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sábado, 25 de junio de 2016

AKARGHI (capítulo 73)






¡Cómo me gusta salir a cazar!... ¡Un día entero cazando!”,  había dicho Tashi Aburghasim a Latniavira aquella mañana al despertar. No se cansaba de repetirlo, como un colegial ansioso, con quien fuera que se encontrase. Se calzó sus botas negras relucientes, se acomodó el sombrero alón, se miró en el espejo del dormitorio, arregló un mechón que sobresalía por la frente, y mostró al espejo, orgulloso de sí mismo, su dentadura blanca y alineada, con la que saldría a encantar al mundo. Depositó parsimoniosamente un puro en su boca, lo apretó entre los dientes y volvió a sonreír. Levantó un poco su mano, cogió un lazo que colgaba del techo, lo jaló y se fue a sentar frente a la ventana con una expresión beatífica, mientras arrojaba volutas de humo desde su puro encendido, creando universos con cada poderoso resoplido.

Satisfecho de sexo, satisfecho de comida, de sueño, de bienestar y de lujo, ahora esperaba, dueño de todo, el momento de expandir al mundo su libertad interior… La vida toda es una cacería, solía decir. 

Latniavira se había levantado temprano del lecho de aquel hombre de enormes y dominantes manos para tratar de respirar, pero sólo por un momento breve, pues adonde quiera que ella iba, el lazo de su hermosura y sensualidad acababa atenazando su propia garganta y ahogándola con el ansioso, urgente y violento deseo de los hombres. Sin embargo, había llegado a quererlo, a necesitarlo así; era eso lo mejor que podía obtener de sí misma… 

(Ser mujer bella es inevitablemente ser no para una, sino para los hombres.)

Cuando llamaron a su puerta, Akarghi ya sabía que se trataba de Tashi. Como todo amo y criminal, Tashi había llegado a apreciar a su bestia de carga, a su sabueso y víctima. Como toda víctima humillada, Akarghi había llegado a comprender a Tashi, a aceptarlo, a sufrir por él, aunque aquél se sentía feliz, y especialmente hoy, el hombre más feliz del mundo. Akarghi, quien el día que llegó a la mansión de Tashi había sido recibido en una acogedora y pulcra cabaña cerca del edificio principal, luego de su desgracia con su celoso huésped se había autoexiliado en una pequeña barraca húmeda, en la que aún se guardaban herramientas mohosas e implementos rústicos, como si quisiese camuflarse entre ellos.

Abrió la puerta; se encontró con un sirviente que no conocía, el cual, al verlo, bajó respetuosamente la cabeza y, mirando al suelo, le comunicó que Tashi Aburghasim lo esperaba de inmediato en el zaguán de las caballerizas para salir de caza. Esa noche Akarghi había experimentado un sueño intranquilo y, ahora, un funesto presentimiento se le hacía presente. Alguien había abandonado en medio de todos esos trastos una pequeña imagen de bronce del Buda Amitabha. Akarghi la había limpiado cuidadosamente y la había sentado, mirando hacia la pared. Antes de salir se encaminó hacia ella y la giró, de manera que quedase con su rostro enfilado hacia la puerta de entrada. Akarghi no creía en el poder de  las imágenes ni de los ídolos, pero sabía que en ocasiones, incluso para él, podían fungir como un mandala. Esta vez reconoció que necesitaba realizar todavía algo más: un verdadero acto mágico.

Mientras caminaba por los corredores exteriores, Akarghi contemplaba los magníficos castaños, los laureles rebosantes de flores rojas y amarillas, las verbenas, los gladiolos y los plátanos de refrescante sombra, el cielo que lucía esplendorosamente azul, con algunas nubes dispersas hacia el horizonte, escuchaba el diálogo sonoro de los tucanes, de  las perdices y los faisanes que se acomodaban libremente por los enormes jardines de la tierra de Aburghasim y, cerca, el canto sensual de algunas jóvenes trabajadoras que soñaban en amores.

(¿Quién ha creado todo esto?... ¿Realmente algún Dios?

Pero como un felino herido podía oler el rastro de este Creador y Mago que se escondía de él, mezclado y confundido equívocamente con el olor de su propia sangre que manaba continuamente desde la herida que significaba su propia conciencia y mente. Alcanzaba a percibir allí la desconcertante mezcla entre ilusión y realidad, y todavía un poco más allá, el paradójico reflejo que causaba a este otro reflejo que sostenía ante sus sentidos y en su propia mente. Ahora sí podía percibir cómo su mente elegía ver todo ese hermoso mundo a su alrededor, pero que, detrás de él, la infinita prakriti (materia primigenia) palpitaba de virtualidades y de universos todavía ininteligibles e inaccesibles para él, como los terribles eventos que ya contemporáneos y en todas partes se hacían presentes, pero que el maravilloso jardín y cielo de Aburghasim por un tiempo y modo único lograban ocultar.

Llegó al amplio zaguán embaldosado que se abría delante de las caballerizas. Mucho movimiento, gritos, vituallas, carreras, caballares, carros, mozos, perros y armas. En ese preciso momento Tashi Aburghasim entraba en la escena con aire triunfante. Además de su cuidada e imponente vestimenta, destacaba su doble cinto con potentes pistolas y el rifle de caza que llevaba a la espalda, en bandolera. Akarghi, sin darse cuenta, frunció el ceño al verlo llegar. Tashi se detuvo y contempló el espectáculo que tenía delante con una amplia y radiante sonrisa de satisfacción. Cuando distinguió a Akarghi, hizo un gesto de alegría levantando una mano por sobre la cabeza y se fue directo a él para abrazarlo. Akarghi se quedó inmóvil, resignado, como si un oso inmenso se hubiese abalanzado sobre él.

--¡Qué alegría que nos acompañes, venerable Akarghi!—expresó con un dejo de sorna, como era su costumbre al dirigirse a él.

--¡Aquí estoy!—masculló por única respuesta.

--¡Bien, bien!... ¡Entonces vamos!... 

Tashi se dirigió hacia su soberbio caballo inglés y, montando en él con la ayuda de un nervioso zagal, lanzó un chillido largo y penetrante, con el que daba la orden de ponerse en movimiento. Akarghi subió a un carro de carga y se acomodó en medio de los enseres y provisiones. Tashi Aburghasim, a la cabeza de todos, iba a iniciar la marcha sobre su corcel, pero se detuvo tirando con fuerza de las riendas de su caballo, el cual levantó hacia atrás su cabeza con algo de dolor. Tashi oteó por los alrededores, hasta que puso su atención sobre la techumbre de un edificio de granos que se empinaba sobre otras alquerías. Llevó su mano hacia la espalda, cogió el rifle por la culata, lo sacó de su lazo y lo dirigió hacia su rostro. Lo dispuso apuntando hacia el techo de aquella construcción, esperó unos segundos, como si el tiempo se hubiese inmovilizado ajustándose a su voluntad, y finalmente apretó el gatillo con una sonora detonación. Como respuesta, o mera sincronía, en la cima de la techumbre una solitaria paloma blanca pareció estallar, desprendiéndose en diferentes direcciones sus plumas y su sangre, roja.

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