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sábado, 21 de mayo de 2016

AKARGHI (capítulo 68)





Nadie está solo, hijo… Nadie está solo”… Recordó las palabras del sanyassin Vijnanamaya, mientras observaba a cientos de niños, mujeres, hombres y ancianos escarbando en inmensos cúmulos de basura. Su aspecto era terrible. Los niños en su mayoría estaban casi desnudos o completamente desnudos, con sus pieles negras y arrugadas de hambre, pegadas a su esqueleto frágil, y coronados con grandes cabezas de ojos anonadados por la miseria. Los hombres apenas cubiertos con unos taparrabos grasientos y colgantes se enterraban sin repulsión en el pus animal y el deshecho nauseabundo, buscando un pedazo de algo que pudiese comprar un instante de vida. Incluso las aves carroñeras y los perros se alejaban asqueados del lugar. El sol fulguraba inclemente en estas latitudes, muy arriba, como si la fuente de la luz no se inmiscuyese en los dramas humanos.

“¿Qué hacen ahí?”, pensó Akarghi… Se acordó de Tashi Aburghasim, de Latniavira, de Balu Nadeem, de Savir Dhariwal, de Sunashi Ghosh, de Hrithik Goswami, y tantos otros a quienes una caprichosa fortuna les había entregado tanta riqueza, tanto poder, con camas blancas de seda, con vista al mar y a la belleza, con bebidas espirituosas de todos colores, con la realización de todos sus deseos y voluntades al punto. Observándolos a aquéllos, en cambio, oscurecidos de dolor, ennegrecidos de pura privación, intocables y aislados como perros sarnosos, ¿qué podía significar el aceptar que no estaban solos?... ¿Acaso era necesario reconocer que no estaban solos, y, entonces, que la providencia y la sabiduría de Dios sabrían recompensarlos, premiar su humilde y paciente sometimiento a su miseria y abandono? ¿Cuándo, dónde?... En otra vida. Siempre en otra vida, en otro cielo, en otra era, en otro mundo, en otro cuerpo, porque era evidente que nunca los satisfacía, los sanaba, los salvaba, los liberaba, los amaba en éstos. Ningún darçana (enseñanza) poseía el poder de facilitarle creer que el dolor y la miseria humana que tenía delante había que tolerarlas tal cual, por la razón que fuese, pues ahora esto ya le parecía más un subterfugio cómodo y falaz, que cualquier otra cosa. 

Una niña se le acercó y le estiró un pedazo de género sucio que alguna vez había sido una muñeca. Ella lo miró sin expresión alguna, aunque Akarghi creyó distinguir el surco seco de una lágrima sobre su mejilla polvorienta. Akarghi la tomó delicadamente y miró a la niña con una sonrisa compasiva. Vio en sus ojos el brillo de una vida que iba apagándose demasiado aprisa. La niña se dio media vuelta y se alejó musitando algo, por entre la basura.

¿A quién o a qué le creería en definitiva?... Pues sea cual fuere la certeza o la opción que lograse, siempre sería ante todo una creencia, un acto de peligrosa fe, sustentada en algún tipo de fundamento invisible, donde siempre convergen amigablemente la verdad y la ilusión. Una tras otra había visto derrumbarse desde dentro cada creencia humana, cada certeza que había conocido, y hasta compartido, convencido. Esa niña cumplía con llevarse otra vez todas sus verdades; todas las verdades de montañas y montañas de libros sagrados y verdaderos. ¿O debería oponerle un no rotundo, fanático, espiritual, y dejarla disolverse en el trasfondo del pasado, confiado en que Dios, o la buena voluntad de algún alma noble –o necia—la acompañase mínimamente para que no cayese fácil y rápido en la anulación, en la agonía, generalmente más larga que todo, y al final en la muerte? La observó como se iba apartando de su vista entre dos montículos de desechos, y visualizó con inquietud las dos opciones que se le adelantaban, como dos largos caminos, quizás tan largos como para alcanzar, por uno u otro, alguna inalcanzable estrella en el firmamento, o bien, incluso –de haberla--, la meta del Universo. “Cuando intuyes la realidad de cada momento como si fuesen dos caminos divergentes ante ti, sólo estás comenzando a ver en forma de dos, lo que simplemente no tiene número…”, le había revelado en un sueño el rishi Dur-pah.

--¡Destino!... ¡Por todas partes destino!...

Exclamó con un estremecimiento, y saltó para ir a la siga de la niña. Esa palabra mañosa y ambigua (destino) bailaba delante de él; se escondía como una danzarina sensual y misteriosa, siempre mostrando un poco más de sí, prometiendo más, como si todo, más y más, fuese moviéndose armónicamente con ella. Pero siempre también engañando, siempre encantando con su conmovedora apariencia… Se le saltaron las lágrimas al constatar a cuantas y tantas sufrientes personas iba dejando abandonadas en ese basural cuando pasaba a su lado sin detenerse, por seguir a una sola, a la niña que lo llamaba más que nadie.

Un buitre que volaba en círculos con sus negras alas extendidas, a baja altura, le graznó:

--¡Déjalo, Akarghi!... La buddhi (inteligencia) humana jamás podrá develar ni comprender la razón detrás de todo… ¡Vete!... ¡Nada elijes, nada conoces, nada progresa!

Akarghi lo miró con compasión y, sin detenerse, le gritó:

--¡Sé tú mi destino, sea!... ¡Pero yo seré también el tuyo!

Y con una convicción que presentía más allá de sí mismo, continuó adelante, desafiando con su sí mismo al pasado y al presente, comprendiendo que todo, aun lo más evidente y cierto, podía igualmente no ser más que una ilusión y un engaño. 

Caminó como un sabueso de las existencias posibles. Perdió de vista a la niña varias veces, pero esas mismas veces encontró también a la distancia su figura pequeña y mortecina, que rengueaba levemente. No quiso asustarla, por lo que se mantuvo a suficiente distancia para reconocerla y no perderla. Un instinto, o una voz interna, lo conminaba a seguirla, a seguirla y seguirla, sin saber hasta cuándo.

La niña caminó por senderos de tierra, más allá de los basurales extensos como cementerios de lo que nadie quiere ver, y se adentró en poblaciones de miseria, como cloacas hundidas todavía más abajo de la tierra, en las que sólo pueden habitar humanos descartados para siempre, incluso más olvidados que los muertos. Allí la niña se detuvo delante de una choza de cartones, ante el vano de una entrada cubierta por un paño oscuro, se dio media vuelta y miró hacia Akarghi; bajó la vista y, apenas empujando con su cuerpo la tela, entró.

Akarghi esperó dos minutos inmóvil ante el aparejo de puerta, se concentró profundamente, pues podía anticipar lo que adentro ocurría; finalmente descorrió con suavidad la tela que colgaba desde el dintel, al tiempo que avanzaba con el corazón estremecido. Primero experimentó la visión de un estallido de luz; en seguida sólo vio oscuridad, una insondable y angustiosa oscuridad.

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