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sábado, 14 de mayo de 2016

AKARGHI (capítulo 67)





--Nadie está solo, hijo… Nadie está solo. Si tú dejas a tu mujer y a tu hijo, ellos jamás conocerán el abandono. Tú eres la manifestación visible del amor divino… Si tú ya no estás, el amor divino se materializará de otras innumerables maneras para ellos, en el tiempo preciso, en el lugar preciso.

Akarghi inclinó con reverencia su calva morena ante la mirada profunda y sostenida del sanyassin Vijnanamaya. El sabio de larga barba grisácea, curtido, envejecido y ennegrecido por el sol, sentado en posición de loto, lo contemplaba con respeto y afecto. Lo esperaba… Hacía años sabía que vendría. Al contemplar el resplandor de Akarghi su alma se engrandecía y evidenciaba su propio destino, aunque destino no significaba para él la hermosa y evidente figura de una tela bordada delante, sino la incertidumbre de un corto momento que se devela ante la mirada sorprendida, y luego ya no existe más.

--No me duele tanto su abandono de mí, sino la soledad mía… Me he ido quedando solo rápidamente en mi vida. He perdido a mis padres, a mis amigos, a mis maestros, a mi mujer amada, a mi hijo amado, a mis prójimos, a mis dioses y, tal vez, ante todo, me he perdido a mí mismo… La soledad ha venido hasta mí por todos los caminos internos y externos, buscándome como encrucijada de todas las soledades. Cuando mis padres me entregaron a Lamayuru, ¿podían conocer ellos la voluntad que yacía escondida en mi propio huevo interior?... ¿Y mi propia voluntad ha sido algo más que un impulso espiritual y volcánico, el cual, encubiertamente, no representa sino la ceguera del interminablemente obsedido por su exceso de visión?

El sanyassin Vijnanamaya entornó los párpados y un punto de luz dorada resplandeció en medio de su frente. Un grupo de palomas caminó confiadamente entre los dos sanyassines, picoteando invisibles granos en el suelo. La luz del sol del atardecer iba y venía entre las nubes beiges. Un ronroneo de oraciones llegaba desde los templos cercanos. Gotas trasparentes goteaban por la punta de los cabellos de hombres y mujeres que realizaban sus abluciones a la orilla del río.

--Hemos invocado al universo entero, y a los dioses junto con él, en este minúsculo fragmento de existencia de nuestro atman, que respira. Todas las vidas humanas se esfuerzan por necesidad y sin darse cuenta en introducir Todo en casi nada (el yo), pero no se dan cuenta de que a Él mismo lo rechazan y deforman al afirmar  y acrecentar su yoidad. Tú ya los has visto, Akarghi, en su dramática contradicción y caos… Amor y odio; verdad e ilusión; lealtad y traición; solidaridad y egoísmo; espiritualidad y materialismo; felicidad y angustia… Tú ya los has conocido como un mero tú mismo. Sin embargo una voluntad superior anima la existencia de todos e, inadvertidos de la fuerza evolutiva, ella misma y por sí mismos los encamina dentro de esto, un destino. Tú has despertado primero a esta verdad y te has puesto prestamente en el Camino, porque ella te ha despertado y te hace caminar.

Un niño pequeño se acercó a ellos y depositó una diminuta moneda plateada, casi sin valor, en el cuenco de Vijnanamaya. El sanyassin estiró su mano; el niño se arrodilló ante él y esperó humildemente que Vijnanamaya posara su mano sobre su cabeza y lo bendijera. “Tvayi anurāgavān bhavāmi[1], murmuró tres veces. El niño inclinó su frente hasta el suelo, se levantó con una sonrisa beatífica, y se alejó sin comprender lo que el sanyassin le había dicho.

Akarghi también sonrió mientras cruzaba una mirada significativa con el rishi. Por un momento pensó decir algo, pero se contuvo o, mejor dicho, ya no encontró nada qué decir. Vijnanamaya tomó la moneda del cuenco, cerró la mano y tendió su puño hacia Akarghi. Éste ofreció su palma abierta hacia el maestro, el cual la dejó caer sobre la mano extendida de Akarghi. Vijnanamaya repitió tres veces sonriendo: “Tvayi anurāgavān bhavāmi”. Akarghi se inclinó hasta el suelo, besándolo; se puso en pie y se alejó por entre la multitud de peregrinos.

Hacía tiempo y años que no se sentía tan jubilosamente bien; tan puro de recibir una pureza superior a sí mismo, pero también accesible desde sí. Ser amado y amar movía la Voluntad de todos los Universos…No temió recordar a Latniavira, la sensualidad irresistible, la lujuria; no temió recordar ninguno de los gestos crueles y mortales  que él mismo había compartido y realizado junto a Tashi Aburghasim; no temió el ciclo de las rencarnaciones como realización de un juicio mortal. Vijnanamaya había tendido nuevamente hasta él la realidad pura, aquella que alguna vez, hace eones, había sacado desde sus propias vísceras al primer ser humano puro hombre-mujer. Pero todavía más poderosa que aquel día inicial, ahora y en Akarghi, perdonaba, absorbía y transfiguraba la larga historia de dolor de una humanidad culpable y fracasada, a la que, en justicia, sólo le correspondía ya la extinción… Esta pureza nueva, en cambio, no se alejaba, hacia lo alto, de su enemiga Impureza e Imperfección, sino nacía desde ella misma, de la sustancia misma del Mal. Akarghi no era ningún hijo de Dios, ningún dios, ningún avatar, ni siquiera un santo, sino un simple y maligno humano ansioso de lograr la redención, como cualquier otro.

Sintió sobre su pie desnudo una caricia y hasta un beso; bajó la vista y vio que una víbora se deslizaba sinuosa y tranquilamente por el empeine de su pie. No sintió miedo; por el contrario, dejó pacientemente que su temblorosa cola terminara de besar su pie, y que su propio pie terminara de besar su rugosa cola. Sin embargo, observó como la víbora avanzaba dos metros más allá, se acercaba a una mujer joven, y le clavaba en el talón sus colmillos desbordados de veneno. La joven lanzó un grito agudo de dolor; al descubrir la roja y negra serpiente que ya comenzaba a alejarse velozmente hacia un sector despoblado, se desplomó al suelo desvanecida. La gente se quedó paralizada, sin saber qué hacer. Akarghi fue veloz a coger una navaja desde la mesa de un vendedor, corrió hacia la joven, realizó dos pequeñas y profundas incisiones en el talón de la mujer y, acercando su boca al pie, comenzó a sorber con fuerza y a escupir a un lado la sangre que manaba negra y emponzoñada. La gente comenzó a levantar un reclamo sordo al observar la maniobra impúdica de Akarghi, que incluso dejaba ver la pierna de la joven hasta más arriba de la rodilla. Una fuerte patada en sus costillas lo tumbó a un lado, luego otra, y luego varias más en diferentes partes de su cuerpo, mientras escuchaba gritos descontrolados de un par de hombres que, acto seguido, tomaron el cuerpo de la joven, la levantaron en brazos y se la llevaron del lugar.

Un niño de diez años se acercó a él y le ayudó a incorporarse. Sólo su pericia para esquivar y asimilar los golpes impidió que sufriese fracturas en las costillas. Akarghi miró con lágrimas en los ojos al niño; vio en sus grandes ojos almendrados un sueño hermoso y triste, como si sus propios ojos lo estuviesen mirando.



[1] Traducción del sánscrito: “Te amo”.

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