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sábado, 19 de marzo de 2016

AKARGHI (capítulo 59)





Caía. La gravedad, las uñas del aire frío contra su piel, el peso desmadejado del cuerpo sin control no mentían: ¡Caía!... Sin embargo, su alma, la zona íntima de su conciencia, flotaba ingrávida al lado de su cuerpo, como siempre lo había hecho –ahora se percataba de eso--. Su cuerpo físico caía, su cerebro caía, e incluso su mente con parte de su conciencia despierta, pero no el fondo radical de su conciencia donde se alojaba reconcentradamente su yo actual, por allá, hacia las fronteras mismas del espacio y del tiempo. La violenta experiencia de muerte en la que se encontraba mostraba con total crudeza y evidencia la natural y permanente diferencia de la conciencia arraigada en la dimensión del espíritu, y su amigable compañera de vida, su extensión casi continua, la conciencia sico-biológica, arraigada en el cerebro y en la dimensión síquica de la mente, con la cual la mayoría de los seres humanos se identifican a sí mismos, y con la que viven su ilusoria vida cotidiana. Con frecuencia quienes experimentan la inminencia de la muerte logran alcanzar este estado profundo y ampliado de conciencia – aunque siempre estuvo presente--, que les permite por un momento verse holísticamente a sí mismos y a la realidad desde sus niveles fundacionales.

Sólo cinco segundos, tal vez seis o siete, y su cuerpo material encontraría la resistencia de la materia física en el fondo del precipicio… ¡Caía!... Pero, también, ¡no caía!... La realidad es para el ser humano sólo la respuesta selectiva, a partir de una infinidad de dimensiones posibles, a su particular estado de conciencia, el cual materializa sólo una de esas posibles dimensiones de realidad. 

Entonces cruzó algo así como un umbral, y se desencadenó una experiencia nueva de realidad. El espacio pareció expandirse, las cosas se disolvieron o se extendieron en nubes y flamas de maravillosos colores y movimientos en espiral, ondulantes, entrelazándose y formando sublimes tonalidades y formas dinámicas y cambiantes. Su corazón, o su sensibilidad, alcanzó una intensidad y una cualidad tales y tantas, que nunca había siquiera soñado, porque su persona parecía haberse volcado, transfundido, dentro de una Persona total que se unía y al mismo tiempo se diversificaba en todas las cosas. Era tan desbordante la experiencia y percepción de Aquello, que su sensibilidad sólo reaccionaba con sus más elevados sentimientos, sintiendo y percibiendo por todas partes, en un Sí mismo universal y al mismo tiempo suyo, Amor, Felicidad y Adoración…

Extrañamente guardaba una débil imagen de sí, una difusa autopercepción de estar ahí como un yo, pero al mismo tiempo un no-yo en todo. Vio como en el frente de su perspectiva se aglutinaron fuerzas y voluntades, las que se materializaron o configuraron en una especie de torbellino en espiral, cuya expansión lo atrajo más y más hacia su interior y centro, como si estuviese cayendo, guiado por una sobrecogedora sabiduría. Siempre viajando y bajando hacia ese centro, acabó concentrándose tanto y al mismo tiempo reduciéndose tanto, que todo y todas las cosas parecieron desembocar en una percepción y autopercepción que identificó, finalmente, como su propio cuerpo, un volumen como un cuerpo biológico y carnal, recostado sobre una superficie dura que le ofrecía, al mismo tiempo, sostén y obstáculo.

Movió su mano derecha suavemente; inclinó delicadamente sus dedos sobre la superficie de algo duro, liso y frío, que creyó reconocer como una superficie rocosa. Inspiró, y experimentó la sensación del aire húmedo y fragante que ingresaba por el canal de sus fosas nasales, por su garganta, por su tráquea hasta sus pulmones, que se hinchaban para absorber, en un tránsito hacia el interior de su cuerpo, el prana vivificante.

Había caído, sin duda. Su razón ordenadora y su fiel compañera, la estructurada memoria, le advertían que había experimentado con su cuerpo vivo una larga caída desde aquel árbol colgante hasta el fondo del abismo, pero no registraban el impacto final, ni la muerte, ni la ilógica razón de encontrarse recostado sobre una roca impenetrable, y vivo, al parecer tan vivo como antes. Sin embargo, su conciencia y su sensibilidad todavía parecían flotar o anidar en un liviano afuera-adentro de su cuerpo, pero también en un ingrávido afuera-adentro de Todo, al punto de que el espacio, el tiempo y su cuerpo físico se sentían como una frágil metáfora proyectada holográficamente por aquella otra dimensión y realidad infinitas.

Era enteramente ilógico encontrarse vivo, pero su conciencia y la potencia de esta realidad sobrepasaban la necesidad de la razón, de la mente y de los sentidos de validar una realidad a su manera. El reclamo de la mente natural no le parecía más que el balbuceo de un ingenuo bebé.

Una gota cayó sobre su frente, luego otra, gruesa, líquida y fresca, como besos de niños. Abrió sus ojos, vio el cielo brillante de nubes y el vuelo recto de innumerables gotas que se entrelazaban hasta romperse sobre las cosas. Akarghi comenzó a llorar con sus propias gotas del alma… Había nacido, una vez más, renacido, porque otra memoria más cierta y poderosa le enseñaba la eternidad de su propio pasado y la dirección de sus infinitos espacios. Atrapado dentro de su pequeño cuerpo, en su mente viva de humano, aleteaba como una mariposa que se desprende con dificultad de su vaina y crisálida. Había atravesado el estrecho canal que une la vida y la muerte, el infierno con el cielo, el espíritu y el alma, arriba y abajo.

Se incorporó, se quitó la ropa y comenzó a correr desnudo por la montaña.  Akarghi reía y gritaba como un loco. Aleteaba como un pájaro y cantaba haciendo vibrar con su voz las gotas de lluvia, el viento que se movía a su compás, las ramas de los árboles por las que escurría el soma del cielo; los insectos se estiraban en sus refugios para alcanzar la vibración que Akarghi hacía circular por el valle y los montes. Los gamos se arrebujaban en sus guaridas y algunos simios entrecerraban sus ojos, conmovidos por un destello de conciencia más allá de sus propios límites, meditando. El prana circulaba como un remolino poderoso y energizaba la misma energía con un don inusitado, exaltando el milagro sostenido de la existencia y del mundo, abriendo por todas partes caminos de ida y de venida, sólo obstruidos momentáneamente por la mente humana incompleta, al mismo tiempo abierta al Infinito.

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