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viernes, 23 de diciembre de 2016

AKARGHI (capítulo 99)




 
Aunque sostenía en sus brazos el cuerpo del niño muerto, sabía que el niño ya no estaba ahí. Lo depositó ∞¡tan liviano!∞ en el suelo; lo observó un momento, como se contempla una estela religiosa, luego dejó que la vida y la muerte siguieran su curso… (Sin bendiciones ni maldiciones… Siempre adelante, rey y reina, no se detienen en su incomprensible complicidad…) Como dejó también ir al Akarghi que hace un momento sostenía en sus brazos a un niño que dudaba si vivir o morir, y que ambos, un momento después, ya no eran.

Se volvió hacia uno y otro lado para mirar. Lo que vio conmovió intensamente a Akarghi. Sobre un pedregal polvoriento, amoratado y yermo, improvisadas tiendas, chozas deformes y carpas improvisadas con retazos de telas albergaban a los miles de sobrevivientes de esa comunidad de familias. El sol volvía a alzarse como una tea que lanzada hacia el cenit desencadenaría otro día de incendio planetario. Se movían por aquí y por allá, desordenada e incoherentemente, pues habían decidido continuar adelante para escapar de tantas cosas que los acosaban, los herían, los diezmaban, los atemorizaban y horrorizaban… Habían decidido huir de allí para escapar del minuto anterior. Todos transidos, sedientos, ahogados, doloridos, hambrientos, desolados, empobrecidos, desanimados, enloquecidos actuaban de las formas más irracionales y brutales que un ser humano puede actualizar.

Una mujer cogió una gruesa estaca y, blandiéndola, corrió hacia Akarghi con la boca abierta en un rictus de odio, arrojando desde su garganta un chillido histérico y gutural. Se lanzó sobre Akarghi, pero éste hizo una rápida finta y trabó apenas con su pie un pie de la mujer, que pasó de largo, tastabilló y cayó aparatosamente al suelo. El madero rodó a un lado. Akarghi la miró con dolor y compasión. Se acercó delicadamente a la mujer, cuyo cabello revuelto y enredado le caía sobre el rostro, y tendió su mano para ayudarla a levantarse. La mujer tomó la mano de Akarghi con sus dos manos, la acercó a su boca y la mordió con todas sus fuerzas. Akarghi empujó a la mujer en el pecho, haciendo un gesto de dolor, la cual, al caer de espaldas nuevamente, retiró sus dientes de la mano de Akarghi. Akarghi se miró la mano herida, por la que corrían hilillos de sangre. Con el barullo, una tropilla de gente se había acercado. Cogieron a Akarghi entre varios y se lo llevaron a un corral vacío, después de amarrarle los brazos a la espalda. Discutieron sólo por un corto rato; luego, una treintena de personas, en penoso estado general y aspecto, decidió, lanzándole miradas ansiosas y animales, que al mediodía lo asarían para comerlo, pues consideraron que su carne debía ser tanto más apetitosa y grata al olfato y al gusto, que la carne magra y enferma que comían de sus difuntos. Akarghi puso su atención en uno de ellos, un anciano cojo y lívido que se sobaba las manos y salivaba, mientras lo observaba con una sonrisa beatífica y feliz. 

(¿Qué podría decirles?... Tantas y tan diferentes voces internas se acercan a mi garganta y desean enseñorear mi palabra. Podría gritarles, suplicarles, conversar, enseñar, amenazar… ¿Acaso obtendría de ellos algo diferente de lo que ahora me ofrecen? Si ya es arduo y complicado lograr cambiar el estado mental de un ser humano normal, que piense diferente, que entienda lo que no le es obvio y propio, que sienta lo que no acostumbra a sentir, que se observe a sí mismo desde fuera de sí mismo, que empatice con el otro, cuánto más lo será tratar de enseñarles una verdad diferente de su verdad, de llevarlos a otro estado mental, a quienes han sido atrapados en un estado manifiesto y desaforado de locura, de enajenación e instintividad… Si dejase fluir ahora mi miedo, podría llorar y suplicar, pero sólo obtendría su desprecio y su burla. Si dejase fluir ahora mi rabia, sólo obtendría de ellos más violencia, desprecio y humillación. Si les hablase ahora de sus errores, de su injusticia, de su ceguera, de su maldad, de la luz, de la verdad, del espíritu compasivo y solidario, o de Dios, ¿qué podría obtener de ellos, sino más crueldad, y más desprecio, y más burla?...)

Su ser humano, su persona natural y espontánea quería expresarse, comunicar, reaccionar, pero Akarghi calló, enmudeció ante cada sentimiento, idea e impulso que lo golpeaba para hablar. 

Con frecuencia la distancia entre la mente de un ser humano y la de otro es tan grande, que no existe forma alguna que permita aproximarlos, aunque hablen el mismo idioma, vean y oigan lo mismo, tengan los mismo padres, utilicen la misma razón, y hasta compartan conocimientos en común... Salvo, quizás, el amor... El amor entre todos, y a todo.∞ 

Ya lo había vivido tantas veces, lo había conocido y experimentado en tantas personas, tal vez la más terrible de todas, Tashi Aburghasim, no era más que la actualización y la activación de una forma de locura, de aberración contenida en la naturaleza personal misma de todo ser humano. Entonces, ¿por qué había ido hasta ellos?...

Escuchó una fuerte detonación. A lo lejos, a los pies de una colina, divisó una gran columna de humo. Avistó a una gran cantidad de gente, una multitud de cientos de personas que corrían hacia el campamento. Detrás de ellos, algunos vehículos que jamás había visto, jeeps pintados con camuflaje de guerra, avanzaban velozmente disparando ráfagas de metralla. Los infelices que huían y caían a puñados heridos y muertos, habían encontrado una fuente de agua que algunos terratenientes se habían apropiado y, cercada y custodiada, se negaban a compartir con nadie. En su desesperación, en su sed infinita, habían saltado las cercas, los alambrados y matado a los guardias que custodiaban la noria para poder beber unos sorbos del líquido ya inexistente en todo otro lugar. Sin embargo, habían llegado refuerzos y se dirigían ahora hacia el campamento, aniquilando a todos los que encontrasen a su paso, hombres, mujeres y niños. Se produjo un revuelo general, de manera que todos los que todavía podían correr y moverse se desplazaban desordenada y confusamente, entre gritos y ayes. Akarghi vio la oportunidad de escapar. Se desató con cierta facilidad y, en medio del tumulto, nadie reparó en él. Tuvo que correr también, pues las balas pasaban silbando alrededor. Se encontró con cuerpos desangrados, acribillados, despedazados, agonizantes que convulsionaban o se quejaban. Incluso tropezó con el cuerpo de la mujer que lo había mordido, destrozado por una granada. Se detuvo un momento, miró por todo el entorno y vio un verdadero caos, un horror y un infierno de humanidad… ¿Debía quedarse allí, tratando de ayudar a los heridos, a los moribundos, y sobre todo, a los miserables que trataban de seguir viviendo?… Se acordó del hospital de Kapanhutta, de la peste, del incendio y la matanza de Lamayuru, del asalto criminal y aberrante de Tashi Aburghasim al pueblo de deudores, de tantos y tantos asesinatos, torturas, maltratos, insania y odiosidad entre seres humanos, que comenzó a llorar mientras volvía a trotar hacia las montañas, donde él sabría vivir mejor solo, sin la humanidad que una y otra vez volvía a frustrar su sed y su hambre de amor y de humanidad.

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