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sábado, 23 de abril de 2016

AKARGHI (capítulo 64)





  
La luna había traspuesto temprano el horizonte. Una penosa inquietud lo impulsaba día tras día a deambular por la ciudad, desde la mañana hasta la noche. Era un monje caído, como un ángel caído. Poseído por la inmediatez irresistible de las pasiones, del deseo sexual al rojo vivo en el horno de su kundalini; por el presente amarrado al flujo del movimiento de las cosas entorno; por la pérdida de la lucidez relampagueante de la conciencia ahogada por las emociones y por el ensordecedor timbal de la mente. Los sutras aprendidos de memoria y repetidos otrora durante cien mil horas acerca de la impermanencia de todas las cosas se diluían en una rememoración inane que se anulaba sin la menor resistencia a sí misma. Aun así, una persona interior, la más suya, quizás la más suya sólo porque la quería para sí desde su yo libertario, desde dentro no dejaba de saberse y quererse monje, de quererse asceta, a pesar de la incontrovertible y salvaje realidad con que él mismo se experimentaba en otro sí mismo unido a su embrujado entorno. Era la mortalidad sufriente, era la ilusión de la irrealidad una experiencia grata; ¿cómo no habían de deslizarse y caer todos los humanos en ella?... Tashi Aburghasim, el monstruo, también estaba contenido en sus propios registros de humanidad, al igual que en el de todos los más santos y bodhisattvas, que apenas resistían y empujaban con el hombro para contener sus portones internos, los que al menor descuido y debilidad, salvajemente abiertos, los sumergiría en su magma interior, sin diferenciarse en nada de cualquier otro burdo humano. ¿Por qué creían haber trascendido y superado su ancestral absurdo y materialidad?... Ni siquiera hacer milagros, ni siquiera resucitar era una prueba de ello. 

Akarghi se resistía a vivir sin más; a vivirse a sí mismo interminablemente en este confuso juego de irse adormeciendo y muriendo de a poco, como viven y mueren todos los seres humanos desde siempre. Sentía la suave pendiente por la que iba resbalando hacia su progresiva anulación. Suave y dulce morir, porque se realizaba en el amor total por  Latniavira, la mujer, su bien y su mal perfectamente uno… Batalla terrible que ya no le permitía conferirle sentido alguno ni al menor rastro de orgullo, ni al menor rastro de vergüenza, ni hasta quizás de dignidad. Siempre había pensado que no es maestro ni bienaventurado quien no se mantiene libre sobre todo dentro de la experiencia viva de la ilusión de lo cotidiano y natural. Siempre había considerado con un venerable respeto, pero también con profundo recelo, a tantos ascetas, monjes, sanyasines, lamas, santones, brahmanes y budas retirados de las pasiones, del drama cotidiano por la subsistencia, precavidos del amor y del sexo, atemorizados por las pasiones, aislados de sus propias mentes, e impotentes de acción en el mundo y para el mundo: ¿Eran realmente honestos, primero y ante todo, consigo mismos?.... Allá, en lo alto de su divino Lamayuru, ¿podía haber sido Akarghi realmente honesto consigo mismo?... Ahora sólo sentía gratitud hacia Farra-aj por haberlo torturado seis horas en el Camino de la Verdad. Sin esa experiencia forzada jamás hubiese conocido el mal y el sufrimiento que te conecta directamente con aquellas zonas tuyas invisibilizadas por la espiritualidad y la vida de los buenos, por la vida civilizada, que te alejan de la conciencia y de la experiencia de uno mismo. Farraj-aj, sin querer, lo había empujado en una dirección del Camino de la Verdad que el mismo Farra-aj jamás hubiese podido imaginar, ni aceptar. Había entonces sentido rabia, quizás hasta odio, sufrimiento injusto y lacerante, humillación, todo ello surgido irreverentemente de sí mismo. ¿Era sólo un accidente, una mera circunstancia pasajera y superficial de sus emociones y de su mente, que podía ser erradicada de sí, como se hace saltar una viruta negra y superficial de una gruesa y sana madera? Recordó el sagrado texto: “El Atman es inalcanzable, pues nunca ha sido capturado; inalterable, pues nunca crece ni disminuye; libre, pues nunca ha sido amarrado a nada; sereno, pues nunca ha conocido preocupación ni dolor.[1]
 
Ingresando al jardín, de regreso a la casa de su amo, Tashi Aburghasim, reflexionó con tristeza: “O el camino es tan lejano que incluso los más iluminados han creído alcanzarlo, sin jamás alcanzarlo… O bien toda iluminación y experiencia en este plano espiritual es también una ilusión, pues ningún humano puede liberarse de su propia sombra… ¿Existe realmente este camino, o no existe?”

Creyó escuchar un gemido. Luego otro. Aguzó el oído y le pareció que el sonido provenía de algún recinto próximo de la gran mansión. Rodeó un amplio cenador cubierto de hiedra y se aproximó a un vestíbulo que daba hacia el jardín lateral. Las puertas de cristal estaban entreabiertas. Sabía que no debía hacerlo, pero igualmente se acercó sigilosamente ante la entrada. Movió la cortina levemente con su mano, y divisó adentro, a media luz, el cuerpo enteramente desnudo y pardo de su diosa perfecta, Latniavira, en medio de la habitación, con sus brazos levantados y sus manos entrelazadas en lo alto. Primero vio las dos curvadas torres de sus grandes senos alzados en todo su agitado esplendor. Su rostro también levantado hacia el cielo, con los párpados cerrados, expresaba un gozo que Akarghi nunca había visto. Volvió a escuchar un gemido que brotó de sus labios entreabiertos, como mensajero del ardor de sus entrañas extasiadas de hembra y mujer. Tashi, también desnudo, con sus miembros musculosos y tensos se arrodillaba ante la belleza misma y, presionando y levantando con sus fuertes manos hacia sí las apretadas nalgas de Latniavira, bebía ardientemente entre sus piernas, adherida su boca y su cabeza a los entreabiertos labios de su vagina, los embriagantes líquidos compartidos por su lengua, como olas de fuego, y por el mágico clítoris, que quemaba ya cerca de su primer orgasmo.

Las cosas suceden precisamente cuando deben ocurrir. Akarghi soltó la cortina, se quedó un minuto inmóvil, eterno, esperando, atrapado dentro de sus vertiginosos asaltos internos. Impulsivamente volvió a entreabrir la cortina y, al contemplar el maravilloso cuerpo de Latniavira resplandeciente, remecido como por una tormenta de extáticos y llorosos estremecimientos, lo abandonó todo y salió corriendo de allí. 

Corrió como aguijado por un demonio, llorando; a veces se detenía, doblaba las rodillas, apoyaba sus manos en ellas y comenzaba a llorar convulso. Siguió corriendo por las calles durante mucho tiempo hasta encontrarse con el templo Bhadrachalam del señor Rama, solitario y embozado en la oscuridad de una noche otoñal. Subió alado las escalas, a saltos, hasta alcanzar la torre. Sólo miró un instante hacia abajo las sombras que hacían invisible el espacio que lo separaba del lejano suelo. Abrió los brazos, gimió, y se dejó caer hacia la muerte.



[1] Brihadaranyaka Upanishad, III-ix-26.

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