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viernes, 4 de noviembre de 2016

AKARGHI (capítulo 92)





(Latniavira era una flor, más bella y única que la flor de sagú… Más bella y misteriosa aun porque crece y vive en el intersticio de dos pastelones sueltos dentro de una transitada calle… Y era su cuerpo, y tal vez algún extraño eco en su alma, lo que encendía como nadie la sangre de los hombres; y mi alma, haciendo eco de su cuerpo, anhelaba vivir todo momento en su belleza y encanto, sin considerar que su alma no era más bella que el alma de cualquier sirvienta gorda y fea del más miserable prostíbulo… ¡Era así!...)

Akarghi hundió la cabeza sobre el pecho y dos lágrimas gruesas, como savia de las hojas de un sagú prensado por un pie descalzo, salaron su piel hasta su boca solitaria y seca… Eso era apego, lo que sus maestros declaraban con desprecio como la más ilusoria esclavitud de su yo exacerbado.

(¿Amar intensamente, apasionadamente, lujuriosamente es apego?... ¿Amar es malo o bueno?... ¿Sólo porque Buda lo afirma, debo aceptarlo y encerrar mi vida en esa doctrina y verdad?... ¡Mi Señor, he huido desde niño de toda verdad que no haya pasado primero por mi sangre, por mi carne, por mi mente, por mi alma!... ¡He visto a tantos y tantos humanos que aceptaron o integraron como suya una verdad enseñada por otros, sólo porque su sangre, su carne, su mente y su alma no eran lo bastante intensas, apasionadas, lujuriosas y, sobre todo, espirituales!…)

--Una pezuña de vaca no dejará jamás de  pisar la flor por amor a la flor… Una vaca tendrá que pisar necesariamente la flor, aunque la mire… ¡Yo no!—respondió Akarghi a Mandukayani, el pescador que se sentaba en el medio, después de un largo silencio.

--Para la vaca nunca hay bien ni mal, como para la flor… ¿Hay algo en el ser humano que me permita distinguir un bien de un mal, o toda libertad moral será sólo una ilusión del hombre?... No lo sé, venerables acaryas, aunque actúo como si lo supiera—agregó Akarghi, al comprender que aún no había respondido la pregunta, y al observar que los pescadores continuaban concentrados y en silencio.
--¿Y qué crees saber, Akarghi?—preguntó Mandavya, el pescador que se encontraba más cerca de él.

Akarghi miró hacia la orilla del río, se arrodilló ante él, hizo una reverencia, luego el namaskâra, y estiró su mano izquierda; con un movimiento veloz la introdujo en el agua turbia; sacó un gobio que se estremecía, ondulando de un lado a otro, y boqueando. Sonrió amistosamente y se lo tendió a los pescadores.

--¡Devuélvelo!... ¡Devuélvelo al río! –exclamaron los tres casi al unísono.

--Pero ustedes están pescando, y como no han pescado nada…

--¡No! –respondió con vehemencia Kautsa, el que se encontraba más lejos de Akarghi, mientras se ponía de pie y le hacía gestos con la mano para que se apresurase a devolverlo al río. – No estamos pescando, sólo estamos meditando ante el río con una caña y un anzuelo vacíos.

Akarghi lanzó una carcajada y devolvió el gobio al río.

--¡Ingenuos, acaban de pescar un gobio por medio de mí, y me dicen que no estaban pescando!... ¿Y por qué devolver el pez al agua, si ya no estaba en el agua?... ¿Era malo que el pez estuviera fuera del agua y muriese en mis manos?... ¿Era malo, o yo era malo?... ¿Y si yo era malo, hasta cuándo seguiré siendo malo?... ¿Estoy en las palabras, en los pensamientos, en las dualidades, o en el vacío?

Los tres ascetas se miraron entre sí, y respondieron:

--¡Ven con nosotros!... Hay un lugar para ti en nuestro ashram.

Akarghi hizo una reverencia, luego el namaskâra, y comenzó a caminar detrás de ellos. Mientras avanzaba miraba el suelo y veía muchas diminutas flores, y hojas, hierbas y plantas que iban siendo aplastadas por sus pies. Y miró las huellas de los ascetas que también maceraban los diminutos vegetales, y también los diminutos insectos que morían por la sola acción de caminar. Akarghi sintió pena, una intensa pena. Se acordó de Latniavira y de Prâsad; de Kynpham, de Farra-aj, de Koi, de Nadhi, de Lokhi, de Tejalami, y se le saltaron las lágrimas.

(¿Estoy yendo demasiado lejos?... Aplastando seres humanos y verdades y errores como si fuesen lo mismo que las flores y los bichitos del campo, sólo porque quiero ser yo mismo... Las miro y las piso; pero salvé a una de mi pie, no a Latniavira, pero sí a una flor de árnica… ¡No a Latniavira!... ¿Podré escapar alguna vez del dolor de mi pasado, que ya no puedo cambiar?)

Akarghi tuvo la sensación de que alguien caminaba cerca de él, a su espalda. Se dio media vuelta.

--¡Kynpham!

--¡Akarghi Mendalhayam!

--Pero tú…

--¡No!... ¡No digas nada!... ¡Aquí estoy!

--¿Qué haces…?

Iba a continuar la pregunta, pero se contuvo y, en lugar de ello, se abalanzó a abrazarlo. Nunca había abrazado a nadie de esa manera, ni nadie lo había abrazado como Kynpham lo hacía… Estaba seguro de que era Kynpham Singh y al mismo tiempo no era Kynpham Singh, pero eso ya no importaba, pues en ese abrazo y en ese encuentro había tanto amor, tanta paz, tanta sabiduría, tanto perdón y tanto sufrimiento juntos, que parecía que la vida y la muerte lo abrazaban en un solo ser ilimitado, como si un océano le tratase de enseñar su inmensidad a él, que no era más que una conchita tirada en la orilla de una playa desierta.

--¡Akarghi!

Escuchó que alguien lo llamaba a su espalda. Giró y se encontró con Kautsa, que lo miraba con curiosidad y preocupación. Vio a Akarghi pálido y tembloroso.

--¡Estás alucinando!—afirmó el asceta.

Metió una mano en una pequeña alforja que colgaba bajo su axila, y extrajo de ella un puñado de arroz, que estiró dentro de su mano a Akarghi.

--¡Come, te hará bien!

--¡Estoy alucinando!

Akarghi se dio nuevamente vuelta hacia Kynpham.

--¡Mira, Kynpham, estoy alucinando!

Se llevó a la boca el puñado de arroz, que comenzó a comer con avidez. Se detuvo después del segundo bocado.

--¿Quieres, amigo mío?—preguntó a Kynpham, y le extendió su mano cóncava.

--Ya no necesito comer. ¡Estoy bien!... ¡Pero tú come, come, amado Akarghi!… El camino de la Verdad está anclado a un cuerpo y a una mente. Nadie en este mundo, ni el más santo y puro, ni el más extraordinario renunciante puede eludirlo… ¡Sube peldaños, dos o tres, no más, pero no trates de alcanzar con un solo salto la cumbre de la Eterna Montaña Nevada!

Apenas su amigo acabó de decir esto, ya no estaba ahí… Miró su mano, estaba vacía. Se dio media vuelta y, sonriendo, le mostró a Kautsa su mano vacía.

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