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sábado, 13 de agosto de 2016

AKARGHI (capítulo 80)





El pequeño Akarghi, de cuatro años, contemplaba la lluvia con la frente y las manos apoyadas en el vidrio de una ventana del estudio de su padre. Amaba sentir la lluvia delicada y poderosa bajar a la carrerita del cielo gris con su música líquida, enredarse en las hojas, en las flores, en los árboles, y, al llegar de repente al suelo, cubrirlo todo con su espejo ingrávido y tembloroso de mundo. Sentía, contemplando, unas olitas que bajaban y subían de su corazón a su estómago, y viceversa, como si algo invisible, oculto y muy suyo se aproximase bien cerca de él, sin acabar nunca de revelar su secreto. Amaba recibir en su piel el frío de las gotas de lluvia resbalando por el vidrio, que le transmitía algo más, algo aún más intenso, inquietante y vital de ese arcano, al mismo tiempo, cercano y distante.

Largo tiempo llevaba así, tal vez una hora, cuando escuchó que se abría a su espalda la puerta de la habitación. Dio un brinco, como si despertase de pronto, y corrió tres pasos, luego se detuvo y bajó la cabeza, al ver el rostro adusto de su padre. Había sido cogido en falta. Tejalami Mendalhayam también se detuvo, miró hacia el escritorio sobre el que yacían algunos libros, varios cuadernillos y algunos lápices  de carbón; preguntó con su voz ronca:

--¿Terminaste tu trabajo?

Akarghi se mantuvo en silencio y sólo movió una vez la cabeza para negar. Tejalami caminó hacia el escritorio de caoba, se detuvo a un lado, estiró su mano y hojeó los cuadernos y los libros.

--¿De dónde sacaste este libro?... No es lo que te he pedido que leas y copies. ¿Por qué has escrito esto? –Tejalami leyó en voz alta del cuaderno de caligrafía de Akarghi--…  IV-iv-8: Yajnavalkya prosiguió: ‘Todavía otra instrucción lapidaria: ‘La vía sutil, este sendero milenario que posee la delicadeza de un átomo y sin embargo se encuentra en todas partes, yo la he descubierto. Aún más, la he realizado en mí mismo. Es por ella que los sabios –esos conocedores de Brahma—ganan igualmente la esfera celeste de la liberación después de la muerte del cuerpo físico; es por ella que ya estaban liberados de su ser viviente’.
IV-iv-9: ‘Algunos la ven como si fuese de color blanco; otros, azul, gris, verde o roja. Esta vía es realizada por un brahman, es decir, un auténtico conocedor de Brahma; la sigue cualquiera que conoce a Brahma, que ha cumplido actos virtuosos y se identifica con la Luz suprema.’

IV-iv-15: ‘Cuando un hombre, siguiendo las instrucciones de su maestro, llega a contemplar sin intermediario a este Sí de esplendor radioso, Señor de todo lo que fue y será, entonces ya no desea separarse de Él.’[1]

El rostro de Akarghi se iluminó de alegría. Corrió hacia el escritorio y se detuvo bruscamente, apoyando ambas manos sobre el canto para evitar chocar.

--¡Papá, mira, de ahí lo tomé! –mostró el hueco que había quedado en un anaquel al que había alcanzado arrimando una silla.

--¿Por qué has escrito esto?... ¿Qué estabas haciendo, perdiendo el tiempo?

--¡No! –exclamó de inmediato, giró la cabeza hacia la ventana, pero la volvió rápidamente—Es que… no sé, me ha llamado la atención; me parece hermoso, aunque no entiendo mucho.

--¿No entiendes mucho?... ¿Qué has entendido tú, rapazuelo?

Tejalami hizo una mueca con la comisura de los labios, arrojó por allí un resoplido, sacó sus anteojos de lectura de un cajón y se sentó ante el escritorio, volviendo a fijar su vista sobre el cuaderno. Akarghi miró con intensidad a su padre.

--Entiendo que Brahma es el dios que se encuentra en todas las cosas y que sólo los sabios pueden experimentarlo como espíritu de todas las cosas… Los seres humanos corrientes, como yo, sólo podemos ver sus fantasmas, o sólo su reflejo ilusorio en las cosas…

Tejalami miró el cuaderno de notas, luego dirigió su mirada escrutadora al niño, se puso de pie y caminó lentamente hacia el estante de libros, para quedarse observando de cerca el espacio vacío que allí había quedado.

--¿Quién te enseñó eso?... ¿Sabes que este libro es un Upanishad? – al decir Upanishad su voz se volvió más ronca, lenta y enfática.

--¡Nadie!... Eso es lo que yo entiendo, o… ¡perdón, papá! Es que…

Akarghi se contuvo, avergonzado y atemorizado. Sus ojos se llenaron de lágrimas. Tejalami se volvió hacia él y se lo quedó observando:

--¿Qué pasa?

Akarghi, emocionado, apenas articuló con voz temblorosa, tratando de no llorar:
--Quiero… conocer… a Brahma.

Tejalami soltó sin pensarlo una carcajada; si bien, dos segundos después cambiaba su expresión y volvía a fruncir el ceño, con mayor preocupación. Se quitó los lentes, que habían resbalado casi hasta la punta de su nariz:

--¡Eso no es posible!... Ningún ser humano puede conocer a Brahma. Brahma está más allá de todo… ¡Eres muy pequeño para entender esto, Akarghi!

--¿Cuál es la vía sutil de los sabios?... ¿Por qué yo no podría tener un maestro que me enseñe “a contemplar sin intermediario a este Sí de esplendor radioso, Señor de todo lo que fue y será”? –repitió de memoria.

Akarghi se acercó a su padre. Superando el límite que el trato habitual con él le había impuesto, tomó su mano izquierda con las dos suyas y se quedó esperando expectante una respuesta. Tejalami guardó silencio, con la vista perdida en algo muy distante. Una tropilla de niños pasó corriendo cerca de la ventana, riendo y jugando. La lluvia y las nubes se habían ido lejos, y ahora el sol brillaba con la misma alegría que experimentaban los niños liberados de sus aburridos encierros. Akarghi se volvió hacia la ventana y, al ver pasar a sus amigos, sonrió y dio un pequeño saltito. Tejalami pareció despertar al percibir la inquietud de Akarghi:

--¿Quieres ir a jugar con tus amigos?

--¡Sí!—exclamó con júbilo.

--¡Anda… ve! 

Akarghi giró y partió corriendo hacia la puerta. Antes de llegar a ella, su padre lo detuvo con voz imperiosa:

--¡Akarghi!... ¿Quién te ha hablado de Brahma?

Akarghi respondió de prisa, sin pensar:

--¡Faluyya!

Giró la manilla con premura para no facilitarle tiempo a nuevas preguntas, y salió a la carrera, dándole desde afuera un tirón a la puerta, pero sin llegar a cerrarla.

Tejalami ordenó los cuadernos y los libros sobre el escritorio. Devolvió el libro de los Upanishads a su anaquel, miró con desazón hacia la ventana, y salió de la habitación con las manos entrelazadas por la espalda, a paso lento. Se fue caminando con el mismo paso cansino hacia la sala de estar, donde se reunían las mujeres para tejer, leer y bordar. Necesitaba imperiosamente hablar con Faluyya.




[1] Brihadaranyaka Upanishad.

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