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viernes, 16 de diciembre de 2016

AKARGHI (capítulo 98)





Se sentó sobre un pedrusco rojizo y gris; se quedó contemplando el valle con la respiración apretada en el pecho... De lejos se veían tan apacibles, tan serenos y calmos, tan unidos y solidarios. Miles, decenas y cientos de miles de seres humanos asentados sobre la balsa de la vida, en apariencia durmiendo, al parecer descansando, o departiendo amigablemente alrededor de una que otra fogata que apenas arrojaba un poco de humo… El mundo, sin embargo, parecía haberle vuelto la espalda a la humanidad, y con ella, a todos los seres vivos.

Akarghi había caminado semanas y cientos de kilómetros para venir hasta aquí, hasta ellos. En todo el país, --y hasta donde había escuchado-- en todo el mundo, una terrible sequía, o un congelamiento mortal, se extendían ya por tres años, provocando un desastre para la vida terrestre. Había zonas y lugares donde se hallaba poco y de mala calidad para comer y beber, pero en otras ya no quedaba nada de nada. Un llamado interno, una vocación de profunda humanidad, un miedo agudo en el corazón lo habían animado a venir hasta acá.

(¿Qué podré hacer?... Los conozco como conozco cada átomo de mis emociones. Son todos tan diferentes, tan incomparables, tan dignos de la máxima y exclusiva atención de amor, pero al mismo tiempo tan iguales, tan predecible y elementalmente iguales… ¿Qué puedo darles?... No puedo hacer milagros, de la piedra pan, del polvo agua… ¿Qué puedo esperar?... ¿Sólo consecuencias, sin más, sin incluso valor?...)

Los había evitado por años, quizás hasta toda la vida… ¿Por miedo? ¿Por asco? ¿Por desprecio? ¿Por indiferencia? ¿Por conveniencia? ¿Por desemejanza? ¿Por desconfianza?... Los había evitado incluso mientras venía hasta aquí, escondiéndose en los despoblados, en los riscos, en los senderos intransitados, en cuevas, en la naturaleza pura y simple... 

Había tantas convergencias ahora, tantos inmensos motivos en su corazón y en su mente que lo mantenían sentado allí, contemplando, dudando, meditando, buscando, temiendo, sufriendo, invocando… Sentado sobre ese pedrusco se acordó de Lamayuru, su amado, lejano, inquietante y confuso Lamayuru… La maestría de sus maestros, la sabiduría de sus sabios, la espiritualidad de sus espíritus. Había todavía tantos Lamayurus en el mundo; él mismo era un monasterio, un Lamayuru personificado. Había defendido su individualidad y su anormalidad como todo monje de la vida que no quiere deformarse y envilecerse con la mediocridad y el salvajismo de la sociedad humana. Que se ama a sí mismo por sobre todas las cosas, como se ama un Dios a sí mismo… Y que incluso es capaz de morir por los débiles, pero, incluso así, por amor a sí mismo, por amor a su propio infinito poder de conservarse y actuar diferente de los débiles…

(¿Es esto orgullo, indomable, soberbio e inaceptable orgullo y superioridad?... ¡Sí, por cierto! Pero no como la soberbia –¡ésta sí inaceptable!-- de los hombres, mezquina y miope, que apenas le alcanza talento para saciarse a sí misma, y sólo a sí misma… Sino este otro amor a sí mismo, que, aun viviendo separado, nunca logra encontrar la frontera y el límite entre uno mismo y el otro, siempre de alguna manera amado…)

--¡Por amor a mí mismo, y por amor a mi prójimo, aunque ninguno reconozca que esto que me separa y me mueve a ellos sea amor!—exclamó Akarghi, se levantó, y, alzando sus ojos al cielo, realizó el surya namaskara.

Comenzó a descender del cerro, cantando bajito, con una sonrisa, aunque sabía que su alegría duraría poco. Se encontró a poco andar con una escuálida y única flor de árnica. Caminó alrededor de ella, agradeció a su existencia con una oración, y continuó bajando, con los rayos amarillos de la flor en su alma. Se detuvo, miró hacia el bajo, donde vibraba una energía opaca, humana, gruesa, emocional, autojustificada; inclinó su vista hacia sus pies, y vio infinidad de seres, minerales, átomos de luz, vibraciones abiertas al universo, formas, insustancialidades sin conciencia, y estuvo a punto de devolverse…

El primer rastro humano con que se encontró fue macabro… Su vista y su rostro se ensombrecieron repentinamente como si la tierra de pronto se hubiese abierto bajo sus pies y se lo hubiese engullido. Una fosa, un socavón inmenso con cientos de cuerpos, de restos humanos, de cadáveres que habían muerto días antes, quizás la noche anterior, y que ya era imposible cubrir con algunas paladas de tierra, menos cremar, como los dioses exigían del hombre civilizado, creyente y pío. Otra vez su alma dio un salto atrás y quiso salir corriendo de allí… Historias de vida, cientos de almas encarnadas que buscaban completar un ciclo que habían iniciado en este plano de existencia, y que habían sido amputadas, aniquiladas, retiradas a la fuerza, a veces insoportablemente temprano en forma de niños muertos; a veces a destiempo, cuando el vigor de los jóvenes abre tantas esperanzas; a veces en la edad media, cuando todo parece estarse cumpliendo y donando activa y hermosamente; a veces en la extraña vejez, cuando partir se llora sólo con agradecida memoria y nostalgia…

Caminó una vez alrededor del socavón, como lo había hecho hace un momento en torno a la flor; dio una vuelta alrededor de la muerte que humillaba toda creencia de grandeza, la muerte que mostraba la vida como una mera temporada dentro del sueño de una nube. Podría haberse inclinado ante el sol y orado por las almas de los difuntos y de los deudos, pero no habría sido más que un rito insuficiente, apacible y hermoso, nada más… Siguió caminando hacia abajo, con la muerte a la espalda, cierto de que aquella muerte abandonada en cuerpos yermos era menos terrible aún que la vida de los que seguían viviendo entre hombres.

El olor era terrible, y aun así lo soportó sin repugnancia (por más que su estómago quería devolverse hacia afuera), porque su mente domesticada y obediente mandó una vez más sobre su naturaleza. Pero el hedor no era más horrible desde los muertos que desde los vivientes, enfermos, sucios de heces, de orina, de cebo y sudor, de basura de todo tipo, de maldad, acumulados por meses y años. Se habían detenido sólo desde hacía unos días en este lugar, pero ya se había vuelto inhabitable e infernal. Los muertos comenzaban a yacer insepultos y abandonados en cualquier parte donde dejaban de respirar. No había quien los cargase hasta la fosa común, ni quien los llorase, o que supiera simplemente que habían muerto. Un niño moreno, escuálido y desnudo se acercó llorando a él, sólo con lágrimas minúsculas, tembloroso. Apenas caminaba, y sus grandes ojos estragados en las cuencas sólo expresaban dolor, pero, sobre todo, dolor de vivir… Necesitaba todo, carecía de todo para existir. Akarghi comenzó a tiritar, cuando el pequeño estiró su mano hacia él, suplicando algo que Akarghi tampoco poseía… Sólo atinó a abrazarlo y sentarse en el suelo con el niño en su regazo. El pequeño pareció comprenderlo todo, dejó de gemir, comenzó a boquear como si le faltase el aire, se puso rígido de pies a cabeza, y expiró…

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