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jueves, 12 de enero de 2017

AKARGHI (capítulo 102)




  
La entropía del Universo puede apreciarse en todas partes, pero ninguna mayor que en la mente humana. A veces Akarghi huía de los seres humanos, a veces los rechazaba, se alejaba o los rehuía. Reconocía con certidumbre que había nacido para sí mismo y para los demás. Podía habitar como un puma en lo alto de una montaña mucho tiempo, pero inexorablemente sentía un llamado desde las entrañas, el vértigo de las alturas, las cien mil voces humanas que todos llevamos caladas muy adentro, a veces tan profundas que no alcanzan siquiera a conmover la conciencia, y que reclaman –casi siempre todo--, que lloran y se debaten entre la agonía y el deseo de vivir. Nadie que escuche con su propia humanidad estas voces universales de niños abandonados y malditos puede evitar bajar incluso hasta su propia tumba; descender incluso hasta su maldad y su horror para abrazarlas como propias. Pero después de un tiempo el amor se va volviendo agrio, demasiado unilateral, como la muerte, y entonces el asco de ser menos uno mismo, de ser un camaleón o un loro, un ciudadano y un puntual contribuyente honesto, te hace delirar y llorar, y sentir la nostalgia de cualquier cosa superior… Akarghi venía haciendo este recorrido desde hacía años –cientos de años--, como los mundos que van y vienen desde tiempos inmemoriales alrededor de un centro de irresistible fuerza ∞¿sol?∞.

A Akarghi, el anacoreta, el sanyasin, le correspondía ahora caminar por las calles de una ciudad. Quería hacerlo, necesitaba hacerlo, conmovido, con las lágrimas pugnando por salir hasta el agujero de sus pupilas, pero siempre contenidas por ese obsesivo ∞omnipotente∞ sentimiento del amor… Llámese Moghul-Sarai, Benarés, Bangalore o Bombay; Thanjavur, Nagercoil o Karawal Nagar; cada una con su nombre propio y único, con su gente única, con sus perros y pulgas únicos, pero todos sumergidos en el mismo ensueño dentro de la misma niebla invisible, en la misma experiencia de la colmena, del circo, del mercado, del templo, del espacio y de la mente. Después de las abluciones al amanecer en las aguas del insondable Ganges se había venido a la plaza Maharashtra, donde las riadas de sanyasines y yoguis que iban camino de las fiestas del Kumbhamela acostumbraban meditar en esta época del año hasta entrada la mañana. Con sus ojos bien cerrados, con la respiración contenida, en suspenso, la mente de Akarghi resplandecía como la superficie de un lago quieto; no obstante, no podía tampoco dejar de sentir, de ver, de oír, de saber, los movimientos, los gestos, las direcciones, las voces interiores y exteriores de sus pensamientos, incluso la vibración radiante de las almas de los viandantes. Dentro de cada uno de ellos la realidad parecía haberse creado única, inconmensurable, como un fractal que se multiplica al infinito, igual y al mismo tiempo diferente de sí mismo. Se podía dejar caer adentro de ellos, de a poco, hasta llegar a vivir cada segundo, cada estado de su mente, cada sensación, cada acto, cada hilo de pensamiento, con sus diminutas preocupaciones, con sus alocados procesos mentales, con sus intereses y continuas atenciones sobre las más insignificantes y particulares cosas de su existencia, de los objetos, de muchas cosas, casi sólo de cosas, pero sobre todo de la existencia arrastrada, provocada, creada y vivida hacia dentro de su mente, como un hoyo negro. Nunca dejaba de maravillarse cómo el Universo se replegaba a sí mismo dentro de sus espacios minúsculos de mente, de sus personalísimas apropiaciones de la realidad, de sus insignificancias, de sus creencias, de sus juicios, de sus caracteres, de sus aberraciones, monstruosidades, mezquindades, a las que la realidad engrandecía amorosamente, otorgándoles existencia, apariencia de grandeza, duración, e incluso acción y efecto.

--¿Qué harás tú por ellos? –escuchó con claridad que una voz femenina le hablaba.

Las palabras se fueron extendiendo dentro de él como círculos concéntricos provocados por la caída de una pluma hacia el centro del universo interior. Sintió que podía quedarse hasta la eternidad percibiendo su eco inagotable.

¿Qué harás tú por ellos? era la voz de una mujer, de todas las mujeres, de todas las voces femeninas del Universo, y, en último término, de la realidad entera y sin distinción. No era cuestión de responderla de una sola vez; su vida era el despliegue de la respuesta. No era cuestión de buscar siquiera en su propia vida, en esto o en aquello. La respuesta se extendía siempre más allá, como un mero horizonte que acaba donde simplemente se fija la vista, pero que no acaba jamás si avanzas hacia él…

Podía coger un arma – la más terrible y mortífera-- y salir a liberar a los pueblos de la Tierra. Podía transmutar la verdad en un mensaje divino y salir a las calles a instituir verdades religiosas. Podía empuñar el arado y salir a los campos a producir toneladas de comida. Podía crear un partido político y administrar pueblos y naciones completas. Podía profesar y hacer… Podía… Podía… tantas cosas, cuantas los seres humanos inventan para ayudar solidaria y cooperativamente a los demás ∞ésas que acaban tristemente, casi siempre, sirviendo al final, y primero, y sobre todo, a sí mismos, o a unos pocos, extensiones igualmente de uno mismo

--¿Y qué haces por ellos?—Akarghi le devolvió la pregunta.-- ¡Enséñame!

Abrió los ojos. De un salto se puso de pie y comenzó a caminar con decisión hacia los ghats de Allahabad. Tuvo la clara visión de que la vida, llámese Dios, Brahma, la realidad o lo que fuese que creaba y sostenía la inmediatez, la evidencia de lo que está delante de nuestra nariz, podía detenerse en cada uno de ellos (humanos), que pasaban delante de él igual que el caudal de un inmenso río corre tan veloz que apenas uno alcanza a capturarlo en el lenguaje y exclamar: ¡río!, como si eso fuese suficiente y preciso para capturar la esencia del movimiento continuo, inasible e ininteligible de algo que está transcurriendo ahí, más extraño a nosotros, que nosotros a ello… Eso que estaba por ahí, en alguna parte que al parecer no era ninguna, sin embargo tan potente y supranatural, se ocupaba de cada poro de su piel, de cada inspiración y espiración de ellos, quienes circulaban por miles tan rápido, pasajeros que se resisten a la nada, como una estrella fugaz puede pasar por el firmamento, cuando todos los que pudiesen poner atención en ella y eternizarla en una conciencia, en una memoria o en un bello poema, están d-u-r-m-i-e-n-d-o… Pero, ¡no!

Ahí estaban los humildes bañándose en las aguas del Ganges, casi indiferentes unos de otros, por miles, por millones, por billones, por eones, dándose importancia a sí mismos, primero que todo a sí mismos, intentando limpiar, lavar, purificar algo, algo inmenso, que cada cual empequeñecía identificándolo con una insignificante culpa, en lugar de sorprenderse del gran error de existir como una insignificancia que sólo se da importancia a sí misma, a la orilla de un río verdaderamente sin nombre, dentro del Universo inconmensurable, estultamente infinito… Y que, al hacerse conciente de esto, cobra una grandeza más enorme, incipiente, insignificante y terrible que el Universo mismo…

--¡Enséñame, enséñame, enséñame, enséñame…! –repetía él, ella, eso, como un dios que repentinamente enloquece y se obsesiona, como sólo un dios es capaz de hacerlo.

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