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sábado, 18 de junio de 2016

AKARGHI (capítulo 72)






Al día siguiente de otro día –como acostumbramos a identificar el tiempo en que nos encontramos—los novicios se encontraban al amanecer en el patio principal de Lamayuru, dieciocho jóvenes de entre 14 y 16 años, vestidos todos con sus túnicas andrajosas de humildad, descalzos, tiritando de frío y nerviosos, conversando sobre menudencias y ocurrencias, a la espera de los maestros guías, quienes los conducirían pronto hasta las Eremitas de la Muerte. 

Aparte, cerca de unas columnas de piedra, discutían apasionadamente Akarghi, Nigarvi y Kynpham. Nigarvi sostenía una piedra en su mano; cada cierto rato hacia ademán de ir a descargarla sobre un escorpión que levantaba amenazadoramente su cola y aguijón. Todas las veces o Kynpham o Akarghi cogían del brazo a Nigarvi para que no concretara su intención.

--¡Es un ser vivo, sí, estoy de acuerdo!—exclamaba Nigarvi--… Pero si veo que va a atacarme a mí, o ustedes, o a quienquiera, no permitiré que lo haga.

--¡Puedes evitar el daño con el menor daño, si es necesario dañar para proteger!—respondió Kynpham--. ¡No tienes para qué matarlo!

--Si veo amenaza mortal, y siempre hay un riesgo mortal en un escorpión –ahora o más adelante--, no esperaré para ver las consecuencias de dejarlo vivo, ni correré un riesgo innecesario de muerte. Lo evitaré por completo, si lo mato antes.

--El miedo y la incertidumbre nos impulsan a responder brutalmente cuando reconocemos o creemos reconocer una amenaza de otro ser vivo –intervino Akarghi--. Esto se debe a que no hemos desarrollado la capacidad de interactuar con los seres vivos por medio de nuestra energía sutil.

--¡Yo no la he desarrollado!... ¿Y tú?

--¡Háganse a un lado!—espetó Akarghi.

Alejó con sendas manos a cada uno de sus amigos, y se inclinó con una sonrisa hacia el escorpión. Se quedó un momento contemplándolo, luego acercó suavemente su palma abierta a unos centímetros del animal. Éste se inmovilizó unos segundos; en seguida caminó decididamente hacia la palma de Akarghi y, ya sobre ella, se quedó nuevamente inmóvil. Kynpham y Nigarvi observaban con la boca abierta e igualmente inmóviles. Akarghi miró a su alrededor, caminó hacia un seto de zarzamoras que crecía junto a una escala de piedra y depositó el escorpión, que salió caminando de la mano de Akarghi, para ir a perderse dentro del seto.

Los monjes reconcentrados y silenciosos ascendían en fila por el sendero hacia la montaña, iluminados por el tibio sol del amanecer. Kynpham se acercó desde atrás a Akarghi y le habló en voz baja:

--¿Qué le dijiste al escorpión para que se comportara así?

Akarghi caminaba mirando el suelo; sonrió levemente.

--No le dije nada. Sólo acerqué mi mano. Él lo hizo todo.

--Pero ¿cómo?... ¿No te comunicaste con él?... ¿Todo fue mera casualidad?

--¡No lo sé!... ¿Existen las casualidades?... No creo; pero ocurrió así. ¿Cómo podríamos saber por qué un escorpión decide hacer lo que hace?

--¡Podría haberte picado!...

--¡Sí!

--¡No debiste haberte arriesgado!

--Lo volvería a hacer. Actué con amor… Quizás ése es el mejor lenguaje para comunicarse y actuar con los seres vivos.

--Igual podría haberte picado, y ahora estarías muerto…

Akarghi se quedó en silencio, y continuó caminando con la vista en el suelo.

Los tres lamas bloquearon con grandes rocas, desplazadas con palancas, la entrada de cada una de las dieciocho cuevas, en las que los novicios permanecerían enclaustrados e incomunicados, en la más completa oscuridad y desvalimiento, durante tres  días. Sólo disponían, dentro de un morral personal, de tres porciones de arroz y una botellita con medio litro de agua. Con este primer acto de iniciación comenzaba su proceso de consagración a la categoría de monje ungido. Ninguno podría en adelante renunciar.

Sentado ya dentro de su nicho, Akarghi también recibió la bendición de cada uno de sus maestros; oró con ellos para que los grandes dioses, Brahma, Krishna, Indra, Visnú, lo acompañaran e iluminaran en su viaje interior, y, al mismo tiempo, lo protegieran de los demonios que seguramente vendrían a tentarlo.

Escuchó el ruido crujiente y ominoso de la gran piedra rodando y eclipsando la luz que venía del exterior, hasta desencadenar sólo tinieblas en su entorno. La primera imagen que se le vino a la mente fue la del escorpión inmóvil sobre la palma abierta de su mano. Abrió también la palma de su mano y la miró, sin ver nada. Una extraña sensación de inquietud y desconcierto se allegó a él. No era nueva para Akarghi la experiencia de la completa oscuridad, pero sí lo era ahora por la imposibilidad de ver… Entonces reconoció el primer demonio en su propio interior: miedo… El miedo animal y ancestral de la bestia indefensa, accesible, entregada, vulnerable. El miedo del estómago contraído, del corazón agitado, de las manos sudorosas, del oído expectante, de la piel erizada y pálida, de la respiración forzada, del nudo en la garganta, de los ojos acuosos, y de la angustia del alma. Había estado todo el tiempo con él, invisible, latente, profundo y fundante. Hasta entonces había construido y constituido su individualidad, su identidad, su conciencia, su carácter, su bondad, su persona misma, sobre ese suelo terrible, bestial, ignorado, verdadero y, por sobre todo, suyo… 

Se incomodó, se levantó, dio unos pasos hacia la entrada sellada, pero al reconocer lo absurdo de su propósito, se detuvo, retrocedió, se frotó ambas manos, y volvió a sentarse en posición de loto… ¡Tres días!... Nunca había sentido verdadero miedo; éste miedo, no… Pensó en su madre y en su padre. Pensó en su hogar y en Lamayuru. Pensó en el mundo y en Dios. Buscaba un refugio; el hombre siempre necesita un refugio para su existencia, además de los recursos tranquilizadores para su subsistencia. Se movió, se acomodó, respiró profunda y pausadamente, se rascó la punta de la nariz. Reconoció que su cuerpo también era un refugio. Reconoció que el yoga era un refugio. Por todas partes la misma necesidad… Y ahora, por todas partes también, el mismo miedo, la evidencia de la insustancialidad de aquel Akarghi, de su precariedad, de su autoengaño sostenido, iluso, irreal… ¿Hasta qué punto?... Ahora comenzaba a luchar… Sí, siento miedo, por todas partes, en todo, detrás, debajo, arriba de todo, lo tiñe todo, lo mancha todo, lo cuestiona y oscurece todo; me enseña que nada es como yo creía y sabía que era… Pero, ¿hasta qué punto el gran Señor Miedo es verdadero?... Sí, es verdad que se encuentra en mí; ésa es su mayor e irrefutable verdad. ¿Pero es verdad lo que enseña? ¿Hay algo siquiera de verdad en lo que apunta con su doloroso sentimiento?...

Akarghi dio un brinco. Con claridad sintió que algo se desplazaba detrás de él. Sintió incluso una corriente de aire, como la que produce un cuerpo al moverse veloz.

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