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sábado, 16 de julio de 2016

AKARGHI (capítulo 76)






¿Cómo puedo asegurarme de que esta realidad sea la realidad? En mi penoso esfuerzo por identificar y conocer la realidad se evidencia una manifestación considerable de irrealidad, de ficción, como si la realidad estuviese constituida en una gran medida de irrealidad. Lo mismo que si una corriente repentina y momentánea de aire se impregnase de conciencia (yo) y, al mismo tiempo, las flores de lavanda que crecen por ahí cerca tiñesen con su perfume, desde el momento en que yo nazca, este corto soplo de conciencia que se muere tan pronto como se detiene el reloj del tiempo. ¡Oh!, todo olería a lavanda sin saberlo yo… Dios olería a lavanda, yo olería a lavanda, el mundo olería a lavanda, la realidad toda, la verdad, y hasta la irrealidad… olerían a lavanda…

¡Qué bello, qué puro, qué absolutamente feliz y eterno experimentaba Akarghi ese momento y lugar!... Recostado de espaldas, junto al estanque que amaba, mirando con el rabillo del ojo el lento y sinuoso ser dorado de Koi que jugaba a vivir bajo las aguas. ¡Qué bien se sentía!... Había allí algo sublime, alrededor de él. El sol, el sol tan lleno de luz templada, se parecía tanto al resplandor de una sonrisa, al destello luminoso cuando se descubre una verdad invisible, al amor sin restricción desplegado por encima de todo. Y aun así devendrían momentos, días, siglos incluso, en que todo sería agonía y sufrimiento alrededor de él… otro sol; entonces sentiría creer que ese instante de gloria del mundo había sido tan falso e ilusorio sólo porque no podría darle sentido, comprender que este divino momento, el de ahora, fuese indiferente y juntamente también el más horrible y criminal.

¡Sentía paz, tanta paz!... Tanta, que no cabía en sí misma, y dejaba entrever Algo de esa paz, detrás de la paz. Tan inmensamente dichosa e intensa le resultaba esa experiencia de la realidad que sus emociones, sus diques y formas mentales se desbordaban; se rompían aquellas que incluso por superiores se manifestaban las únicas para acoger tamaña inmensidad de realidad, y se entremezclaban fluida y extáticamente, provocando un estallido de felicidad delirante. Sus sentidos, igual que si estuviesen afectados por una poderosa droga, no percibían tres dimensiones, ni la realidad natural de los sentidos. Percibían siete dimensiones superpuestas a un horizonte infinito…

¿Era todo esto sólo la realización de un siddhi (poder milagroso) cualquiera más?... Hacía ya tiempo que observaba con sospecha la santidad, la maestría, los sadhus (asceta iluminado), el nirvana. Observaba inquisitivamente; observaba receptivamente; observaba espiritualmente; observaba también escépticamente cada indicio de trascendencia, en los menores gestos, en las más sutiles actitudes, en la energía que fluía de sus cuerpos, de sus mentes y de sus almas, en la voz, en su aura, en el trasfondo invisible de la conciencia, cuidadoso, cauteloso, mesurado, imparcial y, sobre todo, auscultándose a sí mismo, como al más peligroso de todos los embaucadores y charlatanes. Lamayuru había sido –dentro de este cuerpo-- su primer salto existencial en la búsqueda de la Verdad. Cuando su sagrado ojo interno se despertó hacia los nueve años, la Verdad, que hasta entonces se había identificado con la persona de su madre y de su padre, se rasgó de arriba abajo. No podía creer entonces ni ahora que hasta los nueve años ellos hubiesen sido sus dioses supremos, inalcanzables en su perfección, y que toda la realidad se hubiese construido y significado en torno a ellos. Pero a los nueve años alguna tela gris se cayó de sus ojos y los vio repentinamente por detrás de su amor, de su maravillosa imagen y de su nimbo de perfección, como seres y mentes imperfectas, condicionadas, inconsistentes, sufrientes, adormecidas. En ese momento surgió en Akarghi una aguda, separadora, dolorosa conciencia y certeza: ¡Estoy más despierto que ellos!

Sin embargo, también pronto surgió una nueva autoconciencia, desagarrada lentamente de su autocontemplación, de su inquieto espíritu, de su devoción, de su camino. Ella le hacía experimentar una nueva duda, una mayor necesidad de verdad (de firmeza en la fundación de la realidad), al descubrirse a sí mismo igualmente incierto, ignorante, incompleto, condicionado, imperfecto, engañoso, de la misma manera que él había reconocido antes a sus padres. Y se asustó. Se asustó tanto que no podía dormir, no podía comer, no podía siquiera llorar. ¿Y si ahora estoy más dormido aún que antes?... No sabía si había hecho lo correcto al abandonar el hogar, el amor de sus padres, para ascender a esta nueva experiencia de la Verdad que le ofrecía la vida monacal en Lamayuru.

Se le vino a la mente un recuerdo, casi la memoria de un mero sueño… Caminaba de la mano de su padre por ciertas calles amenazantes, horribles, en las que se escondían detrás de otros bultos, los bultos maltrechos, zarrapastrosos, deformados de cientos y cientos de humanos abandonados, mendicantes, leprosos, fétidos, intocables. Su corazón –igual que ahora-- latía de prisa, agobiado de angustia, apenas intuyendo lo que ocurría allí.

--¡Míralos, Akarghi!... Han perdido la condición humana, y, sin embargo, son personas como tú y como yo.

No comprendió entonces qué había querido enseñarle su padre, pero igualmente un escalofrío recorrió su espalda de arriba abajo. Ahora, al recordarlo, experimentaba la angustia de no saber si él, su padre y aquellos miserables infrahumanos eran todos lo mismo… ¡Eso y esto!

(Recuerdo que mi padre apretó más mi mano, sentí un dolor que me pareció venir del corazón, pero no me quejé, y se adentró por un callejón lúgubre y oscuro. Yo trataba de ver qué ocurría ahí, pero sólo vislumbraba sombras y movimientos temblorosos. Podía sentir con tanta intensidad y sorpresa lo que ahora puedo llamar agonía… Mi padre se detuvo ante una sombra delgada como una raya de carbón, sacó algo de entre sus ropas y lo acercó a la silueta. Escuché un quejido y un susurro. La raya era una mujer que abrazaba a un niño. El niño era un quejido de hambre. 

Pienso ahora qué habrá sido de ellos. De mi padre, del niño, de la mujer… ¿No se resuelve la pregunta siempre igual? El rico, el asesino, el asesinado, el niño, el gurú, la mujer, todos acabaron o acabarán en la muerte. Y yo, de la misma manera que ellos, acabaré allí donde nadie puede ver a ciencia cierta más allá. Yo quería ese día ver el rostro de la mujer. Quería ver tanto y sólo su rostro, como si en él pudiese descubrir su verdad y algo más: la Verdad. Hasta ahora sueño con ese rostro invisible. Necesito siempre ver más, más allá, pero no puedo.)

Akarghi dejó caer su mano pesadamente dentro del agua y giró su vista hacia Koi, tratando de ver más allá de su cuerpo y de sus escamas de pez… (¿Está ahí realmente Koi?...) ¿Podría también él causar que ella nunca hubiese estado ahí?
Sintió un extraño y desconocido vahído, como si le hubiesen quitado el suelo sobre el que apoyaba no su cuerpo, sino su existencia…

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