Seguidores

viernes, 30 de septiembre de 2016

AKARGHI (capítulo 87)





--¡Hay dolor en tu alma, joven!... ¿Quieres la salvación de Krishna?

Mientras Akarghi, con la vista alzada, observaba a dos ancianos sentados en el balcón de un viejo edificio en el mercado, escuchó estas palabras moduladas en un dialecto del noroeste del país, al tiempo que alguien le tocaba suavemente el brazo. Volvió lentamente la vista, y se encontró con la mirada apacible de un hombre y una mujer vestidos con coloridos saris y adornos de flores en el pelo y colgantes guirnaldas. Sólo la palabra salvación quedó resonando en sus oídos.

--¡Ven con nosotros!... ¡Te mostraremos algo que no vas a olvidar! – la mujer se acercó a su oído y susurró.

Akarghi percibió un olor a incienso, aroma dulce y humo en su halo. Al despertar esa mañana había observado casualmente y con detención cómo una araña de cuerpo grueso y oscuro salía velozmente de su cubículo de seda, atrapaba con sus patas ágiles  a una chinita y luego le inyectaba en su cuello el veneno que regurgitaba de su mandíbula, paralizándola y adormeciéndola, hasta finalmente, sin la menor resistencia, arrastrarla hacia el interior de su celda tubular. Ahora comprendía por qué había decidido venir al mercado. Asintió con su cabeza y saludó con el mudra de anjali. Sus nuevos amigos se dieron vuelta y comenzaron a caminar entre la gente, sin dejar de mirar, uno u otro, a Akarghi, para asegurarse de que los seguía.

¿Quién podía quedar indiferente ante su propia salvación?... Todos necesitamos ser salvados de algo. Y ese algo terrible de lo que queremos ser salvados, para otros puede no ser más que una nimiedad, un ridículo objeto sin valor ni mérito, pero que para cada uno de nosotros cobra dimensiones descomunales e inexorables. Akarghi había auscultado minuciosamente su mente, su alma y su espíritu desde hacía veinticinco años, pero no encontraba nada de qué ser salvado; y si buscaba ansiosamente algo, era ello la verdad, pero no la salvación. Aun así, no podía evitar escuchar la palabra salvación y estremecerse. Por eso había decidido seguir a sus improvisados maestros y llegar hasta el final de su propio misterio.

Bajaron por unos callejones oscuros que Akarghi no conocía. Algún ocasional caminante les salía al paso, pero siempre parecía esconder su rostro y evitarlos. Olían los muros, la tierra negra y apisonada, y el tufo de las ventanas abiertas, a excremento y orina. Por los toldos pesados y sucios escurrían líquidos viscosos que acababan goteando como mucosidades al llegar a tierra. A veces, unas flacas sombras detrás de los visillos se escabullían con rapidez.

Atravesaron un puente de palos sebosos sobre un canal pestilente y, al doblar por una esquina de otras tantas callejas, se encontraron ante un inmenso portalón de madera que golpearon con una especie de mazo de bronce, aparecido de no se sabe dónde. Alguien abrió del otro lado una especie de portillo, por el que ingresaron inclinándose los tres. El espectáculo que apareció era espeluznante y terrible. En una gran hondonada yacían cientos de personas tiradas sobre esteras, esperando su turno para morir. Eran los miserables abandonados que pululaban en las calles y que, ya desahuciados por enfermedad o simple miseria vital, no tenían un lugar para morir. Una docena de adoradores de Krishna circulaban entre ellos, acompañándolos, enseñándoles la doctrina del Señor, y el camino hacia la Tierra Prometida en el Paraíso del Perdón y la Redención. Cuando morían, sus cuerpos eran adornados con guirnaldas de flores, rociados con aceites bendecidos, y quemados allí mismo sobre una especie de montículo que constantemente ardía y teñía de bruma y fetidez cadavérica el aire del lugar.

--¿Qué ves?—Le preguntó el prosélito de Krishna.

--Sufrimiento y muerte.

--Sólo la fe puede redimirnos del sufrimiento y la muerte – continuó la mujer, inclinando devotamente su cabeza.

--¡Tú eres un hombre de fe! –agregó el hombre, con una sonrisa beatífica.

Cerca de ellos un bulto de lino marrón levantó algo así como una mano negra y escuálida, al tiempo que emitía un sonido largo y gutural. La mujer se acercó a él, tomó su mano y comenzó a cantarle un mantra al oído. El bulto humano se estremeció como si hubiese recibido una descarga eléctrica, y luego se conservó inmóvil y rígido. Otros monjes se acercaron musitando mantras, con guirnaldas de flores y óleos santos. Había en todos ellos una expresión de recogimiento y desapego. A Akarghi, sin embargo, le pareció que había en sus movimientos algo extraño, casi mecánico y teatral.

--¡Es posible!... ¡Es probable que yo sea un hombre de fe!... Pero ya no puedo saber en qué creo, ni en qué no creo.

--El Señor Krishna es un dios compasivo, y su poder redentor alcanza las almas de los sufrientes también más allá de la muerte. La paz y el amor de Krishna sostiene la angustia de la existencia humana, la desorientación del ofuscado, y de los que atraviesan la breve tiniebla de la muerte… --el hombre se quedó mirando expectante a Akarghi.

--Akarghi… es mi nombre.

--¡Sí, Akarghi!... A todos nos llama tiernamente por el nombre nuestro Señor Krishna. A todos nos salva de nuestro sufrimiento. 

Un niño de escasos cinco años, andrajoso y mugriento se acercó a ellos y extendió su mano, acostumbrada a recibir limosnas. El hombre le preguntó:

--¿Quién te da esto? –mientras le mostraba un pedazo de pan amasado, pero sin extendérselo. 

--¡Mi amado y compasivo Señor Krishna! –respondió con un sonsonete el niño.

El raga de un melódico sitar se dejó oír desde algún lugar cercano. Akarghi puso atención en la hermosa música y se extrañó de que en aquel lugar alguien se deleitara de esa manera, si bien volvió a su memoria aquella mujer, Nadhi, que le había pedido mágicamente antes de morir que tocara su flauta. Y al niño, su hijo…

--Y bien… ¿Qué te dice nuestro Señor Krishna?

--¿Quién toca esa música? –preguntó con extrañeza Akarghi.

El cielo de la tarde se había cubierto rápidamente de nubes pesadas y grises. No lejos se dejó oír la descarga de un poderoso trueno.

--¿Qué música?... ¿Te refieres a la voz del trueno, al son de la tormenta que se avecina?

--¡Vamos! -- exclamó la mujer--... ¿Vienes con nosotros, Akarghi?... ¡Tenemos que cubrir con lonas a los sufrientes para que resistan esta terrible lluvia que se avecina!

--¡No! –gritó Akarghi.

Se dio media vuelta y salió casi a la carrera del funesto lugar.

--¡Akarghi, éste es tu hogar! – escuchó que le gritaban desde atrás-- ¡Vuelve cuando quieras!... ¡El Señor Krishna te espera!...

No hay comentarios:

Publicar un comentario