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sábado, 9 de julio de 2016

AKARGHI (capítulo 75)






Deambuló toda la noche. (Sólo cayó dormido una hora, dentro de un insólito ensueño.) Desorientado, tratando de alejarse siempre más de Lamayuru, a veces corriendo, cuando en los llanos la hierba húmeda rosaba sus rodillas sobre su túnica. Otras veces se detenía como un animal perseguido y aguzaba todos sus sentidos para lograr descubrir atrás a sus perseguidores, entre las ramas embozadas, o en el rodar de los casquillos de las pendientes.

Ahora se había detenido junto a una extensa charca y lloraba, observando las estrellas. Su corazón palpitaba ruidosamente más apretado por emociones y pensamientos que nunca. Contemplaba el Universo, sabiendo con absoluta certeza que el Universo lo estaba también contemplando a él. Lloraba tantas cosas. Le resultaba natural llorar su vida, las lágrimas eran más reales y verdaderas que las cosas mismas, que los acontecimientos, que las sensaciones y las personas que parecían causarlas. El sufrimiento era el estado más humano, el choque de la conciencia primaria contra la existencia… ¿Quién llora más, la madre o el hijo, cuando al nacer rompe la bolsa de la unidad y se separa para siempre la una del otro?

No era sólo la muerte irracional e injustificada de cada uno de sus maestros, de Farra-aj, de sus hermanos, de cada condiscípulo, cuyas vidas abundantemente vividas juntos, ahora que ya no existían, se rebelaban a morir desde el pasado, desde la memoria eterna e inmortal, que chocaba con el presente absurdo del nunca más, que parecía negar el sentido de cada recuerdo vivido, muerto. Esa sola evidencia era puro desconsuelo y llanto… ¿Qué podría decirle la constelación de Casiopea, o Cygnus, o Ardra, o Vicrtau, o Satabhishaj, desplegadas tan alto que ningún ingenio humano podría soñar siquiera alcanzarlas? ¿Estaba realmente escrito en ellas el destino de cada acontecimiento de su vida, con el mismo trazo que se escribía el destino de cada átomo, partícula y vibración del Universo infinito? Su dolor se desvanecía, lo mismo que toda su existencia, y hasta la prolongación en las posibilidades de sus vidas pasadas y futuras, en medio de ese espacio que no tenía fin, ni tampoco agotamiento a su siempre creciente inmensidad. Pero al mismo tiempo él no era una constelación, ni polvo de estrellas, ni vacío expandido, ni un grupúsculo de moléculas de carbono; era un ser humano que experimentaba su propio rango de realidad, en un plantea único y azul, condicionado por un tipo particular de existencia sicobiológica, la cual era empujada con frecuencia hasta los límites de sí misma.

Introdujo sus dedos bajo el agua oscura, como acostumbraba a hacerlo en el estanque del Claro de Luna, en su amada Lamayuru. Sólo experimentó frío, abandono, nostalgia, dolor. No era difícil terminar con todo dolor, con la ilusión de una existencia necesaria y preciosa, o injusta y precaria. Bastaba dejarse caer hacia el fondo de la laguna, sin moverse, sin respirar más, simplemente. Tantos y tantos habían ya reclamado al creador de esta horrible pantomima, desgarrados, saliendo por la puerta rápida de la muerte. ¿No era también una salida rápida de esta existencia fugaz y absurda el budismo, la vedanta, el brahmanismo, el yoga, y toda aspiración religiosa y espiritual hacia la trascendencia? ¿Era más horrible, injustificado, condenable, el suicidio de su amigo Kynpham, que el asesinato de sus amados hermanos, o simplemente la muerte natural de cada ser humano?... Ahí mismo le pareció a Akarghi que pensar en esto, o en cualquier cosa… ser conciente de esto o de cualquier cosa, no era más que la errática proyección de Algo que lo causaba enteramente a él, sin que él mismo produjese nada.

Y Eso mismo le había quitado todo lo que le había dado. Y Eso mismo parecía enrostrarle allí, sentado frente al cielo infinito, ¿Qué harás?... 

(…Como si Eso mismo quisiese olvidarse por un corto instante de Sí mismo y darme poder a mí, como un minúsculo yo incompleto y balbuceante de su propio Sí mismo, para inventar una decisión libre y original, como si cualquier presente, cualquier futuro, cualquier posibilidad, no existiese ya en infinitas dimensiones eternamente realizadas, sin libertad alguna ni capacidad de crear nada completamente nuevo y original. Era necesario crear la ilusión del tiempo y del espacio, del yo y de la conciencia, para que existiese la ilusión de la libertad y de la creación…)

Aun así la libertad, la creación, la responsabilidad moral, la conciencia de todo ser humano lograban desplegar su libreto dramático sobre un diminuto escenario teatral, sobre el que cada actor humano debía representar su honesto y auténtico rol dentro del guión prestablecido, que le indicaba generosamente: 

--¡Elige tú, decide libremente qué decir, qué hacer, pero sólo entre esto y esto!...

Tenía que desapegarse de cada uno de aquellos seres amados como si jamás los hubiese en realidad conocido, y no fuesen de cierto más que archivos de un largo ensueño, al que llamamos vida. Ahora se encontraba ahí, desamparado de todo, sin continuidad, como si repentinamente hubiese sido arrojado en un mundo extraño. Recordó a sus padres, a su hermana, a sus perros, sus juguetes, sus paisajes y sus hogares. También habían sido rotos y destruidos como despertar de un sueño profundo, al ser trasplantado a Lamayuru. Sin embargo, aquello podía ser comprendido, podía todavía ser sentido como una natural prolongación de su infantil capacidad y aspiración de trascender. Pero ahora, precisamente cuando Lamayuru y la vida monacal en los últimos tiempos habían dejado de tener sentido, antes de que cualquier otro sentido, cualquier otro plan de vida pudiese gradualmente reemplazarlo, había sido destruido y esfumado, quedando huérfano de todo, como si lo más cercano y familiar para él fuesen no más que las estrellas que distinguía allá en lo alto. Quizás él mismo los había aniquilado desde antes, porque ya no creía en ellos. Quizás él era la muerte de los seres queridos, causada por su furiosa radicalidad de vivir, de sacrificarlo todo en pos de la Verdad. ¿Qué causaba qué?... De rodillas debajo de las estrellas tenía ya la certeza de que no era ni lo uno ni lo otro la causa de lo uno y de lo otro. Tenía que ir más allá, más allá de la ingenua relación entre las causas y los efectos.

(…¿Qué maestro, qué guía, qué bhakti (devoción mística), qué divinidad o andamiaje podré encontrar ahora que todo ha sido destruido a mi alrededor y dentro de mí?...)

Y sin poder retirar de su mente ni de su dolor la imagen de su madre tendida en su lecho de muerte, esperando coger, hasta entregar su último aliento, la mano de su hijo que jamás regresó… las lágrimas le ofuscaron la vista del cielo que no cesaba de mirar. Pero Akarghi, a pesar de ello, sonrió. La noche completamente viva lo contenía todo… absolutamente Todo.

Se dejó caer de espaldas. Cerró los ojos, y se quedó instantáneamente dormido.

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