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viernes, 28 de octubre de 2016

AKARGHI (capítulo 91)




  
Después de cruzar el puente de la vida, Akarghi comenzó una nueva vida. Todo se había vuelto más confuso, más complejo, pero al mismo tiempo más claro y simple. ∞Cruzar un puente es salvar un abismo. Una persona que vive en una ciudad o un pueblo, difícilmente puede comprender esto.∞ Por lo simple y claro, decidió retirarse a una vida de devoción, ascetismo y purificación todo el tiempo que fuese necesario… ¿Cómo, si no, podría dársele la debida importancia y condiciones para asumir en plenitud, con el debido sentido y fuerza, en uno mismo a lo vivido (todo), y sobre todo, al uno mismo? Porque las malas acciones, los estados deformes de mente sostenidos durante un largo tiempo, y la memoria profunda del alma que jamás se perdona a sí misma (porque no es propio de su función perdonarse, borrar ni transformar la esencia de lo vivido), mientras se está vivo se cargan como una montaña inconciente en el alma; a veces, como una ortiga en la conciencia y en la mente; y, menos evidente en su causa, como trastornos y enfermedades en el cuerpo. Pero siempre, más allá de esa misma vida, como karma. Esto, en lo más confuso y complejo.

Una voz ancestral despertada, y ahora adecuadamente escuchada por Akarghi, le advertía todo oscura y diáfanamente. Paradójica advertencia que no le señalaba más que paulatinamente, y con los gestos de un mudo, “Hazte cargo de esto y aquello”, pero nada más. Nada que facilitase nada, como ponerte a caminar descalzo por una vía sin luz en la más profunda noche. ∞Porque los dioses, como no son humanos, sólo a veces y parcialmente se comportan como humanos.∞ 

En la humildad del penitente, Akarghi consideraba más apropiado asilarse en un ashram para iniciar la autocontemplación sin sesgos ni cegueras personales, aunque sabía con certeza del riesgo inminente que implicaba su intromisión en una doctrina, un grupo humano y una praxis ya establecidas… como introducir una tea ardiendo dentro de un pajar de heno. No obstante, también le era necesario recuperar y sanar la experiencia ambigua, inconclusa y larga de Lamayuru (…si fuese posible). Se dejó llevar, entonces, por la divina sincronía.

Un templado día de primavera Akarghi se había venido a sentar a la sombra de un plátano, como lo hacía desde hacía dos semanas, día tras día, para meditar, contemplar y escuchar el murmullo concertante y al mismo tiempo desordenado de las aguas verdes de un ancho torrente. No tenía apuro por encontrar un maestro, pues había algo en la magia de las aguas que avivaba los recuerdos y la sensibilidad de su alma, demasiado cargada e impetuosa todavía para salir al mundo humano, como una riada de confusión y dolor. Con los ojos cerrados, en cuidado asana, respirando sólo diez veces por minuto, profundamente enterrado en su dolor, tratando de alcanzar más y más hondamente su raíz, algo imperceptible lo sacó de su abstracción (eso sí, cada día más eficaz y viva).

Primero se rascó la punta de la nariz; a continuación, reconoció que sus tripas tiritaban vacías y dolientes, y luego se pegaban con rigidez al pellejo de su estómago vacío. Tosió dos veces, abrió los ojos, y distinguió a la derecha de él, algunas decenas de metros más allá, a tres hombres vestidos con harapos, tocados con jaapis de bambú, los cuales, con sendas cañas en sus manos, pescaban inmóviles y silenciosos delante del río. Se quedó observándolos con la inmediata sensación de que habían aparecido desde una dimensión superior y espiritual. Al parecer no habían visto o  ignoraban a Akarghi, pero Akarghi sabía que habían venido para él. Continuó observándolos… Podía percibir claramente que existía un vínculo entre ellos y él. Sentados ante las aguas espejeantes, podían ellos vislumbrar sus propios rostros, atentos y sumisos ante los peces que quisiesen venir a donárseles. Parecían estar esperando que la vida viniese a ellos. Akarghi, sentado frente a ellos, podía vislumbrar también cómo la vida se venía a donar a sí misma en esos modestos hombres. Akarghi, por su parte, también debía estar siendo observado, y mostrándose para alguien… Todo era cuestión de identificar quién mirase a quién. 

(¿Esperaré que ellos vengan a mí, o tendré que levantarme y caminar hacia ellos?... ¿Es indiferente que yo espere su iniciativa y que, incluso, si ellos no advierten en mí, o aun haciéndolo, decidiesen marcharse sin dirigirme la palabra, o, por lo menos, sin acercárseme?; ¿o bien, que los llame de lejos, o que me acerque a ellos, o a uno determinado primero, o a los tres al mismo tiempo, o que mire al río al hablarles, en vez de mirarlos a los ojos, y así, tantas e infinitas cosas más?... ¿Un pescador no es solamente uno que espera sin tomar decisión u opción otra que continuar o no con su cebo arrojado en el agua?... Veré, entonces, qué clase de pescador soy…

Akarghi sonrió compasivamente por las cosas que pensaba, por la raíz de su sufrimiento vital de donde venían germinando; se puso de pie, y caminó lentamente hacia ellos. Mientras avanzaba, a los pocos pasos, puso atención en el suelo cubierto de hierba justo cuando con el pie izquierdo iba ya en el aire cerca de aplastar una flor de árnica; hizo un movimiento brusco y rápido para que el pie se posara justo al lado, lo que hizo que perdiera el equilibrio y cayera sentado al suelo. Los tres pescadores volvieron simultáneamente su cabeza hacia él. Akarghi también los miró, y se puso a reír a carcajadas. Dos de ellos también se rieron, pero el otro, sin el menor gesto, retiró la vista y siguió contemplando el río. Akarghi volvió a mirar la flor amarilla que continuaba intacta e iluminada.

(La podría haber aplastado, y el Universo hubiese respondido a mi acto con consecuencias, pero sin moral… ¿No es también Universo y Dios la vaca sagrada que con su pezuña indiferente aplasta y destruye la flor? Proteger la vida, bendecirla, o matarla y destruirla, no está regulado por valores morales superiores al hombre… Pero eso no contradice que haya algo como un plan o un destino en todo…)

--¡Sat Nam!—expresó Akarghi, con voz suave y amistosa, al encontrarse a cinco pasos de los pescadores. Se inclinó, mirando al suelo, y realizando el saludo anjali.
--¡Namaste!—respondió el pescador que se sentaba en el medio de los tres, si bien ninguno se volvió hacia Akarghi.

Akarghi se sentó en padmasana sobre una roca a la orilla del río, cerca de los pescadores, y se quedó en silencio, con la vista entelada sobre el río que reverberaba, recibiendo pacíficamente la vibración astral de las mentes de sus acompañantes.

--¿Por qué retiraste el pie, si no hay bien ni mal en destruir una flor?—preguntó el pescador imperturbable, que se sentaba en el medio.

Akarghi experimentó cómo el tiempo se alargaba y las palabras iban cayendo hacia su interior, como guijarros lanzados uno por uno hacia el fondo de un pozo. Entonces percibió con un relámpago de conciencia trascendental que su mente iba a reaccionar de inmediato a las palabras, espontánea o causalmente, como las aguas del estanque reaccionan espontánea y causalmente cuando una piedra cae hacia el interior de las mismas.

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