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viernes, 12 de febrero de 2016

AKARGHI (capítulo 54)



 
54


--Estar vacío del yo, querido hijo –señaló con una dulce sonrisa el acarya Xu Yun—no significa que anules tu identidad, como si eliminases una bala que se dirige a destruir una vida; sino propone que tu yo libre se asocie a toda forma de realidad para energizarla y fortalecerla en su propio camino de existencia, de la misma manera que el sol se integra, se transforma, energiza y hace crecer toda vida, sin reproducirse como mero sol en nada, pero también sin anularse a sí mismo. El yo natural del humano, en cambio, sólo trata de reafirmarse a sí mismo y reproducirse en su propia forma individual en cada cosa y en cada ser, estancando el flujo y la integración de la realidad como un continuo vibrante y total. El yo natural, por ejemplo, se emociona, valora, piensa de una determinada manera personal, y a través de estos sentimientos, valoraciones y pensamientos filtra e impone a la realidad sus características y condiciones subjetivas y propias. El yo natural es sólo un pequeño dictador encubierto que anhela transformarse en el supremo emperador de la realidad. El yo natural construyéndose siempre a sí mismo, siempre destruye a los demás.

Akarghi recordaba así las antiguas palabras del maestro Xu Yu, apoyando ahora su cabeza en ambas manos, sentado en posición de loto a la orilla del río Turgusha, donde había amado meses atrás con toda su pasión a la bellísima Latniavira. Con los ojos cerrados escuchaba el mismo sonido cantarín y desaprensivo de las aguas que circulaban sin jamás separarse del Todo. Sin embargo, ahora ni el río, ni los árboles, ni los pájaros, ni la arena, ni el cielo por encima de todo, ni los olores hablaban sólo de Latniavira y de su propio deseo de gozarla sin fin. Las palabras de Xu Yun le confirmaban lo que él mismo había aprendido estos últimos dieciséis meses: no era Latniavira quien lo había embrujado con su perfección de mujer; no era ella en definitiva el objeto de su deseo, sino que él mismo se había exaltado en su propio yo, en su propio sentir que buscaba satisfacerse y gozarse a sí mismo, amando de la manera que sólo él se había impuesto amar y poseer a Latniavira.

¿Por qué, si había entendido tan bien y diáfanamente las palabras que había conocido de boca del acarya hacía cinco años atrás, no había podido evitar el largo camino del descenso y de  la contradicción que había emprendido desde entonces hasta ahora? Tantos seres, tantos maestros, tantas enseñanzas había conocido y comprendido como el discípulo más aventajado y lúcido, pero aun así había recorrido el mundo al revés y su propia realización opuesta a esa conciencia y saber perfectos.

En un acto inconciente detuvo con sus dedos una hoja de baniano que la corriente arrastraba lentamente junto a la orilla. Como si despertase de un ensueño se observó a sí mismo. Entonces comprendió que detener la hoja con el pensamiento no era lo mismo que detener la hoja con su mano, aunque en esencia fuesen lo mismo. Entonces comprendió que su conciencia no quería detener la hoja, pero su mano y su inconciente sí. Entonces se observó una vez más a sí mismo y comprendió que se puede ser un santo y hasta un dios en el pensamiento y en la conciencia, pero un demonio y una bestia salvaje y egoísta en otros niveles o planos de conciencia. ¿Cuál debía ser entonces la relación entre estos diferentes y hasta desconocidos planos y manifestaciones del yo y de la conciencia?

Pero, ¿entonces también amar a Latniavira, o simplemente amar era sólo una ilusión del yo, de un yo que incluso podía ser tan ilusorio en su dimensión conciente como en su dimensión inconciente? Incluso si la respuesta-- siguiendo la enseñanza de Xu Yun-- fuese que el amor verdadero del yo libre buscaba la liberación y la realización del ser amado, tanto como la propia, todavía eso podía no ser más que una proyección de una entidad más profunda, más amplia, pero igualmente incompleta o ilusoria. Eso ya se lo había cuestionado, y quizás hasta intuido, en sus años de aprendiz en el monasterio de Lamayuru.  Esto era el Camino de la Verdad: su obsesión, su vida, su sentido, su destino, su peligro, su camino…

Comenzaba ya a esbozarse una respuesta, pero atento a las infinitas trampas que la mente, que la conciencia y que la realidad misma le ponían por todas partes y de infinitas maneras, consideró que su juventud también podía ser otra trampa, de manera que decidió seguir adelante el camino de la Vida para confirmar o modificar la asombrosa intuición que comenzaba a gestarse en su existencia y en su esencia humana mismas.

--Acarya Xu Yun -- Akarghi recordó haberle preguntado --, ¿hasta dónde es posible expandir y modificar la conciencia en todas sus formas y estados, y también el yo, para que al menos se difundan e integren mejor con la Realidad en todas sus formas y estados?

Xu Yun se incorporó un poco para mirar con los ojos entornados a Akarghi y después de un breve intervalo se puso de pie, se inclinó respetuosamente ante Akarghi, y salió del lugar sin decir una sola palabra. Akarghi se quedó observando con cierta sorpresa el suelo por donde iba caminando el santo varón y descubrió que donde apoyaba su pie, y luego avanzaba, se grababan huellas fosforescentes de color turquesa que tendían a diluirse hacia un tenue celeste hasta desparecer. Sin decir una palabra Xu Yun le había respondido con un acto desafiante a su capacidad cognitiva: ¿qué experimentaba su conciencia?... ¿Algo que sus ojos y su conciencia percibían fuera de sí mismos? ¿Algo que sus ojos y su conciencia producían independientemente de lo que realmente había afuera de ellos mismos? ¿Lo uno y lo otro junto? O, ¿ni lo uno ni lo otro?...

Todavía más, ¿por qué había salido de esa manera, sin decir palabra? En ese mismo instante un rayo del sol de la tarde se filtró por entre la alta fronda, impulsado por una suave brisa, iluminó un círculo cerca de su pie, y luego desapareció, para encender otro círculo de luz un poco más lejos, y luego desapareció, y volvió a aparecer todavía más lejos, y así sucesivamente se formaron siete círculos seguidos de luz, hasta que pareció perderse tras una alta peña.
 
--¡El Camino de la Verdad!... ¡El Camino de la Verdad!—repitió Akarghi en voz alta.

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