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martes, 17 de enero de 2017

AKARGHI (capítulo 103)



Cuando Akarghi ingresó la primera vez por el portal imponente de Lamayuru, a los nueve años, guiado por los venerables lamas Mohinder  Chatterjî y Gopal Sen, apenas ponía atención en las grises montañas de Srinagar y su cielo, como si se tratase sólo de un adecuado telón de fondo para una escenografía monacal. En cambio los lamas, los monjes, y sobre todo el abad Farra-aj, adquirían dimensiones colosales, inagotables, únicas, maravillosas. Sus voces, cuando las alzaban por el motivo que fuese, resonaban como truenos entre las filosas gargantas de un acantilado. Sus voces, cuando leían melodiosamente las sagradas escrituras en pali, en sánscrito, en hindi, y en el dialecto que fuese; o cuando enseñaban los Upanishads; o recitaban los sutras de Gautama; o discurrían sobre cualquier cosa,  le resultaban infinitamente más suaves, olorosas y sabias que las flores de las azucenas silvestres que se inclinaban arriesgadas en lo alto de los riscos de Srinagar.

La sensibilidad de un niño sensible supera la expresión del artista más consumado y genial. La sensibilidad de un niño sensible es el más extraordinario acto de magia, continuo y sobrecogedor. Ni siquiera el más avezado magnetizador puede crear en el hipnotizado el maravilloso estado mental, el mundo delirante de sensaciones, de siluetas, de creaciones, misterios y ultranzas que crea ese niño sensible. Akarghi era un niño sensible y delirante. 

Muchos pensarán, tal vez, que sumergir a un niño sensible y delirante en el mundo de aislamiento y ruptura con la realidad física y mental que se experimenta en la vida monástica representa condenarlo a un estado y condición irreversibles de locura… De seguro estarán en lo cierto. Sin embargo, es necesario distinguir entre diferentes tipos de locura, así como entre diversos tipos de sensibilidad.∞

La extraordinaria sensibilidad de Akarghi no era el producto de una mera sensibilidad síquica, como la sensibilidad de un hipocondríaco, de un maníaco, o de un alérgico, o de un emotivo, o incluso de un karmático. Hay locuras –las más--que vienen del mero encarnar en cuerpo, cerebro y mente; hay locuras que vienen de los niveles subterráneos de la mente y del alma; hay locuras que reflejan el desastre de una vida experiencial, traumática y asimilada caóticamente; hay locuras que vienen de otras vidas y hasta de otros niveles de realidad; pero hay locuras que son el efecto y manifestación simplemente de un poder superior que adviene rompiendo los cauces de todo, trastocando límites y naturalezas de todo en este Universo que denominamos natural, para provocar un nuevo estado de realidad y conducirlo todo en una dirección supraevolutiva. Ésta última era la razón de ser de la sensibilidad de Akarghi.

Era justo y necesario que venerase a sus maestros, a esos héroes y mártires de la humanidad que renuncian a sus más caros y propios impulsos de hombres, y se adentran por las comarcas virtuales interiores, atrayendo a su persona y entorno la espiritualidad próxima del Universo. ¿Cómo no habría de contemplarlos Akarghi como a montañas? Ellos, por lo demás, expresaban la cadena visible de ese empuje silente, milenario, de la herencia del conocimiento que aunaba a unos maestros ancestros e iluminados en un movimiento telúrico ascendente, ininterrumpido y en aumento. Eran en realidad inmensos, extraordinarios, y Akarghi podía verlos así, físicamente colosales.

Y aunque ocurre lo mismo en el amor temprano, que levanta al ser amado como a un sol quemante sobre el horizonte de la existencia, pero luego que alcanza el cenit de la pasión, va cediendo y decae hacia el ocaso, movido por el resorte interno de la muerte universal, así también Akarghi comenzó a observar detalles, minucias, como la manera de arreglarse el vestido, o el aburrimiento de la voz en el mascullar los mismos mantras, o el desgaste de las cuentas de los malas a causa de unos dedos mecanizados y rugosos, o la solemnidad de este gesto o de aquel, y hasta la humildad, satisfechas de sí mismas, o el peso sutil de los párpados que delataba la carencia de fuego interior, o la temblorosa obsesión por frotar pisos, imágenes, vidrios, oros y platas; pero, sobre todo, sorprender la costumbre, la repetición sacralizada de lo mismo, por más excelso y sublime que fuese lo mismo.

Ocurrió un día como cualquier otro. A menos de una semana de cumplir doce años Akarghi se encontraba en el dormitorio del cenobio, junto con sus condiscípulos, y acababa de plegar cuidadosamente sus mantas a los pies de la estera, cuando llegó a su nariz el olor a incienso rancio, que provenía de la hornacina del venerable Gyalwa Gendun Drubpa. Levantó la vista y se encontró con la figura rechoncha del swami Ananda Kriyananda junto  a la puerta, que despreocupadamente introducía el índice en sus fosas nasales, escarbando con ahínco algún moco que se resistía a salir. Esa simple, natural y cotidiana escena lo desencadenó todo. Fue como un fogonazo. Su vista se desplazó, impulsada por un reflejo de su músculo ocular, hacia la ventana del lado del swami, y divisó allá, en lo alto y a lo lejos, un pico único y nevado que resplandecía repentina y orgullosamente por encima de la niebla, más grande y alto que nada visto antes por él. Fue como un martillazo en medio del cráneo.

Salió corriendo. Voló. Saltó setos, cercas, charcas, fosas; cayó, se levantó, corrió. Explotó… en llanto.

Se alejó de Lamayuru como se huye de un monstruo y de un fantasma. Las lágrimas bajaban por su cara como nieve derretida en el fogón del alma. Cada cien o docientos metros se detenía y miraba hacia lo alto, hacia la cima sonriente del Srinagar, y volvía a llorar explosivamente. Se detuvo, giró la vista hacia atrás, y divisó muy abajo la forma irregular y oscurecida de Lamayuru. Se dejó caer sentado sobre la roca; se tomó la cabeza con ambas manos y cerró los ojos, con la sensación de que su cabeza iba a estallar. Después de un minuto, después de contener la respiración agitada como una ventolera a la orilla del mar, apareció, con la humildad de un despertar en la pobreza, el olor oculto de las nubes, el crujir de las piedras bajo el sol, la luz del silencio de las flores más pequeñas, el blanco y el azul aquí y allá, los pelajes pardos de la tierra, el paso veloz de un escarabajo  dormido sobre un planeta que gira secretamente alrededor de un sol, y la montaña, grande, inalcanzable, perfecta, surcada por infinitos invisibles senderos de caminantes no natos. Respiró el mundo y encontró la paz, esa paz de las montañas que dura un instante, el segundo suficiente para tomar impulso, respirar dos veces, y volver atrás…



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