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viernes, 18 de noviembre de 2016

AKARGHI (capítulo 94)





Los cinco sadhus comían de sus jícaras sentados en círculo en el suelo, en apariencia mirándose unos a otros, bajo la sombra de tupidos mangos y estilizadas palmeras. Era ésta la única comida del día –si así puede llamarse a un puñado de granos sin cocer, acompañado con algunas hojas tiernas colectadas meticulosamente del sector-- y, como pocas veces (ya que de costumbre uno u otro ayunaba hasta cuarenta días), se encontraban todos presentes. Comían siempre en silencio, meditando, orando, o incluso con su conciencia lúcida en otro plano de realidad. Esta vez, sin embargo, Akarghi alteró el sacro y respetuoso silencio:

--¿Bien y mal sólo existen en la mente del hombre?... ¿Orden y desorden sólo existen en la mente del hombre?... Cuando un hombre viola a un niño, ¿no hay mal ni bien en ese acto, ni en ese hombre, ni en ese niño que llora?...

Kautsa fue el único que dirigió su mirada lentamente hacia Akarghi. Para los demás, todo seguía igual, sin espacio ni tiempo, absortos en el Brahman-Atman.

--Es un hecho, has experimentado realmente al ser humano—respondió Kautsa con voz ronca y gutural--… ¿Qué hiciste tú con ese hombre y con ese niño?

--¡Yo ayudé a ese hombre a violar a ese niño!

Kautsa dejó a un lado su escudilla, cerró sus ojos y comenzó a meditar. Los otros rishis habían terminado de comer y meditaban también con los ojos cerrados. Akarghi se quedó mirándolos uno por uno. Bajó la vista hacia su escudilla, tomó cuidadosamente dos granos de mijo dorado y los levantó a la altura de sus ojos. Percibió clarividentemente la fuerza solar que los movía en la existencia, pero también la fuerza opaca, la prakriti, que les imponía su propia dirección, su propio dinamismo y cualidad en este mismo plano de la existencia. Y, como si fuesen un espejo de todas las cosas, se vio a sí mismo desde los granos de mijo, y a los rishis; y en un salto todavía más amplio y envolvente, vio a todos los seres humanos contenidos, dominados y amados por las mismas fuerzas. Abrió su boca sin prisa y depositó con júbilo los dos granos de mijo sobre su lengua.

(¿Es mejor huir?... ¿O mejor, o incluso necesario, quedarse debatiéndose en medio de la confusión del movimiento y la multiplicidad de humanidad?... Estos iluminados sadhus cierran sus ojos, liberan su mente, experimentan el vacío pleno, separándose de la confusión, la que experimentan como mera ilusión… Si se encontrasen ante el niño, mientras es violado por el individuo, cerrarían sus ojos y se concentrarían imperturbables y pacificados en su propia respiración y en la correcta postura, porque vivirían la esencia del niño y la esencia del violador como siendo la misma e inmutable, transfigurando, sin importar en absoluto, el acto brutal. O, dándose una explicación cualquiera --como que su acto carece de valor, como que su acto es indiferente-- lo defenderían siguiendo un impulso afectivo y natural, y luego retornarían a meditar el absoluto con los ojos cerrados.)

Akarghi se acordó de Prâsad, y un hoyo quemante perforó su estómago. Se acordó de todos los niños que había visto sufrir, agonizar torturados, quedar dañados para toda la vida; también se acordó de los más afortunados, al morir…

(Latniavira y Lamayuru… ¿Qué ha sido de todo eso?... Ya no puedo volver atrás y alcanzarlos… Aun así…)

--Existen diferentes realidades –murmuró Kautsa--. Elige tú la tuya, Akarghi… Cuando lo comprendes y lo vives así, entonces ya no te queda otra cosa que elegir.

--No puedo decidir si estás en lo correcto o en lo incorrecto, Kautsa, pero sí veo que tengo que decidir… El acto siempre marcha delante de la conciencia, pero mi conciencia se resiste a esta necesidad. Mi conciencia avanza en su propia dirección, a pesar de que los actos humanos la violentan y la reducen. Cuando cierras los ojos, Kautsa, para no ver al niño que sufre, o para no verte a ti mismo haciendo sufrir al niño, te asemejas a la nube que, preñada de su propia humedad, se desprende de sí misma en gotas de lluvia… O al ciruelo que, después de perder todas sus hojas en invierno, recibe suficiente calor del sol para transformarse en un estallido de flores rosadas… O al león, cuando desgarra con su primer tarascón el fino cuello de la gacela…Es natural, como es natural la indiferencia del cielo estrellado a la conmoción del poeta que lo alaba; o la indiferencia de la Naturaleza cuando destruye la vida de la Tierra con una era del hielo; o la simple indiferencia de la Naturaleza para dar vida y luego destruirla sin límite ni excepción… Tú, yo, cualquier ser humano puede ajustar su conciencia y su mente para que no se comporte de otra manera que toda la Naturaleza. Así se alcanza la paz, la anulación, la integración que experimenta la nube, la flor, las estrellas, como un todo uno, sin bien ni mal, sin apego ninguno, sin deseos ni sufrimiento, pero también sin conciencia de todo, sin conciencia refleja, como la de un espejo que pudiese asombrarse de ser espejo de sí mismo, sin intuición abierta, sin locura… La meditación del asceta en la ermita de la montaña, para la Naturaleza, no es diferente de la violación del violador, ni del león que destruye gacelas… La otra --¡he aquí las primeras dos realidades ante las que todo ser humano debe optar!--, la conciencia inquisitiva, el sufrimiento, el bien y el mal, la lucha con la materia putrefacta y hostil, la insatisfacción y la duda abren la posibilidad de transitar hacia otras formas y estados de realidad, tal vez superiores, tal vez sólo otros… La realidad de los bienaventurados bodhisattvas, de los extáticos, de los trascendidos, de los yoguis, es sin duda una realidad maravillosa, pero inmóvil, clausurada, autosuficiente y absoluta, como la misma Naturaleza… ¡Yo no la quiero!... La viví y no me basta. Una sola lágrima de mi niño sufriente supera toda la trascendencia de todos los iluminados del mundo, y toda la perfección de los dioses omnipotentes e inmortales. Una sola lágrima de mi niño amado y sufriente abre un camino infinito hacia todas las realidades posibles.

--Debes vivir tu camino --murmuraron al unísono los cuatro ascetas--…Debes vivirlo, sea verdadero, o sólo una confusión de tu mente –agregó únicamente Kautsa--…

(Mi mente causada por los gunas no puede renunciar a su naturaleza. Traída a la existencia por un Asignador, sólo puede intentar la liberación que el mismo Asignador le ha asignado… ¿Será entonces la conciencia sólo un precario, efímero y vano apéndice mental, como lo sería la misma mente, de una Naturaleza inexorable e inalterable que juega momentáneamente a desafiarse a sí misma en la cabeza del hombre que piensa y duda?... Si así fuese, bien y mal carecen de todo sentido; pero si hay algo más en la naturaleza de la conciencia humana, entonces también hay algo más que dilucidar acerca del bien y del mal. Por cierto, mucho más y mejor de lo que hasta ahora se ha hecho y logrado…)

--¿Quién soy yo, minúscula cuasi-inexistencia, para negar lo que tantos y todos los más excelentes y perfectos iluminados, varones y dioses han develado como cierto, verdadero y absoluto?... ¿No sería mejor que me hiciese a un lado de la existencia y dejase todo lo bueno, bello y supremo tal y como está?

--¡Inténtalo!... Pero camina –respondieron los cuatro rishis una vez más al unísono, como si fuesen una sola persona--...

Los cuatro sadhus se pusieron de pie y se dirigieron a la explanada, donde los esperaban impacientes decenas de jóvenes y adultos sravakas para escuchar sus enseñanzas. Akarghi levantó la vista; vio el momento justo en que un luminoso y maduro mango se desprendía de la rama y comenzaba a caer directamente sobre su cabeza. Se movió hacia un lado con la misma lentitud con que caía el fruto, y lo cogió en el aire con ambas manos. Desde lejos, Kautsa no dejaba de observar a Akarghi.

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