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sábado, 16 de abril de 2016

AKARGHI (capítulo 63)




  
--¡Hazte a un lado!

Gritó un hombre alto y rubio, tocado con un casco tricorne, y con su rostro ornado por unos gruesos y rojizos mostachos. Le dio un empujón con una rodela que llevaba pegada a su costado. La muchedumbre caminaba ante él, a veces muy junta, otras, más espaciada. Akarghi se había detenido sorprendido, al encontrarse con lo que parecía una procesión, una marcha, una romería, o algo por el estilo.

--¡Hey, tú, camina! –alguien le gritó desde atrás.

Nunca había visto tanta gente reunida en tan poco espacio. Miró por encima de todos y vio, más allá, el diferente verdor de multitudes de árboles que ascendían por las colinas. Y por encima de ellos, en lo alto, muchas nubes de distintas formas y colores que se desplazaban en una misma dirección. Y vio con su imaginación, aún más alto y lejano, infinidad de estrellas que se movían silenciosamente hacia el fondo de todo.

--¿Ves?... Te lo dije. Te lo repetí mil veces, y aquí está. ¿Qué sacabas con negarlo y oponerte?

La voz recia de una mujer madura se alzó cerca de él. Akarghi giró un poco para mirar hacia ella. Recibió otro empujón de un anciano que pasó a su lado cargando un saco de harina sobre sus hombros. Una mujer obesa, ataviada con un amplio sari de colores vivos, tironeaba de un brazo a un pequeño mocoso que se resistía a caminar junto a la mujer, y, gimoteando, trataba de acercarse a su padre, quien llevaba en brazos a un niño dormido de dos años.

Un grupo de jóvenes se acercó riendo y empujándose. Al verlo detenido, entorpeciendo la marcha de la multitud, se le acercaron más y, haciendo bromas por su aspecto humilde y monacal, dos de ellos le tendieron sendas botellas de alcohol. Akarghi se inclinó respetuosamente ante ellos y se negó, llevando ambas palmas juntas sobre su cabeza.

--¡Mojigato!—le gritó uno.

--¡Hipócrita!—le gritó otro.

Uno de ellos, envalentonado, levantó la botella por sobre su calva y le dejó caer un largo chorro de licor, que lo mojó desde el cuello hasta la cintura. Akarghi alzó sus ojos hasta los ojos de su agresor y lo miró con el corazón. El joven primero levantó la botella casi vacía, haciendo un furioso ademán de ir a golpearlo con ella, pero de inmediato se contuvo, dejó de reír, volvió a empinar el resto de bebida que quedaba en el frasco y se volvió hacia sus amigos, quienes habían comenzado nuevamente a caminar, empujados por el natural movimiento de la muchedumbre y por el interés repentino hacia una pareja de bellas señoritas que divisaron cerca.

--¡Akarghi!...

Escuchó que gritaban desde lejos. Alzó la vista, se empinó para tratar de mirar sobre el gentío. Creyó divisar el rostro amado de Latniavira, sólo por un momento. El movimiento sin pausa de las personas hizo zozobrar cualquier posibilidad de volverla a ver. Un asno, portando canastos, pasó a su lado y lo miró con su ojo lastimero y cansado. Akarghi estiró su mano y acarició el costado del animal. Sintió sus pelos tiesos y húmedos besar la piel de su mano. Creyó ver su historia de trabajo, de esfuerzo sostenido para servir a su familia de pobres hacendados; pero también entrevió la luz del sol recostado sobre los pétalos de las flores que tantas veces había olido dichoso en las praderas de su campo. Vio también el trote feliz de su estatura gris por los llanos después de una larga lluvia, salpicando agua y barro como chispas de vida y de paz. 

Entonces Akarghi comenzó a caminar hacia un costado, chocando con unos y otros, gimiendo sordamente y doblándose con pesar cada vez que golpeaba a alguien en su andar, pero igualmente decidido a alcanzar el margen de ese río humano.

--No nos puedes abandonar. No puedes huir de tu destino humano, Akarghi.

Escuchó que le hablaban casi al oído, con un susurro.

--Es verdad que me duele mi humanidad –respondió en voz baja--. Me duele la humanidad toda. ¡Míralos!… Caminan y caminan, arrastrando siempre a otros o a sí mismos. ¿Qué sentido puede tener lo que hacen?... Así viven, así creen vivir. Sin embargo, algo los puso ahí, les dio forma y vida. Algo les dio el ser, y ellos no hacen sino cumplir esa necesidad, creyendo que viven por su voluntad, o porque sus padres los engendraron, o por tantas otras razones y circunstancias. ¿Acaso se enteran de que son una riada que se mueve en una sola dirección, sin saber adónde van?

--¡Rishi, rishi, sálvalo!... ¡Te lo suplico!

Alguien lo tomó de la manga de su túnica y lo obligó a detenerse. Una mujer de edad cubría su rostro con un velo marrón y temblaba toda de emoción a su lado. Dos hombres jóvenes depositaron en el suelo una parihuela sobre la que yacía otro joven, con aspecto cerúleo, estragado y moribundo. Akarghi dirigió su mirada a la mujer y pudo vislumbrar en ella su propio dolor, manifestado en dolor de madre. “Si no amáramos, carecería de todo sentido la fatalidad de esta existencia machacada por el sufrimiento irrenunciable y por la muerte.

--¡No puedo!... ¡No soy mago ni sanador!

--¡Sólo impón tus manos sobre él, rishi!... ¡Sólo te suplico que impongas tus manos sobre él!...

Aakrghi creyó ver, a través de su velo, sus ojos empapados de lágrimas, y en el medio de sus lágrimas una luz, un rayo dorado de luz que ascendía hasta el sol mismo, y, por el medio del sol, más allá, hacia unas alturas invisibles. Akarghi miró a su alrededor y constató que la multitud se había detenido cerca de él y lo miraba con curiosidad y expectación: ¿Sería él el elegido, el dios encarnado y benigno que liberaría a los humanos de su desesperanza y miseria corporal y mental?... ¿Era él, era él?, se preguntaba la multitud. Tantos habían venido ya, desde todos lados, en todos los tiempos, tratando de asumir la divina condición salvadora de nuestra humanidad caída dentro de su propia impotencia, pero todos y cada uno de ellos había también fracasado en su compasiva impostura. La multitud los veía morir; moría ella misma, como siempre, y aun así  no quería aceptarlo; creían en todos ellos, pero ya sin la convicción de la fe del alma viva

Akarghi entrevió en los ojos de la mujer, fe; en los ojos de la multitud, incertidumbre; en la del joven tendido, muerte; en los suyos propios, amor…

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