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viernes, 25 de noviembre de 2016

AKARGHI (capítulo 95)





Se acomodó el jaapi sobre su cabeza, cogió la caña de bambú, los aparejos de pesca, y salió con sigilo de su choza para no despertar a nadie. La luz de la luna creciente iluminaba con un velo de tristeza todas las cosas. Akarghi la miró en lo alto del cielo, cercana y lejos, como ahora se le representaba la realidad entera. Miró al suelo y vio la tierra de color gris, como ceniza pacificada e inerte después del ardor de la hoguera… (Aunque la luna no esté triste, también se realiza en mi tristeza… ¡Oh doliente luna!...) Al dar el primer paso más allá del umbral, puso atención en su pie desnudo y en sus dedos. Se habían vuelto blancos y ancianos, como el tiempo caminado por ellos. Escuchó el ulular sombrío de un búho que se iba alejando. De manera semejante le pareció que su mente había ido tomando decisiones más y más diferentes de la conciencia y de la voluntad que ahora poseía, mientras se alejaba hacia atrás en el tiempo, batiendo sus alas grávidas y anochecidas.

Dio otro paso y nuevamente se quedó mirando su otro pie, detenido en un umbral de algo nuevo y, a la vez, abrumado de memoria. Como un fantasma que de pronto descubre que está vivo… ¿Qué puede decir de sí? Los bosques también se habían detenido. No podía determinar con certeza si dormían soñando, o sólo contemplaban a Akarghi con sus párpados húmedos y verdes entornados. Pero si soñaban, era un hecho que Akarghi era parte de sus sueños… El aire olía a océano vegetal y rezumaba quintaesencias de nostalgia. La mente profunda de Akarghi, eso que llamamos indistintamente el inconciente (como toscamente se llama tierra a las galaxias del submundo mineral), se había liberado de su castigo y divagaba por el mundo como sólo puede hacerlo un pájaro recostado, durante la más profunda hora de la medianoche, en la inmensidad de su nido. (Alojada en los más profundos agujeros de la memoria, la vida duele más viva que la más terrible tortura en el presente…)

Ningún destello solar, ningún órgano, ninguna demanda adaptativa del entorno lo obligaban a responder enclaustrándose dentro de la conciencia alerta del despierto, del lúcido animal inteligente que intenta primero y siempre satisfacer y proteger su propia mente y su propio cuerpo, primero y siempre. ∞Y en segundo lugar y siempre, la de otro próximo animal inteligente.∞ (¿Quién estoy realmente aquí?... Yo, el efecto de cuántas y cuáles más ocultas causas que acaban diciéndose a sí mismas: yo, Akarghi.

Pudo contemplar, flotando un palmo por encima de sí mismo, sus avatares de existencia esculpidos en su mente movediza, y a su conciencia debatiéndose en todo momento por separarse un palmo más arriba de todo, incluso y sobre todo de sí misma, como si hubiese una obsesiva verdad creciente, al ser siempre un poco más ella misma, conciencia. (La Verdad… la Verdad… siempre y por todas partes este origami de papel plateado reflejado sobre la tela de papel de arroz de un biombo olvidado en una pieza oscura…)

Siguió caminando, lentamente, quizá con la pereza insensible de la luna cuando avanza sobre el trazado de su propia necesidad. Pues en lugar de caminar, tal vez flotaba; o en lugar de avanzar, retrocedía; o en lugar de sentir y pensar, era sentido y pensado… Tal vez como la luna, que iluminaba, porque era iluminada. Y cada paso no era un paso más, de tantos que pasan de prisa para alcanzar únicamente un objetivo; de tantos que mueren veloces, aunque firmes y seguros, como la estela de pétalos de flores multicolores al acabar una primavera… (¿Por qué caminar, para qué…?) Y era su conciencia únicamente la que debía abrir quirúrgicamente el instante, el acto, el tiempo absoluto del reloj, el orden atómico, para dejar escurrir la sustancia nueva de realidad por la profunda herida en el ser.

(¿Ha sido necesaria, inevitable, elegida, azarosa, estúpida, pecaminosa, sagrada, demoníaca, ingenua, inconciente, sabia, destinal, la vida de los últimos años que ahora tanto me duele?... ¿Será precisamente lo necesario, lo inevitable, lo elegido, lo azaroso, lo estúpido, lo pecaminoso, lo sagrado, lo demoníaco, lo ingenuo, lo inconciente, lo sabio, lo destinal, la culminación y el cierre debidos de esta búsqueda espiritual, iniciada en lo puramente espiritual de Lamayuru?)

Y con caminar un paso y otro avanzaba en la respuesta, pero no más que si se detuviese y ya no diese nunca más otro paso, pues la respuesta era la vida misma, con sus infinitos movimientos sutiles y obvios, en los infinitos, en los sutiles, y en los obvios niveles de realidad. Incluso tratando de oponerse con su voluntad y su conciencia a esa misma respuesta –como tantos y tantos humanos se oponen a la realidad desde la autoafirmación de la voluntad de su yo--, aun así acabaría provocando fatalmente y sin querer la misma respuesta, como un Edipo rey que provoca a cada paso, lo que a cada paso evita. Akarghi no necesitaba caminar en línea recta (no se esforzaría, no se impondría, no haría todo lo posible por caminar en línea recta), pero tampoco zigzaguear, ni detenerse, ni saltar en un pie. Lo hacía en línea recta, porque creía que él y la Vida querían caminar en línea recta, y llegar junto al río, y arrojar al agua su anzuelo. Lo hacía en línea recta porque la vida se había confabulado, se había decidido en él y con él, a caminar en línea recta, en la medida que pudiese caminar efectivamente cada paso en línea recta, de la misma manera que una sombra logra siempre caminar junto al caminante sin desviarse ni un milímetro; y tal vez, como creía Akarghi en tanto Akarghi pensante, (llegar a) ponerse a pescar el vacío-lleno junto al río, bajo la luna.

Y la pena lo acompañaba en su corazón. Allí se coagulaba, en sentimiento de tristeza, la profundidad irrenunciable de lo vivido. El halo inmortal que no muere en el instante vivido, ni a las horas, ni a los años, ni nunca, y al que sólo la progresiva transformación de la conciencia exorciza su fatalidad, sorbiéndole la sangre (y escupiendo el veneno), la sustancia verdaderamente inmortal, que apunta secretamente hacia un infinito.

Sólo debía cuidarse, sentado a la orilla del río, con su caña, con su lienza y con su anzuelo inmóvil, de no contaminar las aguas con lágrimas de azufre y sal, con una queja compasiva y sin destino, con una pregunta resentida a su pasado, con un simple ¿por qué?... Las aguas fluían ante él, y la luna que por momentos se reflejaba en los pequeños y ondulantes vaivenes de una sonrisa pasajera, estaba allí en lo alto y en lo bajo, disponible con su mágica energía para todos los seres humanos que aquella noche necesitasen llorar su tristeza y su dolor.

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