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sábado, 5 de marzo de 2016

AKARGHI (capítulo 57)




  
La orden vino del bureau del Comité Central: “¡Destruir Lamayuru!... ¡Que no quede piedra sobre piedra!... ¡Limpiar la sociedad humana de toda mentira!...” Akarghi se despertó sobresaltado y traspirando. Se sentó sobre su lecho y miró a su alrededor. Escuchó atentamente tratando de percibir hasta el ruido más leve y lejano… Sólo grillos, un búho insomne y algunas gotas de rocío que caían desde los techos húmedos. Por alguna misteriosa razón, lo que sus ojos veían y sus oídos percibían, despierto, le resultaba menos real que aquello que en sus sueños vivía. Por tercera vez en el mes soñaba que su amado Lamayuru era arrasado por el fuego. Decenas, tal vez cientos  de demoníacos seres que arrojaban fuego por sus hocicos y por sus ojos, asaltaban el lamasterio y le prendían fuego, danzando en una especie de ritual macabro. Tan reales y ciertos le resultaron los dos primeros sueños, que se había sentido en la obligación de contarlos y advertir al abad Farra-aj, así como a otros maestros. Swami Krishnananda se había quedado pensativo, observando a Akarghi, y luego respondió:

--Si así fuese, no podríamos evitarlo. Aquí y en ninguna parte podríamos evadir la maldad humana. Es necesario que el grano muera para que nazca una vida nueva.

--¿Usted no haría nada, maestro, para impedirlo?... ¿Dejaría morir a todos nuestros padres y estudiantes?...

El swami Krishnananda había sonreído compasivamente, e inclinándose ante Akarghi se alejó en silencio. Por su parte, Farra-aj demostró una conducta todavía más evasiva:

--El día y la hora no los conoce nadie. Deja que las cosas sigan su curso.
--¿Qué quiere decir con eso, venerable?... ¿Qué debo hacer?

--Guarda silencio, Akarghi. No hagas caso de sueños, de visiones ni agüeros. Esas no son cosas para humanos. Atiende tus obligaciones y vivirás en paz.

Sentado a los pies de su litera se tomó la cabeza con ambas manos. Este tercer sueño, sin embargo, era todavía más intenso, violento y real… Su corazón latía de prisa y con fuerza. Trataba de recordar las palabras de sus maestros, pero el miedo congestionaba su pecho y no le permitía respirar con tranquilidad. Miró a sus condiscípulos que dormían plácidamente bajo el tenue resplandor de la luna media. A algunos de ellos también les había participado sus sueños, pero ellos lisa y llanamente se habían burlado. Su fama de fantasioso y excéntrico le jugaba en contra. No sabía qué hacer… Se sentía solo y desorientado. Se apretó con mayor presión la cabeza rapada. 

De pronto sintió que alguien le tocaba el hombro. Levantó la vista y un grito se ahogó en su garganta. A un paso de él se encontraba de pie Kynpham Singh, su amigo muerto. Una especie de nimbo blanquecino le daba un aspecto de mayor irrealidad. Kynpham sólo lo observaba en silencio con una mirada curiosa y, en apariencia, triste.

--¿Kynpham?—preguntó tímidamente Akarghi.

El espectro giró la vista hacia un costado y levantó su brazo derecho indicando en dirección sur.

--¡Vete ahora mismo, Akarghi!... He venido a advertirte de un gran peligro.

Akarghi giró en la dirección que le indicaba su amigo, pero no vio nada, salvo un rayo de luna que atravesaba una celosía y se filtraba oblicuamente hacia el interior.

--¿Qué pelig…?—su pregunta quedó inconclusa al volver la vista hacia Kynpham, pues allí no había nadie.

--¡El grano de trigo muere solo! –escuchó que una voz en su interior le transmitía esta enseñanza.

De un brinco saltó de su cama, se vistió con su túnica y un manto de lana. Guardó su flauta y un mala entre sus ropas; se postró en una profunda y larga reverencia, oró con las palmas juntas, y luego se apresuró a salir hacia el patio. “¡Hacia el sur!”, repitió para sí mismo. Al salir, olfateó el aire, miró hacia todos lados, y creyó distinguir a lo lejos, por el camino del Valle, unas sombras desusadas. Lanzó un graznido, como el de la corneja, pero sólo le respondió el silencio. Saltó el vallado, al llegar al final del camino interior que acababa en la puerta sur, y enfiló por los senderos de la montaña, entre las rocas que conocía bien.

“¿Y si todo esto no fuese más que una locura mía, una ilusión de mi mente?”… Entonces algunos recuerdos vinieron a él como un carrusel, pero, sobre todos ellos, se empinaba con fuerza un inquietante temor. Cada diez pasos volvía su cabeza hacia Lamayuru. No se había alejado aún quinientos metros, cuando se detuvo espantado. Había visto repentinamente estallar una intensa llamarada en cada uno de los cuatro costados del monasterio. De inmediato pudo oír, facilitado por el silencio y la oquedad del lugar, terribles gritos furibundos, y, entremezclados con ellos, otros más agudos que expresaban terror y auxilio. Sin pensarlo más, se devolvió hacia el monasterio. Cuando se encontraba ya a unos cien metros, divisó a lo lejos, por las laderas de la montaña, hacia el norte, dos figuras que apenas identificó, bajo la luz de la luna, como dos monjes que huían apresuradamente de Lamayuru. Se detuvo y se ocultó tras una alta roca. Podía ver y oír con claridad los gritos, el tronar de las armas de fuego, y el crepitar de las llamas. Pudo distinguir cómo arrastraban a sus jóvenes compañeros hacia los patios y, haciéndolos hincarse de rodillas, les disparaban a quemarropa.

--¡Fin a la religión!... ¡Fin a la mentira!... ¡Muerte a los traidores!... ¡Viva la revolución del pueblo!...

Akarghi escuchó las proclamas, mientras les disparaban a sus compañeros, monjes y maestros... Las lágrimas caían una tras otra al contemplar impotente la matanza y la destrucción de Lamayuru. Entonces divisó a ciertos hombres vestidos con camisa suelta y pantalón de color marengo, con sombreros de paja en la cabeza, portando fusiles y linternas, que se encaminaban hacia los alrededores, y también hacia donde él se encontraba. Se dio media vuelta y salió corriendo por donde mismo había venido.

Esta vez ya no volvió la cabeza atrás. Sólo corrió entre las breñas en dirección a los pasos distantes que le permitirían escapar hacia las tierras bajas; hacia los pueblos del sur que nunca había conocido, y que ahora representaban la realización involuntaria y dolorosa de su llamada al mundo, la que ya hacía tiempo venía procesando y preparando. Todo tipo de imágenes, recuerdos, emociones, ideas, vahídos venían desordenadamente a su mente, mientras corría… ¿Sería capaz de darle sentido a todo esto, a toda su vida?... ¿Habría un orden, una justicia detrás de esta horrible, final y aberrante matanza?... ¿Habría realmente un dios en todo esto?... ¿Qué era al fin de cuentas la espiritualidad frente a la perversión humana?... Y entre todas estas y tantas otras cuestiones del alma, una duda (¿justificada?) lacerante, recurrente, intuida y exasperante: ¿Acaso alguien había conspirado desde dentro de Lamayuru?...

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