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sábado, 26 de marzo de 2016

AKARGHI (capítulo 60)





Akarghi dio un brinco y se sentó sobresaltado en su cama. Frente a él, ocupando todo el marco de la ventana, un ojo perfectamente redondo, con un iris de colores cambiantes y una pupila como de fuego azulino y matizado lo observaba terrible.

--¿Quién eres?—preguntó Akarghi asombrado, sin mover los labios.

El ojo le respondió sin palabras: 

--No más que lo que tú quieras que yo sea.

--¿Eres un dios?

El ojo continuó mirándolo y unido al mismo tiempo  a su alma. Silencio. Largo silencio.

--¿Duermo?... ¿Vivo?—se preguntó a sí mismo.

--No más respuestas acogedoramente cerradas, Akarghi… No más Akarghi.

Sintió que una piel suave y delicada acariciaba su nuca calva. Sintió que alguien se sentaba a su lado. Giró su cabeza y vio a Latniavira que lo miraba con amor y solicitud.

--¿Qué haces aquí?... Si llega a enterarse Tashi, nos degollará de inmediato.

--Akarghi, amor mío, ¿qué amor es un amor que le teme a la muerte? Sólo el amor que le teme a la muerte, muere. Meses, y hasta años temí morir. Durante este último tiempo me aterrorizaba la posibilidad de que Prâsad pudiese morir. Me enloquecía la posibilidad de que tú pudieses morir. 

--Por sostener este amor he cometido crímenes horribles. 

--¿Hay siquiera en esta existencia una cosa, una sola cosa, que en algún sentido no sea un crimen, un abominable crimen? Ni siquiera Dios, ni siquiera el amor… Dios y el amor aquí manifestados deben aniquilar, incluso de las formas más atroces, todo por todas partes, para manifestarse como Dios y como amor. Un Dios perfecto, un Dios únicamente de amor sólo existen en la mente inventiva, cobarde, frágil e ilusoria de los humanos. Un Dios así sólo puede ser inventado en un más allá, nunca en un aquí y ahora.

Volaba, planeaba con sus alas pardas extendidas y vibrantes por encima de la superficie ondulante y azul del lago. El aire lo sostenía y al mismo tiempo abría un espacio invisible hacia el fondo de un algo que lo atraía en dirección opuesta. La vida es bella cuando se deja contemplar por el sentimiento. La vida se sostiene fuerte sólo dentro de un sentimiento. El ojo abierto de un ganso que planea sobre la superficie de un lago experimenta la contemplación del universo sobre sí mismo. Se escuchó en la vacuidad del valle un violento estruendo. Algo duro y veloz atravesó el aire, golpeó el pecho emplumado del ganso, se abrió paso hasta su corazón, y explotó.

Akarghi estiró su mano, buscando la mano de Latniavira, pero se encontró con una mano pequeñita. La mano de su hijo Prâsad. Él lo miraba con lágrimas en los ojos, como si hubiese estado llorando hasta hace un momento, y ahora hubiese encontrado la paz que mitigaba el llanto. Padre, él era su padre, el dios padre que necesita todo niño, poderoso como una montaña por la que descenderán las aguas del cielo una y otra vez, sosteniendo el orden necesario para la vida, conteniendo el caos que amenaza omnímodo, detrás de todo. Lo habían puesto allí, y él resonaba armónicamente en su corazón y en su mente como padre protector de aquel niño, sólo de aquel niño-hijo, o ante todo de aquel niño, como también lo había experimentado años ha con su fugaz primogénito. El amor de un padre y de una madre, tan inmensos como una montaña de nieves eternas, se inmortalizan allí delante del hijo amado, inmóviles e incondicionales para siempre. Akarghi había abandonado ya las alturas y planeaba ingrávido sobre las aguas, liberando la descomunal energía contenida en una paternidad, para que el hijo ya maduro, diamantino, se mude más allá, por donde las aguas buscan su propio océano. Y tu hijo te dará muerte, y tú lo matarás en defensa suya, uno y otro, al mismo tiempo. Y llorará, siempre el pequeñuelo llorará cuando llegue la muerte que no podrá comprender, demasiado tempranera para un corazón de niño atravesado por la muerte del padre. Y buscará tu mano casi a ciegas, tiritando, porque nunca será demasiado fuerte para el caos. Y llorará y gritará de dolor y rabia, todo junto, amándote y condenándote a su resentimiento, porque incluso la rabia y el dolor lo protegerán de tu abandono, empujándolo hacia la brutal reacción de la vida.

--¡No hay Dios!... ¡No hay Dios!—gritará con todas sus fuerzas, y entonces comenzará a caminar con sus propias piernas por un camino que deberá inventar en medio de la nada. Una nada que él mismo también ha inventado.

El ojo, el ojo recto y destructor como una bala disparada repentinamente. El ojo creador, iluminado, que va hilvanando mundos y universos de una sola mirada.

--¡No te vayas, papá!—gimió el pequeño Prâsad.

--No te engañes, hijo mío. Aunque me haya ido, jamás me iré de ti. Ya lo entenderás con el ojo del alma.

Akarghi recordó a su padre, y al padre de su padre, y al padre del padre de su padre. Todos empujando en una misma dirección, conmovidos por sentimientos trasegados de un corazón a otro, mediados por el nacer y el morir continuos. Y de la misma manera, Todo, toda la realidad, como si fuese un Dios, como un metafórico padre, empujando en una misma dirección, amando y aniquilando en su empuje trascendental. Había al fin llegado la hora de asestarle una mortal puñalada al corazón de su padre-realidad para mirar por el ojo omnividente, creador-destructor de la obviedad de lo ya vivido así, que no se mueve más por sí mismo, en la forma de un pasado mortalmente pasado. Su padre-realidad quería morir entre sus manos, quería transformación, transformación total, y su primer acto asesino, su primer movimiento criminal consistía precisamente en esto: ¡Ver, entender, ser conciente de esto mismo!... No sólo ya ser empujado por  el padre, sino también comenzar a empujar al padre. ¿Cómo no habría de ser terrible también la mirada del ojo? Visión y acto. Atractivo y horror de la trascendencia.

Akarghi sintió que el gran ojo disparaba su mirada como un proyectil en el medio de su frente y abría un agujero, quemante y balsámico, hasta el ojo de su alma, cuya diminuta visión se colmaba como una gota se une a un océano, moviéndose en todas direcciones, sin aún dejar de ser una gota, como una experiencia por ahora sólo visionaria, de todo-en-todo. Visión, y de inmediato acto; acto puro e increado.

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