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viernes, 19 de febrero de 2016

AKARGHI (capítulo 55)




  
El benévolo maestro Artabhaga dio por terminada su clase de lógica sobre las proposiciones antitéticas en el canto V del Mahabharata a eso de las 10 a.m. Y aunque a Artabhaga no le llamaba la atención ni se ofendía porque algún estudiante no asistiese a su clase –peor para él, decía--, a Akarghi sí le había parecido intrigante el hecho de que su amigo Kynpham Singh se ausentase, tanto más cuanto desde el alba lo había notado particularmente taciturno. Por lo mismo, decidió cometer una vez más una infracción venial a las reglas monásticas y también él, siguiendo a su amigo Kynpham, ausentarse de la meditación a la que acudían a continuación sus condiscípulos.

Se resguardó tras un pequeño bastidor, entornó los párpados y, haciendo uso de su especial don de clarividencia, visualizó prontamente a su amigo en la cima de una montaña, sentado dentro de un nido de águilas, oteando la lejanía. Akarghi decidió, por tanto, salir furtivamente a los patios para indagar en los alrededores. Después de evadir a un par de monjes atareados, ocultándose precavidamente, salió al patio sur, que miraba hacia las zonas bajas y luminosas de la región. Sin razón aparente se acordó de su perrita Phyn, cuando salían de paseo a buscar frambuesas en la quebrada, y ella parecía entender, moviendo su cola y saltando para morder amistosamente la mano de Akarghi, que aquella aventura la llevaría a otros mundos originales y sorprendentes. Se entristeció al reconocer que nunca más volverían juntos a correr en la quebrada y que ya nada de aquello, que nada de su pasado, se podría recuperar.

Akarghi se paró sobre una roca plana y comenzó a girar lentamente, extendiendo los brazos, en trecientos sesenta grados; mientras se encontraba con los ojos cerrados ya en el tercer giro, los abrió repentinamente y vio por encima de los techos del monasterio, sobre la torre más alta del campanario, algo así como una figura humana. La visión le pareció extraña e inusual, de manera que dudó de lo que estaba viendo. Se restregó los ojos y volvió a mirar. La figura ya no estaba allí. 

Aun así, aquello le resultó, por lo menos, significar una señal, de manera que se encaminó hacia los edificios aledaños al Gran Templo. Una vez en el interior de éste, acercó su nariz al pasamanos de la escala que conducía hacia lo alto de la torre y creyó reconocer en él el olor de Kynpham. Subió con cautela, mirando hacia lo alto y hacia abajo. Cuando se encontraba a unos metros del rellano superior, y como ocultándose por detrás de la gran campana de estaño y cobre, divisó claramente a su amigo que se encaramaba con dificultad, y colgando peligrosamente, por la cornisa hacia el techo del campanario.

--¡Kynpham!—gritó Akarghi, pero no recibió ninguna respuesta.

Sin temor reprodujo la misma osada acción de su amigo y subió por la cornisa al techo de palmetas de madera esmaltada. A unos metros distinguió a su amigo sentado y con la mirada perdida en lontananza.

--¡Kynpham!, ¿qué haces aquí?

El joven giró la cabeza hacia Akarghi y con una sonrisa triste respondió:

--No lo sé, Akarghi… de verdad que no lo sé.

--No fuiste a la clase de lógica y ahora te encuentro aquí… Algo te debe estar ocurriendo, Kynpham.

--¡Mira si no es extraño y diferente observar las cosas desde aquí!

--¡Sin duda!, pero no necesitas arriesgar tu vida para ver las cosas diferentes.

Kynpham volvió a sonreír con tristeza y, girando la cabeza hacia Akarghi, respondió:

--Aquí nos han enseñado a mirar las cosas de una determinada y única manera. Una manera protegida, armoniosa y sin riesgo. Farra-aj diría que ésta es la mejor manera, porque la perspectiva espiritual incluye a todas las maneras, pero cada día tengo más dudas de ello… Nos han enseñado a aceptar la tradición de la verdad, no a cuestionarla ni a superarla.

--¿Qué te causa dudas?

--Es difícil expresarlo en palabras… Recuerdo el orgullo de mi padre al abrazarme por última vez al ingresar a la orden, y la tristeza contenida en una sonrisa y un silencio inacabables de mi madre. No he podido olvidarlos ni a papá ni a mamá; casi todas las noches sueño con ellos. Y esta renuncia, esta disciplina, estas enseñanzas repetidas hasta el cansancio para convencer a tus expectantes maestros y, al final, a ti mismo, de que estás en el buen camino y en proceso correcto hacia la iluminación y la liberación del samsara… No me convence; hay demasiadas cosas…

--Creo que te entiendo, Kynpham. Creo que de alguna manera experimento lo mismo que tú.

--Cuando digo “demasiadas cosas” incluyo cosas que ni a ti mismo podría contarte y que es mejor que llegues a enterarte algún día por ti mismo.

--¡Así debes ser, te lo creo!; pero de las cosas que sí puedes hablar…

--Puedo entender que nos propongamos evitar el sufrimiento y hasta la felicidad misma como un estado de realización personal. Lo he creído honesta y comprometidamente todos estos años –tú sabes de qué hablo--. Ha sido satisfactorio, no lo pongo en duda. Pero si contemplo la vida y la condición de los seres humanos y del mundo en general todo se me hace tan diferente… Cuando observo esta mariposa amarilla que ahora pasa volando delante de nosotros, ¿es necesario que le niegue su realidad al compararla con Brahman, o con las cuatro nobles verdades, o con un dios trascendente?... ¿Qué es más o menos verdad: lo que veo con mis ojos y lo que siento con mi corazón, o lo que pienso y creo con mi entendimiento y mi fe?

--Quizás no haya que establecer dicotomías, contradicciones, contraposiciones en esos dos niveles de la realidad y de la experiencia… Quizás haya formas de realización humana todavía desconocidas que no se resuelvan unificándolas o sintetizándolas o siquiera concibiéndolas tan incompletamente como lo han propuesto todas nuestras santas doctrinas y verdades reveladas hasta ahora.

Kynpham Singh fijó su mirada en Akarghi y, sonriéndole con ternura, agregó:

--Aun en esto tratas de sacar ventaja con el pensamiento. Ya no sé a quiénes tengo que satisfacer –porque no veo ninguna síntesis ni conciliación tampoco entre ellos--, si a la conciencia, a la fe, a la razón, a la intuición, al corazón, a mis sentidos, a mis instintos, a la naturaleza, a los maestros, a Dios, a Buda, o incluso a un tal llamado Jesús… ¿Y qué es eso de la ilusión, del sufrimiento, del egoísmo, de la negación, de la maldad y de la muerte?... ¿No es todo esto precisamente el corazón y el alma misma de la existencia, su inevitable realidad?...

Mientras Kynpham decía estas últimas palabras, se puso de pie tambaleándose, abrió sus brazos, y comenzó a inclinarse hacia el vacío. Akarghi dio un brinco y tomando de un brazo a su amigo, lo empujó hacia sí, abrazándolo.

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