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sábado, 4 de junio de 2016

AKARGHI (capítulo 70)






--Todos los seres buscan la liberación – expresó el lama Sung-Yat-poh, dejando sobrevolar más allá su mirada compasiva y tranquila por sobre las calvas cabezas de los veintitrés jóvenes discípulos.

Se encontraban reunidos a los pies de la cascada Azul, escuchando atentamente la inspirada enseñanza  del maestro, a sus pies.

Savir inclinó su cabeza y llevó las manos a su frente, esperando la indicación del lama para hablar. Escuchó su nombre y habló:

--Los seres humanos buscan su liberación, a través de la buddhi (inteligencia). ¿Los demás seres vivos lo hacen a través de la muerte y de la reabsorción en la gran matriz de Brahma?

Sung-Yat-poh observó con dulzura al joven que temblaba de emoción y nerviosismo.

--No hay tal liberación, Savir… No existe liberación alguna.

Los demás sravakas (discípulos) se inquietaron, murmurando y mirándose con extrañeza unos a otros.

--¿Adónde quieren ir?... ¿Qué es eso de la liberación, si no saben siquiera qué es esto presente, lo que está pasando, lo inmediato?... ¿Quién sabe realmente qué es esto? –señaló con ambos brazos y manos todo el entorno; luego señaló a cada uno con su índice, y finalmente se inclinó con una profunda reverencia hasta tocar el suelo con su frente.

Akarghi, a la sazón con doce años, llevó sus palmas unidas a su frente, pero desistió de continuar. Contempló el agua que a lo lejos se precipitaba en un lazo de espuma blanca y estruendosa, los cerros cubiertos de verdes árboles, las flores rojas de los hibiscos colgantes y las rocas cubiertas de musgo. Comprendió sin más que tras el agua inquieta, tras la cascada, tras los árboles lujuriosos y los cerros enhiestos, no había ni agua, ni cascada, ni árboles, ni cerros, ni nada… Pero no nada como vacío, aunque así lo llamaran los maestros, sino nada como inaccesible e inexperimentable.

--La purusha (espíritu trascendente)… ¿dónde está la purusha, maestro amado? –preguntó el sravaka Nadir casi a punto de echarse a llorar.

--¿Cómo no habrían de mentir los devas, los rishis, los libros sagrados, si apenas se les muestra una hebra de la Verdad, los niños humanos se ponen a llorar, aterrorizados?... Habría que tener un alma muy cruel y un odio mortal hacia los humanos para enseñarles la Verdad.

-- ¡Yo no le temo a la Verdad! –exclamó Akarghi—, así que acabe con todo lo que veo, con todo lo que sé, con todo lo que creo y amo, aunque… acabe conmigo mismo.

--¡Vaya potrillo impaciente!... Así te llama con justicia el abad… Sí que caminarás un largo camino, pero un camino que no es camino… -- dijo Sung-Yat-poh, y se echó a reír hasta que le saltaron las lágrimas. Los demás discípulos comenzaron también a reír, contagiados por la risa del lama.

Akarghi dejó caer la barbilla sobre su pecho y comenzó a meditar. ¿Sung-Yat-poh le había enseñado más de lo que debía saber?... ¿Un camino que no es camino?... 

De la misma manera que las volutas blancas y grises del incienso se desprenden de la barra enrojecida, y el monje las ve venir hacia sí, ondulantes y expansivas, hasta que finalmente alcanzan su nariz y detonan su olfato, y la reacción contemplativa de su mente, así experimentaba Akarghi el mensaje del lama. Un camino, como la vida, como su cuerpo y su mente, como el mundo y la naturaleza, como lo dado ahí entorno, el primer peldaño del destino… Amaba la cascada, la montaña, las nubes y, arriba, el cielo azul; amaba el olor de las flores, de las cañas, del anís; amaba el calor del sol al amanecer, y el canto de los ruiseñores, de la alondra, el graznido del milano; amaba el juego ruidoso de los monos en la floresta, el vuelo delicado de la mariquita alrededor de la flor del guindo, el chasquido de las alas de las grullas al alzar el vuelo y  el aullido de los lobos en la alta sierra. Amaba Lamayuru, su nido, su huevo cósmico. Había observado a sus compañeros, a los monjes adultos, a los maestros ancianos, y también las estelas de los antepasados muertos en el monasterio, por cientos y cientos de años, amando el centro de la espiritualidad allí, en el lugar, en las salas de meditación, en los cenáculos aromados, en las celdas de oración, en los pasillos iluminados por diminutos vitrales, en los recintos secretos, en las alacenas silenciosas, en la antigua torre (vista, desde lejos, espiralada y liviana) del campanario, en los susurros de las túnicas al caminar y los movimientos felinos de los pies descalzos. En los inagotables olores del té y del pan, de las resinas brillantes de las paredes de madera, en las vetas interminables como estelas de cometa sobre las vigas de los altos cielos nimbados por penumbras y resplandores repentinos, en los rayos de sol apacibles caídos sobre cualquier amada cosa, o simplemente ingrávidos flotando en una espacio solitario,  Lamayuru había ido grabando cada cosa en él, con el más fino y sutil de los estiletes del alma, hasta la más insignificante y minúscula partícula de ser, que Akarghi había ido descubriendo y experimentado con su exquisita sensibilidad y su atenta conciencia. 

Pero al amarlo, como él y todos lo amaban y lo habían amado, inmovilizaban la realidad, quedaban apegados, atrapados para siempre en un ensueño idílico y espiritual, liberados dentro de su propia cárcel, Lamayuru, el Universo y el alma en una amada cárcel… Al fin, el amor, el amor a cualquier persona y a cualquier cosa, por más excelsa y pura que fuese, ese sentimiento que todos exaltaban como el mayor poder del ser humano, ¿no podía llegar a ser también el mayor engaño y peligro para el mismo ser humano? ¿Era libre de él el asceta, el sanyassin, el yogui, el ermitaño, el jivanmukti, el brahman, incluso Indra y Varuna (Dios)?...

Pero, ¿quién soy yo?-- pensó Akarghi--. Un niño de doce años que aspira a conocer la Verdad infinitamente superior a mí y a todo ser humano… ¡Ridículo!... Lo primero que necesito resolver es: o soy un ser ilusorio desde mi origen y principio, y en ese caso todo lo que yo sea y haga no es más que una ficción y engaño de que lo sea y haga yo; o, de lo contrario, en ese mismo origen y principio mío (yo) ya existe un germen de Verdad. Aun así, aunque hubiera Verdad en mi esencia, no garantiza eso que por evolución y progreso pueda llegar a liberarme de la ilusión que acompaña al resto de mi naturaleza, hasta alcanzar una Verdad infinitamente lejana… Además, ¿qué es eso de la Verdad? Por ahora, para mi subjetividad, no más que un estado de cosas irrealizado, siempre en el futuro, un supuesto, una esperanza, que acabará superando y dominando a otro estado de cosas… Una metáfora de algo que simplemente no se conoce.

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