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viernes, 16 de septiembre de 2016

AKARGHI (capítulo 85)





Corrió durante una hora sin detenerse. Caminó luego cinco horas hasta dejar muy atrás Nirmla Jhar. De pronto se encontró decenas de kilómetros río abajo ante las aguas calipso del Turgusha. El sol iluminaba ya a campo traviesa. Akarghi se quedó parado, inmóvil y pensativo, ante las aguas que mojaban la punta de sus pies morenos. Su corazón se encontraba oprimido por una ominosa sensación de angustia y pena, en esos umbrales tan anchos, dramáticos y vitales, como los panoramas de las enteras vidas humanas. Levantó su mirada hacia el cénit, pero la bola de fuego lo obligó a cerrar sus ojos.

Laitnavira se mantuvo con la mirada fija en la oscuridad, tratando de descifrar su secreto. La sacó de su marasmo la voz de Prâsad:

--¡Tengo frío!

Bajó la vista hacia el niño que la miraba con pena. Laitnavira sintió ternura y compasión. Se lió el bulto a la espalda y, conmovida, lo tomó en brazos.

--¡Por ti, hijo mío!... ¡Lo haré por ti!... 

Se dio media vuelta, miró hacia atrás un momento, y luego comenzó a caminar con decisión y premura, alejándose de las tierras de Aburghasim. Llevaba el corazón apretado por la tristeza de haber perdido a su amado Akarghi, si bien su corazón también la consolaba: 

(Ya ves, te lo decía, nunca fue tuyo… Ya ves que tarde o temprano había de huir de ti… Nunca serás digna de él, nunca… ¡Ahora paga y camina, tonta, camina!...)

Laitnavira se dio cuenta a los pocos pasos de que lo único que la retenía en la vida era su hijo Prâsad. Se propuso llegar al templo Devi Tara de su venerada diosa, en Kamakhya, para lo cual tendría que caminar por lo menos una semana. Tal vez ella sí la perdonara, porque Laitnavira ya no se perdonaba a sí misma. Además, el sabueso de Tashi Aburghasim tampoco la perdonaría. Ya no podría detenerse nunca, nunca más, siempre huyendo más lejos, no por su salud, sino por el cuidado y el amor de Prâsad.

Bastó sólo un día. Pidiendo asilo por aquí y por allá; mendigando en los puestos de comida; preguntando a uno y otro por el camino correcto, Laitnavira dejó un rastro claro y continuo para que el can de Aburghasim diese prestamente con ella. Dormía intranquila en el atrio de un templo de Kali… Soñaba que una jauría de perros la perseguía hacia lo alto de una montaña; huía sola, sabiendo que pronto alcanzaría el risco más alto, desde donde ya no podría continuar. Escuchó muy cerca el ladrido furioso de un perro, y a continuación un doloroso mordisco en su talón izquierdo… Despertó justo cuando entraba en el atrio Tashi Aburghasim, acompañado por tres secuaces, portando antorchas en una mano,  y hachas en la otra. Su primer impulso fue apretar contra su pecho a Prâsad, que dormía a su lado. Aburghasim lanzó una carcajada corta y fingida.

--¡Perra! –gritó, y el eco de su profunda voz resonó en el espacio vacío.

Aburghasim se abalanzó sobre ella y le arrebató al niño de entre los brazos; Laitnavira dejó extendidos los suyos tratando de alcanzar al hijo.

--¡No, no, no…!—chilló-- ¡Déjalo a él, tómame a mí!... ¡Haz lo que quieras conmigo!...

Aburghasim cogió al niño del cabello y lo levantó por los aires. Con la otra mano le arrebató un hacha a uno de sus guardias, miró furibundo a los ojos a Laitnavira, alzó el hacha, la blandió un par de segundos, y luego dejó caer al suelo el hacha y el niño. Dio algunos zancadas hacia Laitnavira, la tomó del pelo, tiró con fuerza la cabeza de ella hacia atrás; con un veloz movimiento sacó un cuchillo de entre sus ropas, y con la misma presteza lo acercó a un costado del cuello de la joven, para luego enterrar su punta profundamente en la yugular; con un movimiento enérgico lo hizo girar alrededor de toda la garganta, desgarrando piel, músculos, cartílagos, nervios, y arrojando un surtidor de sangre. Laitnavira sólo lanzó un largo y gutural quejido. Aburghasim realizó otro corte, todavía más violento y salvaje que el anterior; acostumbrado ya a realizar esta acción, decapitó en menos de cinco segundos a Laitnavira. Una vez que la cabeza quedó colgando separada en su mano, la arrojó con rabia hacia el fondo del templo. Se miró las manos que chorreaban sangre, y comenzó a lamérselas con deleite.

Akarghi llevó ambas palmas pegadas una con otra ante su boca, en un gesto de devoción. Hizo girar su cabeza sobre sus hombros en un extraño gesto.

(¿He huido?... ¿O he salido en el lugar y el tiempo precisos?... Si he huido, he sido sólo un cobarde, un mentiroso, un minúsculo y mezquino yo que se aferra a sí mismo… Y esta inmensa pena, ¿lo es de mí mismo, o por mis amados?... Cuando le entregué mi vida a Aburghasim por mantener salva a Latniavira, ¿lo hice para siempre?... ¿No debí haberme liberado de ellos una semana más tarde, un mes, o un año, después de ahora?... Ningún sabio, ningún maestro dudaría como yo dudo en este momento…)

Akarghi miró el río, hizo una reverencia, se dio media vuelta y comenzó a correr de regreso. Primero trotó cien metros con pacitos cortos; luego comenzó a acelerar el paso apretando el entrecejo; trecientos metros adelante se detuvo; se volvió con inquietud para mirar hacia el río. Su mirada se tranquilizó ante la vista de las aguas mansas calipso, y volvió a emprender la marcha hacia sus amados, pero esta vez sólo caminando con grandes zancadas.

(Quiero ser libre… Liberarme de mis condicionamientos, de mi pasado que me atenaza en lo mismo todo el tiempo, imponiéndose forzadamente a mi presente… Quiero liberarme del amor, de este amor inmenso, salvaje, erótico, exquisito, total… Quiero liberarme del amor de padre, tierno, providente, sacrificial, responsable, comprometido hasta la muerte… ¡Oh Amitabha!, ¿verdaderamente quiero?...)

Mientras caminaba, Akarghi se preguntaba si Gautama Buda había sentido realmente por su mujer el amor que él sentía por Latniavira… Si había sentido el amor de padre que él sentía por Prâsad… Si Gautama había dudado y, después de abandonarlos, había caminado de regreso igualmente al amor como él mismo lo hacía ahora… Akarghi había conocido, en otro tiempo, el éxtasis místico y espiritual en el límite de la condición humana, desde el cual ya nadie quiere volver atrás… Y aun así, después de amar a Latniavira y a Prâsad, sabía que una dimensión sublime y exclusiva de la realidad y de la existencia debía ser vivida e inventada sólo a través de este amor… De este amor tan fundido al sufrimiento, a la materialidad, al placer, a la fugacidad, a la ficción y a la fragilidad; al error, a la injusticia y hasta a la inmoralidad misma.

Iniciaba ya la subida de una pequeña pendiente, siguiendo una huella entre la hierba y los grandes y frondosos árboles, cuando al mirar hacia lo alto del sendero vio venir dos figuras que se parecían a Latniavira y Prâsad. Primero dudó, y guiñó tres veces sus ojos, pero las figuras continuaron acercándose; mientras más cerca se encontraban, más evidente se le hacía que se trataba de ellos. Finalmente Latniavira sonrió y levantó su mano para saludarlo. Prâsad corrió hacia él y se lanzó de un salto a sus brazos. Al llegar Latniavira, se besaron y abrazaron apasionadamente.

Se sentaron a la sombra de un añoso baniano, junto a un arroyo en el que mojaron sus pies. Akarghi estaba feliz y ya pensaba en encontrar la pronta ocasión para hacerle con locura el amor, aunque notaba en la mirada amante de Latniavira un pálido aire de profunda y desconocida tristeza.

--¿Cómo encontraste mi camino?—preguntó Akarghi.

--Siempre lo he sabido, aunque no quería reconocerlo.

Akarghi bajó la mirada hacia sus pies y se quedó un minuto en silencio. Sintió que un horrible peso hundía sus hombros y su nuca.

--Yo hui  de ti y de Prâsad… Ahora regresaba por ustedes, pero no sé por cuánto tiempo…

--¡Lo sé!—Latniavira pasó su mano sobre la calva de Akarghi—Sólo quería verte una vez más y liberarte para siempre de mí…

Akarghi levantó sus ojos hasta los ojos de Latniavira y se quedó viendo en ellos algo inmenso, como si al mirar el destino, se sumase la realidad entera segundo tras segundo, pero en una sola e instantánea imagen.

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