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sábado, 8 de octubre de 2016

AKARGHI (capítulo 88)





Akarghi cogió la cuerda y tiró dos veces de ella. La campana de la entrada del Lamasterio de la Paz Inmortal repicó con su tañido grave y sordo. Una tropilla de gorriones salió volando desordenadamente desde el patio del monasterio con  un piar nervioso y chillón. 

(¿Cuántas veces he tirado esta misma cuerda y he escuchado el mismo repicar de la misma campana?... ¡Cuán imperfecta es cada facultad de la mente para experimentar y representar la realidad, si es que existe siquiera algo similar a lo que experimentamos como realidad!... ¡Que pudiese la memoria ser más certera, más profunda, más extensa, por tanto menos memoria, y más puramente misterio de realidad!...)

Transcurrieron quince minutos, pero nadie vino a abrir. Akarghi volvió a colgarse del cordón de la campana, sólo con la remota esperanza de que nadie lo hubiese escuchado.

(¿Y si esto no fuese Lamayuru, por más que se asemejase a Lamayuru?... Nunca las cosas son por sí mismas, sino siempre son como son por uno y para uno. Tashi Aburghasim nació para mí, y yo para él; todo le da sentido a todo. Nada es accidente, nada es casual. Cada cosa le da una razón de ser a cada cosa… Y si aguzara bastante el sentido, ahora mismo podría conocer qué me está enseñando esta ocasión, y llevarla incluso hasta el límite de sus posibilidades, porque el que enseña posee siempre un oculto procedimiento desde donde produce la enseñanza… El acarya Kinjihoro ha cumplido su palabra.)

Transcurrieron dos horas. Akarghi había buscado refugio sentado en el suelo, sobre la hierba kusha que crecía al alero de una saliente de la techumbre que protegía y sombreaba la entrada. Alguien tendría que entrar o salir, tarde o temprano; entonces, esperaría a ese alguien. El olor cercano de las flores de la kusha y de las glicinas que colgaban del artesonado le trajeron recuerdos que colmaron su corazón de nostalgia. Inspiró profundamente, conteniendo el aliento. Dejó errar su vista sobre uno de los maderos de la pilastra próxima; hongos y musgos inveterados y secos habían teñido con innumerables formas y tornasoles su superficie en otro tiempo lacada. Lo había hecho tantas veces antes; era tan parecido a un juego, aunque estaba cierto de que la vida toda jugaba de la misma manera creando las cosas de la realidad. Primero vio el contorno del rostro de una mujer hermosa, luego su silueta perfecta, ondulante, porque caminaba encantadoramente hacia él, moviendo acompasadamente sus caderas junto con sus hombros desnudos. Y luego, desde el frente, otra belleza de mujer, con sus largos y negros cabellos flotando al viento --si fuese posible aún más hermosa--, con el andar liviano y fino de una gacela, se acercaba también hacia él. Una era Laitniavira, la otra, Saddinavi. Cuando vio a Laitniavira, una explosión de llanto saltó de su corazón y de sus ojos, porque la amaba. Cuando vio a Saddinavi, una explosión de alegría y risa saltó de su corazón y de su boca, porque la amaba. Las esperó con cada brazo extendido hacia cada una de ellas, y su alma apenas contenía tanta emoción, tanto dolor y tanta felicidad, al verlas ya tan próximas a él. Entonces, con la sutileza del aire o la ingravidez de la muerte, pasaron inmaterialmente a través de su cuerpo, sin siquiera sentirlo, y, un paso más allá, se desvanecieron, como se despierta de un sueño. Akarghi cerró sus ojos empapados de lágrimas y escuchó que alguien, con voz menuda y frágil, recitaba junto a su oído:

Las sombras del bambú barren las escaleras,
pero ni una mota de polvo se agita;
la luz de la luna atraviesa las profundidades del estanque,
sin dejar huella alguna en el agua.

El acarya Kinhijoro se marchó velozmente del despacho de Farra-aj, con el rostro congestionado y rojo de ira. Adentro, habían discutido fuertemente por causa de Akarghi y, como ocurre muchas veces en las disputas, habían salido al palique también otros temas pendientes entre uno y otro. Kinhijoro, rasgo nunca antes visto en él, había llegado incluso a amenazar a Farra-aj acerca de unos confusos y sospechosos comportamientos del abad con la autoridad política y militar de la comarca. Farra-aj había respondido, a pesar de la amistad que los unía desde hacía más de treinta años, señalándole imperativamente la salida.

La puerta de acceso al Lamasterio de la Paz Inmortal se abrió bruscamente. Akarghi divisó ante él la figura del acarya Kinhijoro, pero la luz del sol le dio en la cara  y ya no pudo seguir mirándolo.

--¡Entra!—escuchó la airada voz del acarya.

Sin decir una sola palabra más, dejó abierta la puerta, y se marchó para siempre de Lamayuru. Akarghi observó cómo se alejaba su maestro, y comprendió que algo terrible había ocurrido.

Volvió a mirar hacia el caleidoscopio de manchas en la pilastra, y vio claramente a Nadhi, tirada, al final de su vida, sobre una litera de ramas secas, esperando la tea con que ardería su cuerpo muerto. A su lado, el cuerpo pequeño del hijo que Akhargi había salvado; pero alrededor de él vio miles y millones de minúsculas manchas negras, violáceas, grises, cuerpos de bebés y niños muertos, que no habían tenido la suerte de salvarse como su hijo, como el hijo de Nadhi, por el que había él mismo casi dado su vida. Entonces se creó en Akarghi una numinosa presencia.

(Si toda vida es sagrada, también toda muerte es sagrada. No todos los que vienen a la vida, viven; pero todos los que viven, mueren… Más necesaria, inconmensurable y divina es la muerte, que la vida…)

Akarghi experimentó un confuso sentimiento, mucho más preciso y cierto que cualquier pensamiento. Descomunal y terrible sentimiento que lo impulsó a ponerse de pie y a entrar al cenobio. Vio a lo lejos a un grupo de bikkhus que parecieron esconderse. Vio las palmeras, los banianos, las higueras, los setos de flores, los senderos de grava y lapislázuli, las torres marrones de los dormitorios, las estelas, los budas, devas y krishnas, los mismos silencios y perfumes, pero no eran iguales a los que antes conocía. Akarghi nuevamente tuvo miedo de sí mismo. (¿Adónde iría el acarya Kinhijoro?... Las cosas pasan a través de mí ciegas y desinteresadas de sí mismas… Sólo mi mente y mi conciencia tratan de retener el rayo de luna como un rayo de luna.)

Akarghi tuvo la impresión de que alguien se inclinaba a su lado. Chien Tzu se quedó encorvado esperando que Akarghi pusiese su atención en él. (¿Por qué Chien Tzu está inclinado ante mí?)

--Mi señor Akarghi, mi señor Farra-aj te requiere en su presencia.

(¿Qué es esto de “te requiere en su presencia”, y “mi señor Akarghi”?... ¡Aún no sé vivir para adelante, porque aún no sé vivir para adentro!)

--¡Akarghi… ¡Akarghi!—escuchó que alguien gritaba de lejos.

(¡Yo no soy Akarghi!...)

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