Seguidores

sábado, 15 de octubre de 2016

AKARGHI (capítulo 89)





Los niños de las pocas familias adineradas de la ciudad jugaban con pequeños insectos y bichitos en sus imaginarias construcciones y fastuosos palacios de hojas, cañitas y ramas. Akarghi los observaba y custodiaba desde hacía largo rato, sentado sobre el pasto, algunas decenas de metros distante sobre una suave pendiente. (Pavos reales, flamencos, cisnes y otras exóticas aves deambulaban cerca del estanque esplendente, sin temor y en libertad.) Al contemplarlos, pensaba en los niños de todas las razas, de todos los mundos, de todas las condiciones y circunstancias. Había algo irrenunciable y común en todos ellos. Aunque en su pueblo natal no había niños más ricos, sino sólo niños más pobres, también había envidiado en ocasiones los juguetes y las prebendas de otros niños y de familias aún más encantadoras… Pero siempre, y sobre todo, había sido feliz jugando, jugando con cualquier cosa, con cualquier otro niño conocido o desconocido, hasta con el pensamiento y la imaginación cuando no había juguete alguno, o se nos había negado el permiso para jugar… Al final de cuentas, detrás de todo ese universo infantil –su único fundamento y sentido--  había sólo una sensación: el deleite, el gozo extático de un dios niño que crea y sostiene una realidad de intensidad y encanto mágicos, sin necesidad de nada más.

Sin embargo, en todos y cada uno de ellos había señas, rasgos peculiares, gestos, dichos, minúsculas emociones, vestimentas, tonos de voz, que evidenciaban algo más allá que esa profunda, cándida y divina naturaleza infantil. En cada uno de ellos había historias de vida e historias de alma. Uno revelaba la valentía y belicosidad de los kshatriyas, y hasta en la manera de arrojar las piedras y las ramas, o en el modo de golpear todo cuanto podía golpear,  reconocía Akarghi que en otra vida, de igual manera, había arrojado la lanza y descargado la pica. Otro cuidaba con melindres la pulcritud de su ropa, y, en su carácter, la modestia y delicadeza que brillaba en sus ojos, reflejaban que en otra vida había sido una mujer de lujos y acomodada vida. Aquel otro, que gustaba de dirigir y dar órdenes a sus amigos, señalando la propiedad de cada plan que se concebía, y ordenando cuidadosamente los objetos que utilizaba, dejaba entrever su condición de capataz, hombre organizado, acaudalado e ingeniero de obras en una vida pasada. Aquella otra niña, miraba y miraba casi sin intervenir, y en su expresión beatífica y su postura hierática, como si pusiese un foso de separación entre ella y todo, permitía comprender que había sido en otra vida una monja de claustro. Y si bien Akarghi sabía que todos esos rasgos, caracteres y señas podían ser explicados como simples rasgos de herencia, o caracteres sicológicos azarosos, o aprendizajes vicarios, o experiencias tempranas en esta misma y única vida, en su percepción y visión de esas señales se producía una extraordinaria, compleja, indescriptible e inagotable actualización de un contexto existencial y vital más potente, significativo, consistente y verdadero, incluso que las manifestaciones aisladas e incompletas que aparecían en los evidentes y meros rasgos de comportamiento observables y explicables con simpleza por cualquiera.

(¿Para qué tengo que ver esto?... Si ellos no pueden verse a sí mismos, sino realizan y repiten sus karmas desde una forzada inconciencia, semejante a la inconciencia con que tomaron sus decisiones existenciales en otras vidas y con las que sellaron y registraron la necesidad de continuar repitiendo las cargas, los sentidos ocultos en sus propios procesos internos, con los que realizaron sus actos y experiencias de vida… Esas mal y simplistamente llamadas causas de los actos de esta vida nueva y posterior… ¿Quién podría negar que, aunque libres –títeres con conciencia--, somos ante todo títeres que realizan un drama sobre una tarima que algún titiritero escondido detrás del tinglado concibe y dirige con casi invisibles hilos de realidad?)

Akarghi observó que un niño caucásico, de pelo rubio y cabeza cuadrada dirigía su mirada hacia él, luego hablaba con su media docena de amigos, quienes en su mayoría dirigieron también su mirada hacia Akarghi, para luego él mismo ponerse de pie y encaminarse hacia donde se encontraba sentado Akarghi. Se plantó con decisión delante de Akarghi, con las manos en los bolsillos de su dhoti, y mirándolo a los ojos con cierta extrañeza, le preguntó:

--¿Quieres venir a jugar con nosotros?

--Mmmm… --murmuró Akarghi y se volteó hacia los grandes ventanales de la casona que daban hacia el jardín—No creo que sus padres vean eso con buenos ojos.

--¡Ven!... ¡Nosotros te damos permiso, y te defenderemos! –respondió Ekram, iluminándosele el rostro con una sonrisa.

Akarghi se rió con el niño; aconsejado por una intuición y una visión, se puso de pie y exclamó de buen humor:

--¡Vamos!

Mientras caminaban hacia el grupo, Akarghi se enteró de su nombre y a qué jugaban. Tres patos silvestres se cruzaron delante de ellos, apurando su marcha, aleteando y cacareando para evitar un encontrón. Llegó hasta ellos, saludó y se sentó en un espacio que le dejaron en medio. Akarghi se dio cuenta de que habían logrado levantar una bella y gran construcción con variedad de materiales, pero que por su misma envergadura había terminado por venirse abajo, y ahora comenzaban, algunos con pena, otros con gracia, otros con malhumor, a volver a levantarla.

--¡Akarghi, --exclamó Sadan, el niño shatriya-- tú puedes hacerlo solo de nuevo, el mismo edificio, en un solo segundo.

Todos los niños dirigieron sus miradas expectantes hacia Akarghi. Él mismo se quedó extrañado, no tanto por la solicitud de los niños, cuanto por algo que sintió alojado en su propio interior. Los miró uno por uno y vio en ellos también un algo inusitado. Akarghi comprendió que estaba a punto de ocurrir un hecho sobrenatural, y que en torno a ellos había presencias.

--¡De acuerdo, lo haré!... pero con una sola condición… y el que no la cumple caerá muerto aquí mismo… Todos deben cerrar sus ojos y no abrirlos por ningún motivo hasta que yo se lo indique a cada uno.

--¡Sí, sí, sí…! –respondió afirmativamente cada niño, mientras Akarghi iba sacando de a uno su juramento.

Akarghi juntó sus palmas a la altura de su pecho, entornó los ojos y se concentró en aquella fuerza que experimentaba en su interior. La energía se vino hasta su mente y su cuerpo, como un torrente de fuego, subiendo por la columna vertebral, como estado y presencia que no era de este mundo.

--Ahora mantengan sus ojos cerrados…

Abrió los suyos y observó que cada niño los mantuviese bien clausurados. Estiró las palmas de sus manos hacia adelante e instantáneamente se formó ahí mismo la construcción de un metro de alto, exacta hasta en sus mínimos detalles.

--¡Abran sus ojos!

Los niños chillaban asombrados, saltaban alrededor, se arrodillaban ante el milagro, reían y aplaudían sin caber en sí, pero con la absoluta convicción de que habían experimentado un verdadero acto de magia. 

--¡Akarghi!... ¡Akarghi, hey…!

Escuchó que gritaban de lejos. Vio venir hacia ellos dos matones de los señores. Le hacían señas desde la distancia para que se acercara. Akarghi se puso de pie y caminó hacia ellos. Lo tomaron del brazo y lo empujaron para que avanzase delante. Los niños ni siquiera repararon en este hecho.

Akarghi entró en una amplia habitación, en la cual abundaban diferentes tipos de objetos y mobiliario, cuyo manifiesto propósito era la entretención. En el centro mismo del gran salón había una mesa de juego cubierta con un paño verde, ante la cual se encontraban reunidos una decena de hombres, envueltos en una neblina de humo que se iba disipando hacia los extremos de la sala, ayudado por un ventilador que colgaba del techo y agitaba sus aspas con zumbido traqueteante.

--¡Akarghi, mi buen Akarghi, ven acá! –exclamó Tashi Aburghasim con la voz traposa y torpe de los ebrios, al tiempo que hacía con la mano un gesto rotatorio por encima de su cabeza.

Akarghi se acercó sumisamente junto a su amo y esperó. Aburghasim lo tomó de la mano, sin mirarlo, mientras paseó su mirada zigzagueante por encima de sus contertulios, con quienes jugaba grandes sumas de dinero a las cartas. 

--¡Ven, Akarghi!... Muéstrales a… mis amigos lo que sabes… hacer… ¡Miren!... ¡Miren, amigos míos!... ¡Miren bien!... ¡Ésta!...

Aburghasim separó con cierta dificultad la primera carta del mazo depositado en el centro, y sin darla vuelta, esperó, con sus dedos índice y medio presionando la carta contra el paño.

--Cinco de trébol –dijo sin vacilar Akarghi.

Aburghasim volteó la carta y la dejó ante la vista de todos con un golpe de nudillos sobre su cara visible: ¡un cinco de trébol!... Aburghasim continuó de la misma manera con las siguientes doce cartas, las que Akarghi adivinó una por una, ante el creciente estupor e incredulidad de los demás tahúres, quienes, entre vapores de hachís, tabaco y alcohol, apenas comprendían y dimensionaban lo que estaban presenciando.

No hay comentarios:

Publicar un comentario