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sábado, 7 de mayo de 2016

AKARGHI (capítulo 66)





Un barullo de emociones galopaba en su corazón. Cuando el mundo alrededor de uno comienza a venirse al suelo y todo aquello que te hace la vida tan natural, tan fácilmente cotidiana y familiar, se destruye, se disuelve, como se vuelve irreconocible y terrorífico un querido poblado después de atroces tres minutos de terremoto, la memoria se apodera de uno y llena tu corazón de recuerdos. Se dio media vuelta, agitado… Un niño, un joven tiene la mente en blanco, limpia como una mañana a pleno sol, alada de optimismo, porque aún tiene poco o nada para recordar; o, simplemente –como todo adulto--, ha olvidado el arcano de su propia alma... El verdadero recuerdo nunca te perdonará simplemente olvidar, ante todo, lo horrible.

Akarghi comenzaba a recordar. No conseguía dormir, aunque ya eran las tres de la mañana… El verdadero recuerdo te destruye la ingenuidad, el optimismo y la pureza para siempre. Sin embargo, también te enseña que, al igual que el flujo de todo lo existente, el horror también buscará su propio descenso hasta su consunción, en el mismísimo fondo de sí mismo, que lo acabará transfigurando en otro ser nuevo, más ancho, y nuevamente purificado. La manilla giró suavemente y la puerta se abrió un poco, luego otro poco, hasta que una silueta se deslizó por el vano y entró. No esperaba  a nadie, pero tampoco temía a nadie. Ya hacía tiempo había dejado a un lado su cama y dormía sobre el suelo desnudo. Esperó.

La figura se arrodilló a su lado, estiró su mano y buscó con dedos delicados entre sus piernas; cuando sintió su piel suave y cálida sobre su sexo reconoció el perfume y la vibración magnética de Latniavira, que iba a llevarlo veloz al cielo de su placer. Cogió su antebrazo, lo retiró con fuerza hacia un lado y se incorporó de un salto, hasta quedar sentado muy cerca de su rostro. Ella se aproximó más, felinamente, acercando los labios a su boca, pero Akarghi interpuso su mano entre sus labios.

--¿Qué pasa?—susurró Latniavira.

--¡Perra!—exclamó furioso.

--¿Yo?... ¡Sí, lo soy!—agregó después de unos segundos de silencio--. Pero siempre lo he sido, y tú siempre lo has sabido. ¿Quieres ofenderme?... ¿Quieres dañarme, golpearme, matarme por eso?...

Akarghi sintió que todo se revolvía en su estómago. No pudo resistirlo y se abalanzó sobre ella. La tomó con fuerza del cabello y la atrajo hacia sí. Con la otra mano presionó uno de sus pechos, pasó la palma de su mano sobre el pezón, y la besó en la boca con desesperación y lujuria. Ya no necesitaba palabras para continuar gritándole: ¡Perra!...

Los ojos de Latniavira centellearon en la oscuridad, como los ojos de una pantera. Se resistió con fuerza, pero no lo suficiente para evitar que Akarghi consumara su salvaje deseo… Se dejó violentar. Resistió con un gemido una bofetada de Akarghi; le respondió con un largo arañazo en la espalda cuando él la penetró furioso y ciego de pasión. Akarghi separó estirando los brazos de Latniavira y los apretó por la muñecas contra el suelo, mientras se movía hacia adelante y hacia atrás con todas sus fuerzas. Y cuando Akarghi acabó también con un largo gemido sus empujes sin freno, al eyacular, ella también le devolvió una fuerte bofetada.

Akarghi se dejó caer a un lado, se tapó la cara con ambas manos y comenzó a llorar convulsivamente, como un niño desolado. Latniavira se arregló su ropa y, sin decir una palabra, se puso de pie para salir de la habitación. Akarghi sintió el movimiento de Latniavira; retiró las manos de su cara y gritó:

--¡¿Adónde vas?!

--A dormir-- respondió nuevamente con un susurro.

--¿Tú sabes qué he hecho por ti?...

--¡No!.. No lo sé!... ¿Qué has hecho?...

--Me he degradado, me he ensuciado a mí mismo, a ti, a nuestro hijo, a miles de personas…

--¿Y quién está libre de pecado, de suciedad, de vergüenza, de humillación y de traición a sí mismo?... ¿Acaso eres mejor que cualquiera?

--¡No, no lo soy, sin duda!... Pero no puedo aceptarlo sin más. Un sanyassin ha tomado la decisión de no aceptarlo, cuando elige el camino de la devoción y el ascetismo...

--Pues tú ya no eres un sanyassin. Eres un puerco hombre, tanto como yo una perra… ¿Quieres seguirte mintiendo a ti mismo, hombre santo?

--¡No!

--Entonces, ¿qué harás?...

Akarghi volvió a recordar... Recordó el dolor en forma de imágenes de recuerdos martillantes, brutales; de su propia animalidad contrahecha, de su propia bajeza, de su ruindad, de la estupidez suya y de todos los hombres y mujeres que había conocido, como una cadena de eslabones infinitos que iban descendiendo hasta la sustancia misma de la condición humana. Dolor y rabia de verse a sí mismo tan miserable, tan sólo uno más atrapado en su propia minúscula mediocridad humana, debatiéndose por escapar, como una gusano en la insondable mierda… Recordó, en medio de su sufrimiento, a su madre Lokhi. Volvieron a caer dos gruesas lágrimas por su cara.

--¡Te amo!—exclamó con un fuerte susurro.

--¡Yo también te amo! –respondió Latniavira con voz aterciopelada.

--¡Entonces esto se acabó!… ¡Aquí mismo se acabó!—volvió a gritar Akarghi-- ¡Emponzoñado con tu veneno, supremo y final tóxico hacia el final mismo de nuestra humanidad, todo muere, amor, amor, amor!… ¡Por tu causa igual y mejor todo muere!... ¡Todo!

--¿Qué harás, Akarghi?... ¿Qué harás?—preguntó Latniavira con voz temblorosa y fina, como una niña asustada.

--Te entregaré a Tashi Aburghasim. A ti y a Prâsad los entregaré… A todos los hombres y mujeres que le temen y lo odian los entregaré. Tú amas a Tashi… Yo también amo a Tashi, porque lo odio. Todo es igual. Morir, vivir, sufrir, ser atormentado, todo es igual… ¡aquí!

--¡No, Akarghi, no te vayas!... ¡Tashi me matará, a mí y a nuestro hijo!...

Akarghi comenzó a reír, a reír cada vez más fuerte, más convulsivamente, hasta gritar sin control. Latniavira se dio media vuelta y salió corriendo de la habitación. Akarghi se incorporó y, sin dejar de reír, apretando con una mano su estómago, medio encorvado, comenzó a caminar dando tientos con su otra mano estirada.

--¡Lokhi, Latniavira!... –comenzó a gritar-- ¡Lokhi, Latniavira!... 

Primero cayó de rodillas, cuando se escapó su primer gemido; todavía riendo, explotó en sollozos, temblando, hasta caer enrollado como un gusano retorcido y convulso sobre el suelo duro, llano y frío.

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