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viernes, 9 de diciembre de 2016

AKARGHI (capítulo 97)





Aunque todo era particularmente extraño y curioso, Akarghi sólo puso su atención en Kynpham. Se afanaba en buscar algo en el escritorio del abad. Levantaba de una manera ansiosa y expectante los objetos, los pergaminos, los libros, incluso los muebles cercanos. Miraba hacia uno y otro lado sin ver, sólo mirando y husmeando algo que parecía no encontrar. Entonces Akarghi tuvo una extraña intuición. Experimentó la incómoda sensación de que estaba en un lugar donde jamás debió haber estado, y, al mismo tiempo, de que había algo allí que le competía, que lo involucraba más allá de lo normal, de lo lógico y razonable (¿verosímil?).

Trató de conectarse con el pensamiento de su amigo, con su aura, como acostumbraba a hacer, pero esta vez había allí una penosa interferencia, una incongruencia insólita más allá de lo natural, como esos rayos que atraviesan dimensiones verticalmente, veloces, terribles e incongruentes, sin que nadie ni nada pueda cogerlos en el aquí y el ahora… Kynpham estaba allí sin estar, y era Kynpham sin ser Kynpham, un amigo, y a la vez un extraño irreconocible. La luz de la vela alargaba su figura, figura y sombra, tan extendida, tan multiplicada en su volumen invisible, temblorosa y recta, incluso más allá del ámbito de la luz, como un pasadizo infinito detrás de una puerta apaciblemente cerrada. 

(Mi mente y mi pensamiento son un solo bloque de concreto que bloquea mi libertad, mi loca capacidad de destruirlo todo, sin jamás destruirme a mí mismo, creando todo…)

Kynpham comenzó a realizar unos movimientos aún más extraños. Miraba por debajo las cosas que uno jamás habría mirado por debajo, como los cuencos, los rebordes de las sillas, de los sillones y de las mesas, las figurillas de cerámica y de bronce, hasta que comenzó a pasar sus dedos cuidadosamente por debajo de las repisas. Akarghi sintió una incómoda inquietud, casi un temor, pero también un ansia de algo inusitado. Entonces Kynpham lanzó algo así como un quejido y un grito agudo. De seguro había tocado algún botón que activó un mecanismo de poleas que provocó el descenso de una de las repisas con libros, dejando al descubierto un compartimiento empotrado en el muro. Desde el interior del espacio recubierto saltó un búngaro blanquinegro con sus fauces abiertas hacia el rostro de Kynpham, sin embargo Kynpham movió velozmente su cabeza hacia un lado y la serpiente pasó de largo, cayó en el suelo y, con veloces y ondulantes contorsiones, se perdió entre los variados implementos que ocupaban el lugar. 

Akarghi nunca había visto actuar a Kynpham de esa manera, con tanta sangre fría, con tanta seguridad, casi como si hubiese estado esperando que la serpiente apareciese y se abalanzase sobre él. Kynpham ni siquiera reparó en la sierpe y de inmediato metió con decisión su mano en el oscuro espacio de la pared. Sacó unas carpetas forradas con cuero de ante; las arrojó sin prestarles mayor atención sobre el escritorio; volvió a meter su mano. Sacó un extraño objeto vidrioso, azulino y fosforescente que hizo iluminarse el rostro de Kynpham con una sonrisa extática, casi macabra. Kynpham caminó hacia un rincón de la estancia y se quedó vuelto de espalda, en la penumbra, con el misterioso objeto en las manos.

Akarghi se acercó al escritorio, de pie junto a la vela cogió una de las carpetas, retiró la liga que la mantenía cerrada y la abrió con delicadeza. Lo primero que vio fue un conjunto de papeles de diferente tipo, calidad, color y tamaño cuidadosamente plegados y clasificados con algún particular criterio. El papel de un color amarillento que descansaba encima le llamó la atención por su textura platinada, pero sobre todo porque estaba escrito con unos caracteres desconocidos y que a primera vista no parecían propios de una escritura humana conocida. Al tomarlo sintió una extraña vibración en sus dedos, como si el papel estuviese cargado con alguna energía que se transmitía a su mano. Lo dejó a un lado, pues debajo de él divisó una escritura que reconocía, inconfundiblemente la caligrafía de Farra-aj. Tomó la hoja blanca de papel de arroz y leyó:

“¡Om! ¡Oh Absolutos, puedan mis orejas escuchar su palabra sin traicionar el ruido que torpemente alcanza a mis oídos. Puedan mis ojos ver lo que no puede ser visto por humano alguno, oh Invencibles! ¡Puedan mis días cumplir la cuota que les ha sido asignada por encima de los tiempos y servir a mis [tres palabras incomprensibles] en cada acto, en cada fin, en cada propósito del Plan [palabra incomprensible] Oculto, oh Absolutos Invencibles! ¡Om!

Justo debajo de este texto alcanzó a divisar su nombre (¡AKARGHI!...), o creyó divisarlo, pues en ese mismo instante la puerta se abrió bruscamente y desvió la mirada hacia ella. Bajo el dintel se plantó la figura amenazante y semiencorvada de Chien Tzu, como un felino agazapado para saltar sobre su presa. 

--¡¿Qué hacen aquí?!...—farfulló.   

Kynpham volteó con la misma parsimonia con que había esquivado el  búngaro y respondió:

--¡Ya nos íbamos!..

Akarghi enmudeció y se quedó inmóvil contemplando como Kynpham llevaba el objeto fosforescente a la hornacina de donde lo había obtenido, y guardaba en el mismo lugar las carpetas, que cerró, ordenó y repuso de la misma manera que las había sacado. Chien Tzu observaba todos los movimientos de Kynpham con seriedad y mirada de lince, pero tan inmóvil y mudo como Akarghi. Kynpham cogió a Akarghi del brazo y lo arrastró fuera de la estancia. Pasaron junto a Chien Tzu, quien no dejaba de observarlos. Kynpham realizó el namaskâra, mirando al suelo, y con un rictus en los labios, que a Akarghi le pareció una singular y embozada sonrisa.

(¿Por qué no nos detiene?... ¿Por qué no lanza un grito, una maldición, o simplemente un ¡alto ahí!... ¿Qué pasa?...)

Akarghi sudaba copiosamente, tiritaba y trataba de mantener la calma, respirando y meditando en el Brahman puro, pero apenas resistía el no caer desmayado en el acto. Kynpahm guió a Akarghi hacia el templo de las deidades tutelares, que se encontraba en penumbras, sólo velado suavemente por las brasas del incienso que se consumía toda la noche, hasta que era nuevamente alimentado al alba por Agni.   

Akarghi cayó de rodillas sobre el suelo de madera, se inclinó ante la imagen de Shiva y golpeó el piso con su frente. 

(¡Horror!... ¡Horror!...)

--¿A qué le temes?—preguntó Kynpham, arrodillándose a su lado. 

--¡A nadie!... ¡A nadie!... ¡Que Farra-aj haga lo que quiera conmigo!—murmuró con la voz quebrada por la emoción--… ¡He destruido mi mundo amado!... ¡He faltado a la Verdad, a la Fe, al Honor!... ¡Ya no puedo continuar aquí!

--Tendremos que volar del nido… ¡Has descubierto que el mundo es infinitamente más grande y verdadero que todas las virtudes juntas de Lamayuru!... Pero también has descubierto que Lamayuru es sólo una fachada espiritual de otros insondables poderes que mueven los resortes ocultos de esta realidad ingenua…

Desde atrás de la escultura de Shiva apareció lentamente una cobra que se irguió amenazante ante los dos jóvenes, extendió sus aletas alrededor de sus ojos, abrió sus fauces, sacó repetidas veces su lengua bífida como un látigo doble y emitió un siseo agudo y feroz. Akarghi y Kynpham quedaron paralizados, esperando el juicio mortal del dios cobra… Transcurrió un segundo, ocurrió en ese tiempo algo invisible, y luego la cobra desapareció en la oscuridad como en un acto de magia.                                                                                                                                                                                                       

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