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viernes, 15 de septiembre de 2017

AKARGHI (capítulo 138)



   
Una mañana de esas en las que se despierta como si fuese el primer despertar en la vida, Akarghi sintió junto a él la piel suave y cálida de un cuerpo de mujer… ¡Latniavira!, alcanzó a murmurar sorprendido, pero se encontró con la sonrisa complaciente y dulce de otra mujer. Su corazón dio un vuelco dentro de su pecho al contemplar el brillo que surgía de su rostro. Entonces recordó su cuerpo desnudo y la inagotable pasión de sus sexos sagrados, enlazados, durante una noche de luna argéntea y mágica. Se acercó lentamente a su boca y la besó con desbordante sensación de dicha. Saddinavi le devolvió el beso, acariciando al mismo tiempo sus párpados con un suave roce de las yemas de sus delicados dedos. Como si hubiese sido el acto de un hipnotizador o el momento crítico de una fantasía, Akarghi sintió que un sueño inmenso lo hundía en la inconciencia, y se quedó de inmediato extática y profundamente dormido.

Cuando despertó volvió a buscar el cuerpo de Saddinavi a su lado, pero encontró el espacio vacío. Entonces tuvo la sensación indubitable de que había estado soñando con ella. Todavía más, se percató de que ella misma lo había empujado a despertarse con un beso en el alma, y que ella seguía junto a él, si bien físicamente no estaba con él. Aunque todo lo que estaba aconteciéndole era completamente inusual y extraño, pues si había amado tanto a Latniavira, la única mujer que había conocido en su vida, esto que Saddinavi le causaba parecía al mismo tiempo tan natural y maravillosamente suyo. No había nada que comparar… Saddinavi era un sentimiento enteramente nuevo. Toda Saddinavi era un continuo de sensaciones desconocidas, asombrosas, sutiles e inagotables que Akarghi nunca había conocido en sí mismo, ni hubiese imaginado tampoco que era capaz de sentir. ∞¡Cuántos ángeles y demonios existen en nuestras vidas que despiertan lo mejor o lo peor ignorado de nosotros mismos!∞ Akarghi alcanzó a entrever ese universo ilimitado de posibilidades que significaba el universo de la mujer, quizás de lo femenino, quizás incluso más allá, de los seres trascendentales y cercanos que nos acompañan diariamente, insospechadamente sublimes y transformadores ∞Como pueden llegar a serlo todas las mujeres, sin serlo∞… Pero comprendió también que al igual que el universo aparece en la noche tachonado de estrellas cercanas al número infinito, no obstante sólo un puñado de ellas te corresponden a tu aquí y a tu ahora, así también Saddinavi y Latniavira eran las únicas mujeres para él, no las otras…

Saddinavi de alguna manera superaba su propia conciencia, la conciencia que Akarghi entonces poseía de sí mismo ∞¡Benditos seres cercanos que nos desafían a superarnos a nosotros mismos!∞. Akarghi sabía entonces que Saddinavi era una enviada para él, divina y sobrenatural, como todo enviado, de manera que la aceptó sin oponerle resistencia, aunque según las leyes del mundo (las leyes humanas), amarla y tener sexo con ella eran bajeza y error.

Hacía sólo dos días que había golpeado su cuerpo y flagelado su alma al recordar el hechizo sexual de Latniavira. Y ahora se encontraba amando a otra mujer con tanta o más pasión… Sin embargo, esta pasión sabía a libertad y trascendencia, lo contrario mismo de toda pasión. Akarghi se puso de pie y caminó hasta la ventana para ir a contemplar el espumoso velo de la cascada Kemmangundi. Esperaba oír la letanía de los monjes Aurunnava y encontrarse con el anfiteatro de los montes verdes rodeando el cielo azul, pero se maravilló con los girones de espesa niebla que se arremolinaban alrededor de uno que otro cerro, y que apenas difundían el ruido sordo y lejano de la pálida cascada. Aun así, se maravilló sobre todo con el sorprendente resplandor que todas las cosas cobraban desde el propio resplandor de su dichoso estado interno… “Como la lluvia penetra la casa mal techada, así la pasión penetra en la mente no desarrollada. Como la lluvia no penetra la casa bien techada, así la pasión no penetra en la mente bien desarrollada.” Kynpham, su amado Kynpham había sucumbido a la pasión. Podía recordar el dolor de aquel día en su pecho y las negras y dolorosas premoniciones antes de su muerte. También Akarghi podría haber muerto entre el frenesí de las piernas de Latniavira… ¿Por qué no?... ¿Por qué he sido siempre acompañado en esta vida por un destino protector y salvador?... Pero al fin, ya lo sabía bien, no había más vida en la suya (salvada y protegida), que en la muerte de todos los que habían sido cortados por la hoz de la muerte. Aquí la vida es misión, de la misma manera que la muerte es otra. Le pareció ver saltar a Nino, el peludo gatito de Saddinavi, desde un pequeño muro hacia el otro lado, que ya no podía ver. También él mismo –pensó-- debería saltar ya hacia el otro lado… ¡Había alcanzado el Templo Rojo!... De inmediato la figura liviana y grácil de Saddinavi se le apareció sonriente en su visión interior, con esa sonrisa tan ancha y luminosa como la Tierra, con la que su ser se estremecía más allá de lo humano. ¿Cómo si no una mujer, un ser divino tal vez en ella, debía ser su contraparte, la negación dialéctica del ser y del no-ser confrontados en la libertad del espíritu humano, de la intrínseca contradicción de la existencia humana y de la Naturaleza misma?... ¡Saddinavi era la única persona en el mundo que podía detener con su perfección el salto final de Akarghi al Otro-lado!... El amor, este amor sobrenatural era la presencia divina, la perfecta realización humana entre un hombre y una mujer que se aman por sobre todas las cosas aquí y ahora, en un eternizable aquí y ahora, suprema altura y límite de la condición humana.

No pudo distinguir si era la cascada que murmuraba con eco gutural entre los cerros aguzados, o el ronco salmodiar lejano de los monjes, pero flotaba en el espacio y en su corazón Om mani padme hum… Om mani padme hum… Akarghi se inclinó reverentemente y realizó el Namaskara mudra, cerrando los ojos. Debía decidir, pero la decisión ya estaba tomada de antemano. Salió a buscar a Saddinavi.

¿Era aquello amor, o el efecto del amor?... La realidad entera vibraba en una armonía maravillosa, infinitamente múltiple, pero con una esencia común: ser. Saddinavi lucía en medio de todo como sol de esa luz vibrante, ubicua, universal. Era ella la que causaba todo, o era el todo que se encarnaba en ella… Sonrisa, beso, gemido, orgasmo, dulzura y espíritu al final y en todo… ¡Verdad! Se le erizaron los vellos de toda su piel. La buscó en los pabellones de la meditación, entre los coros de monjes, pero no estaba allí. Akarghi se dio cuenta de que sus pies ya no tocaban el suelo al caminar, pero no se extrañó de ello, sino que experimentó la ingravidez del amor con total sobre-naturalidad. La buscó en los jardines retirados y lo senderos de la cascada, pero no estaba allí. Una brisa primaveral le trajo el olor de las violetas de la alta montaña, demasiado lejana e invernal para ser cierta. Eran las flores de la respiración de Saddinavi cuando susurraba ¡amor! junto a su oreja... La buscó ante los pies del gran Buda, en las humildes labores del hogar, en los espacios reducidos donde se acumula el polvo y la soledad, pero no estaba allí.

miércoles, 13 de septiembre de 2017

EL AMOR ES MÁS FUERTE


   
Hoy, que han transcurrido treintaiséis años desde entonces, quiero narrar un hecho que he guardado celosamente en mi vida privada. De haberlo hecho antes me hubiera ganado el menosprecio, la burla, la incredulidad y hasta persecución que sólo hubiera agravado insoportablemente la misma que de igual manera he experimentado todo este tiempo. En unos meses más cumpliré sesenta años y la vida comienza a declinar por este lado. No voy a esforzarme en dar pruebas ni voy a insistir en la veracidad de los hechos. A estas alturas de mi vida no necesito convencer ni impresionar a nadie con mis atributos ni mi valía… A estas alturas de mi vida, ya no necesito ni atributos ni valía. Sólo trataré de ser claro y directo.

Aquella noche dormía profundamente y me hallaba en uno de esos sueños en los que repentinamente uno se descubre que está soñando. Entonces desperté de inmediato, como si el descubrir la ilusión del ensueño acabase sin dilación con la fantasía, pero --¡he aquí lo sorprendente!-- no con el sueño… Abrí mis ojos y continué viendo despierto ante mí lo mismo que veía durante el sueño, plenamente autoconciente, antes de despertar: Ante mí se abría una especie de vórtice en colores blanco y negro; giraba velozmente en torno a un centro oscuro que yo veía en perspectiva hacia el fondo del mismo. Dejándome guiar por mi positiva intuición me adentré voluntariamente por el túnel que formaba el vórtice, el cual pareció recibirme, activándose la fuerza gravitacional hacia su fondo. Cuando avancé veloz por él vi repentinamente que el fondo y centro oscuro se tornaba blanco y comenzaba a ensancharse a medida que me aproximaba a él. Entonces todo se volvió de ese mismo color ante mí. Lo que al principio se veía simplemente de color blanco, pronto se transformó en una suerte de vapor o niebla intensamente alba. Por el centro de la misma comenzó a despejarse esta nubosidad, dejándome ver, cerca de mí y ante mí, las escalinatas de la Basílica de San Pedro, y, más allá, el entorno de la Plaza de San Pedro. Mi visión se producía desde el rellano superior de la escalinata, al costado izquierdo de la misma. Entonces divisé con horror al Papa Juan Pablo II solo, tirado sobre las escalinatas, enteramente vestido de blanco, y con su ropa ensangrentada a la altura del estómago. No había nadie más en todo el lugar. En seguida me pareció vislumbrar algo como un puñal junto a él, manchado de sangre. Supe de inmediato que aquella visión era real, y que me advertía de su futura y cruenta muerte, asesinado. Entonces pregunté mentalmente: ¿Cuándo?... Y, como respuesta, una especie de mano invisible dibujó en el aire con letras negras, difusas y vaporosas: 1981… 

La visión y el sueño –si puede llamarse así—cedieron. Quedé allí, acostado en mi cama con los ojos abiertos, a los 23 años, ¡una noche de comienzos de Diciembre del año 1980!… En aquella época el mundo entero, y yo mismo, estábamos deslumbrados con el carisma espiritual de ese santo varón. Sentía su alma cercana a la mía, de manera que el dolor que me causaba saber que atentarían (dentro de un año más) contra su vida cobraba dimensiones colosales e íntimas. ¡El mundo entero, que se esperanzaba entonces con ese poderoso vicario y presencia de Cristo, se vería horrorizado y desolado por este magnicidio!...

A la mañana siguiente decidí que debía contárselo a alguien, y lo hice así con mi hermana, quien a la sazón tenía 16 años. Me escuchó con interés, pero sin mayor comentario… (Luego ella olvidaría que se lo había anticipado el año anterior.) Sin embargo, este habitual escrúpulo que me ha acompañado toda la vida me susurró internamente que ya no se lo participase a nadie más. No albergaba la menor duda de que aquello iba a acontecer realmente así. Ya por entonces había desarrollado cierta habilidad extrasensorial y síquica que me permitía, primero, discernir mis sueños premonitorios (y frecuentes), de aquellos sueños sólo cargados de simbolismo e intensidad, pero generados ante todo por mi fantasía onírica y mi subconciente personal. Había reconocido también otros tipos de sueños, en que ambos niveles de realidad (síquica y premonitoria) se entremezclan, generando una especie de anticipo del futuro, pero deformado o supeditado a representaciones significativamente síquicas, las que, pareciendo anticipatorias, sin embargo no llegan a serlo. En este tipo de sueños no era nada fácil discernir qué era qué… ¡El sueño (y visión) del atentado a Juan Pablo II –lo supe desde el mismo instante que lo presencié y lo experimenté-- no era ni de éstos, ni de los puramente mentales!... Los hechos posteriores reafirmarían una vez más este certero autoreconocimiento.

Digo esto para que se entienda el impresionante grado de certidumbre que de inmediato me acompañó respecto de la necesidad (y hasta fatalidad) de los terribles acontecimientos que estaba anticipando. (No es la ocasión de ahondar en el hecho de que ya sabía, también, que estas visiones y premoniciones no eran causadas primeramente por ; pero dejaremos esta larga y concatenada historia para otra oportunidad.) Así pues, con esta terrible carga de conocimiento y responsabilidad pensé, en mi afecto y valoración de su Santidad, informar a alguna autoridad cercana a su persona sobre este hecho inminente, si ya no hacerlo a él mismo, lo cual me pareció de inmediato impensable, dada su obvia inaccesibilidad para este oscuro, insignificante y distante chileno. Sin embargo, no fue ninguna consideración práctica, mundana o restrictiva lo que me detuvo entonces (si bien también supe que nadie me creería ni me validaría), sino algo que se me transmitió desde una zona más profunda y trascendental de la realidad y de mi propia mente: ¡ASÍ DEBE SER!... 

Mi vida continuó, por tanto, sin preocuparme mayormente ni más de esta visión, ¡hasta el miércoles 13 de mayo de 1981!… Es imposible expresar lo que me ocurrió al enterarme del hecho casi en el minuto posterior al acto criminal. Una avalancha de inquietudes, pero sobre todo de sucesivas revelaciones se me fueron hilando una tras otra, hora tras hora, día tras día... Primero pensé, cuando se informó que el Papa había sido herido gravemente a bala, que moriría poco después, o en cualquier momento. Sin embargo, horas después, días después, constaté (mentalicé) que el mundo reaccionó con una intensidad, con un arranque nunca visto de espiritualidad y amor hacia él y hacia su misión transformadora; con una concentración de poder colectivo nunca visto de energía salvífica y superior, que se remecieron los cimientos mismos del Destino… Que los Señores del Proyecto Tierra –si pueden llamarse así--, recibieron la fuerza, la autorización y el mandato de cambiar el destino de Juan Pablo II, pero, sobre todo, ¡de la Humanidad misma!...

Lo que revelaré a continuación podrá parecer chocante y delirante para muchos, y --debo reconocer que primero lo fue para mí mismo-- hasta hoy también guardo un alto grado de desconfianza a su exactitud y literalidad, aunque sé que hay en esto más verdad que error. Quizás todo lo que narro se entendería y creería muchísimo más y mejor si pudiese aquí y ahora agregar infinitas cosas que tendré que callar por el momento. Permítaseme resumir lo principal en algunos puntos que detallaré a modo de esquematizada cuenta:

Primero, se me hizo saber que Juan Pablo II estaba enterado de antemano y por varios medios acerca de este atentado, aunque no con exactitud. Por nombrar sólo uno, Juan Pablo conocía los tres secretos de Fátima[1], particularmente el tercero, hasta entonces ignorado por todo el mundo, y sólo conocido por los Papas. En él se leía: “[…]El Santo Padre, antes de llegar allí, atravesó una gran ciudad, medio en ruinas y (él) medio trémulo, con andar vacilante, apesadumbrado de dolor y pena. Iba orando por las almas de los cadáveres que encontraba por el camino.

Llegando a la cima del monte, postrado, de rodillas a los pies de la cruz, fue muerto por un grupo de soldados que le disparaban varios tiros y flechas, y así mismo fueron muriendo unos tras otros los obispos, los sacerdotes, religiosos, religiosas y varias personas seglares.” 

Juan Pablo se planteó a sí mismo seriamente que él pudiese ser la víctima crística de esta profecía. Juan Pablo conocía perfectamente los modos asesinos y arteros de las fuerzas marxistas, pero en general de las fuerzas del mal humano, viniera de donde viniera… Él era, sin duda, hasta desde una lógica mundana, el perfecto chivo expiatorio y el ícono perfecto para destruir ideologías reaccionarias y oposicionistas, sea cual fuere su tinte. Juan Pablo estaba cobrando una dimensión descomunal de líder (católico) para una inmensa, creciente y mundial cantidad de seres humanos. Desde todos los flancos humanos e ideológicos, pero sobre todo desde la lógica del espíritu de Cristo y de María (tan suyo), él estaba disponible para ¡LA CRUZ!... Esto es lo que primó absolutamente de su parte; con una valentía propia de un Jesús mismo, asumió sin cálculo ni resquemor alguno su misión de Redentor de la Humanidad de fines de siglo (XX), ya esclavizada a un Guerra Fría que estaba a punto de detonar como apocalipsis nuclear. Juan Pablo quería, ante todo, liberar al Mundo de la amenaza totalitaria y antiespiritualista del comunismo y del marxismo, y en pro de avanzar en ello desde su privilegiada posición y condición no temía arriesgar o perder su vida, de ser necesario. Si yo mismo le pudiese haber advertido unos meses antes: ¡El 13 de Mayo de 1981 lo van a asesinar en la Plaza de San Pedro!, estoy cierto de que no me hubiese respondido: “¡No creo!”, sino: “¡Así sea!”…

Segundo, el Mundo como colectividad de seres y almas se acercaba ya a una encrucijada final: ¡1984… era la fecha del Armagedón en los Archivos del Tiempo!... La Tercera Guerra Mundial estaba casi lista para los poderes fácticos de este Mundo. Los Señores del Proyecto Tierra obtuvieron la autorización y dispusieron este plan de último minuto para rescatar a la Tierra de la conflagración final. Juan Pablo estaba también dispuesto para ello desde antes de su nacimiento. El precio del rescate de redención de la Humanidad era actualizar el rescate de redención que Jesús mismo había ya instaurado y facilitado hacía casi 2000 años, al ser asesinado en la Cruz de Jerusalem. Si Juan Pablo no hubiese aceptado y sufrido el “asesinato” de San Pedro, el planeta actual ya no sería apto para la vida… De hecho, Juan Pablo reconoció, asumió e hizo públicos, después de este dramático trance, la sobrecogedora trascendencia y el milagro que le había sido asignado experimentar y cumplir.

Tercero, Juan Pablo II fue el catalizador, el detonante religioso y político que activó el proceso de retroceso del comunismo, primero en Polonia, su tierra natal, a través del poderoso movimiento sindical de Solidaridad, liderado por su amigo Lech Walesa, y que el Papa mismo alentaba activamente.[2] Luego, como una reacción en cadena, por toda Europa (especialmente en el inolvidable año 1989). El atentado sólo fortaleció esta dirección y movimiento planetario, político y social hacia la caída del comunismo occidental –y hoy también global, engullido por la economía capitalista--. La aniquilación del comunismo, después del intento de asesinato de Juan Pablo, se precipitó como ninguna guerra en la Historia de la Humanidad había sido ganada, como ningún Imperio había caído: sin disparar ni un tiro, sin derramamiento de sangre, en unos pocos meses, y hasta sin oposición ostensible… Cuando hacía sólo unos meses, unos días antes se amenazaban dos poderes planetarios que tenían todas las condiciones para despedazarse mutuamente y despedazar el Mundo… ¡Esto por sí solo es un milagro!

Desde entonces hasta hoy se ha cumplido, sin duda, el final de la segunda profecía de Fátima: “El Santo Padre me consagrará la Rusia, que se convertirá, y será concedido al mundo algún tiempo de paz.” Pero hoy, ¡nuevamente hoy!, pareciera haber regresado el Mundo al mismo espíritu infernal del pasado… El Planeta enfrentado a una nueva Guerra Fría, todavía más terrible y global que la anterior… ¿Dónde está hoy un Juan Pablo II?... ¿Se han concitado hoy para un nuevo plan salvador los Señores del Proyecto Tierra?... ¿Qué aliento espiritual poderoso anima hoy colectivamente a la Humanidad?... ¿Dónde podremos recibir hoy una cuarta profecía de la Virgen?... ¿Existen hoy siquiera la Virgen y Jesús?... ¿Por qué tanto ominoso silencio?... ¿El AMOR es más fuerte?... Y si no…¿QUÉ?...

Cuarto, la civilización humana actual no conoce ni está en condiciones de conocer en profundidad lo que está ocurriendo verdaderamente en nuestro planeta. No puede conocer las verdaderas causas de lo que acontece, e incluso de lo que la Humanidad cree que realiza por sí misma. No puede conocer hacia dónde ocurre lo que ocurre, ni sus reales consecuencias. No puede conocer QUIÉNES (y QUÉ) están por detrás y por encima de todo lo que acontece en la Tierra. TODO nuestro saber, científico, tecnológico, religioso, histórico, cultural, antropológico es extremadamente primitivo. TODAS nuestras capacidades perceptivas y cognitivas (sico-biológicas) como especie son dolorosamente insuficientes. 

¿QUÉ?...

Hoy, como antes, si tengo que hablar, hablaré; si tengo que callar, callaré… Pero TODO, lo mío, lo suyo, lo otro, acontecerá dentro de poco, dentro de muy poco…





[1] Primer secreto: “Nuestra Señora nos mostró un gran mar de fuego que parecía estar debajo de la tierra. Hundidos en este fuego [estaban] los demonios y almas, como si fuesen brasas transparentes y negras o bronceadas con forma humana, que flotaban en el incendio llevadas por las llamas que de ellas mismas salían, juntamente con nubes de humo, cayendo para todos los lados, semejantes al caer de las chispas en los grandes incendios, sin peso ni equilibrio, entre gritos y gemidos de dolor y desesperación, que horrorizaba y hacía temblar de pavor. Los demonios se distinguían por sus formas horribles y asquerosas de animales espantosos y desconocidos, pero transparentes y negros.
Esta visión duró un momento, y gracias a nuestra buena Madre del Cielo, que antes (en la primera aparición) nos había prevenido con la promesa de llevarnos para el cielo. Si así no fuese, creo que habríamos muerto de susto y pavor.”
Segundo secreto: “En seguida levantamos los ojos hacia nuestra Señora, que nos dijo con bondad y tristeza: «Visteis el infierno, para donde van las almas de los pobres pecadores. Para salvarlas, Dios quiere establecer en el mundo la devoción al Inmaculado Corazón. Si hicieran lo que digo, se salvarán muchas almas y tendrán paz. La guerra va a acabar, pero si no dejan de ofender a Dios, en el reinado de Pío XI comenzará otra peor. Cuando vean una noche alumbrada por una luz desconocida, sepan que es la gran señal que les da Dios de que él va a castigar al mundo por sus crímenes, por medio de la guerra, el hambre y las persecuciones a la Iglesia y al Santo Padre. Para impedirla, vendré a pedir la consagración de Rusia a mi Inmaculado Corazón, y a la comunión reparadora en los primeros sábados. Si atendieran a mis pedidos, la Rusia se convertirá y tendrán paz. Si no, esparcirá sus errores por el mundo, promoviendo guerras y persecuciones a la Iglesia, los buenos serán martirizados, el Santo Padre tendrá mucho que sufrir, varias naciones serán aniquiladas, por fin mi Corazón Inmaculado triunfará. El Santo Padre me consagrará la Rusia, que se convertirá, y será concedido al mundo algún tiempo de paz».
Tercer secreto (revelado por el mismo J.P. II, el 26 de junio del 2000): “Escribo, en acto de obediencia a ti mi Dios, que me mandas por medio de su excelencia reverendísima el señor obispo de Leiria y de vuestra y mi Santísima Madre. Después de las dos partes que ya expuse, vimos al lado izquierdo de Nuestra Señora, un poco más alto, un ángel con una espada de fuego en la mano izquierda. Al centellear despedía llamas que parecía iban a incendiar el mundo. Pero, se apagaban con el contacto del brillo que de la mano derecha expedía Nuestra Señora a su encuentro. El ángel, apuntando con la mano derecha hacia la tierra, con voz fuerte decía: «Penitencia, penitencia, penitencia».
Y vimos en una luz inmensa, que es Dios, algo semejante a como se ven las personas en el espejo, cuando delante pasó un obispo vestido de blanco. Tuvimos el presentimiento de que era el Santo Padre. Vimos varios otros obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas subir una escabrosa montaña, encima de la cual estaba una gran cruz, de tronco tosco, como si fuera de alcornoque como la corteza. El Santo Padre, antes de llegar allí, atravesó una gran ciudad, media en ruinas y medio trémulo, con andar vacilante, apesadumbrado de dolor y pena. Iba orando por las almas de los cadáveres que encontraba por el camino.
Llegando a la cima del monte, postrado, de rodillas a los pies de la cruz, fue muerto por un grupo de soldados que le disparaban varios tiros y flechas, y así mismo fueron muriendo unos tras otros los obispos, los sacerdotes, religiosos, religiosas y varias personas seglares. Caballeros y señoras de varias clases y posiciones. Bajo los dos brazos de la cruz estaban dos ángeles. Cada uno con una jarra de cristal en las manos, recogiendo en ellos la sangre de los mártires y con ellos irrigando a las almas que se aproximaban a Dios.”
[2] “Curiosamente, el Pontífice sufrió otro atentado en 1982, también el 13 de mayo, en la plaza de Fátima. Esta vez un sacerdote ultraconservador quiso acuchillarlo. Ese ataque casi pasó inadvertido para el mundo, menos para Lucía, quien ya había advertido a Su Santidad de la posibilidad de morir martirizado.” (http://www.prensalibre.com/hemeroteca/fatima-un-signo-en-la-vida-de-juan-pablo-ii)