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jueves, 29 de diciembre de 2016

AKARGHI (capítulo 100)





 
--¡Akarghi, amor mío, Akarghi!...

Latniavira cogía con ambas manos la cabeza de Akarghi y besaba sus labios, lamiéndolos con su lengua, excitada y como loca.

Los días pasaban, los meses y los años, como van transitando las graduales fases, tan sigilosas, casi insensibles, de un eclipse solar único, que en lugar de decrecer, crece. Aun la mejor y más hermosa entre las mujeres del universo cumplirá su ciclo de perfección y acabará cayendo desde lo alto del cielo, gradualmente, con la complicidad del tiempo que esconderá el cansancio de su piel, de sus minúsculas rugosidades, al principio, entre sonrisas y contorsiones de sus párpados chispeantes, y colores y perfumes y objetos deslumbrantes que colgará entre sus pechos, desde sus orejas, y en sus brazos ahora sólo brillantes de sudor, no más ya del candor juvenil. Hasta que un día de esos que se repiten como el segundo monstruosamente estirado de una pesadilla se ensañará clavando el eco de sus tacones en la soledad creciente de alguna crónica indiferencia.

--¡Amor, amor!...

Estas palabras que habían sonado siempre como un delirio y un milagro inesperado, inmerecido, cual la verdadera felicidad, ahora repentinamente se ajaban también como la trasnochada cien mil de un despertar por primera vez demasiado cargado de algo que nunca se podrá reconocer al instante: ¡la muerte!...

Incluso a los veintidós años es posible cansarse de amar, hasta acabar hastiándose del placer, de la perfección, del sexo, de la belleza... Esas energías sutiles de la materia, que cumplen y completan también los mismos ciclos de la energía y la materia. Esas invocaciones profundas del alma que comienzan a aparecer cuando la energía del cuerpo y de la mente se consumen entre las piernas, los senos, la boca y la lengua mágicas de una mujer. Entonces también comienzan a caer como velos estampados con tenues figuras desde el cuerpo y de la mente las ilusiones deliciosas de la vida joven; hasta que adviene --quiéraslo o no—el universo causal a tu conciencia, pero sólo de la manera tosca y elemental con que tu conciencia de un alguien apenas más que simio le permite al Universo creador hacerse realidad.

Akarghi apretó fuertemente sus nalgas con ambas manos y la atrajo hacia sí, presionando su pene contra la cúspide de su vagina.  La deseaba y se excitaba con la misma intensidad de siempre, pero ahora su mente tomaba algo de una distancia y discurría, al mismo tiempo que sentía. Acercó también sus ojos a los ojos de ella y la miró durante un momento con toda la inmensidad del acontecimiento.

--¿Me amas?... ¿Me amas?... A mí, un monje inútil que no puede siquiera comprarte el más modesto de los perfumes, ni darte la protección y el bienestar que todo hombre debe dar a su mujer…

--¡Sí, sí!... ¡Te amo como no he amado a nadie ni podré amar… porque te amo a ti, y nadie más que tú puede ser !... ¡No me pidas que lo explique, porque no tiene lógica ni sensatez, pero ahí está… y eso no puedo negarlo ni dejar de vivirlo!

Latniavira tomó el pene de Akarghi y comenzó a masturbarlo, frotándolo simultáneamente dentro de su vulva. Akarghi se dejó mecer por los rítmicos y apasionados movimientos de Latniavira, que al mismo tiempo había dejado resbalar su sari por sus hombros, sus senos, su cintura, sus caderas, hasta los pies.

--Sí, veo tu amor, puedo verlo en medio de la confusión que a ti misma te impide justificarlo y explicarlo... Y el mío propio por ti viene también de una zona inmensa y honda como un mar inmemorial. Estamos juntos no porque yo sea un monje y tú la mujer más bella y voluptuosa de la India…

Akarghi quiso contener su orgasmo y su eyaculación, como había aprendido en los esforzados y acéticos ejercicios tántricos de su primera adolescencia, pero Latniavira poseía un dominio y un efecto sobre su sensibilidad sexual que sobrepasaba todos sus límites y saberes. Akarghi comenzó a eyacular en el preciso instante en que Latniavira le susurraba con un gemido sobrecogedor en su oído que ella sufría también el gozo de su propio orgasmo.

--Tu poder sobre mí, Latniavira, no viene de esta vida… Mi poder sobre ti no viene de las condiciones de esta vida, mujer amada.

Akarghi se dejó caer de rodillas y arrastró a Latniavira a la misma posición. Luego se dejó caer de espalda y la arrastró nuevamente sobre su pecho. Se quedaron así, con la respiración todavía agitada, abrazados.

Entonces Akarghi vio la tragedia venir. Vio el destino, esa misteriosa y evasiva fuerza que se arrastra no sólo hacia el futuro, sino también hacia el pasado, y por otras realidades incluso. Y vio con absoluta certeza cómo también, y sobre todo, lo que llamamos destino y karma, es ante todo repetición, como una vieja película condenada a repetirse una y otra vez en diferentes salones. Ningún habitante de este mundo podía liberarse de la repetición, viniera ésta o del pasado o de lo que llamamos futuro. Aun así, Akarghi intuía que su historia personal, su propia repetición quería enseñarle algo más… Si bien era hasta ridículo para él suponer que poseía un don  único sobre el planeta: la capacidad de engendrar por primera vez un hijo del destino, porque hasta los liberados en vida, los jivanmukti, repetían una y otra vez su propia liberación; hasta la misma libertad del espíritu –ya lo había visto con profundo dolor-- era una forma de repetición destinal de los mismos ritos, de los mismos éxtasis, de las mismas mortificaciones, de los mismos dioses, de las mismas liberaciones al mismo tiempo olvidadas y recordadas… Su esperanza (y su temor) era que quisiera ir más allá porque podía ir más allá…

(Se ama porque se está obligado a amar. Se odia porque se está obligado a odiar. Se mira a los ojos porque se está obligado a mirar a los ojos. Se escribe poesía, o no, porque se está obligado a escribir poesía, o no. Se eyacula porque se está obligado a eyacular. Se mata y se muere porque se está obligado a matar y a morir…)

--Yo te amaba, Latniavira… Te amaba en la vida pasada, y en la anterior, y la anterior, y la anterior, y en cien mil vidas anteriores también te amaba, y moría y moría y moría cien mil veces entre tus piernas, dichoso de morir absorbido por el paraíso de tu amor y de tu cuerpo, una y otra vez perfectos, aprendidos a ser perfectos de tanto vivir minuciosamente una y otra vez lo mismo.

--¡Mi príncipe, entonces tendrás que volver a amarme y amarme de la misma manera en otras cien mil vidas más!...

Akarghi se mordió los labios con fuerza hasta arrancarse sangre. Se acercó a Latniavira, la volteó para recostarse sobre ella, sin dejar de mirarla intensamente a los ojos, y dejó caer, muy cerca de sus labios, una sola gota de sangre sobre los grandes labios, rojos, vibrantes y luminosos, de Latniavira.

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