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sábado, 9 de abril de 2016

AKARGHI (capítulo 62)






Akarghi miró al niño entre sus brazos. Caminaba guiado por su sentido superior. Quizás la misión principal de la señal física del letrero clavado en el camino, de la rosa de los vientos en la encrucijada de la vida, del testimonio indubitable ante los sentidos y la conciencia, sea simplemente apuntalar con el hecho concreto nuestra débil certeza que duda y se disipa en su vaguedad y en su propia debilidad mentirosa, porque carece de la ruda realidad y evidencia que nos informan los sentidos y la lógica que compasivamente los acompaña: Esto es así

Akarghi miró al niño en sus brazos y comprendió que también su niño, ese ser pequeño y único era una prolongación, una proyección, una creación encarnada de sí mismo, de un algo suyo inmaterial, trascendental y amorfo que necesitaba materializarse en sus propios brazos para que su pobre inteligencia lo asumiera con pleno sentido en medio de su conciencia atenta y en el entrelazamiento vital de su existencia. Esa pequeña criatura lo desafiaba a realizar en conciencia (centradamente) su vida, su libertad, su sentido y responsabilidad de la manera en que ninguna otra cosa podía hacerlo. Por eso estaba allí entre sus brazos. Pero sus brazos también estaban allí para el niño, para facilitar y realizar el desafío existencial que poseía ese pequeño e inmenso ser, y como prolongación física del destino de ese niño en particular.

Y el olor de las flores, de la hojarasca reseca, del agua retenida en tantas cavidades; y las formas de las aves que aleteaban entre las ramas, y la forma de las ramas que se extendían buscando de innumerables maneras su realización propia en el espacio oxigenado y amenazante; y las piedras, las rocas musgosas, ocres y grises que se mostraban ante los ojos, ante el tacto de tantas criaturas, y resistían con su sólido volumen el libre paso de tantas criaturas que debían avanzar sabiamente por el entorno físico y mental de la existencia, aprendiendo de las piedras, del espacio, de la luz del sol, de la oscuridad de las noches, de las ramas, de las flores, del olor y las formas de las infinitas cosas que se proyectaban desde las criaturas mismas, hacia las criaturas, unas y otras entrelazadas, por siempre.

Entonces Akarghi se vio a sí mismo, en sus brazos, como un niño que se estaba muriendo. ¿Podía ser una madre para él?... No podía amamantarlo. Podía amarlo, acariciarlo, protegerlo del frío y de las fieras con su propio calor y cuerpo, podía acunarlo como un padre entre sus brazos, pero no podía darle lo que ahora el pequeño más necesitaba. Toda su voluntad, su grandeza personal, sus capacidades humanas no valían nada ante la simple necesidad de alimento de un bebé. Inevitablemente la grandeza humana se anula ante lo que la supera, siempre infinitamente más que ella misma, y queda inerme, entregada a esta realidad superior, misteriosa, trascendental, monstruosa, universal, que nunca, sin embargo, se desentiende de nuestra minúscula nada, y, aunque sea con el desenlace extremo de la muerte, nos acoge inexorablemente en su propio ser, en su  océano sin costas ni faros.

Allí mismo, adelante, como una respuesta, una sutil prolongación de un flujo de existencia ininterrumpido, apareció un reducido caserío, en medio de un inmenso bosque, en medio de un gran mundo, en medio de un universo infinito, para Akarghi y su niño… Llámese casualidad o necesidad –poco o nada sabemos de ello--, surgió ante él, tal vez salvador, tal vez semejante al deseo de un hombre joven con un niño en sus brazos, tal vez incongruente con sus deseos, pero inevitable y perfectamente ahí

--¡Akarghi!—escuchó que una débil voz lo llamaba.

Giró su cabeza hacia la derecha y vio una choza con una portezuela entreabierta y por cuyo techo de paja escapaba el humo a bocanadas. Los perros se acercaron a oliscarlo, pero no ladraron ni se mostraron amenazantes. Akarghi sonrió y se adentró por la portezuela. En el interior podía distinguirse un recinto principal, con suelo de tierra cubierto a trechos por telas coloridas y pieles. En el medio, una estufa encendida, en la que se cocinaba un par de pucheros que revolvía una anciana con una cuchara de palo. Olía a pino quemado y a comida sazonada. En un costado, una mujer joven, morena, sentada al borde de un camastro, salmodiaba guturalmente una canción, con un bebé que dormitaba en sus brazos.

La anciana de cabellos blancos hizo un gesto a Akarghi para que le dejara ver el bebé. Éste se lo acercó a la mujer, y ella puso con suavidad ambas manos sobre la coronilla del pequeño. Entornó levemente los párpados y sostuvo la posición de sus manos durante cerca de un minuto. A continuación le habló a la joven en algún dialecto que Akarghi no comprendió; ésta se puso de pie y se acercó a Akarghi. Ella le entregó la pequeña que dormía ya, mientras tomaba, a su vez, al niño de los brazos de Akarghi. El bebé pareció despertar repentinamente cuando la joven, desnudando uno de sus pechos, lo acercó a la boca del niño. Akarghi volvió a sonreír, con un sentimiento de profunda paz y gratitud.

La anciana invitó a Akarghi a tomar asiento ante una pequeña mesa de madera de higuera sagrada; le sirvió puchero hasta la mitad de  un bol y, disponiendo ella misma unas cuantas cucharadas del mismo puchero, se sentó también a comer, mientras Akarghi sostenía con un brazo a la niña dormida.

--¿Qué destino te ha traído hasta aquí, hijo?

--¿Destino?... ¿Existe algún destino inexorable?... ¿Cómo podría yo conocerlo?

--La Verdad siempre es un destino… ¿Buscas la Verdad?

--No puedo evitarlo. Mientras más hondo me sumerjo en mí y en la realidad toda, más intensa es para mí su presencia, pero también su distancia. Mientras más me acerco a ella, más también necesito empujar hacia ella… ¿No acabará siendo Verdad nada más que un nombre para una realidad  que se transforma en espiral, desplegándose a sí misma, en la medida que yo me experimento como un centro de algo?... ¿Podría haber un nombre de verdad para algo que se mueve?... ¿Podría haber mente siquiera para algo inconmensurable que se transforma sin cesar?

--Verdad y Destino son pequeños nombres desvalidos que igualmente te necesitan. Es tu verdad y tu destino ir más allá de los nombres de la Verdad y del Destino. Andar un camino para ti es trascender la realidad de los nombres y de las cosas, comenzando por la cosa de tu mente y de tu cuerpo… ¿Tienes hambre?... ¡Come, hijo!... ¡Come!... El bebé se quedará con nosotras. ¡Tú debes regresar a tu monasterio y destino!

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