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sábado, 12 de marzo de 2016

AKARGHI (capítulo 58)






Tendido de espalda sobre un montón de heno, Akarghi contemplaba el cielo estrellado. El olor de la paja lo embriagaba. Las estrellas titilaban alternadamente, cómplices de algún secreto inmemorial. Tenía hambre, sed, frío, sueño, y le dolían las piernas de tanto correr y caminar. Pero no podía dormir. Escuchaba el trajín de la noche convertido en silencio. Más que todo, escuchaba voces sin palabras y entendía significados sin pensamiento. La cauda blanca del vestido de la luna ya había dejado atrás los amplios surcos de las praderas del cielo; Akarghi se quedó a solas con la inmensidad del Universo. Allí se encontró una vez más consigo mismo; algo de sí se abrió paso desde la negrura interior; se expandió su mente y una creación vino a ella; él mismo, en conciencia, era no más que una gota de espíritu momentáneamente despierta… ¡Tan pequeño se percibía a sí mismo!... Pero, al mismo tiempo, con cuánta seguridad y valentía se vivía su yo como una poderosa realidad que permitía que el universo entero se le mostrase, y se le pudiese descubrir, y conocer, e incluso dominar, y hasta crear, por su inteligencia y acción. ¡Cuán delirante y absurda le parecía la vida del ser humano, en ese instante y así, atrapado, ensoñando su grandeza inexistente!... Y, a pesar de ello, un Algo (un Brahmán) había insertado en él ese mismo delirio y obsesión de grandeza con un propósito sabio, trágico por cierto –como la misma violencia de la energía explosiva del universo--, pero también estratégico, finalista y redentor –como un instinto más, pero al cual, soberano, todos los demás sumisamente servían--… ¡Todo en el ser humano, sin excepción, servía a esta pulsión monstruosa y delirante!

Recordando la horrorosa experiencia de la matanza en Lamayuru, consideraba que ni aun la más atroz e inconcebible acción humana podía alterar ni afectar en nada el curso del plan del Universo. Todo, absolutamente todo, hasta la desaparición de una galaxia o un millón de galaxias, en nada afectaba la inmensidad del Universo, de la misma manera que al arrojar una gran piedra en un lago sólo algunas ondas se levantan y expanden un breve espacio y tiempo, pero la gran calma de la totalidad del lago vuelve a absorber la piedra y el cambio, para continuar inalterable y sin tiempo… “Deja que las cosas sigan su curso”, había sentenciado Farra-aj; también Krishnananda parecía haberle expresado algo similar. Su sabiduría manifestaba la profundidad insondable del Universo y de la realidad mismas, sin embargo… aun así le parecía necesario, inexplicablemente necesario el agitarse, moverse, luchar incluso, aunque no fuese más que el estremecimiento ridículo de un grano vivo de tierra dentro de la tierra toda… ¡Su juventud era algo, aunque también no fuese nada! Quizás ni Farra-aj, ni Krishnananda, ni los maestros de Lamayuru habían dicho toda la verdad, completa… ¿Por qué no había muerto también él?... ¿Era un mero capricho de los dioses, o azar?... ¿Por qué los sueños premonitorios?... ¿Por qué la salvadora aparición de Kynpham ya muerto? Sus memorias, quizás sus registros akashicos incluso, confirmaban solidariamente un destino nuevo en él, una saliente innovadora y diferenciada hacia el abismo del futuro, y que sentía y presentía descomunalmente en su sí mismo… Pero cuanto más se observaba desde los ojos de los demás, así como desde su propia mirada reflexiva, dudaba más también de sí mismo, de  la aparente locura y manía que lo empujaba a creerse más que todos, todos los humanos y todos los sabios de todos los tiempos, corrigiendo sus errores e ignorancia… Se resistía, pero al mismo tiempo la vida seguía creando esa única y misma dirección bajo sus pies, dentro de él y en torno a él… Iba hacia adelante –lo sabía desde los escalofríos de su piel, hasta la raíz luminosa y límite de su alma--; rota la contención del pasado humano, pero también del presente, podía anticipar la inmensidad del lago, desde donde él, piedra conmovida en su fondo lacustre, pugnaba por salir a flote y avanzar ingrávida sobre su superficie, hasta quién sabe dónde, y quién sabe cómo... Al menos, aunque tuviese diez manos con todos sus dedos para contar los hechos sobrenaturales, mágicos, imposibles, inauditos, fuera de toda norma y ley que podía identificar y evidenciar en su vida, no eran suficientes; y eso era algo, algo que ya no podía ser absorbido simplemente por el lago… Podían de aquí en adelante tildarlo de loco –hasta era necesario y natural--, pero tampoco podía mentirse a sí mismo, ignorando al menos la realidad y el sentido de lo ya vivido, que nadie mejor que él mismo conocía; de manera que también tendría que experimentar, crear y comprender su futuro impredecible (su diminuta vida), en la más completa soledad de iguales.

Como si una mayor  conciencia facilitase y accediese a una todavía mayor conciencia, la sensitiva y reflexiva contemplación del Universo le provocó una repentina visión, un súbito insight, un poderoso acceso intuitivo a lo que se abría-ocurría y al mismo tiempo se cerraba-ocurría ante él, con él: Una Conciencia-Orden circulaba por toda la grandeza del Universo, desde lo más inmenso a lo más reducido, unificándolo todo (todas las cosas) en infinitas Voluntades y Gradaciones, atravesándolo e integrándolo también a él mismo por completo, sin vacío ni fisura alguna en sí mismo ni en su relación con Todo, y resonando en emociones sublimes, como si las más exaltadas y superiores entre ellas (y suyas) sólo pudiesen pobremente sintonizarse con un estado de Realidad que las superaba al mismo tiempo infinitamente, pues en todas ellas también se tensaba un dolor esencial, como si necesitasen reventar sus propios límites para seguir abarcando más y mejor esa Realidad Trascendente y Totalizadora, que se alejaba siempre más allá de Todo, en todas las direcciones y formas imaginables.

No era la primera vez que experimentaba esto, pero era la primera vez que lo experimentaba así; justo y completamente así… Entonces esta noche oscura que parece  descubrir  a los sentidos y a la inteligencia humana la profundidad sin medida del Misterio-Causa que sostiene nuestra insignificante realidad cotidiana, respondió también a Akarghi con una señal fehaciente y compasiva a sus empobrecidos y hambrientos sentidos animales. Entre las estrellas que lucían desplegadas como almas concientes del Universo, y mientras Akarghi sentía en la suya propia ese mismo y unívoco resplandor, naturalmente –-si puede decirse así—brotaron como yemas celestiales dos luces de extraordinarios y cambiantes colores, crecientes y decrecientes, que fueron seguidas por una tercera luz, inicialmente de color verde, pero que degradaba sus colores hacia impresionantes y desconocidos matices, nunca vistos por ojos humanos. Y se movían veloces, sorpresivamente por el cielo, danzando una coreografía divina, entrelazada perfectamente con la configuración de constelaciones y estrellas, como si la perspectiva con la que realizaban sus movimientos fuese precisamente la que Akarghi experimentaba desde la perspectiva de sus propios ojos… ¿Esas luces eran dioses que jugaban con el Universo en sobrenatural armonía y unidad con la mente de Akarghi?... ¿Era Akarghi, en alguna medida también, esas mismas manifestaciones estelares?

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