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sábado, 30 de julio de 2016

AKARGHI (capítulo 78)




Se escucharon algunas carcajadas y un relincho de caballo. Akarghi se dio media vuelta y divisó subiendo las escalinatas del edificio principal a Latniavira del brazo de Tashi Aburghasim. Otros invitados los acompañaban y reían al encontrarse con ellos. Latniavira resplandecía, hermosa, felina en sus ademanes y movimientos, vestida con un sari de color violeta y turquesa que mostraba descuidadamente su hombro de piel canela, cuya suavidad y sabor tan bien conocía Akarghi. El velo estampado con flores asimismo había resbalado de su cabeza y caía alrededor del cuello, desplegando desafiante su poderosa larga negra cabellera, sedosa y siempre exquisitamente perfumada. Su quinto mes de embarazo la había embellecido todavía más, aunque su panza todavía no era evidente.

Akarghi recibió un fuerte empujón en su hombro izquierdo. 

--¡Avanza, estúpido monje!

Akarghi hizo una rápida reverencia con su cabeza y siguió caminando hacia la parte trasera del edificio. Junto a él otros diez sirvientes y guardaespaldas se dirigían al mismo lugar, desde donde serían asignados estratégicamente en sus diferentes funciones durante la fiesta de bodas.  

Después de atravesar una larga galería con ventanales hacia un bosquecillo de árboles frutales, entraron por una de las tantas puertas que la flanqueaban. Akarghi ingresó a un largo salón atiborrado de enseres, mesones con comida, muebles arrumbados, ruido, gente, movimiento, olores y gritos. Una mujer mayor, de expresión severa, se les acercó con decisión. Cruzó algunas palabras con Rohit, el oficial de la comitiva de Tashi; éste indicó con su mano hacia Akarghi, al tiempo que lo miraba con desprecio; después de concluir el diálogo, se estiró levemente en posición firme, hizo un imperceptible gesto de respeto con su cabeza, y volvió hacia el grupo que esperaba órdenes.

Con tono cortante y preciso Rohit dio instrucciones a cada uno que se dirigiera a su servicio. Dejó para el final a Akarghi. Se acercó a él. Lo miró de arriba abajo y comentó, arriscando su bigote por la comisura izquierda:

--No sé qué ve en ti el amo… pero donde manda capitán… ¡Ven conmigo!

Rohit caminó delante, Akarghi en el medio, y detrás de él, Faruk, otro guardia voluminoso de rostro apacible e impenetrable, vestido enteramente de blanco, igual que Akarghi. Deambularon por pasillos, escalas, pisos con exóticas ambientaciones en diferentes alas, hasta que desembocaron en el gran y principal salón de la gala, que se extendía alrededor por varias terrazas, en diferentes niveles. Había allí una explosión y promiscuidad humanas superior a unas dos mil personas. Akarghi reaccionó al espectáculo deteniéndose un momento y experimentando una dolorosa contracción en su pecho. Sólo en ocasiones de motivación religiosa había visto tanta gente reunida. También había estado presente en algún matrimonio local en que el ritual religioso y la piedad lo eran todo. Esta visión, en cambio, le recordó el mercado abigarrado y estridente de algunas grandes ciudades. Instintivamente oteó entre la muchedumbre la figura de Latniavira, pero no alcanzó a divisarla.

--¡Muévete, hombre!—escuchó cerca de su oído, mientras una mano le presionaba la espalda.

--¡Esta fiesta será inolvidable!—escuchó una voz femenina que gritaba y reía cerca.

Por delante de él se cruzó un sirviente vestido con librea negra, arrastrando un carrito desbordante de atractivos canapés y bebidas alcohólicas. Algunas aves exóticas cruzaron el salón, en diferentes direcciones, volando por los aires. Variadas músicas de variadas regiones se entremezclaban provenientes de las distintas terrazas. Las innumerables lámparas cargadas de luces colgantes, de diferentes colores, herían la vista por todas partes.

Akarghi fue conducido por Faruk cerca de la entrada principal. Una colmena de avispas parecía inconmensurablemente menos caótica que aquel lugar. Al desplazarse, tropezó varias veces con elegantes invitados, a quienes siempre saludaba con una profunda reverencia y sin atreverse a mirarlos a los ojos, pues sentía sobre él sus guiños molestos, despectivos, indiferentes, airados, curiosos, compasivos. Cerca del vano de la gran entrada lo esperaba una especie de estrado, sobre el cual se erigía un ancho taburete cubierto con un exquisito gobelino púrpura bordado sobre un amplio mandala de oro. Por encima de éste habían instalado un arco de enormes y aromáticas flores trenzadas. Desde tres amplias patenas de oro suspendidas a media altura se elevaban nubes tornasoladas de incienso, mirra, ámbar y especies sagradas. Por detrás de este escenario, y cubriéndolo todo con sus ramas y hojas oscuras, de cinco metros de alto, una higuera religiosa fungía para él de árbol de la iluminación de Buda. A Akarghi le impresionó la ostentación, ficción y ridiculez del artefacto.

Faruk, sin la menor expresión en su rostro, le señaló el trono para que se fuese a disponer en asana sobre él. Akarghi subió ágilmente, se acomodó el bonete blanco sobre su coronilla; se sentó silenciosa y reconcentradamente en padmasana para meditar e invocar la compasión de Buda. Antes de un minuto comenzó a escuchar el repiqueteo de las monedas a sus pies. Entreabrió sus párpados y distinguió a unas cinco personas ante él, con las más piadosas expresiones en sus rostros. No pudo evitar avergonzarse de sí mismo y enrojecer. Una gran pierna de cerdo ahumado desfiló por entre sus devotos suplicantes. Alguien importante se plantó delante de él, pues los demás se retiraron respetuosamente. Un brahmin alto y flaco, vestido pulcramente con su manto azafranado y el tripundra (tres líneas) de ceniza blanca con un marcado  círculo rojo de betel en el centro sobre su frente, lo observaba adustamente.

--¿Qué haces tú ahí, oprobio para tus maestros?— le preguntó el sacerdote en voz baja, pero dura.

Akarghi abrió del todo sus ojos y lo miró con sorpresa, si bien se repuso rápidamente.

--¡Tu juicio sobre mí aún es demasiado blando y benigno, venerable sadhu!... Enteramente una maldición para todo lo santo y puro soy. ¡Tan abominable, que no merezco siquiera tu condena!

--¡Anda, baja de ahí y ve a purificarte durante un año al templo Hazare Rama de Krishna Deva Raya!... Sólo eliges libremente estar así o no estar así.

--¿Cuál es el fin de la libertad del hombre?

--¡Cumplir los sagrados mandamientos del Dharma!

--¿Amar?

--¡Honrar y venerar a Dios por sobre todas las cosas!

--¡Mi Dios me ha devuelto al mundo para amar por sobre todas las cosas!... ¡Amo a una mujer, y no sólo avergonzaré aquí y en cualquier lugar a mis maestros, sino que daré mi vida indigna por ella!

El brahmín enmudeció y se quedó observando a Akarghi. Entre ellos se plantó bruscamente Nayana, la ama de casa que había recibido a Akarghi, ahora cubierta su cabeza con un chador rosado y con una sonrisa condescendiente en su rostro descubierto.

--¡Mi señor, bendecido está nuestro hogar con su presencia!... Acompáñeme, lo hemos estado esperando para iniciar el sacro rito.

sábado, 23 de julio de 2016

AKARGHI (capítulo 77)






El aire estaba cargado de esencias de ultratumba. Ráfagas de viento arrastraban hojas, ramas y nubes tan negras y pesadas que parecía que pronto uno podría alcanzarlas con la mano. Akarghi había ido a meditar el día entero en las laderas del lujurioso Mehru y ahora, con los ojos bien abiertos, se admiraba del mensaje de la naturaleza. Algo oscuro, tenebroso y mágico vibraba en todas las cosas; algo misterioso y nuevo que transformaba los olores conocidos en inquietantes oráculos. Algo desconcertante que se alumbraba en el color de las cosas, como si innumerables cirios se hubiesen repentinamente encendido por el reverso de todo. A sus breves once años Akarghi jamás había experimentado algo así.

Entonces ocurrió un hecho asombroso. Se escuchó un terrible estampido y al mismo tiempo un descomunal destello iluminó el lugar. Una gruesa flecha de fuego cayó desde lo alto, semejante a una cascada tremolante, escindiendo el espacio, hasta clavarse en el suelo, a unos diez pasos delante de Akarghi. Sintió como si alguien lo jalase de la cabeza hacia atrás. Antes de que desapareciese el resplandor del rayo (y la estela ígnea todavía hacía vibrar las moléculas del aire), en el preciso lugar donde se había clavado en el suelo, se materializó una figura difusa que variaba de tonalidad entre el dorado, el blanco, el rojo y el índigo. Confundido Akarghi cerró los ojos y los volvió a abrir, pero la imagen continuaba ahí. Le pareció que la figura flotaba por encima del suelo, como a unos diez centímetros, y que algo se movía alrededor de ella, quizás unas alas curvas o anillos oscilantes. La figura alta y delgada se acercó a él, estiró su fino brazo traslúcido y extendió lo que parecía su mano por encima y cerca de su cabeza rasurada. Akarghi experimentó el efecto de recibir una poderosa descarga eléctrica y sintió un fuerte mareo.

Al despertar, Akarghi se encontró en un lugar sobrecogedor. Se experimentaba a la orilla de un inmenso lago, o de un océano tal vez –no podía saberlo—de aguas transparentes y, al mismo tiempo, brillantes, que reflejaban el más bello fondo de partículas de diminutas joyas. El cielo era otro lago, o bien un océano, de aguas de luz tan tenue y palpitante que iluminaban con sombras y tintes de ensueño todas las cosas… ¿Serían aquéllas, estrellas o soles o mundos?... A sus pies, una arena traslúcida y opalescente tan extensa y profunda que creyó hallarse suspendido sobre una fina red de inmaterialidad. Cerca de él, a tres pasos, la maravillosa figura lo contemplaba inmóvil y silenciosa. Tuvo la certeza de que sonreía y lo observaba con un profundo sentimiento de amor.

--¡Akarghi! –escuchó la voz en su mente, sin poder precisar si era hombre o mujer, pues hablaba como un soplo de viento que se va alejando-- ¡Akarghi!—repitió--… ¡Akarghi!...

Y cada vez que la figura repetía su nombre, Akarghi trataba de abrir sus labios para responder, pero no podía. Al fin comprendió que no podía abrir su boca porque no tenía nada que decir. Entonces la voz habló por él:

--¿Dónde estoy?

Se acordó de un pasaje leído en un antiguo maestro: “Cuando ves humo del otro lado de la montaña, ya sabes que hay un fuego; cuando ves cuernos del otro lado de una cerca, inmediatamente sabes que hay un buey allí. Entender tres cuando uno se hace presente, juzgar precisamente de una mirada – esto es el alimento y bebida diarios de un monje.

Akarghi trataba, pero no podía pensar. Su pensamiento, lo mismo que su lengua y tal vez como toda su mente, farfullaba, tropezaba, se confundía. Quiso dudar, quiso afirmarse a sí mismo como principio de verdad, y se dirigió a la figura dentro de su propia cabeza:

--¡No existes!... ¡Eres una ilusión!

Pero escuchó nítidamente como su propia voz salía lentamente de la boca de ese divino ser que lo contemplaba con infinita misericordia y le confesaba con pena:
 
--¡No existes!... ¡Eres una ilusión!...

--¡Yo, tú!—susurraron ambos, al mismo tiempo, como hojas secas arrastradas por el viento.

Akarghi experimentó una extraña sensación de angustia y dicha al mismo tiempo. Trataba de ser racional, pero no quería ser racional. Se vivía a sí mismo extendido y completado en el otro ser, reverberando en él, y él en Akarghi. Volvió a mirar a su alrededor y reconoció que la sublime belleza y perfección de ese universo que percibía, que resonaba en su interior, sólo podía experimentarlas porque también había tanta belleza y perfección en él mismo. Sus ojos se llenaron de emoción, de gratitud y lágrimas.

(Pero estoy solo… ¿Tú y yo estamos solos en este universo infinito y perfecto?)

--Miras con los ojos de tu cara, pero no miras con los ojos de tu alma… Estamos rodeados de seres como tú, como yo, diferentes a ti y a mí.

El ser traslúcido estiró su mano hacia Akarghi y le entregó un pequeño objeto de color café.

--¡Come!—le dijo.

Akarghi se lo llevó a la boca. Era blando, singular, cálido, pero su sabor contenía todos los sabores más exquisitos y estremecedores.

--¡Dame más!—suplicó Akarghi.

El ser volvió a estirar su mano y entregó a Akarghi un capullo de luz que fluctuaba entre diferentes colores.

--¡Huele!

Akarghi lo acercó a su nariz. Sintió que era arrastrado instantáneamente por todas las cosas, percibiendo los aromas más intensos y exquisitos que jamás había olido.

--¡No quiero dejar de oler!

El ser se acercó a Akarghi y sopló en su oído. 

--¡Escucha!

Akarghi pudo oír todos los sonidos, todas las voces, todas las melodías, todos los lenguajes que existían en el Universo. Se erizó la piel de todo su cuerpo y las lágrimas saltaron abundantemente. Cerró sus ojos y enmudeció.

--¡Mira!

Akarghi abrió sus ojos y se encontró a sí mismo en padmasana (posición del loto), en el mismo lugar donde había estado meditando durante el día, bajo una higuera de agua. La luz comenzaba a disminuir a su alrededor. Estaba solo. Ninguna señal del ser divino que recordaba lo había acompañado… ¿Hace un momento?… ¿Un millón de años antes, en el futuro?... ¿Solo?... ¿Acaso estoy solo?...

Ninguna respuesta. Nada vio con sus ojos, nada oyó con sus oídos, nada olió con su nariz, ni gustó con su boca, pero su alma, su espíritu, su mente se habían abierto, y percibían otra nueva realidad… ¿La Realidad?... ¿Eso era la Verdad de la Realidad?