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sábado, 2 de julio de 2016

AKARGHI (capítulo 74)






--¡Bien afinada la puntería!—exclamó cerca de él, aplaudiendo, uno de sus guardaespaldas y ayudante.

Tashi Aburghasim guiñó un ojo y dirigió una breve mirada hacia Akarghi, quien, al observar el acto brutal de su amo, se había dejado caer sobre un montón de heno en la carreta, y cerraba los ojos. Luego, picando con sus espuelas los flancos de su corcel, se lanzó hacia adelante en una carrera desaforada. La columna se puso en marcha lentamente detrás del amo, si bien sus más cercanos seguidores partieron a la carrera tras él. Akarghi recordó las decenas y cientos de personas que había visto morir a manos de Tashi. Tuvo la certeza en ese momento de que Tashi Aburghasim no era el verdadero responsable de Tashi Aburghasim. Más aun, sintió que detrás de víctimas y victimarios, de hombres y divinidades, no había ni dioses ni demonios, sino algo muy diferente a hombres, dioses y demonios…

(Aunque no amase a Latniavira ni a Prâsad; aunque fuesen dos personas como cualquiera otra, no podría dejarlos a merced de esta bestia asesina…)

Un cuervo de plumaje acerado planeó desde lejos y vino a posarse sobre el balaustre de la carreta. Abriendo y entrecerrando su pico de basalto, declaró:

--No tiene sentido que trates de actuar como lo hace el Señor de la vida y de la muerte. Él rasga las personas como si fuesen figurillas de papel. Tashi rasga las personas como si fuesen figurillas de papel. Pero tú no eres Tashi. ¡Toma otra dirección, Akarghi!... ¡Busca otra respuesta!

El cuervo estiró sus alas y, antes de que Akarghi abriese su boca, levantó el vuelo por donde mismo había venido. Se escuchó nuevamente una detonación. El cuervo realizó un rápido giro en el aire y esquivó la bala. Desde lo alto de una colina próxima se escuchó una imprecación. Tashi Aburghasim se castigaba a sí mismo por haber fallado el tiro.

(Aunque los dioses no se rijan por amor en su acción sobre el mundo, ni el señor de la Vida y de la Muerte, yo no debo renunciar al amor… Pero ¿qué amor, qué amor, mi Dios, si el verdadero amor no es ese sentimiento espontáneo y dulce que llamamos “amor”, sino Algo confuso, misterioso y a veces hasta insensible y cruel, como lo eres tú mismo, Señor de Todas las Cosas?)

Entonces el caballo de Tashi bajó por la colina con el mismo frenesí, mientras éste reía y gritaba fuera de sí, agitando los brazos. Se dirigió hacia el grupo de jinetes que actuaban de oficiales y ayudantes de caza; les dio rápidas y excitadas instrucciones, como si se hubiese encontrado con una jauría de lobos, a los que se aprestaba a dar caza. Akarghi se quedó mirando desde lejos, pues su carreta se tambaleaba y crujía hacia el final de la columna. Un grupo de unos veinte jinetes partieron a la siga de su jefe, acompañados por un pequeño vehículo de dos ruedas, tirado por dos caballos, cubierto con una gruesa lona negra. Akarghi creyó escuchar desde la selva el rugido de una pareja de tigres. Los porteadores se dieron instrucciones breves y precisas. Los encargados de los perros de caza avanzaron también veloces, después de soltar decenas de perros ágiles y excitados. Akarghi se extrañó del revuelo y del nerviosismo general, pues consideraba absurda aquella obsesión humana por matar animales y, además, encontrar placer en ello.

Cuando su carromato alcanzó la cima de la colina divisó una singular escena. Lo primero que acaparó su atención fue la figura de Tashi Aburghasim. Cien metros más abajo, esperaba de pie sobre sus estribos, con el torso vuelto hacia atrás, que Akarghi apareciese en lo alto. Apenas lo divisó se dio rápidamente vuelta hacia el valle y en ese mismo instante una terrible detonación hizo eco en la cuenca. El artefacto que cubría la lona negra se encontraba al descubierto: un cañón humeante de doce libras que acababa de ser disparado. Abajo, en el llano, una gran explosión de fuego y humo hizo saltar por los aires algunas pequeñas cabañas de un villorrio de algunos centenares de labradores. Akarghi divisó como escapaban desde sus humildes cabañas hombres, mujeres y niños. Uno de los secuaces de Tashi hizo sonar un cuerno de caza; todos los jinetes se lanzaron a la carrera hacia el poblado; los guardias dejaron ir los perros, azuzados por el griterío y los ladridos de la jauría. Akarghi sintió que su corazón se apretaba y moría dentro de su pecho; cayó de rodillas en el suelo y se quedó mudo contemplando la escena.

(¿Dónde está Dios, dónde está Brahma, dónde está el Amor?...)

La tropa avanzó salvajemente por entre las casas, dando vueltas una y otra vez, persiguiendo a los que huían, disparando dichosos a los que trataban de escabullirse, sin nunca bajarse de sus inquietos caballos. Luego llegaron los perros y los sirvientes premunidos de machetes y espadas. Los gritos de los desesperados, de los que eran violentamente atacados, de los heridos y de los moribundos, de los niños cuando eran despedazados por los perros, de las madres degolladas, de los hombres y ancianos golpeados y baleados sin compasión. Tashi corría entre todos, riendo y gritando fuera de sí. Nunca se sentía más vivo y poderoso que cuando cazaba humanos.

Nadie quedó vivo. El pueblo fue cuidadosamente repasado. Los heridos fueron sacrificados y sólo algunas pocas niñas jóvenes, de bella figura, fueron amarradas y llevadas a los carros, como rehenes y esclavas. Tashi Aburghasim se acercó al carro donde había sido empujado nuevamente Akarghi. Akargi había hundido su cabeza entre las piernas y apoyaba ambas palmas de sus manos ante su frente, en un gesto de oración y dolor. Pasaban ante su alma las imágenes difusas de los espectros dolientes cuando partían en un vuelo arremolinado hacia la luz que los esperaba del otro lado de la vida que recién les había sido arrebatada. Sólo en un plano tan bajo de existencia y de energía tan densa podía experimentarse este paso interdimensional de manera angustiosa, con pérdida de la conciencia, brutal e incomprensiblemente injusta y destructiva. Tashi hizo un ademán con la cabeza a uno de sus secuaces, el cual se acercó a ellos arrastrando a una jovencita de unos quince años, que lloraba silenciosamente. Tashi la miró fiera y ansiosamente; aquella expresión de ingenuidad y desamparo  excitaba su furor y su ardor sexual. La tomó del pelo y la obligó a subir al carro. Luego le arrancó a tirones el sari hasta dejarla desnuda. La tomó de un brazo y la arrojó a los pies de Akarghi.

--Si no la penetras y acabas dentro de ella, la mataré –le dijo con una voz ronca y amenazante, mientras colocaba el cañón de una de sus pistolas en la sien de la joven--… ¡Abre las piernas! –le gritó a la adolescente.

Akarghi miró a Tashi con más compasión aún que a la joven, que temblaba con los ojos cerrados, y separaba tímidamente sus piernas. Akarghi comenzó a quitarse el dhoti hasta quedar también desnudo. Se acercó a la joven y, cubriéndola con su propia ropa, se abrazó a ella para ocultarla y protegerla también con su cuerpo.

--¡Mátame a mí! –murmuró.

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