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viernes, 9 de septiembre de 2016

AKARGHI (capítulo 84)





Cinco de la madrugada. Sólo hería el frío alrededor del silencio en los entumecidos jardines de Tashi Aburghasim. Akarghi abrió la puerta de su cabaña con la torpeza y la indecisión de un ebrio. Se dirigió hacia un rincón, cogió un viejo y gastado almohadón, lo arrojó sobre su estera, se dejó caer sobre ella con la cara sumergida contra el cojín, y comenzó a llorar desconsoladamente. 

Había caminado buena parte de la noche. Había tratado de meditar, de orar, de encontrarse consigo mismo, de salirse de sí mismo, pero todo había sido infructuoso… Cuando el alma se abre hacia adentro --no hacia afuera como ocurre naturalmente en todo momento-- y repentinamente experimentas el contenido profundo de tu alma, es inevitable la explosión de uno mismo, la ruptura de todos los límites mentales, y finalmente un poderoso acceso de locura, de ruptura de la normalidad.

Akarghi había estudiado la sicología del alma, los diferentes modelos de la mente, las técnicas, los procedimientos, las prácticas, tapas, sadhanas, jñanas, mantras, asanas, mudras, samâpattis, yamas, iddhis, abhyâsas, y tantas otras formas de alcanzar la maestría de sí mismo. Había sido siempre el discípulo más aventajado en cada una de ellas, porque siempre quería y necesitaba más… Así mismo le imponía consistentemente a la vida más… Nunca era suficiente para él la manifestación de la existencia ahí, la oferta de vida, no como los que insatisfechos con su propia existencia le exigen más a la existencia sin ofrecerle a la realidad más de sí mismos, sino como los que empujan la realidad más allá, desde un explosivo empujarse a sí mismos…

Prâsad estaba ahí, su hijo, como un mandato de la existencia para ser para él… ¿O había algo más?... Latniavira, la mujer más hermosa y gozosa que pudiese concebir, era también un mandato de la existencia para él… ¿O había algo más?... ¿Todos los lazos, todos los anillos que la existencia dona para apretar amorosamente, moralmente, espiritualmente, materialmente, corporalmente a uno mismo, no deben ser nunca rotos sin producir al romperlos un desorden para la existencia, para los seres sentientes, para uno mismo?... Por lo cual, ¿nunca hay que elegir libre y responsablemente romperlos?... El llanto es una respuesta humilde a este cuestionamiento. Por eso lloraba Akarghi.

Se había negado a que su hijo Prâsad, a que su amada Latniavira padecieran un daño irreversible y severo, hasta incluso la muerte, si no actuaba él mismo ejerciendo una forma de violencia a la realidad. Quería arrojar los dados de la fortuna en un todo o nada final. Sabía que la espera, que el sometimiento constructivo y vital habían llegado a su fin. ¡Algo debía explotar por su causa y acción, lo que fuese, y con ello arrastrar vidas humanas!... No había sido criado, educado, enseñado, amaestrado para la violencia. Siempre podía elegir la no-violencia, también ahora. Justificarla por amor, ¿no era una manera de engañarse a sí mismo y de aplacar la conciencia superior? Sin duda era motivo no sólo para caminar una noche entera despierto, acuciado por la incertidumbre, y terminarla en una explosión de llanto, sino además, todas las noches de la vida.

Escuchó un suave repiqueteo en la puerta. Ya conocía esos golpes. Saltó de su lecho y se dirigió de inmediato hacia la puerta. La abrió con decisión, pero de inmediato dio un paso hacia atrás, al ver delante de él a Latniavira y a Prâsad tomado de su mano. Latniavira caminó hacia Akarghi, y con la mano libre lo abrazó y lo besó en la boca. Akarghi miraba a una y otro, y dudaba si sonreír o volver a llorar. En el umbral Latniavira había dejado un pequeño bulto que confirmó a Akarghi su impresión.

--¡Vamos!... ¡Estamos listos!—exclamó Latniavira, conteniendo cuanto podía su alegría y nerviosismo.

Akarghi abrió un poco su boca para decir algo, pero se contuvo. Se pasó el dorso de la mano por los ojos para secar el rastro de sus lágrimas; miró a su alrededor, se prosternó ante la imagen de Buda tres veces hasta tocar con la frente el suelo; cogió su flauta, un par de sandalias que se calzó rápidamente, y algunas hojas en las que había garrapateado algunos versos; las guardó con cuidado en el interior de su toga; se echó un manto a la espalda, y con premura tomó de la mano a Prâsad para salir de la habitación. Akarghi susurró al oído de Latniavira:

--Si me ocurre algo, debes continuar siempre adelante… No vuelvas atrás, Latniavira… Por ningún motivo vuelvas atrás. Yo estaré con ustedes. De alguna forma siempre estaré con ustedes…

Latniavira miró con preocupación a Akarghi, pero este la besó en los labios y salió del cuarto, guiándolos a ambos. Aún  no comenzaba a clarear, si bien ya se escuchaban los primeros pajarillos anunciando el despertar del nuevo día. Se escabulleron por los caminos en el bosque que tantas veces habían hollado para encontrarse furtiva y ansiosamente. Salieron de los límites del enorme predio de Tashi Aburghasim, entonces Akarghi se detuvo repentinamente, con una palidez y un rictus en el rostro que la oscuridad de la madrugada ocultaba.

--¡He olvidado el mala! –exclamó con la voz temblorosa--… ¡Debo regresar a buscarlo!

--¡No!—gimió Latniavira, y apretó fuertemente su mano.

Akarghi tiró con fuerza y se desasió de la mano de Latniavira, que trastabilló y cayó hacia delante de rodillas. Akarghi se asustó y cayó también de rodillas, abrazando a Latniavira.

--¡Volveré!... ¡Te juro que volveré!—le dijo con seguridad al oído.

Luego se puso de pie y comenzó a caminar de regreso, sin mirar para atrás. Caminó diez pasos, veinte pasos, pensó darse media vuelta y volver corriendo con Latniavira y Prâsad. Entonces cruzaron por su mente sucesivos fogonazos. Eran imágenes de otras vidas, muchas vidas de hombres y mujeres que habían decidido amar y entregarlo todo por ese mismo amor. Habían sido felices todos ellos y ellas; habían crecido como inmensos árboles dentro de los cuales innumerables nidos humanos se habían colgado y acogido a su sombra y protección. Vio cómo todos y tantos habían crecido gracias a él, pero también cómo él mismo había ido decreciendo, abandonándose a sí mismo en beneficio de los demás, renunciando, sacrificándose, negándose, amputándose, postergándose, apagándose, siempre feliz, hasta que quedó de sí sólo un madero  liso, recto, ensangrentado, en forma de cruz, sobre lo alto de una colina rocosa y yerma. Vio por el otro extremo (al que llamamos comúnmente futuro), detrás de la cruz encrucijada de los tiempos, sólo una sombra, solitaria y reconcentrada que, al cruzar la mirada con la suya, vibró extrañamente tratando de desprenderse del madero, hasta que se disolvió y despareció.

Entonces Akarghi comenzó a correr, a correr como un endemoniado, persiguiendo la sombra, sin ninguna dirección. Latniavira distinguió, entre las primeras sombras del alba, cómo Akarghi se alejaba distante, cada vez más lejos, de ella y de Prâsad.

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