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viernes, 26 de febrero de 2016

AKARGHI (capítulo 56)




 
De pie sobre la balaustrada del templo Bhadrachalam del señor Rama, a cincuenta metros de altura, como en aquella ocasión con Kynpham, Akarghi contemplaba con vértigo el vacío que toda su vida lo había atraído hacia sí. Y en lugar de que los cinco años transcurridos desde entonces diluyesen y enterrasen su sustancia viva en el pasado, ciertos hechos sólo se acumulaban en el presente, desde la memoria explosiva, y venían a realizarse una y otra vez en este ahora cierto que denominamos presente.

En este ahora tan cercano le parecía comprender mejor que nunca a Kynpham, a partir de su propia experiencia. Cómo el tenso empuje de los hechos de vida te van guiando sin mayor claridad –pero con una lógica interna implacable-- hasta la repentina situación en que te descubres parado sobre una balaustrada, a cincuenta metros de altura, cuando ya lo más natural es saltar al vacío, y de ninguna manera volver atrás… Entonces, a veces tienes la fortuna de despertar y ser libre, y aun así saltar, o no.

Akarghi contempló que, en su caso, era la degradación de su vida, de su mente y de su alma la que lo había arrastrado hasta ahí. Una degradación moral, síquica y espiritual que había avanzado gradualmente durante los últimos cinco años, pero cuya raíz, cuyo origen y principio, ¿dónde se ocultaba?... ¿Por qué no la había previsto ante tantas señales, y, si por momentos la había reconocido, no había entonces retrocedido espantado? Ahora veía que no había sólo dos planos de la mente y de la realidad, ni tampoco uno solo –monismo o dualismo, como enseñaban todos los maestros--, es decir la iluminación y la ignorancia, o la trascendencia y la inmanencia de lo inmediato, sino una gradación tal vez infinita entre un estado cualquiera de mente y de realidad, y lo otro, siendo este otro como un simple referente de profundidad e identidad insondable y abierta, respecto de cualquier sí mismo. 

Y entonces, como en aquella ocasión le advirtió la anciana salvadora de su primer hijo, ¿todo esto era destino?... Todavía seguía tratando de resolver ese acertijo. Era más fácil quedarse viviendo en el monasterio de Lamayuru, o en cualquier otro, si éste ya no existía, y acomodarse al interior de un aprendizaje y enseñanza previstos, como el niño que al comenzar a caminar va aprendiendo cada día a ir más allá, pero sólo dentro de su propia casa. Eso también era destino, pero el destino que uno mismo se forja y crea con ayuda de los demás y del universo natural mismo. Al partir de allí, Akarghi había empujado los límites de su realidad y abierto, igual que una herida, un camino. El costo había sido alto y estaba a sus pies… Porque si saltaba no había poder en el universo que le impidiera trascender su condición natural y su pasado, pero también cortaba de raíz su vida en este plano de existencia y, en consecuencia, las posibilidades de continuar interactuando evolutivamente en él. Era como un peso enorme sobre la espalda que lo doblaba hacia el abismo; no sólo sus asquerosos actos, su abominable debilidad, su siniestra maldad mercenaria, la vulgaridad de su vida, la impunidad de su humanidad animal, y así muchísimo más sin cuento, sino también se había agregado esa masa inconmensurable de virtualidades profundas y karmáticas  de sus vidas pasadas que se identificaban y recreaban de las más insospechadas maneras con la sincronía de un presente así también predestinado. Entonces, el destino parecía ser una figura contrahecha de agregados, en los que, como un caldero hirviendo, revolvía adentro realizaciones inevitables, tendencias flexibles y circunstanciales, pero también eso que comenzaba a experimentar aún puerilmente: decisión propia, y tal vez hasta algo de libertad… 

Ya lo había logrado una vez al huir de Lamayuru. De hecho, ahora, soportando el peso de ese mismo pasado, de todos los pasados y, ante todo, de este pasado próximo que giraba ahí mismo como un torbellino alrededor de la persona de Latniavira, de su hijo Prâsad y del terrible Tashi Aburghasim, volvía a desafiarlo: “¡Mira, ahí abajo, la liberación de tu iniquidad y de tu insoportable dolor!”… Esto era más fácil que darse la vuelta y salir nuevamente por un camino inventado, cuyo precio de partida era o bien matar a Tashi Aburghasim, o abandonar y dejar morir en sus manos a Latniavira y a su hijo Prâsad. Sin agregar a ello incluso, la casi imposible necesidad de redimirse después de todos estos imperdonables pasados para siempre presentes…

Y aunque todo en él había ya periclitado hacia un abismo; y aunque una y otra vez volvía y volvería a caer, o estar a punto de saltar hacia ese abismo que acompaña a cualquier movimiento vital, ya no había duda ni ausencia  de un indefinible… --digamos— poder, fuerza, energía, orden, divinidad, inteligencia, plan, o como quiera llamársele, que también participaba misteriosa y abrumadoramente en su destino, en todo destino, pero de una manera todavía ininteligible, extraña y sobrecogedoramente superior a cualquiera y todas sus propias facultades humanas, incluso las espirituales.

Y ahora mismo, ahí, delante del abismo, aunque carecía de las condiciones personales y de conciencia profunda para abrir en el acto un portal luminoso en su cárcel de vida, en cambio podía gustar con la orla de su conciencia la certeza de que el Camino de la Verdad, ese largo, dramático y elusivo camino, ya podía experimentarlo inexorable y consistentemente como su destino…

De pronto Akarghi puso atención en la lejana calle bajo sus pies y divisó a unas personas que le hacían señas con los brazos; sin embargo la calle y la plaza se habían llenado de personas; una muchedumbre lo observaba. Y así como también él los observaba, divisó en cada uno de ellos una motivación propia para estar allí; oteó a otros que caminaban de prisa y seguían, lanzándole sólo una mirada de soslayo; vio a mujeres que les tapaban los ojos a sus hijos; vio a sanyasinnes que seguían meditando a la orilla de la calle; vio la morbosa, curiosa, inquieta, sorprendida, asustada, asqueada mirada de tantas personas; vio sus caminos de vida ahí mismo, confrontados por su propia muerte, y por la vida que venían trayendo hasta la muerte que a ellos en su momento les tocaría vivir. Entonces, lo que al comienzo le llegó como un murmullo o un ronquido extraño y gutural, se fue transfigurando a sus oídos en un claro, salvaje e inconfundible grito de la multitud: “¡Salta!... ¡Salta!... ¡Salta!...”

viernes, 19 de febrero de 2016

AKARGHI (capítulo 55)




  
El benévolo maestro Artabhaga dio por terminada su clase de lógica sobre las proposiciones antitéticas en el canto V del Mahabharata a eso de las 10 a.m. Y aunque a Artabhaga no le llamaba la atención ni se ofendía porque algún estudiante no asistiese a su clase –peor para él, decía--, a Akarghi sí le había parecido intrigante el hecho de que su amigo Kynpham Singh se ausentase, tanto más cuanto desde el alba lo había notado particularmente taciturno. Por lo mismo, decidió cometer una vez más una infracción venial a las reglas monásticas y también él, siguiendo a su amigo Kynpham, ausentarse de la meditación a la que acudían a continuación sus condiscípulos.

Se resguardó tras un pequeño bastidor, entornó los párpados y, haciendo uso de su especial don de clarividencia, visualizó prontamente a su amigo en la cima de una montaña, sentado dentro de un nido de águilas, oteando la lejanía. Akarghi decidió, por tanto, salir furtivamente a los patios para indagar en los alrededores. Después de evadir a un par de monjes atareados, ocultándose precavidamente, salió al patio sur, que miraba hacia las zonas bajas y luminosas de la región. Sin razón aparente se acordó de su perrita Phyn, cuando salían de paseo a buscar frambuesas en la quebrada, y ella parecía entender, moviendo su cola y saltando para morder amistosamente la mano de Akarghi, que aquella aventura la llevaría a otros mundos originales y sorprendentes. Se entristeció al reconocer que nunca más volverían juntos a correr en la quebrada y que ya nada de aquello, que nada de su pasado, se podría recuperar.

Akarghi se paró sobre una roca plana y comenzó a girar lentamente, extendiendo los brazos, en trecientos sesenta grados; mientras se encontraba con los ojos cerrados ya en el tercer giro, los abrió repentinamente y vio por encima de los techos del monasterio, sobre la torre más alta del campanario, algo así como una figura humana. La visión le pareció extraña e inusual, de manera que dudó de lo que estaba viendo. Se restregó los ojos y volvió a mirar. La figura ya no estaba allí. 

Aun así, aquello le resultó, por lo menos, significar una señal, de manera que se encaminó hacia los edificios aledaños al Gran Templo. Una vez en el interior de éste, acercó su nariz al pasamanos de la escala que conducía hacia lo alto de la torre y creyó reconocer en él el olor de Kynpham. Subió con cautela, mirando hacia lo alto y hacia abajo. Cuando se encontraba a unos metros del rellano superior, y como ocultándose por detrás de la gran campana de estaño y cobre, divisó claramente a su amigo que se encaramaba con dificultad, y colgando peligrosamente, por la cornisa hacia el techo del campanario.

--¡Kynpham!—gritó Akarghi, pero no recibió ninguna respuesta.

Sin temor reprodujo la misma osada acción de su amigo y subió por la cornisa al techo de palmetas de madera esmaltada. A unos metros distinguió a su amigo sentado y con la mirada perdida en lontananza.

--¡Kynpham!, ¿qué haces aquí?

El joven giró la cabeza hacia Akarghi y con una sonrisa triste respondió:

--No lo sé, Akarghi… de verdad que no lo sé.

--No fuiste a la clase de lógica y ahora te encuentro aquí… Algo te debe estar ocurriendo, Kynpham.

--¡Mira si no es extraño y diferente observar las cosas desde aquí!

--¡Sin duda!, pero no necesitas arriesgar tu vida para ver las cosas diferentes.

Kynpham volvió a sonreír con tristeza y, girando la cabeza hacia Akarghi, respondió:

--Aquí nos han enseñado a mirar las cosas de una determinada y única manera. Una manera protegida, armoniosa y sin riesgo. Farra-aj diría que ésta es la mejor manera, porque la perspectiva espiritual incluye a todas las maneras, pero cada día tengo más dudas de ello… Nos han enseñado a aceptar la tradición de la verdad, no a cuestionarla ni a superarla.

--¿Qué te causa dudas?

--Es difícil expresarlo en palabras… Recuerdo el orgullo de mi padre al abrazarme por última vez al ingresar a la orden, y la tristeza contenida en una sonrisa y un silencio inacabables de mi madre. No he podido olvidarlos ni a papá ni a mamá; casi todas las noches sueño con ellos. Y esta renuncia, esta disciplina, estas enseñanzas repetidas hasta el cansancio para convencer a tus expectantes maestros y, al final, a ti mismo, de que estás en el buen camino y en proceso correcto hacia la iluminación y la liberación del samsara… No me convence; hay demasiadas cosas…

--Creo que te entiendo, Kynpham. Creo que de alguna manera experimento lo mismo que tú.

--Cuando digo “demasiadas cosas” incluyo cosas que ni a ti mismo podría contarte y que es mejor que llegues a enterarte algún día por ti mismo.

--¡Así debes ser, te lo creo!; pero de las cosas que sí puedes hablar…

--Puedo entender que nos propongamos evitar el sufrimiento y hasta la felicidad misma como un estado de realización personal. Lo he creído honesta y comprometidamente todos estos años –tú sabes de qué hablo--. Ha sido satisfactorio, no lo pongo en duda. Pero si contemplo la vida y la condición de los seres humanos y del mundo en general todo se me hace tan diferente… Cuando observo esta mariposa amarilla que ahora pasa volando delante de nosotros, ¿es necesario que le niegue su realidad al compararla con Brahman, o con las cuatro nobles verdades, o con un dios trascendente?... ¿Qué es más o menos verdad: lo que veo con mis ojos y lo que siento con mi corazón, o lo que pienso y creo con mi entendimiento y mi fe?

--Quizás no haya que establecer dicotomías, contradicciones, contraposiciones en esos dos niveles de la realidad y de la experiencia… Quizás haya formas de realización humana todavía desconocidas que no se resuelvan unificándolas o sintetizándolas o siquiera concibiéndolas tan incompletamente como lo han propuesto todas nuestras santas doctrinas y verdades reveladas hasta ahora.

Kynpham Singh fijó su mirada en Akarghi y, sonriéndole con ternura, agregó:

--Aun en esto tratas de sacar ventaja con el pensamiento. Ya no sé a quiénes tengo que satisfacer –porque no veo ninguna síntesis ni conciliación tampoco entre ellos--, si a la conciencia, a la fe, a la razón, a la intuición, al corazón, a mis sentidos, a mis instintos, a la naturaleza, a los maestros, a Dios, a Buda, o incluso a un tal llamado Jesús… ¿Y qué es eso de la ilusión, del sufrimiento, del egoísmo, de la negación, de la maldad y de la muerte?... ¿No es todo esto precisamente el corazón y el alma misma de la existencia, su inevitable realidad?...

Mientras Kynpham decía estas últimas palabras, se puso de pie tambaleándose, abrió sus brazos, y comenzó a inclinarse hacia el vacío. Akarghi dio un brinco y tomando de un brazo a su amigo, lo empujó hacia sí, abrazándolo.

miércoles, 17 de febrero de 2016

La almohada




Mi almohada de estrellas,
mis humedales de sauces,
mis cometas de niño.

Mi almohada cansada
de labrador de sueños.

Mi almohada de nácar
bajo las aguas de un río.

Mi almohada oxidada,
mis parpadeos de olvido.

Mi almohada que vuela,
mi almohada que llora,
como el tañido del viento
entre sus dedos de pinos.

Mi almohada se hunde
hacia los cielos primeros,
mi alma que canta
el respirar de las olas
en caracolas de vidrio.

Mi almohada se duerme,
y ya no quiero
                       despertarla.