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viernes, 26 de mayo de 2017

AKARGHI (capítulo 122)




  
La necesidad de calor lo llevó a tomar la mano de Narayan y encaminarse por la suave pendiente hacia lo alto del callejón, donde lucía el resplandor de una hoguera. La lluvia había amainado y ahora se dejaba sentir el frío y la humedad adherida a sus delgadas ropas. Cada vez que Akarghi miraba a Narayan volvía a ver en ella al pequeño ovillo retorcido de dolor dentro de una charca de excremento, y su corazón se entristecía y lloraba de compasión por su almita sufriente. Narayan, por su parte, se dejaba llevar por Akarghi, como hipnotizada, sin pensamiento alguno y transida de dolor. Lo que Akarghi había hecho por ella le resultaba tan incomprensible y liberador, que estaba incluso dispuesta a que, si él lo decidiese así, la degollase en ese mismo momento y lugar sin resistirse lo más mínimo.

La hoguera ardía hacia el costado de un reducido rellano y unas veinte personas de aspecto miserable, la mayoría hombres, se encontraban silenciosas alrededor del fuego, como estatuas frías y moribundas. Akarghi se inclinó profundamente con sus palmas contra el pecho y pidió permiso para ocupar con la niña un lugar junto a las llamas. Nadie respondió, y ni uno siquiera les dirigió la mirada. Akarghi empujó suavemente a Narayan para que caminase hasta un espacio reducido entre dos personas y se sentase delante de él, más cerca del fuego. No había contemplado más de tres veces en su vida la miseria y el desconsuelo extremos de un grupo de humanos, pero ahí percibió algo más, algo casi insoportablemente angustioso y terrible, algo que visualmente se asemejaba a la oscuridad tenebrosa de un socavón de la existencia misma, pero ajeno al sufrimiento... Buscó dentro de sí la paz que tanto anhelan las mentes y los corazones humanos, pero se encontró con la imagen de las llamas devorando su amado Lamayuru por todos lados. Con todo, una vez más, alguna singular manifestación de resistencia, de respuesta sutil, pero profundamente poderosa y transubstanciadora sostenía todo presente, por más caótico u horrible que fuese.

Pasaron muchos minutos, quizás una hora, hasta que una voz cavernosa habló:

--¡Qué bonita niña!...

Pareció que todos despertasen repentinamente de un sueño profundo. Algo ocurrió en ese mismo instante, pues Akarghi abrió sus ojos, alzó la vista y se encontró con las más extrañas expresiones que hasta entonces había visto en seres humanos. Todas las miradas se dirigían atentas sobre Narayan. Varios sonidos guturales, gruñidos y hasta resoplidos se dejaron oír cerca.

--¡Sí, es demasiado bonita!—confirmó una voz cascada de mujer.

Akarghi miró a Narayan, que se había vuelto hacia él con una sonrisa de satisfacción. A sus diez años comenzaba a perfilar un rostro próximo de mujer, con grandes ojos verdes, almendrados, unos rasgos delicados y al mismo tiempo leoninos. Su pelo abundante y revuelto acentuaba ese contraste.

--¡Su cuerpo también debe ser muy hermoso!—exclamó otra voz masculina, con una extraña y arrastrada entonación.

--¡Sí… sí…sí…!—acompañaron varias voces.

Akarghi observó que las facciones y los ojos de los hombres comenzaron a encenderse con una curiosa expresión. Un movimiento espontáneo como una ola de todos ellos se fue desplazando, casi como el ondular de una serpiente, más y más cerca de Narayan, hasta que estuvieron pegados a sus espaldas, flancos y rodillas, como una sola masa de cuerpos. Incluso Akarghi, que observaba con sorpresa, fue desplazado hacia atrás. Los hombres que estaban más cerca de Narayan estiraron sus manos y comenzaron a tocarla. Ella los miraba con extrañeza, sin entender lo que hacían. De pronto otra voz de mujer, que observaba desde lejos, gritó:

--¡Desnúdala!...  

Todos comenzaron a ponerse de pie. Unos la sujetaron de los brazos, mientras otros estiraban sus manos, cogían sus ropas, y comenzaban a arrancárselas a la fuerza. Narayan no se resistió, pero comenzó a temblar. Akarghi dio un salto hacia ella y gritó:

¡No!... ¡Eso no!...

Algunos le lanzaron golpes y empujones para evitar que se acercase. Nunca había tenido que enfrentarse a la violencia y el salvajismo humano, pero se comportó como un āyudhika (guerrero). Los esquivó con agilidad, pero al perder el equilibrio rodó hábilmente como un cilindro por el suelo. Tomó un leño por la parte que aún no había encendido la pira y lo hizo girar velozmente por encima de su cabeza. Saltaron pavesas. Algunos retrocedieron y se protegieron, pero un par de ellos continuó con su agresión hacia Narayan, intentando acostarla sobre el suelo para violarla. Akarghi se acercó a ellos y con un movimiento preciso, como si les propinase una estocada con el leño, golpeó sus ropas, que comenzaron a arder. Los hombres soltaron a Narayan y comenzaron a correr despavoridos, gritando e intentando quitarse sus telas ardientes. Luego tomó de la mano a Narayan y emprendió la carrera, haciendo girar todavía el leño con la otra mano. Aunque todos querían cobrarse venganza de la osadía de Akarghi, nadie se atrevió a cerrarles el paso. Avanzaron por las calles salpicando por encima de las pozas y sin mirar atrás. Después de algunas cuadras encontraron un bosquecillo a oscuras por donde se internaron. En la espesura se detuvieron y, recostados sobre un tronco caído, se repusieron de la fatiga lanzando bocanadas de vapor, en tanto miraban y escuchaban hacia la distancia para estar seguros de que no los seguían. Se escuchó cerca el chillido de algún animal nocturno, y Narayan se abalanzó a los brazos de Akarghi, aterrorizada. Narayan aún temblaba de miedo y comenzó a gemir, mientras Akarghi pasaba suavemente su mano sobre la cabeza de la niña. Levantó los jirones de su sari que colgaban más abajo de su cintura y le cubrió el torso desnudo. Luego se encogieron, todavía abrazados, en el hueco que dejaba el tronco caído cerca de la raíz y permanecieron así por el resto de la noche. Narayan se durmió pronto en los brazos de Akarghi, pero éste se mantuvo despierto, meditando en algún poder sustantivo de la vida que volvía a fortalecerse en él, robusteciendo las extraordinarias intuiciones que lo empujaban hacia su realización en este plano de la existencia y a la que él se ofrecía, cada vez con más conciencia, como instrumento y canal, aunque todavía demasiado imperfecto. En una palabra, como humano

Antes del amanecer Narayan despertó sobresaltada, miró con asombro a Akarghi que todavía la abrazaba, sus ojos se llenaron de lágrimas y explotó en un descontrolado llanto, mientras volvía a apretarse a su pecho cálido y ancho.

--¡No me botes, Akarghi!... ¡No me botes, te lo ruego!...

Akarghi apretó sus brazos y manos a la espalda de Narayan, y se quedó en silencio.

--¡No te botaré, Narayan, te lo aseguro!... Pero soy un asceta, un apátrida sin hogar ni recursos para satisfacer ni tus más pequeñas y básicas necesidades… 

--¡Eso no importa!... Prefiero morir contigo que a manos de cualquier persona, o en un callejón oscuro, sola.

Akarghi sintió cómo dos lágrimas gruesas resbalaban de prisa por sus mejillas y caían, lo mismo que dos estrellas fugaces, sobre la cabellera de Narayan.

martes, 23 de mayo de 2017

El Arte (poema de Emile Verhaeren)



Emile Verhaeren, extraordinario poeta franco-belga (1855-1916) casi desconocido para los hispano hablantes, ha señalado los comienzos de la modernidad con su obra poética y visionaria. Presento aquí uno de sus magnos poemas, que da muestras de esta capacidad descomunal de previsión de un vate inspirado por los dioses, y en el que preanuncia el drama actual de nuestro mundo exaltado y globalizado.





EL ARTE[1]
(Emile Verhaeren)


De un salto,
Su pie quebrando el suelo profundo,
Su doble ala en la luz,
El cuello extendido, el fuego bajo sus pupilas,
Parte hacia el sol y hacia el éxtasis
Este devorador de espacio y de esplendor, ¡Pegaso!

Delicadas, las danzas
Languidecían su gracia y su cadencia
En la verde cumbre de las colinas, allá.
Eran las Musas de oro: sus pasos
Se cruzaban como flores entrelazadas;
El amor, junto a ellas, dormía bajo un laurel
Y las sombras del follaje guerrero
Caían sobre el arco y sobre las flechas estelares.

El Olimpo y el Helicón brillaban en el aire;
Sobre las vertientes de donde las fuentes se derraman,
Templos puros, semejantes a coronas blancas,
Iluminaban de recuerdos los valles claros.
Grecia, con sus Partenones de mármol
Y sus gestos de Dioses que agitaban los árboles
En Dodona, la Grecia entera con sus montes
Y sus pueblos cuyos nombres acunaba la lira,
Aparecía, bajo el galope del loco caballo,
Semejante a una arena familiar
en su vuelo cotidiano dentro de la luz.

Pero de pronto, allende el país natal
Un día ve, desde el fondo de los pasados lúgubres,
Surgir, oprimiendo un disco entre sus cuernos,
La inagotable, grave y materna Isis.
Y fue el arte de Tebas o de Menfis
Al tallar Hathor en portales de rosas,
Y fue Ur y Babilonia
Y sus jardines suspendidos de qué clavos del astro de oro.
Y luego Nínive y Tiro, y los decorados
De la India antigua, y los palacios y las pagodas,
Bajo la humedad de las estaciones cálidas,
Al torcer su cénit como hogueras esculpidas.

Y también a lo lejos fue este Oriente alzado
En quioscos de esmalte, en terrazas de marfil,
Donde sabios y ermitaños famosos
Reflejaban en el agua bella, pero transitoria,
Sus rostros de juguete;
Y dulcemente se reían con su reflejo
De los gestos vanos que en la vida habían hecho.

Y de este desconocido vasto subían Odas,
Siguiendo juegos, siguiendo modas,
Que Pegaso escandía con su paso firme;
Se hubiese dicho que en sus himnos antiguos
Su canto cotidiano
Había dormitado largo tiempo
Antes de despertarse con las músicas sublimes
Que propagaba de cima en cima
A través del infinito.

Sobre este mundo de esmalte, de bronce y de granito
Avanzaban también poetas lúcidos;
Destruían la muerte nocturna al igual que Alcides;
Sus poemas sagrados, que unificaban las leyes,
Aseguraban en textos de oro la voluntad de los reyes;
Su frente acollaba contra la fuerza insaciable;
Su alma intensa y dulce había previsto la vida
Y la expandía ya como un bello sueño claro
Sobre el trance de niño que dormía el universo.

El enloquecido caballo al que ningún vuelo audaz
Fatiga,
Con un más descomunal aletazo todavía, engrandece su vuelo
Y se exalta, más alto todavía, entre el espacio.

Entonces, un otro mar, un otro sol
A su izquierda se ilimitaron,
Y fue el occidente, y fue el porvenir,
Cuya grandeza iba a definirse,
Que resplandecieron.

Allí, en llanuras de bruma y de rocío,
En regiones de montañas, de aguas, de bosques,
Aparecían templos blancos, de donde el oro de las cruces
Despedía una claridad nueva y bautizada.

Cada pueblo se diseñaba como un redil
Donde la manada de los techos congregaba sus vellones rojos;
Maravillosos palacios dominaban los tugurios;
Un ábside se desplegaba igual que una muceta;
Jardines de oro dormitaban debajo de grandes árboles;
Ríos surcaban muelles de mármol;
Pasos masivos y regulares de soldados pelirrojos
Corrían a lo lejos bajo un vuelo de locas banderas;
Sobre cerros se alzaban altos laboratorios;
Industrias quemaban los vientos con sus fuegos;
Y todo esto rezaba, golpeaba, mordía los cielos
Con un ímpetu tal que sonreía la gloria.

Y era Roma, y luego Florencia, y luego París,
Y luego Londres, y luego a lo lejos las Américas;
Era el trabajo loco y sus febriles líricas
Y su fulgor enorme a través de los espíritus.
El globo estaba conquistado. Se conocía su extensión.
Fuegos semejantes a los fuegos de las estrellas, allá en lo alto,
Hacían gestos de oro; se hubiese dicho antorchas
Clavadas para conducir el pensamiento perdido;
Como en otro tiempo los poetas fervientes y luminosos
Avanzaban semejantes a los dioses, en la extensión ardiente,
Engrandecían su siglo –Hugo, Shakespeare, Dante—
Y dedicaban su vida al corazón del universo.

Y Pegaso siente estas visiones nuevas
Tan ampliamente deslumbrar sus pupilas
Que fue como inundado de orgullo y de luz,
Y ya los dientes sin freno, el cuello sin riendas,
Abandona de pronto su ruta acostumbrada.

En adelante, el mundo entero fue su arena.



(Traducido del francés por Rodrigo Inostroza B.)


[1] Del libro “Les forces tumultueuses”, Verhaeren (1902).