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viernes, 21 de octubre de 2016

AKARGHI (capítulo 90)





(Un hombre, mientras estaba cayendo por los aires después de resbalar por un acantilado, se decía con convicción a sí mismo: “Yo no soy la caída… esta situación no es mi conciencia”… El cuerpo despedazado y vacío quedó tirado en el fondo del barranco.)

Akarghi se encontraba sentado en asana ante el tronco del árbol que caído cruzaba de un lado al otro el precipicio. Estaba seguro de que estas circunstancias las había vivido antes. (¿Es posible que un hecho se repita, si nunca se ha vivido antes?...) Si el árbol se quebrase ahora, esta vez, al menos,  se quebraría a causa del peso de su tristeza… ¡Cuántas veces había llegado así ante su memoria, como si trajese los pies a la entrada del mar e, impotente de seguir avanzando dentro de él, quedarse contemplándolo desde la orilla! (¡Imposible alcanzar la Verdad, ni avanzar mucho más, con esta memoria!...) Lo mismo que buscar el conocimiento del Universo con una linterna en medio de la más oscura noche (en tu minúsculo planeta Tierra). 

∞Mientras más años vives, más recuerdos juntas en tu memoria; y mientras más memoria con recuerdos posees, menos obvia e inmediata es la experiencia de la conciencia y de los sentidos.∞

(Quizás más que buscar la Verdad, primero debiera buscar la Memoria… Si pudiese recordar ahora, aquí, cada hecho e instante de mi vida, todos juntamente, y luego, juntamente también, los recuerdos de cada instante de mis vidas pasadas, y más aún, el recuerdo de cada instante transcurrido hasta ahora en el Universo juntamente… ¿Y si a todo esto, además, agregase la anticipación del futuro?... Entonces recién, probablemente, podría estar más cerca de la Verdad… o menos lejos… Pues aún, por ejemplo, no sabría casi nada de mí mismo... ¿Y qué hacer?)

Sentado, dubitativo, sin poder tomar decisión ninguna, Akarghi obsesionado recordaba un solo recuerdo. Un solo recuerdo era capaz de detener, de paralizar y tornar impotente el más pequeño paso del camino infinito  hacia la Verdad y hacia la Memoria: Latniavira y Prâsad. Sentado, dubitativo, observaba el tronco pardo grisáceo frente a él y se preguntaba obsesionado si lo había cruzado antes alguna vez; y si, en consecuencia, debía ahora (o nuevamente) cruzarlo. Sentado, dubitativo ante el tronco que atravesaba el abismo, se contemplaba a sí mismo, sin moverse. Sentía una relación unificada entre todos estos motivos, pero también el eco de todas las cosas en unas pocas, como en un fino rayo de sol existe un eco y reflejo de toda la energía de todos los soles del Universo.

Había tratado de ser un hombre de bien, pero no lo había logrado. Había tratado de hacer feliz a Latniavira, había tratado de amarla, pero no lo había hecho bien. Había querido ser un buen padre, mas para Prâsad su padre era Tashi Aburghasim. Había estado buscando la Verdad durante los últimos años en medio de un caos… ¿Cómo era posible que hubiese delatado, que hubiese traicionado, que hubiese servido a un canalla, y que hubiese facilitado el crimen, la corrupción, la violación, la maldad y el sufrimiento de tantas personas, sólo por salvar a Latniavira y a Prâsad de la crueldad asesina de Aburghasim?... ¿Tenía eso valor y sentido?... ¿Hasta dónde era posible justificar el mal por beneficio del bien? 

(La delgadísima frontera que me separa de Tashi existe sólo en las circunstancias; si cada uno hubiese sido criado en el pellejo del otro, Tashi sería hoy un sanyasin, y Akarghi, un maldito criminal… ¿Acaso Latniavira y Prâsad no amaban a Tashi y a Akarghi por igual?)

Akarghi necesitaba torturarse, castigarse y degradarse como consecuencia de su recuerdo de vida, por haberse reconocido tan semejante a Aburghasim, y tan distante de su amada y ansiada Verdad. Cuando deseó a Latniavira, cuando la poseyó con frenesí, con delirio sexual, hasta llegar a amarla, día tras día y noche tras noche, olvidándolo todo, desconociendo toda enseñanza y verdad previas, toda virtud, desconociéndose incluso a sí mismo, buscaba premeditadamente la Verdad (sobre todo la Verdad) en el mundo de la ilusión, de la mentira, del apego, del cuerpo y de la mente, porque alguna vez la revelación de Koi, su profética pez dorada, lo había desafiado a comprobar la Verdad de la Mentira en su propia experiencia y vida. 

(Y aquí, frente a este frágil puente sobre el abismo mortal, debo admitir, cargando todo el peso del mal, del error y la mentira sobre mis hombros, que jamás hubiese habido tronco alguno tendido sobre el precipicio del ser, sino un mero y eterno vacío, si no hubiese llegado cargando mis más esenciales males ante él… ¡Y no los dejaré caer esta vez, aunque su peso quiebre en medio del abismo el puente de mi vida!)

Akarghi se puso de pie con tranquilidad, con entendimiento y con aceptación. Se sentía tan liviano como una esperanza, y al mismo tiempo tan pesado como una montaña. Contempló su entorno; vio nubes que volaban como carabelas por el cielo, en sentido contrario; vio azul, vio montes recubiertos de verde y lejanos tallos café; vio pájaros e insectos desplegar sus alas sin esfuerzo sobre un espacio invisible; escuchó el silencio de un atardecer y la voz de los siglos. Ya podía intentar cruzar el precipicio.

Las raíces del árbol caído se encontraban a la vista, retorcidas y quebradas en el último intento de aferrarse a la tierra. Lo miró a lo largo, tirado como un fósil sin vida, sobre el cual anidaban termitas, caracoles, hormigas, escarabajos, y por encima del cual, alguna vez, se posaba también una que otra libélula y mariposa, de la misma manera que lo hizo él, para observar la gran altura y el estruendoso cauce que al fondo serpenteaba con sus manchoncitos grises y espumosos, entre las voluminosas rocas negras, angulosas y aceradas. Jamás se detenían las aguas, que venían de un mundo desconocido, y avanzaban hacia un mundo desconocido… Akarghi ya no podía detener a Akarghi.

Se concentró en meditación, saludó con una reverencia al peligro, y comenzó a caminar dirigido por su séptimo sentido. Miró al vacío y el camino al mismo tiempo; sus pies desnudos se adherían a la madera del tronco con la misma naturalidad que el musgo se adhiere a la roca, o que el viento se adhiere a una rosa. El mismo viento movedizo le trajo a su nariz el perfume de los pinos verdes que palpitaban al otro lado de la sima. Sonrió, y en ese preciso momento un crujido que enseñaba la fisura interna del madero se dejó oír crecientemente, mientras él mismo se llenaba de todo lo que en ese momento era capaz de asumir y contener. Se contempló a sí mismo, honestamente, transparentemente, y aceptó caer o no caer; aceptó que el tronco decidiese sostenerlo o no sostenerlo; pero, sobre todo, recordó completamente el mal, el sufrimiento y su imperfección, que había asumido y cargado hasta ahí por amor a la Verdad; lo recordó y sintió su peso, mayor que una montaña de hierro sobre su cuerpo y su alma; lo recordó y comprendió que era la causa del crujido y del quiebre, pero no lo soltó, ni por miedo, ni por aferrarse a la vida, ni por fragilidad, ni por facilitarse el sí mismo; y aceptó su destino y sus consecuencias…

Caminó un paso… y caminó otro paso… y caminó otro paso… Por alguna razón que no podía comprender, contra toda lógica… sus pies alcanzaron la otra orilla, en el mismo momento en que el árbol se partía en dos y periclitaba impresionantemente hacia el abismo.

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