además de mostrarse pequeño a la vista, se reduce a la nada con un mero frotarlo entre dos dedos.

Akarghi sintió desde temprano el férreo apretón de la ley, del dharma, de la verdad, de la humanidad y de Dios. Pronto aprendió, sin embargo, que así juega su juego el Señor de la realidad, con todos sin excepción, sólo que a algunos les da más largas y los golpea y obstaculiza incluso no en ésta, sino en la vida siguiente o en la subsiguiente, pero no más lejos. A cada uno lo suyo: sus enemigos, sus opositores, sus contrincantes, de las formas más variadas y a veces también soterradas e invisibles. Para él, el desafío mayor era inquietante. El andamiaje, el sostén y la ruta favorecieron y protegieron amorosa y suavemente la progresión evolutiva de los primeros once años de vida. Debía y podía aprender de la espiritualidad humana sin el recurso del sufrimiento y la contradicción, pero sólo durante once años, y no más. Después, ya no más el nido y el almo huevo de Lamayuru, sino el arquetipo de la Montaña, fría, árida, salvaje, peligrosa, solitaria, trascendental.

La conciencia de Akarghi se agudizó, se intensificó y se refinó cuando su naturaleza profunda, venida de quién sabe dónde, se abrió sin esfuerzo a través de todos los flancos internos hacia el mundo, al mismo tiempo que abría dolorosamente todos los flancos del mundo, demasiado tosco, normado, regulado y legal para no dolerse con la extraordinaria ruptura de Akarghi. Con todo, una mano sutil y firme, un hálito vital y poderoso, una mente cercana y por el revés de su mente lo robustecían para acabar siempre resolviéndose y como deslizándose por encima de todo, sin necesidad de ofrendar su propia sangre ni la sangre de los otros. 

Hay un punto en el desarrollo progresivo de la conciencia humana en que comienza a retroceder y desbordar hacia el propio interior. El efecto primero es semejante a esos instantes previos al amanecer, en que sumido el plano terráqueo en oscuridad indistinta, de pronto y velozmente una luz solar comienza a develar un ilimitado universo donde antes nada parecía existir, y que, al manifestarse dentro de la misma luz, mágicamente despierta. Sin embargo, paradójicamente, cuando se enciende la conciencia de la mente y del alma, generalmente la persona se apaga para la mayoría de las personas, porque la naturaleza de la luz interior es diferente de la naturaleza del mundo exterior, pero sobre todo de la luz de las mentes humanas. Es inevitable conocerlo como una gracia hacia el interior, y como una maldición hacia el mundo externo. Si Akarghi no hubiese recibido ayuda de lo Alto, hubiera sucumbido pronto y a cada paso por este mundo y vida. Y Akarghi lo reconoció como se reconoce al nacer el pezón de la madre rebosante de leche. Y lo reconoció en su interior…

(Es necesario encontrar ante todo la importancia de uno para uno mismo, antes de reconocer y practicar la importancia de uno para otros, o de otros para uno. Si bien la importancia de uno mismo no puede descubrirse sin el simultáneo reconocimiento de los otros…)

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