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sábado, 3 de septiembre de 2016

AKARGHI (capítulo 83)





--¡Corre conmigo!—exclamó Latniavira, con su rostro cubierto por un niqab negro, cogiendo repentinamente de la mano a Akarghi.

Latniavira comenzó a correr veloz y hábilmente entre el gentío del mercado sin soltar la mano de Akarghi, que la seguía muy cerca, atisbando hacia todos lados. No necesitaba explicaciones para comprender que la venían siguiendo. En su carrera empujaron a dos o tres personas que se quejaron sorprendidas, molestas. Se escabulleron por algunos estrechos y sombríos pasajes, hasta que Latniavira giró por una portezuela batiente y se adentró en un conventillo, todavía tirando de la mano de Akarghi. Empujó una puerta ocre de una de las tantas que daban al zaguán; entraron al recinto, que no era más que una habitación de cuatro por cuatro, con una cama matrimonial en un rincón, una mesa pequeña en otro rincón, cubierta por un mantel de cáñamo, y un florero con tulipas frescas y olorosas. Latniavira soltó la mano de Akarghi, corrió hasta el lecho y se dejó caer de espaldas, con los brazos levantados por detrás de la cabeza, riendo, la respiración agitada, aún con el negro velo sobre su rostro, y dejando ver su muslo derecho dorado y desnudo, que levantó recto y seductoramente, apuntando con su fino pie descalzo hacia el techo.

Akarghi la contempló un instante desde la entrada; observó las formas furtivas de sus piernas y de sus pechos grandes que se levantaban  y descendían todavía agitados bajo los pliegues del negro y delgado sari; de inmediato se estremeció su sangre, que afluyó con fuerza hacia su corazón, hacia su vientre y hacia su sexo, alzándolo poderosamente. Se descolgó la túnica de su cuerpo, caminó con decisión hacia Latniavira, clavó una de sus rodillas entre las piernas de su mujer, le arrancó con vehemencia el niqab del rostro, cuyo movimiento impetuoso hizo caer gruesos mechones de pelo azabache sobre sus ojos, que cruzaron y resaltaron sus rasgos felinos y rozagantes. Levantó su sari desde las piernas hacia la cabeza, desnudándola por completo. Siempre que volvía a ver su cuerpo perfecto le parecía estar contemplándola por primera vez. Olía entera a hembra y a perfumes de la selva. La besó de a poco recorriendo sus paisajes femeniles, las hondonadas, los humedales, los labios de su cuerpo. Tocando como un diestro y experimentado músico las melodías de su piel, de sus pezones, de su carne. Latniavira apretaba la espalda de Akarghi; cogía con deleite su cabeza contra su sexo lubricado y turgente; mordía y lamía sus orejas, sus dedos, su pene; arañaba sus brazos cuando la recostaba hacia el lado, y la penetraba con su miembro descubierto, impaciente, profundo. 

Huyeron dos veloces horas haciendo el amor. Las luces de la tarde se volvieron más tenues y suaves al descender sobre las cosas por el tragaluz. Latniavira comenzó a cantar quedamente, mientras Akarghi dormitaba. Entonces se oyeron como unos rasguños desde la puerta. Latniavira se incorporó bruscamente, al tiempo que remecía el hombro de Akarghi. Luego se puso rápido el sari y caminó con sigilo hasta la puerta. Akarghi se vistió el dhoti y se quedó de pie, junto a la cama. Latniavira acercó su oído a la puerta, la arañó con sus uñas, mientras del otro lado  tres rítmicos y sordos golpes de nudillo respondían. Latniavira se dio media vuelta, miró un instante a Akarghi con inquietud, y volvió a girarse para abrir la puerta. Entró una mujer vestida enteramente de negro, cubierta con el mismo niqab de Latniavira.

--¿Qué ocurre?—preguntó con nerviosismo Latniavira, mientras hacía pasar a la mujer, apenas entreabriendo la puerta.

--¡El amo dice que matará a Prâsad si no regresas de inmediato!—respondió con voz temblorosa debajo de su velo de lino.

Latniavira enmudeció y palideció. Akarghi saltó de su lugar y se acercó a Latniavira, cogiéndola por ambos brazos y fijando sus ojos furibundos en los de ella.

--¡No más!... ¡No más!.. ¡No podemos seguir así!

--¿Qué quieres, por Dios, Akarghi?... ¿Qué nos mate a todos?..

--¡Nos matará igual!... ¡De a poco como hasta ahora, o en cualquier momento!

--Akarghi tiene razón—murmuró la mujer bajo su niqab.

--¡Huiremos… tan lejos, que no podrá alcanzarnos ni descubrirnos!... ¡Y si morimos, al menos lo habremos intentado!—agregó Akarghi.

Latniavira se apretó al pecho de Akarghi, se abrazaron en silencio, y lloraron juntos.

--¡Vamos, mi niña!—susurró la mujer.

Latniavira se separó de Akarghi, lo miró con una sonrisa tierna y angustiada, acarició su rostro, y salió presurosa, acompañada por la mujer. Akarghi tomó una silla, la ubicó en el centro, se sentó apoyando los codos en sus piernas y apretó su cabeza con ambas manos. Después de unos cinco minutos, se levantó de un salto y salió caminando de prisa.

(¡Debemos huir!... ¡Debemos huir!... ¡Debemos huir!...)

Bajó hacia los arrabales, hacia el río, pero se detuvo a medio camino, miró hacia la derecha, y torció hacia la izquierda, siguiendo un impulso. Escuchó que alguien gritaba su nombre de lejos; comenzó a correr sin mirar atrás. Corrió varias cuadras, hasta que se detuvo frente a una ermita solitaria. Entró en ella, caminó entre viejos troncos y restos de artesonado, hasta replegarse en una hornacina, detrás de un gran ídolo de barro, un Ganesha descolorido y roto. Primero se apretó las manos, luego se impuso calma; se sentó en asana, cerró los ojos y se concentró en disciplinar su respiración y su mente; pero su pensamiento no necesitaba pedir permiso… Una araña negra se paseó sobre su mano derecha. Akarghi la dejó ir y venir.

(Lo he decidido, lo he querido así… No puedo culpar ni responsabilizar a nadie por lo que vivo. Es verdad que hay decisiones en la vida que inician empinadas pendientes por las que uno comienza a descender a la fuerza, cada vez más violenta y opresivamente empujado. Hay decisiones que inician caminos de vida como hundirse progresivamente en un pantano, del cual a cada minuto cuesta más salir… Así he visto hundirse angustiosamente en ocaso mi vida estos últimos tres años… Y ahora con el agua bajo la línea horizontal de mi boca no me queda más que respirar el primer sorbo del final de este camino; un final que jamás quise ni sospeché al iniciar esta vida, pero que también estaba naturalmente contenido en la decisión y el inicio mismos… ¡Cuán importante y decisivo es reconcentrar todas las energías mentales, concientes e inconcientes, en un solo y mismo propósito!... ¡Nada peor para la realidad que estar uno mismo dividido!... ¡Huir! ¡Debemos huir!... ¿O qué?...)

Algún lejano monasterio dejó escapar nueve campanadas. Las estrellas bien lejos continuaban inmóviles en el mismo lugar de siempre, aunque el destino de los seres humanos fluía como las aguas de un río que refleja en su superficie los astros del cielo, y el corazón de Akarghi martilleaba vigorosamente sobre el tabla de su alma un dos, un dos, un dos, un dos…

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