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sábado, 2 de abril de 2016

AKARGHI (capítulo 61)




  
Sentado sobre una roca, a la orilla del camino, Akarghi se quedó contemplando el rostro dormido del niño en sus brazos. Al observarlo con atención tuvo la extraña sensación de que podía verse a sí mismo como desde arriba. Se sorprendió de la situación. Él, joven monje de Lamayuru, sentado en algún lugar desconocido, con un bebé suyo dormido en los brazos, sin lógica alguna... Intentó elevar una plegaria a Lakshmi.

Escuchó a su espalda un sonido deslizante y luego el chasquido de una rama que se quiebra. Se dio la vuelta con algo de temor, pero la oscuridad había ganado demasiado espacio en el mundo, y sólo divisó una masa de árboles sombríos. Algo le llamó la atención, y sus sentidos aguzados por una larga práctica de visualización le enseñaron un brillo tenue en medio de la oscuridad; un brillo singular que parecía moverse zigzagueante y lentamente hacia el interior de la fronda. Aspiró profundamente el aire y distinguió un olor intenso y agridulce, tal vez el olor de un animal, de un animal grande y velludo. Sin pensar ni medir las consecuencias de su acto, se puso de pie y, siguiendo su instinto superior (las nebulosas voces del interior de su alma), comenzó a caminar impávido hacia la hondura del bosque.

Caminó con dificultad, cuidando poner el pie a cada paso en lugar seguro para no arriesgar una caída con el bebé en sus brazos. El bosque entero parecía haberse aquietado de su labor diaria, y ahora el silencio mostraba el lado oculto de las formas. Akarghi sabía que allí estaba la vida en sus infinitas manifestaciones, atenta y despierta, observándolo, sintiéndolo, esperando de él un movimiento sutil y armónico para construir juntos el flujo de las energías de la existencia. Una brújula interna lo conducía en alguna dirección impredecible. Conocía ya los vericuetos de la mente, esos pasajes de aspectos familiares y seductores, por donde uno mismo va adentrándose gradual y naturalmente, seguro de seguir avanzando por la realidad confiable que nos ofrece el sol de cada día, pero que, encubiertamente a nuestra inteligencia, no hacemos más que reproducir una y otra vez, diluida en la ilusión macabra de lo que nuestra propia mente produce y quiere experimentar como realidad. El trabajo con su mente (de todo monje) lo alerta contra esos peligros, le enseña las prácticas riesgosas de su cuerpo y de su mente, pero también los ejercicios poderosos y diminutos que van separando, desde las fundaciones mismas, la energía oscura de la energía constructiva y productiva, que se vincula con la misma realidad productiva que lo espera para saltar hacia el futuro.

Akarghi escuchó nuevamente  el susurro y el crepitar de las hojas aplastadas. Esta vez, sin embargo, intuyó una presencia amenazante. Escuchó un ruido ronco, velado, como un gruñido contenido, presionado por la rabia. Algo también se agitó inquieto por entre las altas frondas de los árboles. Escuchó un trueno a lo lejos, ronco como el rugido de un león hambriento. Las ramas comenzaron a quebrarse una tras otra a su alrededor; no era un animal, sino una jauría que lo acechaba  a él y a su bebé, al que olían deseosos de su carne tierna y perfumada. Vio brillos redondos como pupilas de brasas ardientes, y gemidos de criaturas despedazadas. Escuchó el grito agonizante de una madre que ya no podía seguir protegiendo a su cría. Escuchó la voz desesperada de su propia madre que gritaba: “¡Akarghi, Akarghi!… ¿Dónde estás?”

--¡Mamá, mamá!—gritó Akarghi como respuesta-- ¿Dónde estás?... ¿Dónde?

Casi como un eco escuchó la risa desaforada y burlona de cien gargantas ancestrales. 

--¡No verás!... ¡No verás!—comenzaron a cantar a todo pulmón--… ¡No verás nada, dulce hijo, amado hijo!... ¡No verás nada!

--¿Quién eres?—gritó con miedo y rabia Akarghi-- ¡Tú no eres mi madre!

--¡Tú no eres mi hijo!—gritó su madre-- ¡Infeliz!... ¡Abandona la vida que robas entre tus brazos!

--¡No!—respondió Akarghi y, al distinguir que una sombra más negra que las otras sombras se abalanzaba para arrebatarle el bebé, estiró el brazo para cubrir con él el cuerpecito inmóvil  de su niño. 

Sintió que su brazo crujía desde adentro y que unas mandíbulas como hierros candentes quemaban su carne, atenazándolo con inmensa fuerza. Se dejó caer hacia atrás, experimentando el abandono de sí al poder que nos supera, sin oponerse a ninguna forma de muerte. Cuando su cuerpo alcanzó el suelo, su cabeza golpeó contra una superficie dura que remeció su cerebro y le quitó la conciencia.

Tuvo un despertar, inevitable despertar de toda manifestación de conciencia desde su propia inconciencia. Se encontraba sobre la tierra, arrebujado contra sí mismo, como un gusanito encorvado. De inmediato buscó al niño; lo descubrió pegado a su pecho, pero se percató dolorosamente de que no estaba bien. Su rostro ahora había empalidecido y sus labios contraídos aparecían amoratados. Acercó con angustia sus labios a los labios del bebé y sopló rítmicamente en ellos. No sabía por qué lo hacía, pero lo hizo con decisión y fuerza. Un minuto después era evidente que el niño respiraba y su rostro volvía a brillar con el aliento de la vida. Sin embargo, el pequeño no abría sus ojos y evidenciaba una languidez enfermiza. Akarghi reconoció que el niño se estaba muriendo. La notoriedad de los hechos, la necesidad de la biología, manifestaban que Akarghi no era el padre de aquella criatura, sin embargo su alma se hallaba indudablemente unida, asociada a un destino común, más significativo incluso que el vínculo familiar y natural. Por eso podía presentir qué debía hacer por él, exactamente qué… Lo volvió a coger entre sus brazos, también con su brazo herido, si bien éste no parecía tan dañado como lo había experimentado durante el ataque de la bestia. Ahora podía ver con claridad las irregularidades del suelo, los peligros del bosque, de manera que comenzó a correr con el niño en los brazos, mientras se preguntaba a sí mismo si había alguna lógica natural y racional en la existencia, cuando los hechos una y otra vez mostraban contradecir la lógica de los sentidos, la lógica de la razón, de la conciencia, y hasta la necesidad de una realidad física ¿que no era tal?... ¿Era esta la maya que enseñaban, y de la que alertaban, sus amados maestros? Como un eco identificó una voz surgida desde su propia voz interior: “¡Hay más, mucho más que lo conocido por el ser humano y los venerables richis, devas y saddhus de hoy y de ayer!... ¡Sigue adelante, Akarghi, sigue adelante!”

Doce pasos más adelante, sin ninguna explicación, se encontró con una estela en forma de flecha, tallada en un viejo madero, y apoyada sobe el tronco de un baniano rozagante, que señalaba hacia la distancia: SHANGRI-LA.


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