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viernes, 29 de diciembre de 2017

¿HABRÁ MAÑANA? (capítulo I-4)



Era una de esas mañanas primaverales que ponían particularmente de buen humor a Ildefonso, y, como de costumbre, al revés de su hermana Falushka, dos años mayor que él. Justo antes de subir a la carreta Ildefonso se había encontrado junto a la rueda de madera el tallo quebrado de una de esas cerrajas amarillas de esas tantas malas hierbas del campo. El peludo bobtail ladraba y daba saltos alrededor de Ildefonso, haciendo ademanes de abalanzarse sobre él. Cuando Falushka pasó a su lado para empinar su pie sobre el estribo de la carreta el perro le lamió la mano; Falushka dio un gritito y exclamó:
--¡Qué asco!
Ildefonso lanzó una sonora carcajada y abrazó a Zikki, el can. Leonidas los apuró:
--¡Niños, llegaremos tarde!...
Falushka volvió la vista hacia la casa y se quedó pensativa, con el ceño fruncido. Leonidas se apeó del carro, cogió delicadamente el antebrazo de la joven y esperó que ella tomase la iniciativa. Ildefonso se puso la flor detrás de la oreja, lanzó por encima su fardo de cuadernos y libros, se aferró a las barandillas y de un salto se encaramó por el lado. Una vez arriba se dejó caer de espaldas sobre el tablado de la carreta. Falushka se sentó junto a Leonidas, giró la cabeza para mirar a Ildefonso y, al observarlo sonriente tirado en el piso, dio un respingo, arrugó un poco la nariz y se acomodó en el asiento, levantando orgullosamente la barbilla, y fijando la vista al frente.
A lo lejos se escuchó un chiflido y Zikki partió a la carrera hacia la casa, mientras la carreta se ponía en movimiento, tirada por el fiel caballo de tiro. Ildefonso cerró los ojos para sentir el golpeteo de las irregularidades del camino contra su espalda. Sus sentidos se habían aguzado el último tiempo. Una exquisita sensación de paz y bienestar lo acunaba allí, en el fondo de la carreta, pero sobre todo en una suerte de fondo y cuna cósmica de toda la realidad. Abrió nuevamente sus ojos para contemplar el cielo azul, y allá, vio a un costado nubes bajas que parecían colgar del techo celeste. Una decena de gorriones se arremolinó por encima, entrelazándose alegres y bulliciosos, luego continuaron velozmente su vuelo hacia el norte. Inspiró lenta y profundamente el aroma a tomillo, a romero y azafrán que por los alrededores el aire fresco levantaba de las hojas verdes al evaporar suavemente su humedad con los templados rayos del sol. Sorpresivamente, casi como una voz interna, se preguntó a sí mismo: ¿Esto es Dios?...
En ese mismo instante una de las ruedas se encontró con una piedra en el camino y dio un fuerte brinco sobre y contra ella. Ildefonso se elevó un poco del piso y luego se golpeó con fuerza la cabeza. Perdió el sentido por un rato; al volver en sí se encontró rodeado por varios de sus amigos, por Leonidas, que lo observaba con notoria preocupación, y también por su tío Saúl, el profesor de la escuela.
--¿Cómo estás?—preguntó Leonidas.
--¡Bien!—contestó Ildefonso con una desagradable sensación de mareo. Saúl lo escrutaba por encima de sus anteojos, sonriendo casi sardónicamente.
--¿Quieres que te devuelva a casa?—agregó Leonidas.
--¡No!... ¡No!... ¡No!—gritó un grupito de amigos a su alrededor.
Ildefonso se sintió complacido y satisfecho por el interés que demostraban sus amigos. Se irguió valientemente y, sentado sobre el piso, asentía con la cabeza. De hecho, pronto se sintió bien y con la ayuda de sus compañeros bajó de la carreta, envuelto en una algarabía de niños felices. Todos se dirigieron hacia el bodegón desteñido de color terracota. Benigno, el ayudante del maestro había depositado, sobre los mesones de estudio, sesentaitrés jarros de leche humeante y el mismo número de frescas magdalenas, que uno u otro de los padres aportaba cada mañana.
Después de las primeras lecciones y actividades de la mañana uno de los chicos se acercó con sigilo y le dejó algo en el bolsillo de su pantalón. Ildefonso lo sacó con curiosidad y se encontró con un papelillo estrujado. Lo desplegó y leyó escrito con mayúsculas: “AL RECREO EN EL ORATORIO”. Así le llamaban a una hornacina con un Cristo Crucificado y una Virgen doliente, orando a sus pies, que habían construido a unos cincuenta metros de la escuela, siguiendo un sendero boscoso que ascendía hacia la montaña, donde la comunidad escolar concurría a celebrar las fiestas religiosas. Cuando Benigno hizo repicar la campanilla para que salieran al patio, Ildefonso buscó con la mirada a Gael, pero no lo divisó entre la algarada de niños que corrían hacia todas partes. Por un momento dudó, se echó la mano al bolsillo y, como si esperase encontrar alguna pista no observada, volvió a leer el mensaje. Estos juegos estaban completamente fuera de su práctica y conocimiento. Por alguna razón que no comprendía el mensaje le producía inquietud. Sin embargo, tampoco pergeñaba nada que le impidiese cumplir la solicitud. Fabián le gritó desde la distancia: ¡Ven a jugar a la pelota!... Pero Ildefonso le hizo un gesto negativo con la mano.  Se dirigió decididamente hacia el Oratorio. Al llegar a la explanada descubrió a tres jóvenes conocidos, aunque algo mayores que él. Se encontraban de rodillas ante las sagradas imágenes, en actitud de oración. Se acercó sigilosamente por detrás, se prosternó junto a ellos y comenzó a orar un padrenuestro. Antes de que transcurriera un minuto, comenzaron a moverse, girando la cabeza hacia Ildefonso.
--¡Hola, Ildefonso!—lo saludó Gael.
--¡Hola!—respondió abriendo los ojos.
--¡Qué bueno que viniste!—saludó Nicolaus, un muchacho de pelo rubio, corto y tieso, con nariz aguileña y ojos marrones, pequeños, un tanto juntos para el tamaño de la cara.
--Queremos pedirte un favor, Ildefonso—terció Serafín, el chico más alto y delgado, que vestía una jardinera de mezclilla, como los granjeros.—Los chicos nos temen y tenemos mala fama, pero hemos decidido cambiar. Ya no queremos molestar ni perjudicar a nadie. Al contrario, queremos hacer el bien a todos aquellos que de una u otra manera lo han pasado mal con nosotros…
Serafín se calló y junto a sus dos amigos se quedaron observando la reacción de Ildefonso.
--¡Bien!... ¡Muy bien me parece!... –respondió Ildefonso con una sonrisa de satisfacción.
--¡Bien!... ¡Bien!... --exclamaron a su vez los jóvenes.
—Entonces, ¿nos ayudarás? – preguntó Gael.
--¿Cómo?
--¡Ven!... Sentémonos aquí—señaló Serafín, acomodándose en el entorno de unos escaños de piedra que rodeaban la hornacina. Quedaron mirándose unos a otros a escasos centímetros. Serafín se persignó bajando la mirada, al tiempo que los demás repetían el mismo gesto piadoso.
--Queremos comenzar retribuyendo a Feliciano, uno de los chicos que más hemos maltratado—dijo Gael--. Sabemos que es tu amigo, y que hoy es su cumpleaños, aunque él no quiere que nadie lo sepa. Pero le hemos preparado una celebración en secreto para no avergonzarlo...
--Queremos que sea una sorpresa. Se llevará la más linda impresión de ver que nosotros estamos ahora de su lado –agregó Serafín--.
--Pero, para que no sospeche nada –continuó Gael--, debes convencerlo de que te acompañe al bosque de las coníferas, en el alto. Allí le tendremos golosinas, regalos, y una que otra sorpresa más… ¡Te aseguro que será inolvidable para él!...
Estaban realmente emocionados. Sólo Nicolaus, sin proferir una sola palabra, sonreía y sonreía con una expresión extraña y distante.
Ildefonso accedió con gusto y excitación, pues le parecía una gran idea y una nobilísima acción. Consideraba de gran importancia espiritual, y hasta motivo de orgullo, ayudar a que esos tres pillos se convirtieran, de la misma manera que el Maestro había convertido a tantos arrepentidos pecadores. Volvieron a clases. Ildefonso encontró el momento de susurrarle a Feliciano que necesitaba hablar con él a la salida. Cuando llegó la hora Feliciano buscó a Ildefonso, y con la confianza que caracteriza al amigo verdadero se dejó convencer por Ildefonso de acudir al bosque de las coníferas, mientras sus demás compañeros almorzaban. Se fueron parloteando contentos y despreocupados hacia el alto, dispuestos a pasar una tarde entretenida, ya que ese día de talleres libres los padres vendrían tarde a buscarlos.
Cuando avanzaban ya cerca del peñón de la Virgen, y, de acuerdo a lo convenido, se escucharon algunas voces que gritaron al unísono: “¡Feliz cumpleaños!”. Entonces Ildefonso también exclamó: “¡Feliz cumpleaños!”, dirigiendo su mirada feliz a Feliciano, mientras se descubrían desde atrás de los árboles los otros tres muchachos. Feliciano abrió desmesuradamente los ojos y, palideciendo, se puso de inmediato a temblar. Ildefonso, por su parte, no podía creer lo que ahora estaba viendo… Gael, Serafín y Nicolaus saltaron literalmente alrededor de los dos, y se plantaron como felinos agazapados, listos para arremeter contra su presa, con los rostros transfigurados de rabia y malignidad, esgrimiendo cada uno hacia adelante un cuchillo. Ildefonso pensó por un momento que aquello era una broma, pero los movimientos decididos y amenazantes con que cogieron a Feliciano y le acercaron a la garganta sus cuchillos, lo aterrorizaron.
--¡Bien, niñitos, feliz cumpleaños!—repitió Nicolaus, que ahora sacaba la voz y parecía haberse transformado en el líder.
--¿Qué… qué es esto?—balbuceó Ildefonso.
--¿Creían que se nos iban a escapar?... ¡No, no!... No tan fácil, amigos. ¿Creían poder burlarse de nosotros sin ningún castigo?... ¡Ahora, caminen!... Y tú, Ildefonso, si quieres que no le hagamos daño a tu estúpido amigo, harás todo le que te digamos… ¿Entendido?...
Ildefonso asintió con la cabeza y se le llenaron los ojos de lágrimas. Los empujaron un par de kilómetros por entre las breñas, cruzaron el río por un vado hasta llegar a un sector de difícil acceso entre matorrales y peñascos.
--¿Qué van a hacer con nosotros?—preguntó con nerviosismo Feliciano durante la caminata.
Como respuesta recibió una patada en el trasero de parte de Gael, y un empujón de Nicolaus. Ildefonso por más que lo pensaba no podía imaginar qué harían con ellos, aunque confiaba en que todo aquello no tuviese más propósito que hacerlos pasar un buen susto. Sin embargo, le extrañaba particularmente la conducta de Nicolaus, quien no cesaba de hablarles con grandes ademanes a sus compañeros, pero sin esperar respuesta, en una suerte de monólogo dramático.
Después de subir y bajar repetidas veces por estas fragosidades, alcanzaron una formación de rocas como gruta, a la que ingresaron casi reptando. La luz entraba con cierta dificultad, por lo que adentro se veía sombríamente. Efectivamente habían allí variados objetos de fiesta de cumpleaños: una torta, velas, gorros, antifaces, serpentinas, golosinas y bebidas. Gael y Serafín amarraron las manos de Ildefonso a la espalda y los hicieron sentarse a un par de pasos uno de otro, sin dejar de amenazar con un afilado cuchillo a Feliciano, quien, comenzó a hacer pucheros mientras se orinaba en los pantalones. Ildefonso observaba a uno y otro de sus secuestradores tratando de adivinar sus intenciones. Cada uno se puso un antifaz, desplegaron los utensilios, encendieron las velas que clavaron en la torta, y comenzaron a cantar a viva voz el cumpleaños feliz a Feliciano. Al terminar su canto, Feliciano balbuceó:
--No… es…toy… de…cumple…años…
Entonces Nicolaus, repentinamente transformado, le dio un fuerte puñetazo en la cara a Feliciano y, rojo de ira, comenzó a gritar:
--¡Maldito gusano, hijo de tu perdición!... ¡No saldrás vivo de aquí!... ¡Pagarás todo lo que nos has hecho!... ¡Así acaban las garrapatas malditas que sangran a sus víctimas!... ¡Ya ves que existe la justicia divina y la venganza de Dios!... ¡Tú padre mató al mío!... ¡Ahora de nada te servirá tu padre asesino, hijo de polizonte!...
Los otros dos compañeros de Nicolaus se acercaron a Feliciano y le propinaron algunos golpes y bofetadas, pero Nicolaus, nuevamente transformado, los contuvo con un sonoro: ¡Alto!... Sonrió dulcemente, cortó con cuidado un pedazo de pastel y se lo acercó a la boca de Feliciano. Éste lo miró con terror y mantuvo los labios apretados. Con la misma beatífica sonrisa Nicolaus le restregó el pastel en la cara a Feliciano. Se limpió sin chistar la crema que cubría sus ojos y se quedó a la espera de la siguiente acción de sus captores.
--¡Un brindis, señores, un brindis!... ¡Por el cumpleañero!...—gritó emocionado Nicolaus.
Pusieron un vaso en la mano de Feliciano y Nicolaus, con una mirada torva y maligna le susurró al oído:
--Si no bebes, verás morir degollado a tu amigo Ildefonso, y luego te arrancaré los ojos con mis propias manos antes de cortarte la garganta también a ti…
Feliciano miró a los ojos a Ildefonso y, sin pensarlo más, bebió todo el contenido del vaso. Cuando acabó la última gota, los tres agresores aplaudieron dichosos.
--¡Listo!—exclamó con satisfacción Nicolaus.
Él mismo tomó una venda, la colocó tapando la boca de Feliciano, y la amarró por detrás de su cabeza. Los otros compinches amarraron firmemente sus brazos y pies, lo mismo que hicieron con Ildefonso. Se quedaron comiendo y bebiendo, riendo y bromeando, felices por el éxito de su hazaña.
Después de unos quince minutos, Feliciano comenzó a quejarse y se dejó caer de costado y contraído.
--¡A llegado la hora de partir!—vociferó Nicolaus--… ¡El ancho mundo nos espera!... ¡Feliz cumpleaños, niños!...
Se levantaron y salieron de inmediato con rumbo desconocido. Feliciano comenzó a retorcerse de dolor, gimiendo y gritando, pero su voz no salía más que opacamente. Durante más de dos horas Ildefonso contempló, sin poder hacer nada, cómo su amigo Feliciano convulsionaba, se hinchaba y cobraba un color verdoso, hasta finalmente yacer inmóvil y morir.


viernes, 22 de diciembre de 2017

¿HABRÁ MAÑANA? (capítulo I-3)



Primero, el juez local se había opuesto al rescate. Un turco rechoncho y sudoroso, ornado con un gran bigote de cerdas negras que desbordaba el ancho de su cara, sin siquiera levantar la vista de los papeles que tenía delante, declaró con voz cortante y gutural, mientras estampaba con fuerte golpe el timbre metálico de color violeta sobre su firma:
--Sin los debidos permisos, ningún niño sale de este país.
Ildefonso se quedó un segundo en silencio, atónito, luego se dio vuelta para buscar apoyo en su abogado, pero no encontró a nadie a su lado, ni tampoco en parte alguna del juzgado. Los dos días siguientes golpeó más de cien puertas en diferentes lugares. Más de quinientas personas escucharon sus alegatos, sus esperanzas, sus frustraciones, sus exigencias, sus gemidos, sus súplicas, sus ofrecimientos, su angustia. A veces lograba que una persona sonriese y se compadeciese de esa docena de niños que trataba de sacar de la guerra. Entonces un él o una ella piadosamente le prometía algo y, a continuación, lo enviaba proactivamente a hablar con un superior, el cual era siempre un “amigo confiable” que con total seguridad habría de apoyarlo y facilitarle un paso más en su noble propósito. Sin embargo, con ninguno de ellos logró superar la sonrisa inane, el halago escurridizo, la indiferencia encubierta, el desprecio prejuicioso, la cortesía hipócrita, pero, sobre todo, la eterna e inconciente mentira de un alguien consigo mismo. Ildefonso los conocía bien, se los había encontrado ya en sus tempranos años de escuela, luego en la Santa Iglesia Católica, más tarde simplemente en cada hombre y mujer que detentaba algo, lo que fuese, donde fuese, incluso el mendigo y el vendedor ambulante. Sin importar las características, las circunstancias y sus diferencias, todos los seres humanos, siempre, como una sola y misma persona terminaban –sólo un poco más o un poco menos-- en esto: la falsedad de sí mismos y la defraudación del prójimo. Mas, aun así, Ildefonso volvía a sonreír honestamente ante la sonrisa falsa de cada uno de ellos; volvía a perdonarlos compasiva y visionariamente; volvía a tener esperanzas en el próximo hombre y mujer; volvía a creer. Y es posible que su optimismo y su benevolencia no fuesen tanto una inspiración divina, ni su consecuencia con el elemental mandato moral de Cristo Jesús, ni su carácter débil y conciliador, ni su condición y rol de cura, sino más que nada la necesidad de no abandonar a su suerte y perdición a tantos niños y seres humanos por los que casi nadie hacía nada… Una y otra vez tendían a aflorar la rabia y el insulto desde el fondo de su barriga animal cada vez que constataba la injusticia, el engaño y la traición; una y otra vez el desánimo y la frustración le insinuaban abandonar lo imposible, abandonar lo negado, abandonar lo usurpado, pero de inmediato una respuesta fulgurante y arrebatadora desde alguna conmovedora zona de sí borraba por completo el rastro de cualquier memoria deprimida y fracasada. ¡Eran los niños!... ¡Los niños causaban ese efecto instantáneo en él!
--¡¡¿Quién crees que soy?!!...
Así le había gritado en la cara a un policía que había comenzado a golpear a Paul, uno de sus doce menores, porque éste atemorizado y desconfiado no dejaba de chillar al oír del funcionario competente que sus padres habían muerto. Rojo de ira y retirándole al niño de su cercanía, volvió a decir:
--¡¿Quién crees que soy?!... ¡¿Un santo?!...
Iba a agregar: ¿Un cura?... Pero se contuvo. El policía reaccionó a la furia de Ildefonso y le propinó un fuerte empellón, dispuesto a trabar combate con él. Ildefonso se dio cuenta de que también él mismo era un fraude, una pantalla, una construcción social y religiosa por encima de algo profunda y dolorosamente diferente… ¿Hasta dónde era capaz de llegar por defender la integridad de un niño? Se asustó de sí mismo, cogió a Paul entre sus brazos, se dio media vuelta y salió precipitadamente del consulado, dejando inconclusa la solicitud.
La guerra era connatural a la naturaleza humana. Ningún individuo, por más trascendido que fuese, podía escapar al instinto brutal de matar. Sólo en niños y en algunos ancianos Ildefonso había constatado la ausencia total del instinto asesino. Sin embargo, le cabía duda de que aquel absoluto pacifismo no fuese más que una cierta incapacidad de ser completamente persona, y, particularmente, de ser plenamente conciente...
Al salir de la cancillería rojo de ira y despedirse con un fuerte portazo, su conciencia voló instantáneamente hasta el Priorato. ¿Qué no haría por aquellos ocho niños que allí lo esperaban?... Cada cierto tiempo volvía la crisis. Todo había comenzado con la crisis de los doce años, con el síntoma que se acostumbra llamar la adolescencia, es decir, la enfermedad… Después de treinta años en crisis intermitentes y cada vez más continuas, ya podía reconocer que había hecho un largo recorrido y un acopio de las más variadas experiencias y procesos asociados, al punto de que había llegado a actualizar una suerte de igualdad entre CRISIS y VIDA, sea lo que fuese aquello que denominaba crisis, y sea lo que fuese esto que llamamos vida.
La primera crisis de los doce años es ante todo una crisis de conciencia. Los cambios biológicos que acompañan este genético despertar de conciencia son facilitados por la maduración del sistema nervioso y del cerebro, de manera que la mente puede activar y encarnar estos registros dormidos de la mente profunda durante la infancia. Fueron particularmente dos los hechos que marcaron la dirección de este despertar de Ildefonso. (Designamos despertar a esta experiencia, pues acontece repentinamente un acceso de conciencia que devela una realidad que jamás se había visto, y ni siquiera presentido, antes.)

La familia completa de Ildefonso era oriunda de Nvardolenk, un pequeño pueblo del noroeste de Ucrania con apenas un millar de personas, y que de tan insignificante ni siquiera aparece en los mapas. Los lugareños profitaban de una agricultura magra y de diferentes artesanías que comerciaban en la distante Boikivshchina. Los Cárpatos circundaban el paisaje cercano y lejano con sus fragorosos muros de nieve infranqueable durante los inviernos, y con sus montañas grises, afiladas e inaccesibles durante el verano. El terreno de unas pocas hectáreas de los Delenikas Tatay descendía en suave pendiente, entre hierbas, variados árboles, hortalizas y matorrales hasta el Kirkulk, accidentado riachuelo, afluente del distante Olshanka. Por las mañanas Ildefonso asistía a la escuela del pueblo, un bodegón acondicionado para estos menesteres y contra las inclemencias del tiempo, donde un único maestro, tío en segundo grado de Ildefonso, acompañado por un asistente cojo y viejo, enseñaba a los sesentaitantos niños que acudían, la mayoría de ellos felices de aprender de aquel notable y excéntrico maestro, pero los menos, obligados por sus padres. Ildefonso era uno de aquellos niños que saltaba de la cama con la sonrisa en su cara, cantaba los himnos religiosos matinales junto a su padres, abuelos y hermanos, se bebía toda la leche humeante, correteaba un rato por el patio saludando a sus animalitos regalones, mientras esperaba que su hermana Falushka, una de los niños obligados, acabase, entre gemidos y maldiciones, de desenredarse el pelo oscuro y ensortijado para luego subir a la carreta que guiaba Leonidas, el más confiable de los trabajadores ayudantes de su padre Yamil, con las labores del campo y de las innumerables otras labores del cuidado de la granja.

viernes, 15 de diciembre de 2017

¿HABRÁ MAÑANA? (capítulo I - 2)



¡Qué desoladora!, ¡qué desolada se le aparecía a sus sentidos y a su conciencia la playa de Bodrum, cubierta de niebla y húmedo frío! ¿El ruido turbio y arrastrado de las olas querían transmitir algo, o eran simplemente la intermitencia del rodar de una cosa sobre otra, como el segundo aplasta al segundo anterior? ¿En qué había más sordera?... ¿En escuchar allí la voz de Dios, o las voces silenciadas para siempre de una docena de niños, o el retumbar de las olas, o simplemente el natural sinsentido de todo, escuchar la nada? Ildefonso se restregaba maquinalmente las manos, mientras recorría con sus ojos atónitos la niebla que le impedía ver, diez pasos más allá, aquello que sin embargo su alma le impedía ver en absoluto. Porque si ahora no sabía qué hacer ni adónde ir, su mente y su alma se resistían como un muro de acero, o simplemente un vacío, que no devuelve nada a la conciencia, ni siquiera dolor. De pronto, experimentó un empujón violento, como si una fuerza gravitacional desconocida lo arrojase diez metros hacia lo alto, fuera y por encima de su cuerpo. Se vio a sí mismo, su cuerpo pequeño y ajeno allá abajo, pero su alma y su conciencia liberadas por encima de todo viviendo su propia expansión y sosiego en el sentimiento sublime de una realidad autoconciente y totalizada. Nunca había experimentado tanta felicidad. ¿Estoy muerto?, pensó. Y como si ese mero pensamiento fuese un peso aplastante volvió a derrumbarse instantáneamente dentro de su cuerpo. Por un momento sintió vergüenza. ¿Estoy huyendo de mí mismo, de mi realidad?... Como si fuese una respuesta le sobrevino un recuerdo vívido. Todos aquellos niños eran hijos de la guerra. Ildefonso los buscaba como un sabueso entre los escombros de las ciudades bombardeadas, pero no sólo desde abajo de los bloques de cemento de cielos y muros, sino también desde la desesperación de unos escombros humanos, padre y madre destrozados, familias enteras, mutilados e inválidos que ya no podían continuar protegiendo y sosteniendo la vida de sus hijos. Ildefonso los sacaba de la guerra y los entregaba a miembros de organismos internacionales, a las ONG, al Patronato de la Infancia de la Curia, al Buró de Bruselas para refugiados, a Cáritas, al ACNUR, al OIR de las Naciones Unidas, e incluso a todo particular filantrópico que estuviese bien dispuesto a recibir a un niño expósito. Sabina, la madre de Camila, una niña tímida de cuatro años que se aferraba con desesperación al cuerpo destrozado de su madre (después de un bombardeo de la coalición), se la había entregado con lágrimas en los ojos que no dejaban de correr por su cara manchada y sanguinolenta, mientras la trataban de subir a una improvisada parihuela. Con apenas tres dedos en su único brazo cogió con fuerza la mano de Ildefonso y le suplicaba:
--¡Padre, júreme por Dios, que no la dejará morir!... ¡Júreme, padre!...
Ildefonso reconoció que aquella infortunada mujer se aferraba unos minutos más a la vida sólo para tratar de dejar en sus manos esperanzadoras a su hija.
--¡Te lo juro, mujer, por Dios y por mi madre que así lo haré!...
¿Habría un solo ser humano que pudiese haberle dicho que no? Pero no por ello Ildefonso tendría que haberla asumido como si se tratase de su propia hija. Porque es muy fácil decir que sí a la súplica de un moribundo, o a la necesidad del dolor, pero el real compromiso que habita en el trasfondo de toda alma humana nunca se encuentra a la vista, ni siquiera de la propia conciencia de esa alma. Y aun así no basta. Ildefonso le había fallado a aquella mujer moribunda, pero sobre todo madre, lo mismo que a su Madonna. ¿Acaso no era él mismo un vicario de Cristo y del mismísimo Dios?... ¡Había jurado en nombre de su madre y de Dios, pero no lo había cumplido! ¡Mintió! ¿De quién era la culpa, o si se quiere, la responsabilidad, o hasta más prosaicamente, la causa?... ¿No había asumido también un juramento implícito con cada uno de esos doce niños que se le habían destruido y masacrado por su culpa, responsabilidad y causa?
Sólo tres días después brotó el dolor de su alma como un pus infernal. Una violenta fiebre que alcanzó los 41 grados lo abatió casi hasta las puertas de la muerte. Deliró durante una semana en el hospital San Juan de Dios entre alaridos, convulsiones, sedantes y pesadillas despierto. No respondía a tratamiento alguno, y ante su debilidad manifiesta y extrema, se le había otorgado la extremaunción. Pero así como había caído, así se levantó, cual un Lázaro resucitado por el Verbo divino. Al séptimo día, a eso de las tres de la tarde, abrió repentinamente los ojos y se persignó. Le refirió al médico sorprendido que un ser maravilloso, resplandeciente de luz vibrante y no vista, descendió volando sobre un caballo alado, mientras una música maravillosa que se oía en eco profundo, en contrapunto por todas las partes del Universo, cantaba un himno de alabanza al Bien que lo colmaba todo. Cuando se aproximó a su lecho descendió como flotando hasta su lado y tomándole una mano con su mano infinita, más blanca que la nieve, le dijo sin mover los labios, desde su sonrisa limpia como una mañana de sol estival:
--¡Mis niños vendrán a ti como las olas del mar, uno tras otro, sin descanso!... ¡Debes continuar, Ildefonso, yo estaré contigo!...
Luego se elevó nuevamente por los aires sobre su corcel de fuego hasta desaparecer más allá del horizonte. El médico extrañado le preguntó, mientras le tomaba el pulso en su muñeca izquierda:
--¿Quién era ese ser milagroso?...
--¡No lo sé!... Pero como yo creo en Jesús, lo llamaré Jesús
--Bien, sea Jesús o no sea Jesús, esto es un milagro y debes dar gracias a Dios. Ahora tienes que descansar para reponerte y volver a tu valiosa labor, padre Ildefonso.

El médico salió de la habitación. Ildefonso volvió la mirada hacia la ventana, por la que alcanzaba a distinguir un cielo azul más luminoso de lo que recordaba. La luz no era sólo la luz de este mundo; la ventana no era sólo una abertura hacia este mundo, y la conmovedora sensación de bienestar, no era sólo la paz de una mente de este mundo. A lo lejos escuchó el retumbar desgarrado de una bomba de racimo.

viernes, 8 de diciembre de 2017

¿HABRÁ MAÑANA? (capítulo I)

PREÁMBULO

He comenzado a dar a luz una nueva novela, y, lo mismo que Akarghi, la escribiré poco a poco, publicando en la medida que este bebé avance en su trabajo de parto. Generalmente publicaré semana a semana, si bien no tendrá el formato de capítulos diferenciados por remesa. Espero que la sigan con agrado y me regalen la paciencia de continuar su lectura interrumpida por tanto tiempo cuanto tarde en escribirla por completo. Ahora pues, a leer...




CAPÍTULO I



Ildefonso Delenikas Tatay observaba desde la orilla con evidente impaciencia y nerviosismo, junto a una pequeña hoguera que ya comenzaba a declinar, la oscura inmensidad del mar silencioso y sin luna. En sus brazos, pegada a su pecho, dormía una pequeña niña, cuya diminuta cabeza colgaba delicadamente desde su brazo izquierdo, dejando caer sus cabellos largos y lisos hacia el centro de la Terra, tan negros como esta noche otoñal sin estrellas. A su alrededor, todos de pie, el rebaño ansioso de una docena de niños se encontraba en silencio, prendidos con su mirada de la mirada fija y en lontananza de Ildefonso, atentos al amoroso mandato de su pastor, a la espera de aquella maravillosa sorpresa que les había prometido…
Primero arrugó las cejas, tratando de vislumbrar un diminuto resplandor que creyó ver en el horizonte; luego, dejó escapar el aliento que había contenido por un minuto, y un bosquejo de sonrisa casi temblorosa iluminó en él la esperanza.
--¡Niños míos, miren allá!— exclamó, separando sólo su antebrazo del cuerpecito de la niña, y mostrando con el índice hacia la luz que avanzaba lentamente hacia ellos.
El grupo de párvulos comenzó a moverse ansiosamente. Unos se apretujaban, otros daban saltitos intentando ver algo por encima de las cabezas de los otros más altos, aquellos miraban hacia todos lados, estos se quedaban con la boca abierta y sorprendidos.
--¡Shtttttt… silencio! –susurró Ildefonso, conteniendo las variadas expresiones de los pequeños.
Todos enmudecieron a la orden de Ildefonso, salvo un pequeñín de pelo negro muy corto, casi rapado, que hacía unos ruiditos agudos, mientras levantaba su mano, pidiendo la palabra.
--¿Qué pasa, Valentín?—preguntó Ildefonso.
--¡Quiero pipí… quiero pipí!—repitió angustiado el niño.
--Ven conmigo.
Se retiraron juntos una decena de pasos del grupo, hacia el interior de la playa; Ildefonso depositó cuidadosamente a la niña sobre la arena y ayudó al pequeño a bajarse el pantalón. Volvió la mirada hacia el grupo de niños que seguía hipnotizado contemplando la luz creciente sobre el fondo negro de las aguas, mientras escuchaba a su lado el sonido intermitente de la diminuta cascada. Con cierta extrañeza comenzó a percibir que el sonido acuoso se hacía más agudo e intenso, rápidamente más agudo e intenso, hasta que una especie de trueno silbante bajó de los cielos y en menos de un segundo, con un estrépito infernal, estalló a la orilla del mar una inmensa expansión de fuego que encendió todo el lugar, arrojando esquirlas, llamaradas y humo hacia todos lados. Ildefonso saltó disparado por los aires, voló varios metros, hasta caer rodando sobre la arena, inconciente.
Después de un tiempo indefinido, volvió en sí, adolorido, con la ropa destrozada y sangrante. Comenzaba a amanecer y una luz grisácea y torva teñía la cercana escena marina de horror. Una especie de vapor fétido ascendía silenciosamente desde el inmenso socavón en la playa. No había niños, no había cuerpos, sino pedazos de carne chamuscada, restos de manos, de esqueletos, de cráneos, vísceras y zapatitos pequeños, todavía humeantes. Ildefonso se llevó ambas manos al pecho, se inclinó sobre la arena y, sollozando, comenzó a vomitar.
Treinta años antes había escuchado de boca del cardenal Jonas Kukszinsky: “La vida no es justa”. Entonces él replicó desde su atolondrada juventud:
--¿Dios lo es?...
El cardenal, que había lanzado esa frase casi como una muletilla en medio de una decena de clérigos amigos, se volvió hacia Ildefonso y luego de escrutarlo con una mirada seria, sonrió complacido:
--¿Quién es Dios?—le respondió con otra pregunta.
Ildefonso enmudeció, e incluso su rostro palideció como papel. Kukszinsky se había abierto paso hasta el fondo de su alma y había escrito en ella con un estilete al rojo vivo las palabras que lo acompañarían por el resto de su vida: “¿Quién es Dios?”…
La Madonna, como habían apodado a su madre (porque era como la Señora por excelencia, la mismísima madre de Dios), de pequeño lo había instruido en la fe, en esa maravillosa creencia que durante una veintena de años había concebido como la única fe, la fe de todos los hijos de una mujer tan buena como su propia madre, o sea, la misma fe de todos los seres humanos. --¡Qué bella es la vida cuando se vive en la paz de un pequeño mundo fundado y fundido con la espiritualidad y el bienestar interior!...-- Desde ese amor y luminosidad que irradia tan naturalmente el hogar de unos padres bondadosos, cristianos, un hijo receptivo y apasionado puede construir con absoluta naturalidad y consecuencia una realidad y una experiencia universal de amor y de luz, como si ese amor y luz lo contuviesen y animasen TODO, de principio a fin, desde el alfa al omega. Muchos años después, una tarde en la plaza de San Marcos de Venecia, había visto a contraluz, cegado por un sol primaveral y sereno, que hombres y mujeres a los treinta, a los cincuenta, a los setenta continuaban viviendo en el extrañamiento de ese beatífico mundo, como si la realidad no fuese al fin de cuentas nada más que lo que uno quiere ver y crear.
--¿Cómo es posible que el sufrimiento más insoportable, y hasta la aberración de la crueldad y la humillación progresiva y degradante que ejerce el monstruo humano sobre otro ser humano lleguen a ser transfigurados y espiritualizados en esta fe pacificadora y delirante?...
--¡Jesús es tu respuesta divina y la salvación al abismo humano!...
Mientras recorría con su vista anonadada y perdida la desolada playa de Bodrum, el recuerdo de aquel misterioso consuelo que alguna vez había recibido de su Madonna, cuando ya flaqueaban sus fuerzas en el último año del Seminario, se le reflotaba como un cuerpo agonizante que se resiste a aceptar tanto la vida como la muerte. ¿Acaso la religión y la sublime experiencia de Dios no eran más que el efecto alucinado de la mente humana, tan poderosa, que puede incluso construir y experimentar un Universo de Amor y un Dios de Amor que en realidad no existen ahí delante, ni en ninguna otra parte que en la ilusoria mente humana?

viernes, 3 de noviembre de 2017

OTRA VEZ SÍSIFO



Mijaíl González T. vivía en un sucucho de dos por tres, en el piso 27 de la exclusiva torre que se sumergía bajo tierra hasta las inmediaciones de los lagos sulfurosos del territorio de los afamados Hiperbóreos. Después de otra noche intranquila, Mijaíl estiraba sus brazos, contemplando por su ventana de níquel la codiciada y costosa vista panorámica hacia el Infierno. Sólo por esta vista espectacular, exclusiva y lujuriosa había hipotecado el resto de su vida, y accedido a las penosas condiciones habitacionales en que se encontraba.

Y es que, a ciencia cierta, su sueldo no le alcanzaba para vivir. A veces, no muy seguido, maldecía su suerte, pues veía cómo sus vecinos, sus compañeros de trabajo, y hasta los militares, los futbolistas y las bellas y sensuales mujeres prosperaban y podían, desde ese momento, acceder a un crédito fiscal aún más oneroso, y mudarse a una mansión full equip en las más exquisitas zonas tropicales del Infierno mismo.

Sin embargo, pronto recapacitaba al reconocer que su suerte no era producto meramente del azar, sino la decisión honesta y libre que él mismo había realizado en alguna época inmemorial para sostener este extraordinario y fatal propósito. Más aún, cuando por las tardes y hasta bien entrada la noche, encerrado bajo llave en su cuchitril, empinaba el codo hasta alcanzar el vómito, se volvía más reflexivo y sensato… Entonces sí era capaz de volver a renunciar –hasta con una luminosa sonrisa-- a la esposa que jamás podría mantener (ni menos por cierto a sus hijos); a su irrenunciable derecho a voto; o a poder comer algo diferente los últimos tres días de cada mes, cuando ya no le quedaba ni un céntimo debajo del zapato, que no fuese un kilo de cucarachas, un largo sorbo de mocos, y quedarse dormido recién hacia el amanecer arrullado por el sonido de sus pedos y sus tripas.

Cualquiera podría sostener ahora que Mijaíl no era un hombre feliz, pero en realidad sí lo era… ¿Acaso un ser humano podría sostener tamaña tortura de vida y una esclavitud sin regreso si no fuese igual y al mismo tiempo inmensamente feliz? Y es que Mijaíl, además de ser un hombre instruido, con una educación privilegiada y un alto concepto de sí mismo, era un hombre de fe, una fe debidamente beata y un poco obtusa, pero templada por una pragmática ambición y una sobresaliente capacidad de emprendimiento. Tal vez por esta razón no apreciaba los gestos grandilocuentes de la fe eclesiástica, los ritos neuróticos y repetitivos, los sacrificios como moneda de cambio, ni la oración bíblica que ahoga el ruido de la catarata que se cae por detrás de la conciencia... Simplemente Mijaíl creía que un alguien paterno, indeterminado y desbordante de amor sostenía todo lo que él experimentaba, contra toda evidencia y sentido común. Eso era todo --y suficiente fe-- para mover esta montaña de un lado para otro, aunque más a menudo la cargaba sobre sus propios hombros… ¡Pero feliz!

Últimamente había descubierto, en una de estas noches honestamente interminables, que su responsabilidad estaba por encima de todo, y que su destino fatídico, además de sus horripilantes condiciones de sacrificio vital, eran sólo y exclusivamente su responsabilidad, o, dicho con el mayor de los sigilos y humildad, su culpa. Por lo tanto, la única opción de renuncia o evitación a su culpa era el suicidio, o bien, dicho de una manera racional, pagarlo con su vida. Ergo, tenía que seguir viviendo.

Mijaíl encendió un cigarrillo, alcanzó a sorber profundamente una bocanada de nicotina y humo, pero algún torvo pensamiento se le atravesó de sien a sien, y, atorándose, tosió, arrojando volcánicamente el humo por su boca abierta, junto con una aspersión de saliva. El vidrio de la ventana se ensució con su negro escupitajo, formando una curiosa figura de corazón. Como movido por un resorte interno, se arrojó angustiado sobre el vidrio y comenzó a frotarlo con la manga de su camisa para borrarlo. Se había acordado repentinamente de la hora, si bien el acoso de un tropel de asociaciones de la más variada índole lo había desbordado. Por ello tosió.

Se terminó de vestir de prisa. Orinó, mientras tomaba una taza de café y se observaba de reojo en el pequeño espejo de marco rojo que colgaba del muro. Se pasó la mano por la frente levantando los mechones oscuros que habían caído enredados hasta sus cejas durante el sueño. Apagó la aplicación de su celular que ronroneaba y maullaba como un gato para sentirse amigablemente acompañado. Volvió a acercarse a la ventana que daba hacia el Infierno (la única ventana de la habitación), observó de cerca y cuidadosamente su pulido cristal, arrojó un vaho de aliento y volvió a restregar el puño de su blanca camisa para eliminar el último vestigio de escupo y corazón. Antes de salir lanzó una breve y ansiosa mirada más allá del cuadro niquelado de su ventana, a la distancia, sobre la inmensidad reluciente y tortuosa que borboteaba azufre entre los más bellos chillidos de una humanidad infernal y amada. Cogió el pequeño maletín de su laptop, lo dejó pendular sobre su hombro izquierdo, destrabó meticulosamente el seguro de la puerta, la única puerta de su habitación, y la abrió. ¿Acaso hoy es un día diferente, diferente de todos los otros días en que repito lo mismo que repito hoy?... Se preguntó al recibir la bocanada de aire contaminado del exterior. Cerró con premura la puerta por detrás de sí, para quedarse meditativo contemplando su alrededor. La gente, las personas reconocidas a diario pasaban junto a él, al lado de él, sin prestarle atención. Se movían en tropel hacia los ascensores. Bajaban y subían por las escaleras desde los diferentes niveles de la torre, buscando llegar rápidamente ante las puertas colosales de los montacargas, y allí se quedaban detenidos, inmóviles, con sus rostros cosméticos, relucientes y afeitados, esperando justo sólo un minuto, con expresión gris y robótica.

Mijaíl los miró con cierta melancolía y tristeza cuando comenzaban a entrar por decenas al ascensor. Una lágrima afloró por la comisura de su ojo derecho. En un acto reflejo se metió las manos a los bolsillos, para palpar una vez más que se encontraban vacíos. Ellos, en cambio, sí poseían las monedas mágicas que les permitían gozar del beneficio de ese transporte. Mijaíl ya había sido detenido varias veces por intentar burlar el costo y acceder al ascensor con permisos falsos para transportarse a su labor. Por esta razón se encontraba bajo apercibimiento de arresto. No estaba dispuesto a perder el privilegio alcanzado de disfrutar la sublime vista del Infierno que contemplaba desde su única ventana. Por ello, inclinó la cabeza hasta casi tocar con su barbilla el pecho y comenzó a subir sombríamente la escala de servicio.

Ya había perdido la cuenta de tantas cosas. Había perdido la cuenta, por ejemplo, de cuántos días y cuántos años había intentado lo mismo: subir por estas escalas para tratar de llegar a su lugar de trabajo. Había perdido la cuenta de cuántas personas habían pasado por su lado, siempre veloces y concentradas, al punto de que nadie jamás le había respondido ni dirigido la palabra, e incluso nadie jamás le había deslizado la más casual de las miradas.

Otra vez la congoja lo doblegó después de los primeros quince minutos. Se detuvo para respirar y se sentó sobre un escalón, bien pegado a la pared. Cuántas veces se había preguntado lo mismo... ¿Por qué si vivo en el piso subterráneo menos veintisiete, no logro llegar jamás al primero, así sea que ande por estas escalas un día entero?... Pues bien, la respuesta no existía, o al menos nadie le ayudaba a respondérsela.  También, por cierto, muchas otras incógnitas de toda lógica y naturalidad. Sin embargo, su fe profunda y sincera lo animaba con la respuesta cálida de un Padre Celestial que nunca dejaba de esperarlo y de alentarlo allá en el fondo del más recóndito Infierno. Valía la pena por ello realizar el esfuerzo diario de subir y subir, y luego bajar y bajar, sin llegar jamás a ninguna parte.

Así divagaba cuando su vista difusa se posó sobre una extraña criatura que asomaba en el quiebre del peldaño junto a la pared, justo al lado de su pie derecho. Nunca había visto algo así. Se inclinó para mirarla más de cerca. Primero pensó que se trataba de una excrecencia verde del estuco, pero al observarla con atención reconoció que se trataba de un diminuto vegetal; con mayor precisión, un trifolium repens, pero con la particularidad de que poseía cinco minúsculas hojas, en lugar de tres. Cuando niño había leído sobre estos extraños y misteriosos seres, en uno de sus libros de láminas y fantasías. Recordaba que la historia refería sobre el infortunio de un chico extremadamente pobre, abandonado, huérfano y hambriento, el cual, mientras recorría el bosque del Mal Eterno en busca de alguna col intacta, había encontrado una pequeña flor blanca de trébol, y en su delgado tallo, un ramito de cuatro pétalos. El rey enfermo, ya moribundo de desesperanza, había ofrecido una fortuna al que le llevase un trébol de cuatro hojas, pero hasta entonces, después de siete años, nadie lo había hallado. Una vieja hechicera le había vaticinado que en tanto poseyera un trébol de cuatro hojas la muerte nunca lo alcanzaría.

Mijaíl acercó su índice y su pulgar al tallo de la plantita; lo cogió con delicadeza y lo arrancó de su lugar. Lo llevó delante de sus ojos, muy cerca; a continuación, comenzó a subir sigilosamente la escala, sin quitarle la vista al pequeño vegetal… ¡Cinco hojas… cinco hojas…! Repetía con una sonrisa de incredulidad y satisfacción. ¡Cuánta suerte tengo!... De pronto volvió a recordar que lo aguardaban en su lugar de trabajo, puntualmente a las 8:00. Miró en su celular, una de cuyas irrelevantes funciones consistía en enseñarle la hora. Faltaban quince minutos para las 8. Miró hacia lo alto de la escalera, como midiendo la distancia que aún debía recorrer; lanzó un sentido suspiro y, al volver la vista hacia su mano, se encontró con el pequeño cuerpecito vegetal extendido sobre la palma de su mano.

Lo vio allí tirado y lánguido sobre su palma lívida, como si ésta fuese el sudario que, al cerrarse cual la tapa de un ataúd en un puño sobre la flor, sepultaría el cadáver de aquella inocente vida que para siempre no sería ya más vida.


Mijaíl se detuvo, se dejó caer pesadamente sobre la escala y, mientras contemplaba el trébol martirizado por él mismo, comenzó a llorar desconsoladamente, derramando lágrima tras lágrima tras lágrima sobre su mano extendida.

viernes, 27 de octubre de 2017

CATALUÑA LA GRANDE



Cataluña ha abierto hoy una herida tan, tan profunda en España, que su hondura alcanza incluso la integridad completa del mundo contemporáneo. Y es que esta puñalada, o este lanzazo a la romana sobre el costado del Cristo Humanidad, era un despropósito que el cuerpo del Cristo Humanidad necesitaba para acabar de morir en su propia cruz.

Cataluña no ha hecho más que develar públicamente la miseria y el cáncer terminal al que ha llegado el republicanismo y el sistema democrático contemporáneo. Al fin tendremos que enfrentar con nuestras grandezas y perversiones la decadencia de nuestros supuestos y maneras de vivir política y socialmente. Al fin tendremos que enfrentar la momificación y el abandono irracional de las ancestrales ideologías críticas, de los mapas cósmicos, y de la filosofía conciente de los acuerdos y entendimientos fundacionales del ser humano, reemplazados por este obsoleto democratismo.[1]

El mundo entero se había estado drogando y embruteciendo hasta hoy, después de la segunda guerra mundial, con el credo de la Economía como el regente de los principios de la sana y productiva convivencia humana. La Economía se había apoderado de la inteligencia humana colectiva, instalando su gobierno, su poder ejecutivo y legislativo por encima del gobierno de las naciones y de las comunidades humanas; es decir, su absolutista “democrática verdad”. Los gobiernos nacionales, republicanos, han llegado a ser solamente esbirros de los agentes económicos dictatoriales. Nadie probablemente lo anticipa hoy, pero Cataluña ha iniciado el efecto mariposa que culminará, a la larga, con la caída de la concepción capitalista de la realidad humana, y, por ende, con su sistema de vida materialista, capitalizado y globalizado. Ni siquiera la misma Cataluña es plenamente autoconciente, ni prevé la dimensión de lo que arrastra consigo. Ya se verá.

Cataluña ha removido el eje mismo de la Tierra. Poco importa si Siria, o Afganistán, o Irak, o las Coreas son arrasadas por el terrorismo democrático de las complicidades mundiales. Pero ¡Cataluña NO!... Cataluña, en cambio, es una arteria ventricular del corazón del poder mundial. La sangre y la vida martirizada de un solo catalán, vale más que la vida de 19 millones de sirios. La vida destrozada de un catalán es más destructiva que todos los misiles nucleares e intercontinentales de Kim Jong-un.

Cataluña ha obligado al mundo a desempolvar sus ubicuos, ancestrales y propios artículos 155. Cataluña ha obligado al mundo a desnudarse, al recibir la masiva negación a la independencia de una comunidad humana que ha realizado un acto libre, dinámico y necesario para la defensa de la verdadera Constitución, no de España, no de la Democracia siquiera, sino de la simple e irrenunciable dignidad humana y planetaria a decidir la forma de vivir y habitar en el mundo.

La autodeterminación de los pueblos, de las comunidades humanas, a gobernarse sin condiciones ni sometimientos a poder político, económico, religioso o social alguno, sino sólo por medio de acuerdos (UN NUEVO CONTRATO SOCIAL), deberá sobreponerse como principio rector de toda convivencia de una nueva Humanidad, o de lo contrario, acabaremos aniquilándonos con estos hipócritas y perversos sistemas democráticos del siglo XXI.

¡Sangra en adelante, Cataluña, a causa de la violencia brutal que, de diferentes maneras, es lo único que sostiene la pretendida justicia y racionalidad de los sistemas actuales de gobierno humano!...




[1] Ver, por ejemplo: http://www.emol.com/noticias/Internacional/2017/10/27/881004/Latinobarometro-2017-Estudio-concluye-que-el-apoyo-a-la-democracia-esta-en-declive-en-toda-America-Latina.html

martes, 17 de octubre de 2017

EL NUEVO CAMINO HACIA LA VERDAD



LOS PROTECTORES DE LA HUMANIDAD ME HAN SOLICITADO QUE ESCRIBA:

A nuestros PROTECTORES no les interesa que alcancemos conocimientos válidos para toda la Humanidad, o saberes unánimes ni consensuados para todos. La mentira, la impostura, el error, la imperfección de nuestras capacidades cognitivas como especie producen un efecto aniquilador de toda posibilidad de producir conocimiento evidente e irrefutable colectivamente.

Finalmente, en esta época hemos producido un estado mundial de cosas tan amplio y complejo en relación con el conocimiento y la ilusión y el engaño (por ejemplo, con ayuda de la tecnología, o simplemente con la voluntad de engañar sin ningún resguardo ético ni moral), que ya no existe ningún medio para validar ninguna verdad, sin que sea al mismo tiempo un eventual fraude. Nada ni nadie se escapa a este efecto de indistinción entre verdad y falsedad; a la inexistencia de condiciones indubitables de certeza para todos. Cualquiera puede descalificar de diferentes maneras cualquier verdad. Cualquiera puede justificar de diferentes maneras cualquier error o falsedad. Lo que antes podía ser transmitido como verdad (aunque contuviese más o menos verdad, pero con un contenido siempre modificable a través de un procedimiento históricamente constructivo) a través de la religión, de la ciencia, del Estado, de la opinión pública, de los sabios y académicos, o simplemente de la evidencia de los sentidos y de los argumentos de la razón, ya no posee ni puede producir verdades irrefutables, y ni siquiera consensuables. Incluso nuestras mayores verdades espirituales atesoradas por miles de años ya no resisten su propia imperfección. Necesitan evolucionar ante las nuevas manifestaciones de realidad, pero ya no pueden hacerlo colectivamente, compartidamente. Ya no pueden surgir tampoco revelaciones, mensajes ni religiones nuevas, profunda y ampliamente compartidas.

En este sentido, ya no hay vuelta atrás, hacia una revalidación de criterios y métodos de conocimiento colectivamente verdaderos. Se acabó para la Humanidad la verdad de todos, y la posibilidad de llegar a producir verdades para todos.

Por ello, de aquí en adelante nuestros PROTECTORES sólo esperan que cada uno de nosotros haga un proceso personal de interiorización lo más honesta y ampliamente posible de lo que en conciencia consideremos VERDAD y VERDADERO, aunque nos podamos equivocar, incluso mucho. Nuestros PROTECTORES esperan que iniciemos un proceso interno de validación de la VERDAD, sin importarnos lo que los demás quieran imponernos o proponernos como criterio de VERDAD. ELLOS están dirigiendo al interior de nuestras mentes canalizaciones energéticas sutiles que pueden facilitar en nosotros este proceso generador de VERDAD. Para muchas personas no será fácil ni muchas veces aparente o concretamente productivo este proceso o práctica, pero es inevitable y necesario para EVOLUCIONAR como personas individuales, y también como especie. No existe ninguna otra forma. Las consecuencia colectivas y sociales de este proceso de personalización de la VERDAD no se harán evidentes en un futuro próximo. Sólo se entenderán en parte a la luz de los inminentes hechos catastróficos que asolarán a la Humanidad y al planeta Tierra.


Aquí estamos para ayudar a nuestros hermanos que así lo decidan hacia esta experiencia interna de la VERDAD.

sábado, 14 de octubre de 2017

EL PROFETA ME DIJO (III° PARTE)



1.    No existe ninguna verdad, ningún conocimiento, ninguna revelación, ninguna evidencia –desde la más insignificante hasta la más irrefutable-- que no sea en alguna medida error, desconocimiento, ilusión y engaño.

2.    El ser humano no está facultado para acceder a la REALIDAD tal cual ella es. Sólo es capaz de algunos atisbos borrosos de realidad. Lo que ve, cree que es como lo ve. Lo que escucha cree que suena. Lo que toca cree que es como lo toca. Lo que siente cree que es real. Vive bien adentro de esta realidad meramente virtual.

3.    El ser humano necesita producir verdades y conocimientos para ir descubriendo dolorosa y paulatinamente que no son verdades ni conocimientos, sino prótesis para ayudarlo a rehabilitarse de su invalidez de realidad. No hay otra manera de hacerlo.

4.    Me entristece que el ser humano deba despertar de su clausurada irrealidad por medio del sufrimiento. Es violento despertar con un golpe, pero se despierta. Es violento despertar muriendo, pero se acaba despertando.

5.   En otro tiempo nos consolamos creyendo en el amor de un Padre y de una Madre divinos. Ya la mayoría comprendemos que no fue suficiente consuelo atribuir tanto amor a un Dios personal que, demasiado lejano, nos deja hundirnos en el sufrimiento y en la precariedad. Ya la mayoría sospechamos e intuimos que existen presencias Superiores mucho más complejas y presentes que nuestro anticuado concepto de Dios.

6. Todavía necesitamos ser amados por un Ser superior. Sin embargo, nos aterraría descubrir que su Amor se parece poco a nuestro amor humano.

7.  Los seres humanos necesitan darse ánimo unos a otros, decirse palabras esperanzadoras, ver las cosas por el lado positivo, sentirse poderosos en el bien, ayudarse entre sí, amarse unos a otros, ¡Y ESTÁ MUY BIEN!, pero eso no los hace realmente mejores.

8.    Es la transmutación y evolución de la CONCIENCIA lo único que hace profunda y trascendentalmente MEJOR a la persona humana. Volverse hacia el interior de sí mismo es la manera de encontrarse primero con la conciencia básica, la conciencia que te acompaña en todas tus acciones diarias, las buenas y las malas, en tus nobles e innobles gestos, pensamientos y creencias, pero que no llegan de ninguna manera a transfigurar tu conciencia en otra conciencia desarrollada.

9.    Sólo muy pocos podrían hoy asumir el sacrificio, la autodestrucción, la renuncia, la autonegación de transfigurar en un acto de voluntad su propia conciencia en corto tiempo. Es demasiado fácil perder el rumbo y enloquecer en el intento de transitar hacia el portal de la transfiguración de la mente, de la conciencia y de la realidad.

10.  La destrucción de la realidad te enfrentará inevitablemente a la encrucijada de dejarte destruir junto con la destrucción y la locura de la experiencia de un planeta que se deshace, o bien afianzarte en la conciencia superior que has configurado dentro de ti –si de verdad lo has logrado durante este tiempo de adviento--, como si se tratase de un efectivo refugio antinuclear.

11. Tal vez al comienzo te ayude Jesús, María, Jehová, Dios, Alá o Buda, pero si no has trascendido tu propia conciencia independiente de toda divinidad, entonces no podrás resistir la VERDAD. No hay ninguna divinidad más verdadera que tú mismo. ¡Conócete a ti mismo, porque el límite de la realidad será enfrentarte SOLO a ti mismo!

12. Ya no sigas buscando cubrir tu pobreza interior con el amor de Dios, ni con el amor de nadie ni de nada. Sólo cree en tu miserable alma despierta y honesta que necesita avanzar como un gusanillo desnudo, desde tu pobre miseria interior, hasta alcanzar penosa y jubilosamente a tu alado DIOS profundo, aunque en esto tardes otro millón de años.

13 No obtendrás nada con ofrecerle a Dios el amor que le has tenido a Él o a tu prójimo, ni tus acciones, ni tu fe, ni nada vivido, si no demuestras hasta dónde has transfigurado y espiritualizado tu CONCIENCIA, incluso más allá de tu amor.

14. Ningún humano ha traspasado aún el umbral de la CONCIENCIA, porque no estaba accesible a esta Era.


15.   ¡Ahí está! ¡Ha llegado!... ¡EL PORTAL DE LA CONCIENCIA!