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sábado, 23 de julio de 2016

AKARGHI (capítulo 77)






El aire estaba cargado de esencias de ultratumba. Ráfagas de viento arrastraban hojas, ramas y nubes tan negras y pesadas que parecía que pronto uno podría alcanzarlas con la mano. Akarghi había ido a meditar el día entero en las laderas del lujurioso Mehru y ahora, con los ojos bien abiertos, se admiraba del mensaje de la naturaleza. Algo oscuro, tenebroso y mágico vibraba en todas las cosas; algo misterioso y nuevo que transformaba los olores conocidos en inquietantes oráculos. Algo desconcertante que se alumbraba en el color de las cosas, como si innumerables cirios se hubiesen repentinamente encendido por el reverso de todo. A sus breves once años Akarghi jamás había experimentado algo así.

Entonces ocurrió un hecho asombroso. Se escuchó un terrible estampido y al mismo tiempo un descomunal destello iluminó el lugar. Una gruesa flecha de fuego cayó desde lo alto, semejante a una cascada tremolante, escindiendo el espacio, hasta clavarse en el suelo, a unos diez pasos delante de Akarghi. Sintió como si alguien lo jalase de la cabeza hacia atrás. Antes de que desapareciese el resplandor del rayo (y la estela ígnea todavía hacía vibrar las moléculas del aire), en el preciso lugar donde se había clavado en el suelo, se materializó una figura difusa que variaba de tonalidad entre el dorado, el blanco, el rojo y el índigo. Confundido Akarghi cerró los ojos y los volvió a abrir, pero la imagen continuaba ahí. Le pareció que la figura flotaba por encima del suelo, como a unos diez centímetros, y que algo se movía alrededor de ella, quizás unas alas curvas o anillos oscilantes. La figura alta y delgada se acercó a él, estiró su fino brazo traslúcido y extendió lo que parecía su mano por encima y cerca de su cabeza rasurada. Akarghi experimentó el efecto de recibir una poderosa descarga eléctrica y sintió un fuerte mareo.

Al despertar, Akarghi se encontró en un lugar sobrecogedor. Se experimentaba a la orilla de un inmenso lago, o de un océano tal vez –no podía saberlo—de aguas transparentes y, al mismo tiempo, brillantes, que reflejaban el más bello fondo de partículas de diminutas joyas. El cielo era otro lago, o bien un océano, de aguas de luz tan tenue y palpitante que iluminaban con sombras y tintes de ensueño todas las cosas… ¿Serían aquéllas, estrellas o soles o mundos?... A sus pies, una arena traslúcida y opalescente tan extensa y profunda que creyó hallarse suspendido sobre una fina red de inmaterialidad. Cerca de él, a tres pasos, la maravillosa figura lo contemplaba inmóvil y silenciosa. Tuvo la certeza de que sonreía y lo observaba con un profundo sentimiento de amor.

--¡Akarghi! –escuchó la voz en su mente, sin poder precisar si era hombre o mujer, pues hablaba como un soplo de viento que se va alejando-- ¡Akarghi!—repitió--… ¡Akarghi!...

Y cada vez que la figura repetía su nombre, Akarghi trataba de abrir sus labios para responder, pero no podía. Al fin comprendió que no podía abrir su boca porque no tenía nada que decir. Entonces la voz habló por él:

--¿Dónde estoy?

Se acordó de un pasaje leído en un antiguo maestro: “Cuando ves humo del otro lado de la montaña, ya sabes que hay un fuego; cuando ves cuernos del otro lado de una cerca, inmediatamente sabes que hay un buey allí. Entender tres cuando uno se hace presente, juzgar precisamente de una mirada – esto es el alimento y bebida diarios de un monje.

Akarghi trataba, pero no podía pensar. Su pensamiento, lo mismo que su lengua y tal vez como toda su mente, farfullaba, tropezaba, se confundía. Quiso dudar, quiso afirmarse a sí mismo como principio de verdad, y se dirigió a la figura dentro de su propia cabeza:

--¡No existes!... ¡Eres una ilusión!

Pero escuchó nítidamente como su propia voz salía lentamente de la boca de ese divino ser que lo contemplaba con infinita misericordia y le confesaba con pena:
 
--¡No existes!... ¡Eres una ilusión!...

--¡Yo, tú!—susurraron ambos, al mismo tiempo, como hojas secas arrastradas por el viento.

Akarghi experimentó una extraña sensación de angustia y dicha al mismo tiempo. Trataba de ser racional, pero no quería ser racional. Se vivía a sí mismo extendido y completado en el otro ser, reverberando en él, y él en Akarghi. Volvió a mirar a su alrededor y reconoció que la sublime belleza y perfección de ese universo que percibía, que resonaba en su interior, sólo podía experimentarlas porque también había tanta belleza y perfección en él mismo. Sus ojos se llenaron de emoción, de gratitud y lágrimas.

(Pero estoy solo… ¿Tú y yo estamos solos en este universo infinito y perfecto?)

--Miras con los ojos de tu cara, pero no miras con los ojos de tu alma… Estamos rodeados de seres como tú, como yo, diferentes a ti y a mí.

El ser traslúcido estiró su mano hacia Akarghi y le entregó un pequeño objeto de color café.

--¡Come!—le dijo.

Akarghi se lo llevó a la boca. Era blando, singular, cálido, pero su sabor contenía todos los sabores más exquisitos y estremecedores.

--¡Dame más!—suplicó Akarghi.

El ser volvió a estirar su mano y entregó a Akarghi un capullo de luz que fluctuaba entre diferentes colores.

--¡Huele!

Akarghi lo acercó a su nariz. Sintió que era arrastrado instantáneamente por todas las cosas, percibiendo los aromas más intensos y exquisitos que jamás había olido.

--¡No quiero dejar de oler!

El ser se acercó a Akarghi y sopló en su oído. 

--¡Escucha!

Akarghi pudo oír todos los sonidos, todas las voces, todas las melodías, todos los lenguajes que existían en el Universo. Se erizó la piel de todo su cuerpo y las lágrimas saltaron abundantemente. Cerró sus ojos y enmudeció.

--¡Mira!

Akarghi abrió sus ojos y se encontró a sí mismo en padmasana (posición del loto), en el mismo lugar donde había estado meditando durante el día, bajo una higuera de agua. La luz comenzaba a disminuir a su alrededor. Estaba solo. Ninguna señal del ser divino que recordaba lo había acompañado… ¿Hace un momento?… ¿Un millón de años antes, en el futuro?... ¿Solo?... ¿Acaso estoy solo?...

Ninguna respuesta. Nada vio con sus ojos, nada oyó con sus oídos, nada olió con su nariz, ni gustó con su boca, pero su alma, su espíritu, su mente se habían abierto, y percibían otra nueva realidad… ¿La Realidad?... ¿Eso era la Verdad de la Realidad?

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