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viernes, 6 de enero de 2017

AKARGHI (capítulo 101)





Los seres humanos no piensan mucho ni de diferentes maneras sus decisiones de vida, no piensan mucho ni de diferentes maneras sus decisiones diarias, no piensan mucho en ningún sentido. Los seres humanos –eso sí-- sienten casi todo, y, sin embargo, responden a ciertas escasas sensaciones y emociones muy propias que condicionan sus respuestas a los acontecimientos del día a día. Los seres humanos rigen y condicionan sus vidas completas de acuerdo a unos exiguos pensamientos y de acuerdo a unas pocas emociones que, a temprana edad, acaban demarcando su experiencia de realidad, anclándolos en su inconciente.

Akarghi había recibido el don y la habilidad de separarse con su conciencia, un poco más de lo normal, de sí mismo y de sus procesos y estados mentales. Y aunque esta diferencia fuese pequeña en su dimensión, como la diferencia de sólo el dos por ciento entre el genoma humano y el de los cerdos, no obstante evidenciaba igualmente una gran diferencia de hecho respecto del desarrollo de la conciencia de los demás seres humanos… Y aunque para Akarghi esta diferencia y superioridad eran evidentes – una simple cuestión de conciencia --, no ponía mayor atención en ella ni buscaba hacerla evidente, puesto que le era tan natural y permanente, como al imbécil le es tan natural y permanente su propia imbecilidad, o su propia nariz, por lo que tampoco necesita ponerla adrede (sino siempre naturalmente) por delante.

Latniavira era receptora y víctima de esta superioridad de Akarghi. Tal vez a temprana edad Akarghi había considerado esta habilidad en buena medida un defecto, una anomalía y un obstáculo, pero ahora ya podía ver en conciencia su propia condición y la de los demás humanos, por más que no cambiara el hecho de que casi siempre ese don también conllevaba penosas, conflictivas e inarmónicas consecuencias para él y para los demás.

Akarghi podía ver a través de los comportamientos, de los actos, de su energía, de las palabras, de los gestos, de emociones, de recuerdos, de sueños, en fin, en cualquier manifestación humana: mente. Pero esto de la mente era algo que también finalmente Akarghi había llegado a conocer y comprender de manera harto diferente de lo que concebía cualquier modelo, teoría o explicación sobre la mente humana. Quizás el sólo hecho de mirar cada vez más sutil e intensamente su propia mente había provocado cambios tan profundos y decisivos en su propia mente, que podría decirse que su conciencia se volvía y transformaba progresivamente en su mente

Aparte de Kynpham, Akarghi nunca había interactuado tan íntimamente con ninguna otra persona como lo había hecho con Latniavira; además, mujer. Primero, en ella se le había mostrado la hembra, el cuerpo unificado perfecto, los cuerpos llamados materiales o densos, que armonizaban y realizaban otras sutiles energías como ningún cuerpo material de mujer podía realizar. Un ángel, un dios, un espíritu santo hubiese deseado, naturalmente a su condición, un conjunto de cuerpos densos tan perfectos como los que habían materializado a la persona Latniavira; perfectos no sólo en condición natural y anatomía, sino también en todo y cualquier movimiento y acto… Podría decirse perfecto en el rango de la belleza, como atractivo, sensualidad, armonía, erotismo, buen gusto, exquisitez, pero no más. ¿Acaso había una correlación entre esta perfección física, energética, y el alma misma (el alma moral y espiritual) de Latniavira?

La evidencia de lo evidente decía que no. Pero más allá de esas profundas y sustanciales rarezas, Latniavira había sido para él el más meticuloso espejo de sí mismo. Quizás, por su parte, Akarghi había sido para Latniavira un espejo harto más hondo, como se puede llamar hondo a la dimensión futura, que es virtualidad y finalidad; y que, en tanto más distante cualitativa y fácticamente respecto de lo que se es en el presente, más lejana cronológicamente en tiempo futuro. ¿No sería entonces prudente llamar a Latniavira también honda para Akarghi, pero en su virtualidad pasada, hacia la honda historia progresiva para atrás de uno mismo?

De Latniavira había descubierto que la conciencia es una encrucijada de infinitos caminos de realidad, en infinitas direcciones; y que la mente, menos rica en posibilidades y recursos que la conciencia, no obstante, también es ella confluencia de innumerables senderos y accesos de realidad. Latniavira podía ser en ocasiones una niña –igual que toda mente—y jugar con su sexualidad como una niña jugaría con muñecas, alegre e ingenuamente. Podía levantarse de la mesa en un lujoso convite y comenzar a bailar, cantando una canción de cuna, lo mismo que una canción obscena. Desnudarse en un velorio, o sonreír al besar en la boca a un muerto. Cerrar los ojos y alcanzar el éxtasis de la iluminación brahmánica, de la misma manera que comenzar a gemir y alcanzar un repentino orgasmo. Tener un hijo y amarlo más que a ella misma, pero también dejar morir a un niño de la calle ante sus propios ojos. Latniavira podía amar a un sanyasin, amarlo todos los días, y prostituirse cien veces en un solo día. Podía amar a Akarghi y a Tashi Aburghasim en el mismo coito. Podía exclamar: ¡Soy una diosa!... ¡Soy una ramera!... ¡Soy una poeta!... ¡Soy una mierda!... Y así, sin parar, sin razón aparente, sin sentido evidente, como si fuese pura instantaneidad, puro impulso ciego y animal, puro azar, pura causalidad caótica, pura tontera, locura y rareza, y al mismo tiempo, perfección

--¿Por qué soy así?... ¿Por qué?... 

Le había preguntado tantas veces a Akarghi, en distintos tonos, ánimos, intenciones, motivaciones, actitudes, gestos, sentidos, como si él pudiese con su inconmensurable saber y poderes llegar a su verdad.

--¡No quiero ser así!... ¿Qué puedo hacer, Akarghi?

Akarghi a veces se la quedaba mirando con una sonrisa, con un rictus doloroso en los labios, con el ceño fruncido, con una carcajada, con los ojos cerrados, juntando sus manos, acercando sus labios a su boca, indiferente, impasible, temblando, lloroso… Y con todas esas maneras de responder hacía evidente la inconmensurabilidad de la respuesta, de la densidad inexpresable de la realidad profunda que Latniavira le hacía experimentar e intuir instantánea e inmediatamente.

∞La gente cree que la realidad está ya hecha o creada. Los físicos afirman que la realidad está materializada en energía, tiempo y espacio. Pero la realidad no es nada real. El Universo no es la realidad. No existe nada semejante a la realidad. La realidad es semejante a la búsqueda de cualquier cosa que se aparece dentro de un sueño, y que de pronto, sólo de pronto y a veces, nos parece-creemos-pensamos que estamos soñando…∞

¿Se entiende ahora por qué Akarghi descubría en Latniavira, en sí mismo y en cada persona humana que la mente es al mismo tiempo realidad e ilusión, herramienta y trampa, liberación y cárcel, bien y mal, pasado-presente-futuro, esto y no-esto, dios y demonio, anulación y trascendencia?

Y al final de cada día, sin embargo, todo parecía inexorablemente igual y obvio: que el sol se ponía en el horizonte, y que su propio hijo lo miraba sin poder saber que él era su padre…

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