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sábado, 30 de abril de 2016

AKARGHI (capítulo 65)




  
Lo despertó una mariposa de color verde limón posada sobre la punta de su nariz. Al abrir sus párpados la mariposa se elevó en zigzag hacia la copa de los árboles tornasolados. Akarghi yacía sobre un mullido lecho de arena blanca, junto al río Turgusha. Las aguas calipso murmuraban como de costumbre su ondulante saber inveterado… “Paz, paz, paz, paz, paz…”; repetían confiadamente, inmutables, sin alzar la voz.

En un solo instante Akarghi lo recordó todo… ¿Por qué estaba ahí, si en realidad debía estar tirado en medio de una calle, hundido y deshecho dentro del suelo salpicado con su sangre? Aunque… ¿por qué tenía que encontrarse con el mismo cuerpo, si despertaba él mismo de su muerte?... ¿Por qué tenía que ser su cuerpo físico y mortal aquello que le permitiera identificar el estado de existencia en que se encontraba? Bien podía ser que su cuerpo biológico actual no fuese más que una proyección de su propia mente y de su alma –incluso hasta de otra mente y de otra alma--, indiferente de si era el mismo, u otro, que el último vivido; indiferente incluso de que pareciese el mismo u otro diferente… Era sin duda su alma la que sabía la verdad --no su cuerpo— y a quien debía interrogar hasta obtener quizás una certeza. De la misma manera que aquellos excepcionales despertares, cuando uno (de inmediato y en la más completa confusión) no reconoce dónde se está, ni siquiera reconoce qué está pasando, pero, en vez de caer rápidamente en la cuenta de la realidad inmediata y la razonable explicación de todo --como nos ocurre usualmente--, continuáramos indefinidamente en ese desconcertante estado, así Akarghi continuó experimentándose a sí mismo y a toda la realidad. En ese momento Akarghi pudo recordar (¿o anticipar?) numerosas caídas en la muerte. Podría haberse tranquilizado pensando que su imaginación lo creaba todo, y que podía imaginar lo mismo o lo contrario, de manera que le demostrase ser ridículo prestarle crédito a sus manipulables ficciones; pero afortunadamente su confusión era tanta y tan singular que no le permitía a su razón obligarlo ni conducirlo a concluir nada claro y distinto, ni a concluir nada lógica y apodícticamente evidente. Así, las cosas podían acontecer auténticas con toda su insondable y extraña paradojalidad, irracionalidad y misterio, sin que la conciencia ni la razón las redujesen a una certeza y condición meramente inteligibles.

Latniavira, surgida desde su propia alma y, desde ella, la mujer, ¿qué era, y qué había hecho con él? Latniavira le era insoportablemente hermosa, entonces él también lo era. Ella le era aberrante, entonces él también lo era. Así, de la misma manera, él amaba y odiaba a Tashi Aburghasim… Contempló las aguas del Turgusha y vio los haces de esa energía fluyendo en forma de aguas, de corriente, de río, de todo. Vivo o muerto, él mismo, igual que el Turgusha, no dejaba jamás de fluir, de moverse, de cambiar de uno a otro, hasta confundirse uno y otro. Nadie ni nada podía detener, frenar el cambio de éste en aquél, de la ilusión de la irrealidad, en esa otra realidad, o ilusión… Y así también podía dirigirse hacia una dirección lejana e insondable, como el río que alcanzará la mar océano, pero que al sólo transitar los recovecos del mundo no puede sino difusamente intuir en su todavía propia pequeñez germinal e incierta.

Y Prâsad, su hijo, en medio de todo, como un mojón de carne, prana y fuego señalando la intersección entre Akarghi y Latniavira, o tal vez incluso de Tashi Aburghasim entre ellos, y, por qué no, hasta de cualquier otro hombre entre ellos. ¿No era el niño también el río?... ¿O quizás una roca en medio del curso contra la que chocaban las aguas para seguir inexorablemente el curso que quisiesen tomar, o también quedarse allí muy junto alrededor del niño, al hombre definitivamente, en un remolino sin final?... Akarghi debía decidir y descubrir el afuera-adentro de la existencia inmediata: ¿Su hijo, o el hombre adveniente?... ¿Su hijo, o el hijo? En cualquiera de ambos casos la herida ya había sido infligida en el costado de la existencia –ninguno de los dos jamás ya podría borrarla--; de él, como padre; de Prâsad, como hijo, irrenunciablemente… ¿Serían uno para el otro la montaña, hogar para el resto de sus vidas, o serían sólo el guijarro en el camino que es empujado con el pie al avanzar más allá con paso seguro?

Sin embargo, en Latniavira toda bella, límite de su alma mortal, se encontraba la completa respuesta, la arrolladora hasta anular al hijo, y al padre incluso, al mismo Akarghi. El universo entero no llegaba a ser más que la sombra de alguno de sus diminutos vellos de su esplendorosa piel… Quería verla, quería hablar con ella, porque ya no quería volver a verla ni volver a hablar jamás con ella, de la misma manera que se une copo con copo de nieve hasta formar la masa justa, que se transforma al fin en bola de nieve y alud. Un Akarghi muere, un Akarghi nace.

Akarghi emprendió la marcha. Unos pasos más adelante se encontró en el suelo una flor madura de dientes de león; la cortó suavemente, la alzó por encima de sus ojos y la sopló largamente, hasta que volaron, alejándose con la brisa, todas sus esponjosas y blancas cipselas. Se quedó mirándolas y meditando en el peculiar destino de cada una de ellas, todas ellas surgidas como pensamientos de una sola y misma mente, o como sentimientos de un inmenso corazón, o como destellos de posibilidades de una misma alma que se diversifica en cientos de existencias, de planos, de cuerpos, de tiempos, sin que la sabiduría humana pueda acompañarlas una a una, y al mismo tiempo, en el progresivo desenlace que va desentrañando el movimiento transformativo de cada una, simultáneamente hasta la eternidad, como tránsito del ser y tiempo más allá del ser y tiempo.

Soplar y ser soplado”, pensó Akarghi. “Allá voy”.

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