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viernes, 11 de noviembre de 2016

AKARGHI (capítulo 93)




Tashi Aburghasim disfrutaba, por encima de todo, saberse y sentirse poderoso. Tenía un olfato único para buscar y encontrar en todas las cosas, en todas las personas y situaciones, la manera de establecer una relación y supremacía de poder. Era tal la eficacia de su facultad y ejercicio del poder, que estaba convencido de que Dios estaba siempre de su parte. Sin embargo, su astucia no le iba en zaga, pues jamás hubiese cometido el error de desconocer sus propios límites, a la manera de un Alejandro Magno, esforzándose por someter vanamente el mundo a su imperio.

Akarghi conocía bien este atributo de Tashi, lo mismo que lo conocía Latniavira, y cada uno de sus cercanos. Con Akarghi, por su lado, Aburghasim había encontrado la única debilidad a su poder que aquél parecía exhibir: el erotismo de Latniavira. No era común que un monje, un sanyasin, un elegido de los devas, sucumbiese tan incondicionalmente al cuerpo de una mujer, por más voluptuoso que éste fuera. Con Latniavira, la cosa era más complicada, ya que requería trabajar en numerosos frentes de batalla, desentrañando su enrevesada mente de mujer, a la que había estudiado y vigilado cuidadosamente por años. Pero, al final, lo había conseguido, a bajo costo y con total sumisión.

Esta noche Tashi Aburghasim iba a cerrar un interesante negocio, alquilándole vastas tierras agrícolas a un rico comerciante de otra ciudad. De pasada, había decidido renovar su vínculo de poder con Akarghi y Latniavira, a quienes cuidaba y maltrataba, como a mascotas encerradas en un corral. Se había sentado con Akarghi, por orden suya, ante una mesa del burdel. Las mujeres casi desnudas subían al escenario con sus grandes encantos cubiertos por diminutos ropajes, y danzaban al ritmo de canciones eróticas ante la vista y el juicio de sus parroquianos, quienes expresaban de las más variadas maneras  su gusto y sus disgustos. Tashi observaba con el rabillo del ojo a Akarghi, y no se le pasaba por alto que a Akarghi aquella invocación a la lujuria lo dejaba indiferente. Por ello, y sin que Akarghi lo supiera, le tenía preparado un bocadillo especial.

Una mujer gorda, bigotuda y rolliza, que dejaba ver por entre la abertura de su sari un feo y varicoso jamón de pierna, se acercó a la mesa con una bandeja en  las manos, sobre la que lucía con orgullo una diminuta copa verde de licor. Al acercarse a la mesa, tropezó con un pie de Aburghasim, pero alcanzó a  rescatar el preciado líquido, el cual depositó cuidadosamente sobre el mantel carmesí brillante, deshaciéndose en perdones y zalemas. Aburghasim, enfurecido, la tomó del brazo todavía extendido y, zamarreándola, con una maldición la arrojó al suelo. Akarghi saltó de su asiento y corrió para ayudar a levantarse a la mujer, que no sabía si salir gateando, o dejarse morirse ahí mismo. Mientras trataba de incorporarse, apoyándose dificultosamente en Akarghi, la sirvienta dejó ver impúdicamente su sexo sin depilar, ante cuya vista Tashi Aburghasim comenzó a arrojarle grandes y sonoros escupitajos, haciendo ademanes de ir a golpearla.

Akarghi se interpuso entre Tashi y la mujer, y la acompañó varios pasos más adelante, hasta que le pareció suficientemente segura y distante de la fiera. Volvió a su asiento, y, tratando de desentenderse de Aburghasim, dejó errar su vista desinteresadamente sobre el escenario.

Violentas y estremecedoras sensaciones, emociones, imágenes, lo vapulearon desde la punta de la coronilla hasta la punta de los dedos de los pies, y de abajo hacia arriba. Tashi Aburghasim, a su lado, se frotó las manos y esperó, con una sonrisa maligna y beatífica. Latniavira desnuda, completamente desnuda entró caminando como una pantera hacia el centro de la luz; giró con la música… Sorprendía con movimientos irresistiblemente provocativos; se introducía los dedos en su vagina y en su boca; cruzaba sus piernas, cubría su sexo y sus pechos con sus manos, y luego volvía a extender sus brazos y piernas, ofreciéndose sin límites. Todos los hombres del burdel repentinamente parecieron enloquecer. Akarghi estaba allí, con los ojos enrojecidos, temblando, resistiendo apenas, con la ayuda de miles de años de enseñanzas y prácticas ascéticas para el control de la mente, pero su animal dominaba, con sus incontables millones de años de supremacía.

Barbotó la rabia hacia sus puños, que quiso apretar como garrotes. Sintió pena y asco, que quiso escupir como hizo Aburghasim. Sintió miedo, al ver expuesta así a su mujer amada. Pero ante todo, quiso saltar sobre el tablado y arrastrarse con ella por el suelo, castigándola con su propia lujuria demencial, y destrozando, con la dureza de su pene, la desenfrenada lascivia de la llamada de su hembra.

Al fin acabó la orgiástica danza; Latniavira cayó al suelo con las piernas abiertas hacia adelante y hacia atrás, y estiró su torso, sus senos y sus brazos desplegados hacia atrás, en un gesto desafiante y ansioso. Comenzó a caer una lluvia de monedas de plata sobre el estrado. Los hombres saltaban de sus asientos, aplaudían, corrían, gritaban descontrolados. Latniavira hizo un gesto seductor con su dedo índice a un hombre que, cerca del escenario, blandía un fajo de rupias. Era un hombre todavía joven y guapo. Saltó sobre el estrado, se arrodilló ante su cuerpo y la besó en el clítoris. Latniavira sonrió de una manera que Akarghi jamás había visto en ella. Latniavira, resplandeciente de sudor y deseo, lo cogió de la solapa de su camisón, y lo arrastró hacia la parte trasera del telón y del lupanar.

Tashi Aburghasim se puso de pie y comenzó a aplaudir, sin dejar de sonreír de la misma manera, extática y febril. Se dio media vuelta y, sin decir una palabra, salió del burdel. Akarghi se quedó tiritando, con la vista fija en el telón granate. Un minuto después, se acercó a él la sirvienta gorda de marras.

--¿Se siente bien?—preguntó.

Akarghi la miró como un enajenado, y luego volvió a clavar su mirada en el telón de fondo.

--¿La conoces?... ¿Conoces a la Diosa?... –volvió a preguntar la sirvienta.

Akarghi giró para mirar a la mujer, y estuvo a punto de explotar en llanto.
--¿Lat…nia…vira?—balbució.

--¡Tú amas a esa mujer!—exclamó la sirvienta, con su mirada experta en corazones de hombres.

Akarghi hizo un gesto afirmativo, casi imperceptible, con la barbilla temblorosa.
--¡Pero tú, hermoso y sabio joven, eres un monje, un iluminado… se ve!

Akarghi volvió a mirarla a los ojos, como suplicándole que le revelara que todo esto no era real.

--¡No!... ¡Tú no debes amar a la Dios… a Latniavira!... ¡Decenas de hombres han perdido la razón y hasta la vida por ella!... ¡Tashi Aburghasim acabará contigo y también con ella!... ¡Renuncia a ese absurdo sentimiento!... –después de cada frase hacía una pausa, y sin esperar respuesta de Akarghi, continuaba cada vez con más agitación— ¡Latniavira no es una mujer, no es una diosa… es un demonio devorador de almas de hombres!...

Akarghi se inclinó ante la mujer con una reverencia, juntó sus manos en anjali,  se dio media vuelta y salió corriendo del lugar.

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