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sábado, 27 de agosto de 2016

AKARGHI (capítulo 82)






“Bhaya govindam, bhaya govindam, bhaya govindam, mudha mate”  (adora a Góvinda, adora a Góvinda, adora a Góvinda, tonta mente)… Escuchaba quejarse a alguien  como detrás de un muro. Primero elevaba la voz, la sostenía en un largo y angustioso lamento, y luego parecía derrumbarse al exhalar “mudha mate”… Akarghi temía que todo esto fuese el producto y la realización de su mente. El Monasterio de la Paz Inmortal estaba en alguna parte… ¿Dónde realmente?... Los hombres que caminaban por las calles no dudaban si estaban enloqueciendo al constatar que caminaban por las calles. Los maestros ya no dudaban. Lo identificaban de una vez y para siempre, lo definían maya. Akarghi, por el contrario, estaba a punto de sobrepasar todos los límites Sólo su memoria podía explicar que no viese nada, que estuviese sentado en la más impenetrable oscuridad y en el más completo silencio. Pero las imágenes y los sonidos que veía y escuchaba en su mente, ¿dónde estaban realmente?... Alguien había posado una mano en su espalda, había respirado cerca de su cuello y hasta había susurrado Bhaya govindam, bhaya govindam, bhaya govindam, mudha mate… ¿Con qué autoridad y certidumbre habrían de juzgar la verdad de esto, sus ojos, sus oídos, sus manos, y hasta su inteligencia y su memoria?

El miedo seguía allí, más justificado que antes. Ningún miedo mayor existe que el dejar de ser humano, pero todavía sin dejar de ser. Ni siquiera el miedo terrible a la locura o a la muerte, cuando se las ve venir… ¿Qué era entonces ese “Góvinda”? ¿El Krishna divino-respuesta con que todos los humanos creyentes fabrican el arrecife submarino que les permite descansar sobre una roca sólida para no perderse en el infinito de las tinieblas y el absurdo que aguardan en los límites de la condición humana? Allí estaban las tinieblas alrededor de él, durante tres días, como si sólo en tres días pudiesen disiparse el tiempo y hasta la eternidad… y el encierro corporal, anular absolutamente el espacio. Sin embargo, aun así, él mismo continuaría ahí, ingrávido, como una larva suspendida en medio de una nada, porque aunque OM (la Voz) clamara desde su propia raíz ontológica TAT ( Eso), su inevitable existencia individual (Akarghi) replicaría NETI NETI ( Ni Esto ni Eso), terca y absurdamente… Al punto tendría que ocurrir Aquello que nadie puede predecir, ni está escrito en ninguna parte.

Su mente era el único ariete, la cosa con que debería enfrentar el choque contra la nada, contra la frontera, contra la anulación repentina de todo, contra la disolución progresiva incluso de su propia mente. Pero antes tendría que enfrentarse a sus demonios y resistirse a la atracción de sus dioses. Ellos se ocultaban allá, en los márgenes de todo, resguardando los límites de este universo, afuera de todos los hombres, entre las estrellas, y adentro de cada persona, en las profundidades del yo y de la inconciencia.

Ya no necesitaba respirar, no necesitaba desasirse de la mente, del tiempo ni del espacio. Estaba ahí. Estaban ahí. 

(¿Sabrán mis maestros realmente dónde me han puesto?... Siempre tan protectores, ahora me han abandonado a mí mismo…)

Comenzaron a materializarse como si vinieran de lejos. Por todos lados como difusas coloraciones, vapores animados cada uno por sensaciones únicas y horribles, progresivamente seres vivientes, vibrando con horrorosos chirridos inhumanos, aumentando a cada momento de tamaño e intensidad, expeliendo fetideces más repugnantes y asquerosas que todo lo olido, colmándolo todo, como si el espacio se fuese llenando y expandiendo hacia adentro de sí mismo, siempre más denso y descomunal de lo mismo, hasta que llegaron absolutamente alrededor de todo el cuerpo de Akarghi. Akarghi ya no podía moverse, no podía pensar, ni sentir… Necesitaba morir. Entonces percibió cómo de esta entidad unificada de infinitos entes demoníacos pegados a su cuerpo aparecieron innumerables filamentos opalescentes que se le apegaron y comenzaron a penetrar por cada uno de los orificios de su cuerpo, primero por la nariz, por la boca, los oídos, los ojos, por el ano, por la uretra y, finalmente, por cada uno de sus poros, provocándole la más terrible impresión de que se iban difundiendo por su interior, absorbiéndolo, consumiéndolo, llenándolo de maldad, y de horror, y tormento, y oscuridad. Entonces el Todos-en-Todo expresaron con todas las expresiones negadoras posibles, de una sola vez:

--¡SOY EL QUE SOY!... ¡ISHAT!...

Su yo sorbido por el tenebroso ISHAT ya no pudo resistirse más y experimentó con abandono el inicio de su completa anulación. En ese preciso instante experimentó un sobrecogedor fogonazo que lo cubrió Todo-en-Todo con su luz, con su presencia, con su ser. Instantáneamente desapareció el caos oscuro, demoníaco y absoluto reemplazado por un ser de luz, divino, amoroso, infinitamente múltiple y unificado, que con su poderosa vibración ordenaba y sometía todas las cosas a su esencia. Entonces experimentó Akarghi cómo todos los filamentos de los colores más bellos y diferenciados retrocedían desde sus profundidades interiores hacia el exterior, por la misma vía que habían seguido para entrar en él, alabando con las más hermosas melodías y palabras, perfumando el universo con su encanto, materializándose en formas, en cosas, en seres, en sustancias bienaventuradas y dichosas por todo el Universo. Y caminaban alrededor de él personas, muchas personas; de entre ellas, primero reconoció a Lokhi, su madre, que sonreía y estiraba sus brazos hacia él; junto a ella Tejalami, su padre, también sonriente y extendiendo sus brazos hacia él; se alejaban de a poco, rodeándolo en espiral, en la medida que otras y otras personas aparecían más cerca junto a él; también Kahrinna, Nimrhod, Amisha, Kabhir, Kynpham, Kinjihoro, Farra-aj, Chien Tzu, Shambhu, Nadhi, Siddharta, Ravajagana, Sapilaspatti, Aadarshini, Prâsad, Latniavira, Nigarvi, Alisha, Saddinavi, y tantos otros aún sin nombre, aunque a la mayoría de ellos, que siempre le estiraban sus brazos, jamás los había visto, si bien le parecían todos profundamente familiares, inolvidables, suyos y amados. Y vivía con todos y cada uno de ellos una sola entidad, un solo sentimiento que lo colmaba todo adentro y afuera: AMOR… Tan intenso era este sublime sentimiento que las figuras corpóreas comenzaron a diluirse y una suerte de luminosidad contenida en cada persona y en cada color y en cada sensibilidad se extendió Todo-en-Todo, de modo que todo este AMOR se unificó más allá de las formas humanas y se evidenció conteniéndolo Todo-en-Todo un ser absoluto, un ser divino, que giraba en torno a sí mismo, a veces cobrando un avatar o aspecto particular, como Brahma, Tao, Dios, Krishna, Buda, Vishnú, Matsya, Parvati, Jesús, Kali, Rama, e innumerables otros efluvios deidades, todos con rostros dentro de un mismo rostro, tan perfectos, tan divinos, bienaventurados y sublimes, que Akarghi experimentó la Absoluta Devoción, el Éxtasis Supremo, la Inmovilidad del Ser, la Contemplación Eterna, la Anulación del Tiempo y del Espacio, el Brahman-Atman, y, como coronación de todo ello, la inexorable absorción en el Final-de-Sí-Mismo



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