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viernes, 2 de diciembre de 2016

AKARGHI (capítulo 96)




  
Había algo en el abad que le recordaba a su propio padre. Tal vez se asemejaban en el carácter, que expresaban en gestos y comportamientos similares. Ambos le inspiraban un respeto y admiración rayanos en el temor y la inquietud. Ambos le inspiraban atracción, afecto sincero, gratitud, pero también extrañeza y rechazo. Akarghi había decidido ya a los siete años jamás tener hijos. A los catorce, continuaba reafirmando esa decisión sin la menor duda; pero si así fuese –imaginándolo a veces--, se había propuesto no parecerse ni a su padre ni a Farra-aj. Por esta razón, la proposición que Kynpham le había hecho le parecía terrible, pero también irresistiblemente atractiva. Sabía con plena conciencia que estaba mal; sabía que después se arrepentiría por el resto de su vida. (No quiero hacerlo… ¡Está mal!...) Pero también sabía que no podría evitarlo, pues este acto poseía un valor absoluto en el presente, mientras lo estuviera viviendo, sin importar el antes ni el después, ni el bien ni la verdad; además, Kynpham lo haría con él o sin él, y eso tampoco lo dejaría en paz.

Akarghi se resistió durante dos días a los planes de Kynpham. Al tercero se le acercó, mientras meditaba en la sala de conferencias ante la imagen de Narada, y le dijo al oído: 

--¡Lo haré!

Kynphamm no se inmutó. Akarghi se sentó a su lado y comenzó a meditar a su vez.

(¿Es posible evitar ser uno la prolongación del mal en el mundo?... ¿No es incluso la vida misma una forma de mal en el mundo?... La rueda del samsara es una forma del inevitable mal en el mundo. El mal jamás carece de sentido para la vida, aunque en su forma extrema aporte la muerte… ¿De qué me quieren proteger los muros de Lamayuru?... ¿De qué me quiere proteger Farra-aj?... Farra-aj miente. Su misión también es mentir, y enseñarme el mal y el bien, mintiendo… ¡Lo sé!... ¡Él, que me ha puesto dentro del Camino de la Verdad!...)

A eso de las once de la mañana, antes de entrar a la clase de Advaita, Kynpham se le acercó al pasar y murmuró:

--Espera…

Durante el resto del día Akarghi tuvo la clara impresión de que Kynpham lo evitaba. Sabía que había una significativa relación entre esto y el sueño que había tenido la noche anterior… Koi le hacía una seña desde el fondo del estanque para que se le acercase. Akarghi entraba en el estanque y en ese mismo acto se transformaba en un pez que comenzaba a nadar en torno a Koi. Nadaban juntos, y en esos movimientos había un entendimiento sin intelecto, sin emociones, sin sensibilidad, pero en una conjunción y armonía maravillosas. Nadaban danzando en un agua que no era agua, sino colores brillantes desde su interior, que también danzaban y se movían en armonía y conjunción con la danza de Akarghi y Koi. Crecían y decrecían; se hacían más profundos y más finos; cobraban formas que no eran formas, a veces más rápido, a veces más lento y gradual…

--¿Dónde está esto?—Koi le preguntaba sin palabras--… ¿No hay mal, no hay bien?... ¿Quién puede resistirse a querer hacer eterno esto?...

Al despertar Akarghi pensó que estaba despierto, pero también que seguía soñando, dormido. Al despertar, Akarghi supo que desde ese momento estaba soñando, pero, de alguna manera, despierto. Siempre había una evidencia obvia, y otra menos obvia. Eso era todo… ¡por ahora!... Como la voluntad de Kynpham, veloz y transformativa. Kynpham también danzaba alrededor de él, junto con él, dentro de un estanque de colores trascendentales y oníricos.

Akarghi comenzaba a comprender que, más que inquirir y encontrar al fin una respuesta, o seguir buscando y buscando la respuesta siempre elusiva (no la mera respuesta tranquilizadora o ilusoria como acontece la mayoría de las veces), era siempre preferible seguir viviendo la vida fluida, plurimórfica, la más y más esquiva y misteriosa pregunta-respuesta concebible, la ruptura misma de todo patrón de pensamiento, de aprehensión de verdad… He aquí, había descubierto repentinamente una de las tantas funciones y esencias positivas del mal: destruir una y otra vez el bien, siempre, en alguna medida, ilusorio… para transfigurar siempre la realidad hacia algo fluido, desbordante, indefinido, contrapuesto, y jamás definitivo…

--¡Nunca podremos entrar! –exclamó en voz baja Akarghi, mientras Kynpham lo arrastraba de la mano hacia la puerta del claustro de Farra-aj.

Akarghi tiró fuertemente de la mano a Kynpham y se detuvo en silencio, con una mirada angustiada y severa.

--¡No podremos entrar! –volvió a repetir.

-- ¡Está abierta! –respondió Kynpham, con una sonrisa misteriosa. 

Kynpham cogió la manilla y la hizo girar. La puerta se abrió.

--¡¿Cómo?! –casi gritó Akarghi.

--Más tarde te lo explicaré. Ahora calla y ven conmigo.

Akarghi volvió su cabeza hacia todos lados con nerviosismo; escuchó el silencio desde las estancias nocturnas, el gorgoteo de la llovizna cayendo desde los aleros del techo, y luego siguió los pasos de Kynpham, que ya había ingresado a la habitación.

(Si Farra-aj cree y establece que está mal esto… ¿Está realmente mal esto que estamos haciendo?... Si los sabios y los libros sagrados dictaminan y sentencian que está mal esto que estamos haciendo, ¿está realmente mal esto que estamos haciendo?... Y si todo parece reflejarnos que está mal lo que estamos haciendo, ¿por qué igualmente lo hacemos, nosotros, que no queremos el mal?...)

Akarghi miró a su alrededor, y sintió vivamente que aunque fuesen en ese mismo momento atrapados en “flagrante delito”, y todos los hombres del mundo gritasen a una sola voz: ¡Culpables!..., y aunque quisiesen remarcarlo con la mismísima supuesta condena de Dios --¡que nunca era evidente como tal!-- había algo esencial en su acto que no era malo ni bueno, sino trascendental… ¡Y eso empujaba la necesidad y el poder de su acto por encima de todo!

Se encontró con la mirada de Kynpham que acababa de encender una vela que traía escondida entre sus ropas; vio en sus ojos un resplandor, un reflejo profundo e inquietante, febril, casi sagrado y maligno. Vio las imágenes de cientos de inquietantes figuras, ídolos, estelas, grabados, lienzos, esculturas de extraños seres sobrenaturales acechantes, escondidos, embozados, desafiantes, terribles, por el suelo, por los techos, por los muros, por los anaqueles recargados de libros y objetos tan misteriosos y extraños como la mirada de Kynpham, por las sombras y rincones que parecían multiplicarse sin número ni cuento, alargando inexplicablemente el espacio más allá de la realidad de lo inmediato. En una palabra, Akarghi vio allí algo que no era de este mundo. Quiso exclamar: ¡Kynpham!, ¿qué es esto?..., pero Kynpham se había adelantado a la pregunta…

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